Y si Adrián Barbón fuera un gif

Toda imagen repetida como un loop comporta una deshumanización de nuestra existencia, una degradación a la que tampoco es ajena la política.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Me he pasado este fin de semana intentando descodificar el significado de un gif producido por el presidente Adrián Barbón que no tenía más objeto que anunciar su recuperación después de haber estado enfermo de covid por segunda vez. En su imagen institucional, sonriente y campechano, saludaba a todos sus seguidores en Twiter. El gif trataba de certificar el estado de buena salud de nuestro presidente y con aquel saludo repetido en bucle hasta la saciedad, desvelaba, sin embargo, una extraña disfuncionalidad, un aura espectral, siniestra, misteriosa, algo, en definitiva, que merecía la pena explorar.

El gif es, por naturaleza, una imagen recurrente y auto-referencial. Logra una disrupción del tiempo, revertiendo el presente sobre sí mismo. Repetir lo hecho es negar lo que está por suceder. En el fondo, es un epifenómeno infernal. El saludo de Adrián Barbón confirmando su buen estado de salud terminaba siendo adictivo e inútil, enfermizo y abismal para todos los demás.

Me pregunto si Adrián Barbón es una persona resuelta en un gif, si sus células son, en realidad, una serie de bits entrelazados, capaces de articularse en diferentes imágenes y memes, componiendo en ocasiones secuencias y en otros, simples retratos, que se han ido haciendo solubles en internet convertido en un océano de tiempo. ¿Y si todos sus discursos, sus proclamas, sus gestos fueran fabricados por un bot que emitiese consignas, slogans y decisiones, como quien vomita sus propias vísceras? ¿Y si tras la imagen de autómata complacido y sonriente que nos presenta a este Adrián Barbón, mutado en objeto antes que en sujeto, hubiera otro ser, otro hombre u otra mujer, tomando las auténticas decisiones?

Todas estas preguntas me fui haciendo yo este fin de semana, también convaleciente de un covid canalla y pendenciero, instalado en mi cuerpo siete días, mientras desfallecía acampado en mi chester marrón, hasta que un test de antígenos certificaba con un rotundo y limpio negativo, mi buen estado de salud. Yo me consolaba con aquella raya expeditiva, un signo sencillo y unívoco, que me rehabilitaba para la vida civil pero, en el fondo, me obligaba a descubrirme y maravillarme ante la grandeza del presidente y su afanosa capacidad para comunicarse a través de las redes sociales, con ese fantasmagórico don para la ubicuidad del que goza y su genuina naturaleza de productor en masa de samplers y de constantes mensajes reutilizables, repetidos y circulares que lo convertían en un presidente atemporal, remozado de eternidad.

Foto: Twitter de Adrián Barbón

En los estertores de la fiebre, la confirmación de su buen estado de forma a través de un gif me permitió seguir fabulando: ¿Y si el presidente del Principado no existiese realmente? ¿Y si fuera un simulacro? Todavía no puedo dejar de pensarlo porque este fin de semana, mientras anunciaba su regreso a las tareas del gobierno, más de 3000 personas se manifestaron en Oviedo contra el protocolo de la vieja fábrica de La Vega sin que Barbón reaccionara con un tímido gif. . Desvió la atención expresando con un tuit, el horror sufrido ante el atentado cometido por dos jóvenes mujeres contra las Majas de Goya en el Museo del Prado. Ni que decir tiene que tampoco ha dicho nada sobre la huelga del transporte convocada este viernes. HAL9000 no ha dicho nada. No ha dado ninguna señal. Quiere decirse que el gif atiende a una realidad que, partiendo de elementos reales, se configura como si no formara parte de la nuestra, provocando una disonancia, una interferencia, una anomalía siniestra, cruel y digital, similar a la producida por la mirada de un robot. Quizá, disculpen mi ignorancia, todo esto podría confirmar que Adrián Barbón fuese un gif, una imagen que nos transmite información, incapacitada para recibir la nuestra.

El gif es movimiento sin vida. Toda imagen repetida como un loop comporta una deshumanización de nuestra existencia, una degradación a la que tampoco es ajena la política. El kitsch en el discurso político se sustancia en alocuciones simples, directas y sentimentales, disparadas hacia nuestros instintos y deseos, reiteradas hasta la extenuación y, por supuesto, previsibles, fácilmente manipulables y moldeables a cualquier situación. El gif son las heces del populismo catódico. Nada los hace muy diferentes a los que podría emitir un teleñeco desde la pantalla de un televisor para un público infantil o a los que emergen de una serie ochentera que repite en cada capítulo los mismos tropos. ¿Y si Adrián Barbón fuera una marioneta o un teleñeco? ¿Y si Barbón no fuera muy distinto del coche fantástico? Sus gestos, sus expresiones, sus palabras, sus actos. Lo terrible y fascinante es que podría ser un teleñeco o podría ser el coche fantástico y en Asturias no sucedería nada. Nada cambiaría. Me pregunto si un gif es una herramienta que convierte la ideología en chatarra política. Kitt, por la Virgen del Socorro, ven a buscarme…

La política basura siempre viene revestida por un envoltorio simpáticamente kitsch. No obstante, entre el contenido y la forma, siempre se produce una interferencia, una perturbación, un temblor. El anuncio corre el riesgo de convertirse en un mensaje contracultural. Dios salve a la reina. La política trash flota esparcida por el metaverso tras la explosión de una imagen pop, revelada a través de una pantalla sucia y granulada, de colores macilentos, desgastados y famélicos, de contornos degenerados y tibiamente descompuestos, rozando lo vulgar, como un paleto rebozado en purpurina, perdido en los sótanos de un palacio, saludando al infinito como quien saluda a un hermano. Nada que ver con Cofiño. Ese señor sí que es de carne y hueso, ese señor sí que sabe gobernar. Cofiño, qué pedazo de tío.

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