40 años de subordinación

La OTAN, el abandono de la tradicional neutralidad española y una integración muy subalterna en la UE marcaron la política exterior de Felipe González.

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Hasel Paris
Hasel Paris
Graduado en 'Ciencia Política y de la Administración' por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en 'Seguridad, Defensa y Geoestrategia' por la UDIMA. Ha sido militar profesional en Tropas de Montaña. Es analista en diversos medios de comunicación.

1.- OTAN: de “entrada no” a “entrada sí”

La Transición fue, en buena medida, una gran estafa. Un recambio de élites, del franquismo a la oligarquía de partidos. Por lo tanto, el PSOE buscó legitimar el Régimen del 78 mediante una política exterior que agradase a quienes reparten las identificaciones de “democracia liberal”: Bruselas y Washington. Pero incluso la política exterior de entonces era una continuidad con la de Franco en muchos aspectos. Por ejemplo, en la sumisión a la bota de EEUU. El felipismo desarrolló al franquismo de los Pactos de Madrid de septiembre de 1953.

Tras acceder al poder en 1982, Felipe González dejó atrás cualquier crítica a la OTAN e hizo campaña a favor de la pertenencia plena a la alianza militar yanki. Un año después, solamente el 13% de la opinión pública estaba a favor de dicho proceso. Pero las democratísimas, democratérrimas élites españolas habían decidido que la credibilidad interior no era tan valiosa como la exterior. Daba igual traicionar al electorado.

Felipe tuvo que ofrecer a los españoles un referéndum que intentase aplacar el anti-americanismo imperante, alimentado por el apoyo yanki al difunto franquismo y por las tropelías gringas por el mundo adelante, estando aún caliente el Vietnam. Su referéndum proponía permanecer en la OTAN a cambio de no aumentar el compromiso militar ni desplegar más tropas ni introducir armas nucleares. Todo ello se acabó incumpliendo, pero no se admitieron devoluciones.

“Felipe tuvo que ofrecer a los españoles un referéndum que intentase aplacar el anti-americanismo imperante”

La integración torpe y tramposa a la OTAN le costó a España no negociar un mando conjunto de toma de decisiones, no hacer valer sus reclamaciones de soberanía sobre Gibraltar o de protección para Ceuta y Melilla, renunciar a ser informados de la presencia de armas nucleares en sus buques en nuestras bases…

González fue el enterrador de décadas de neutralidad y aislamiento, la fórmula que nos había librado de dos guerras mundiales. En 1983 se plantó en Alemania Occidental, contra el consejo de su Ministro de Exteriores, Fernando Morán, que lo veía como una toma de partido por la OTAN en un momento delicado, con la “distensión” volviendo al rearme y a la “contención”. No solo fue para allá, sino que apoyó al canciller Kohl en su sorprendente exigencia de desplegar varios cientos de misiles yankis en suelo alemán. Todo ello, contra el criterio de los propios social-demócratas alemanes (que pedían un despliegue armamentístico compartido entre varios países).

Pero, pese a nuestra lealtad perruna, España siguió sin ser un ‘aliado fiable’ a ojos estadounidenses. Hasta que en 1991 participamos en la Guerra del Golfo. En contra de la voluntad del 54% de los españoles, por cierto. Así hemos seguido, con los años, mendigando penosamente el hueso de barras y estrellas, ya sea Aznar con Bush en un rancho o Pedro Sánchez persiguiendo a Biden por un pasillo.

Ya en 1995 Javier Solana, Ministro de Asuntos Exteriores de España, fue elegido como noveno Secretario General de la OTAN y primer español en el cargo. ¡El mejor ejemplo de la espectacular transformación del PSOE! Pocos años antes, a Solana le rodeaba el fuego de las velas en una manifestación nocturna contra la OTAN. Después le rodeó el fuego de los civiles calcinados en su ataque aéreo sobre Yugoslavia.

En 1996 el Congreso de los Diputados aprobó que el Gobierno negocie el ingreso de España en la estructura militar integrada. La condición previa (cumplida en diciembre 1997) fue instalar en Retamares el “mando sur-oeste de la OTAN”, que daría a los yankis control absoluto sobre la zona, incluidas las muy estratégicas Islas Canarias. Años atrás, dicho sea de paso, los yankis habían amenazado a González con arrebatarle el archipiélago si España no se rendía a la OTAN. Finalmente, la Alianza Atlántica se repartió España como quiso: Torrejón de Ardoz, Hoyo de Manzanares, Bétera, Rota, Morón; todo ello bajo control de Norfolk al otro lado del charco.

Pasamos por todo esto, nos decía González, porque la OTAN era el peaje necesario para llegar a la verdadera meta: la Unión Europea.

