¿Cómo va a ser la montaña un dios?: Crónica de ida y vuelta entre Colombia y las cuencas mineras asturianas (y IV)

Jaime, un militante sindical, le dice: «Pero entonces, si eso es voluntad de Dios, cuando han entrado los paramilitares en los pueblos y, con una motosierra, han desmembrado a cuarenta campesinos, será también porque lo ha querido Dios, ¿verdad?»

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Eduardo Romero
Eduardo Romero
Es activista y escritor, co-fundador del colectivo y local Cambalache de Oviedo/Uviéu. Entre sus libros "En Mar Abierto" (2016) y "Autobiografía de Manuel Martínez" (2019).

El escritor ovetense Eduardo Romero publica próximamente “¿Cómo va a ser la montaña un dios?” (Pepitas de Calabaza): una crónica de ida y vuelta entre Colombia y las cuencas mineras asturianas y un ensayo sobre el extractivismo, el capitalismo fosilista y la dominación colonial.

“¿Cómo va a ser la montaña un dios?” es un viaje por dos universos separados por miles de kilómetros, pero interconectados por varios hilos: el carbón y la minería, el capital y su logística portuaria, la migración y el exilio. Eduardo Romero traza un puente entre Asturias y Colombia, y nos hace partícipes de una historia real en la que el «azar global» conecta el destino común de los de abajo.

En NORTES ofreceremos en exclusiva cuatro adelantos del libro (aquí el primero; aquí el segundo; aquí el tercero):

Los cerros al oriente de Bogotá, que en algunos casos superan los tres mil metros de altura —la mayor parte de la ciudad está a unos dos mil quinientos—, son una buena brújula para orientarse en la cuadrícula urbana. Se erigen al este de la capital y discurren de norte a sur, así que se convierten en una referencia constante. De norte a sur opera también una clasificación de clase. Los barrios residenciales se encuentran en la mitad norte. Allí se alzan, en los cerros orientales, las universidades de Los Andes y del Externado. Más arriba aún, destaca la Basílica de Monserrate. En el sur, sin embargo, los cerros han sido colonizados por miles y miles de personas que, con una abigarrada mezcla de materiales reciclados, han ido construyendo sus casas. La de Jorge es como una gran ferretería: en ella puedes encontrar casi cualquier cosa, tardarías varios meses en inventariar lo que cuelga de los ganchos, lo que se apila en los patios, lo que esconden las cajas a la espera de una oportunidad para revenderlo. En el laberinto de pasillos te puedes topar con un conejo; una tapa, al levantarla, descubre un puñado de gallinas; y la huerta, encajonada entre diversas construcciones, es en verdad exuberante. Una vaca asoma el morro por encima del muro que delimita la huerta. Estira el cuello y trata de arrancar unas hojas que quizás estén a su alcance.

Las gentes de la casa están de zafarrancho, mueven hacia la entrada garrafas de jugo y de aceite, bolsas con empanadas, un termo lleno de tinto. Se disponen a descender el cerro para acudir a un evento en la parte baja del barrio. Allá hay un acto sobre el desplazamiento forzado, y esta familia es una de las muchas que lo ha sufrido. La violencia la ha empujado —como a casi todo el vecindario— desde la Colombia campesina hasta esta loma Paraíso del sur bogotano, en la llamada Ciudad Bolívar.

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Cincuenta personas ocupan la calzada en un barrio residencial del norte de Bogotá. Abriendo la marcha, la talla de una virgen reposa sobre los hombros de cuatro fieles. Detrás, todas —la mayoría son mujeres jóvenes— sujetan una vela encendida a la altura del pecho mientras avanzan lentamente tras la figura. Anochece, así que la luz de las velas favorece la puesta en escena y permite al cortejo hacerse visible a dos cuadras de distancia.

Guerrilleros del ELN FOTO: Álex Zapico

Las únicas ajenas a las disciplinadas filas son dos monjas —las más viejas y arrugadas de la tropa— que circulan de acera en acera repartiendo propaganda, amablemente, a los mirones. También queda fuera de la formación una espigada fotógrafa que se contorsiona entre las filas para encontrar el encuadre deseado. Justo detrás de la virgen, rueda un pequeño carrito cargado con un equipo de sonido. Desde la primera fila, una mujer dirige el rezo a través de un micrófono:

—Virgencita, virgencita, le pedimos a usted y a su marido, san José, por los desfavorecidos, por los que sufren, por quienes soportan dolor.

