Xuan Cándano y Pedro de Silva debaten sobre las razones del declive asturiano

La presentación gijonesa de "No hay país" abarrota la Escuela de Comercio en un acto que contó con Adrián Barbón entre el público asistente.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

En la Transición, cuando el término regionalismo no tenía el tufillo viejuno que hoy destila, y todos los antifranquistas lo reivindicaban con orgullo, dando incluso nombre a una candidatura progresista en las elecciones de junio de 1977, Unidad Regionalista, se produjo un interesante debate en el seno de las izquierdas asturianas. Mientras Conceyu Bable y el emergente movimiento asturianista reivindicaban ante todo la lengua y la cultura asturiana, así como inventaban algunos de los futuros símbolos de la autonomía, apuntando a la identidad como motor del despegue del país, en los círculos intelectuales del Partido Comunista se ponía el acento en la economía, y en lo que el partido llamaría el “regionalismo de clase”, esto es, la necesidad de que la clase trabajadora presentara un proyecto regional interclasista, asumiendo sobre sus hombros la tarea histórica que la débil burguesía asturiana había sido incapaz de llevar a cabo: el desarrollo económico asturiano. La recuperación y normalización del asturiano quedaría en un segundo plano frente a reivindicaciones económicas consideradas más urgentes y de mayorías, como salvar ENSIDESA y HUNOSA, las dos grandes empresas públicas que por aquel entonces daban trabajo a miles de asturianos. “Salvar ENSIDESA es salvar Asturias” sería precisamente el lema de una de las manifestaciones más multitudinarias celebradas en la Asturies preautonómica.

¿Poner el foco en la identidad o en la economía? ¿Infraestructura o superestructura? Grosso modo, y con muchos matices y posiciones intermedias, ese fue el debate entre el regionalismo cultural y el regionalismo económico en los años 70, un debate que este martes se volvió a revivir, 40 años más tarde, en la Escuela de Comercio de Xixón a propósito de la presentación del libro “No hay país” (Hoja de Lata) de Xuan Cándano.

Xuan Cándano y Alicia Álvarez. Foto: David Aguilar Sánchez

Aunque Cándano compartía mesa con Alicia Álvarez y Boni Pérez, fue el diálogo entre Pedro de Silva y el autor del libro el que eclipsó el debate ante un nutrido público que llenó el acto organizado por la Sociedad Cultural Gijonesa. Y es que si Silva apuntó a los problemas económicos estructurales de la Asturies postfranquista, Cándano dio protagonismo a lo inmaterial, a la cultura y las mentalidades, disparando contra el “pensamiento economicista” que considera ha hegemonizado para mal la autonomía asturiana, llevándola por caminos erráticos y sin salida. Para el periodista y ex director de la revista Atlántica XXII, el “autoodio” y la falta de “autoestima colectiva” explicarían en buena medida el declive económico y demográfico de una comunidad que hoy está a punto de bajar del millón de habitantes. En opinión de Cándano no hay país porque los asturianos no creen en él, y un síntoma de esta falta de amor propio es que “la mitad de la población desprecie una lengua románica y milenaria como el asturiano”.

Adrián Barbón, Pedro Roldán, presidente de la Sociedad Cultural Gijonesa, y Daniel Álvarez Prendes, editor de Hoja de Lata. Foto: David Aguilar Sánchez

Para Cándano la lengua no es un tema menor y puso como ejemplo a la vecina Galicia, que partiendo de una situación económica peor, terminó aventajando en los 40 años de democracia y autonomía a Asturies, en parte, según el periodista, por el revulsivo que supuso para su sociedad el galleguismo. La salida del túnel estaría pues, reflexiona Cándano, en una mirada desprejuiciada hacia lo propio y en una mayor confianza hacia las posibilidades endógenas de Asturies para evolucionar y progresar, un camino que, no se cansa de repetir, estaría recorriendo el artista Rodrigo Cuevas con su apuesta musical, social y cultural, cosmopolita y global, pero hecha desde una aldea piloñesa.

Pedro de Silva. Foto: David Aguilar Sánchez

Pedro de Silva, ex presidente autonómico, y al que Cándano deja bien parado en su ensayo, elogió la capacidad narrativa del autor y definió “No hay país” como “un libro que engancha”, pero también quiso dejar constancia de sus discrepancias con una obra que considera “hay que leer”. Antes de meterse en harina recordó con humor su larga historia de encuentros y desencuentros con Cándano, cuando uno estaba en la presidencia del Principado y el otro en diferentes medios de comunicación. Después de un largo preámbulo se lanzó a destripar críticamente un libro que definió como coherente con “las verdades de Cándano”.

Público asistente al acto. Foto: David Aguilar Sánchez

Para el abogado, ex político y también escritor, el autor de “No hay país” centra los problemas asturianos en una cuestión cultural, minusvalorando que la base de su declive está en la crisis de la minería y de la industria pesada. Una crisis, apuntó, común a otros territorios europeos con una fuerte dependencia de dos sectores que se desploman con la globalización y cuyo hueco no ha sido en ninguna parte fácil de rellenar. El ex presidente negó que la reconversión industrial del País Vasco pueda ser comparable a Asturies, como le enmendó Cándano, y quitó excepcionalidad al caso asturiano, señalando que ni Valonia ni otras regiones europeas afectados por el final del carbón y la reducción de la industria pesada han logrado recuperar el esplendor de tiempos pasados. “Lo digo porque me pasé los años 80 recorriendo todas ellas” explicó, echando mano de su experiencia personal.

Mezcla de historia, crónica periodística y ensayo político, Cándano quería que “No hay país” sirviera para abrir un debate colectivo sobre hacia dónde va ese, según él, no país llamado Asturias o Asturies. Lo ha conseguido, y lo ha hecho además con un libro divertido y popular, que se marca el reto de contar muchas cosas importantes en no demasiadas páginas, y sin renunciar en ningún momento ni al humor ni a la anécdota o el cotilleo. Quizá también por eso ya ha agotado su primera edición en menos de un mes. ¿Hay ganas de país?

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