2.- Unión Europea: de Europa trabajadora a Europa mercader

Otra línea de continuidad de Felipe con Franco fue el afán de reconocimiento por parte de Europa, esa informe masa quebradiza que se extiende más allá de los Pirineos. Una continuidad franquista-felipista bien antigua, que se remonta al pensamiento bobalicón de Ortega. Aquello de que España es un problema y Europa es la solución. Hoy, décadas después, vemos que la Unión Europea, más que soluciones, nos ha traído el problema de que somos el único país que (junto con Grecia) ha perdido poder adquisitivo tras nuestro ingreso.

Felipe González firma el tratado de adhesión el 12 de junio de 1985 en el Palacio Real de Madrid observado por Manuel Marín y Fernando Morán. Fuente: Wilkipedia

Desde febrero de 1962 llevaba Franco llamando a la puerta de Europa, de lo que por aquel entonces se llamaba “Comunidad Económica Europea”, pero que por comodidad llamaremos genéricamente “Unión Europea”. Tardó otros ocho años en firmar un humilde tratado con Bruselas. Es Felipe González el que culmina este proceso en 1986. Aunque sus socios social-demócratas en Grecia y Portugal no eran particularmente europeístas, el PSOE español sí tenía una cierta idea de Europa. Hablaban, allá por 1977, de construir “la Europa de los trabajadores y no la Europa de los mercaderes”. Estos matices, sin embargo, se eliminaron del argumentario en las elecciones de 1982. Tocaba tragar con la Europa “realmente existente”.

E, igual que ocurrió con la OTAN, las ansias felipistas de éxitos internacionales nos llevaron a adherirnos a Europa en unas condiciones que resultaron nefastas para varios sectores básicos, como la agricultura. De Europa vinieron directivas de machacar la industria, la flota pesquera y el mundo rural, hasta amoldarnos de forma traumática a las necesidades de franceses, alemanes y británicos.

Como en una patética gira de Eurovisión, González buscó ganarse los “puntos” de los diferentes países europeos, necesarios para unirse al club. Apoyó al alemán Helmut Kohl (como hemos visto en el punto anterior) por encima de a su propio partido, y también buscó agradar al francés François Mitterrand, que se lo pagó con una nula cooperación en materia de terrorismo ETA, con la quema de camiones en la frontera y con todo tipo de incidentes pesqueros.

Para mendigar la aprobación británica tuvimos que ceder en el tema de Gibraltar, comprometiéndonos en 1984 a abrir completamente la verja. Hubo que contentar también a los griegos con presupuestos para programas mediterráneos. Incluso los holandeses nos hicieron una exigencia: la de establecer relaciones con Israel. Se hizo en 1986, mismo año del ingreso definitivo de España en Europa. Y provocó tensiones en otro frente crucial de la política exterior española.

3.- El mundo islámico

La enésima continuidad de franquismo y felipismo: la amistad con el mundo árabe. González puso énfasis en los vínculos con Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Bahréin, Qatar y Kuwait, países con los que estableció duraderos tratados bilaterales. Aquí jugó un importante papel la Casa Real, estrechamente vinculada con las petro-monarquías del Golfo. Fue el rey de España quien inauguró en 1992, en compañía del príncipe saudí Abdalá, el Centro Cultural Islámico de Madrid, más conocido comúnmente como “la Mezquita de la M-30”.

Estas relaciones se vieron gravemente comprometidas por la normalización de nuestras relaciones con el Estado de Israel, por nuestra cercanía belicista a los EEUU de Reagan y por nuestro ingreso en la Unión Europea (que exige restringir nuestros marcos comerciales con países extra-comunitarios). La ruptura de las buenas relaciones provocó que España se convirtiese en blanco del terrorismo islamista, como el atentado al restaurante El Descanso en 1985, o las bombas en las sedes de la aerolínea British Airways y la jordana Alia en Madrid el mismo año.

“González inicia otra maravillosa costumbre: la de ir cediendo en la causa saharaui”

Otra línea de ruptura y traición fue la de las relaciones de España con Marruecos y Argelia, que hasta entonces se habían intentado contrapesar de forma equitativa. Pero con González, el equilibrio se rompió definitivamente, a favor de Rabat. En 1983 Felipe decidió que su primera visita oficial fuese al monarca Hassan II, con el propósito de aplacar sus reivindicaciones territoriales sobre Ceuta y Melilla. Este “amistoso” peregrinaje se ha convertido en una tradición de la democracia española, cuyos presidentes viajan siempre primero a Marruecos.