El cortejo acompaña esas palabras —van todas a una— con sonrisa angelical.

—Y te rogamos también para que libres a Colombia del comunismo y del socialismo —concluye la oficiante.

El coro de mujeres responde al unísono:

—Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

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Asamblea de vivienda en una escuela de Ciudad Bolívar. Un centenar de personas de cuatro generaciones. Hay también, pues, ancianas y bebés. Aunque no hace falta ser anciana para ser abuela. Una mujer chaparrita que acuna a una niña casi recién nacida tiene cuarenta y un años y seis nietas. Como casi todo el mundo acá, se dedica a la recogida de chatarra. Ella, y su hija, y las más mayores de sus nietas.

Campamento guerrillero en Colombia FOTO: Álex Zapico

En una pizarra alguien ha escrito algunos datos sobre el programa de vivienda del gobierno. Alrededor de ese encerado se mueven y hacen corrillo varios personajes que no tienen pinta de ser del vecindario: el alcalde de distrito, su ayudante, el representante de la Personería, dos funcionarios del Ministerio de Vivienda… Un hombre se está dirigiendo al auditorio. Es un líder vecinal. Da la impresión de que nadie lo escucha. Llantos de bebés, juegos infantiles, voces por el celular, gentes que conversan casi a gritos. Pero lo cierto es que la asamblea discurre y el ruido no impide que casi todo el mundo la siga. Podría ser una escena de esas que suceden en el patio de la vivienda en la película La estrategia del caracol.

La reunión es un compromiso arrancado por el movimiento vecinal a los burócratas gubernamentales. Pero, para la mayoría, la propuesta es un fiasco. El gobierno quiere que se vayan del cerro. El pretexto, real a medias, es el riesgo por la inestabilidad de las casas. Otros intereses urbanísticos están detrás de esta voluntad de sacarles de allá. La mayoría del vecindario esperaba una propuesta acorde a su condición: viven de lo que acá se llama «el rebusque». Sin embargo, la propuesta es una hipoteca social, que solo podrían afrontar familias que ganaran entre dos y tres salarios mínimos. Por eso en la asamblea hay bastante bronca: algunos sonríen burlonamente, otros gritan y amenazan con irse.

Alguien dice: «No necesitamos una vivienda en propiedad, necesitamos un lugar donde vivir».

A la salida, una mujer farfulla que la culpa es de los venezolanos: «Llegan por millones y acaparan todas las ayudas».

Un grupo entra en un café a tomar tinto y pan de queso. En una mesa se sienta Jorge —el vecino del cerro Paraíso— junto a un amigo que se dice pastor de una iglesia evangélica. Estas iglesias proliferan por todo el país. Puedes encontrar a evangélicos repartiendo biblias a la puerta de la Universidad Nacional o a un indígena wayúu en una comunidad perdida de La Guajira dando un sermón sobre el fin de la violencia gracias a Dios. El pastor de Ciudad Bolívar diserta sobre la ley de la evolución. «Hasta que un monito no me hable en la selva, no me la creo. Dios nos creó de un solo golpe». A nadie asombra que Jorge lo respalde con absoluta convicción. Es entonces cuando el pastor comienza a hablar de la época en la que vivía en la región del Tolima, antes de verse obligado a marchar hacia Bogotá. El tipo relata las veces que lo han tratado de asesinar y cómo se produjo la intervención divina: «Cuatro vinieron a matarme; tres dispararon sus rifles, uno a continuación del otro, y a los tres se les encasquilló el arma; el cuarto no quiso probar, tuvo miedo y salió corriendo». La historia continúa en la capital: «Otros dos vinieron a amenazarme cuando yo ya vivía en Ciudad Bolívar. Antes del amanecer, ambos estaban muertos. Hubo quien dijo que los había matado yo, pero yo no tuve nada que ver, fue Dios quien lo quiso así».

Jaime, un militante sindical que había acudido desde el norte de la ciudad para apoyar al movimiento vecinal en la asamblea, le dice: «Pero entonces, si eso es voluntad de Dios, cuando han entrado los paramilitares en los pueblos y, con una motosierra, han desmembrado a cuarenta campesinos, será también porque lo ha querido Dios, ¿verdad?». La respuesta del pastor, después de un largo silencio: «Esos campesinos estarían mal con Dios». Jaime sonríe, perplejo y resignado, y el pastor zanja el debate: «Gracias a Dios, Jaime, tú eres ateo».

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