González inicia otra maravillosa costumbre: la de ir cediendo en la causa saharaui. Por aquel entonces se hablaba de una posición neutral pero beneficiosa para Marruecos, con una autodeterminación condicionada por negociaciones. La culminación de esta vergüenza es la política de Pedro Sánchez entregando directamente al pueblo saharaui a las fauces marroquíes. De nuevo, toda una continuidad del PSOE con un franquismo que ya mostró una absoluta pasividad frente a la toma del Sáhara por parte de Marruecos.

4.- De la Hispanidad a Euro-América

Igual que las relaciones con el mundo musulmán, el vínculo entre España y la América hispano-parlante queda profundamente deteriorado por el ingreso español en OTAN y UE. La España miembro de la Unión Europea pierde su capacidad de establecer tratados bilaterales con los países hispanoamericanos, pues todas sus relaciones internacionales han de ser en clave multilateral, representando a la Unión Europea como conjunto. Además, gran cantidad de recursos que previamente se destinaban a la cooperación y desarrollo, fueron desviados a los fondos comunitarios europeos.

No era posible ser europeo e hispano a la vez: las “políticas de ajuste” impuestas por la Unión Europea contribuyeron a limitar las posibles relaciones económicas con el Nuevo Mundo. Y, por si fuera poco, tenían preferencia los acuerdos comunitarios europeos como los de la EFTA, el ACP-África, Caribe, Pacífico, y Mediterráneo… en ninguno de los cuales figuraba Hispanoamérica.

España dejó de considerarse a sí misma como un miembro más del espacio hispano-parlante, para jugar el papel de “agente europeo” infiltrado en dicho espacio, trabajando para los intereses del Banco Europeo de Inversiones (BEI). En palabras de Carlos Westendorp en 1996: “Hemos ‘descubierto’ América Latina para la Unión Europea, y gracias a nuestra dimensión iberoamericana tendremos más peso en Bruselas”. El objetivo no era consolidar un bloque hispánico, sino utilizarlo como baza negociadora para consolidarse en el bloque europeo.

También se abandonó la perspectiva socialista que acompañaba las relaciones inter-hispanas. El PSOE de González marcó distancias con Nicaragua y con Cuba (y esto no lo había hecho ni Franco) y se adoptó una política de hostilidad hacia ciertas izquierdas latinoamericanas, cuyo último acto en la actualidad ha sido el ridículo reconocimiento por parte de Borrell de Guaidó como presidente de Venezuela.

En los años 90, las relaciones de España con la América española eran ya solo de un carácter puramente económico, sin visión ideológica ni geoestratégica. Se buscaba simplemente exportar el capitalismo español (especialmente el bancario, energético y turístico), dándole la posibilidad de formar multinacionales. Para ello, el PSOE agradeció hondamente los procesos de desregulación y privatización que se dieron en varios países de la región.

La otra perspectiva deformada con la que España comenzó a mirar las Américas es la de la OTAN. Felipe González estaba empeñado en realizar en Centroamérica una reunión de países según el modelo de los Acuerdos de Helsinki, es decir, trasladando a la región la lógica de la Guerra Fría, la óptica preferida por los EEUU. Morán se lo advirtió a Felipe en 1983: “las situaciones en Centroamérica no son todas blanco y negro, no todas se pueden referir exclusivamente a la situación Este-Oeste”. La dialéctica del Oeste contra el Este era totalmente ajena a una zona que se movía en la dialéctica del Norte contra el Sur. Y se daba la trágica circunstancia de que España se creía parte del Norte. 

Las relaciones españolas con Hispanoamérica estaban monitorizadas por figuras gringas como el subsecretario de Estado para América Latina Thomas Enders, el enviado especial para Centroamérica Richard Stone o el ex secretario de Estado Henry Kissinger. El mismísimo Kissinger redactó un famoso informe donde culpaba de la inestabilidad en Centro-América a la colonización española, omitiendo las posteriores acciones desestabilizadoras anglo-americanas. El interés de EEUU era avivar la “hispanofobia” para que no calase la “yanquifobia”. España tuvo que tragar con ello como bien siervo atlantista. Felipe simplemente asumió que EEUU militarizase el mundo hispano, invadiendo Granada, haciendo maniobras con Honduras e incrementando el apoyo militar a las guerrillas de Nicaragua.

Felipe González con los reyes de España en la inauguración de la Exposición Universal de Sevilla, en 1992. Foto: Fundación Felipe González

En el V Centenario del Descubrimiento de América (1492-1992) ya nos habíamos olvidado de nuestra América. Y también de los hispanoparlantes de África y Asia. Y de un Instituto Cervantes que, recién fundado, fue congelado en 1992 por falta de presupuesto. Y hoy, en 2022, cuarenta años después de la política exterior de Felipe González, damos por cumplido el objetivo que el PSOE repetía machaconamente. “Poner a España de nuevo en el mapa”. Concretamente, en el mapa colonial de las periferias del mundo

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