Esas cosas de Aída Falcón

El mismo año que yo llegaba a Nueva York, esta escritora cubana cambiaba las luminosas costas del Caribe por los exóticos paisajes del Cantábrico.

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Conocí a la escritora cubana Aída Falcón en mi reciente viaje a Asturias. Nos encontramos en una cafetería cerca del Milán, donde yo asistía a les Xornaes Internacionales d’Estudiu de la Llingua y, en los cincuenta minutos de los que disponíamos la una y la otra, condensamos una conversación que nos sirvió de punto de partida para el inicio de una relación que fácilmente hubiera podido haber comenzado mucho antes. Hacía unos años que yo había empezado a organizar conmigo misma este encuentro, en cuanto supe por Laura Marcos que Aída era la mismísima persona que había hecho una tesis sobre la poesía de Georgina Herrera y quien había editado la única antología de su obra que existe en España: Estos ojos de mirarlo todo, publicada por la editorial Libros de la Libélula Nómada, que dirigió la también poeta asturiana Raquel F. Menéndez.

En los escasos cincuenta minutos que estuvimos juntas, Aída y yo hablamos de esta poeta enferma de amor por la vida —como dijo Georgina de sí misma en alguna ocasión—, a quien las dos tanto admiramos y echamos de menos, y a renglón seguido escuché los cuentos de esta otra escritora habanera que, el mismo año que yo llegaba a Nueva York, cambiaba ella las luminosas costas del Caribe por los exóticos paisajes del Cantábrico. No hubo oportunidad ese día para detalles mayores, pero entre los tarros de dulce de mi madre, las manzanas y los caquis de la huerta de mi padre y alguna otra chuchería con las que siempre me las arreglo para meter en la maleta y que me ayuda a suavizar el aterrizaje brusco del regreso, traía una copia de Algunas cosas (Trabe, 2022), una colección breve de unos textos solo en apariencia sencillos, que se nutren de lo mejor de la poesía y de la narrativa, y que la misma Aída Falcón me regaló aquella tarde.

Como hago siempre que anticipo que algo me va a gustar mucho, dilaté el momento para empezar a leerlos, y los fui leyendo luego despacio, sin querer que se acabaran; lo mismo que hacía de niña cuando en casa había arroz con leche y cogía la cucharilla más pequeña que pudiera encontrar para prolongar ese instante en que el dulce se deshace en la boca y una sensación de bienestar te atraviesa el cuerpo. Difícil decir si estos textos tranquilos de Aída, traspasados por la cadencia neutra de las palabras que usamos a diario y no sorprenden, provocan exactamente bienestar, porque en la misma falta de artificio, y en el aparente sosiego de la sintaxis, nos encontramos con el golpe limpio de esa verdad que se resiste a ser pulida con trucos literarios. El mayor riesgo literario de esta autora se encuentra, precisamente, en ese gesto de llamar a las cosas de la vida por su nombre —las cosas de los emigrantes, de los vecinos, de los niños, del cuerpo, de las mujeres, las cosas de los locos…— y cargar cada una de las palabras que las definen con el peso de emociones esenciales: nostalgia, temor, alegría, compasión, también rabia.

Pero hablar de rabia en estas historias de Aída Falcón es complicado, por lo mismo que sería difícil decir que estos textos llenos de serenidad sean exactamente serenos, y la irritación que alguno de ellos provoca supongo que no es más que el efecto secundario que pueden llegar a sentir los lectores de esas “cosas de emigrantes” con las que se abre el libro. Cierto es que los siguientes episodios se atemperan, y se nota que han sido escritos por quien ya es capaz de recordar con tranquilidad las calles y plazas que la vieron crecer y los familiares y amigos con los que creció. De todos modos, reconozco que la lectura impresionada de los cuentos iniciales de Algunas cosas me impidió seguir leyendo el resto del libro sin tener presente a esa mujer llegada del Caribe a Asturias que tuvo que acostumbrarse no solo a la constancia de la lluvia y a la solidez de la nostalgia, sino a la mirada impertinente de cuantos, siguiendo las instrucciones del color privilegiado de su piel, transforman su humanidad en sospecha: la del hombre que la confunde con una prostituta mientras espera un taxi; la de la mujer que le restriega el glúteo en las duchas de una piscina para comprobar que la textura de su epidermis no es tan diferente a la suya, la de la señora que esconde el bolso entre las piernas cuando la descubre a su lado en un banco del parque…

La fuerza de estos textos deja sin voz a la crítica académica, hace inútil cualquier explicación adicional y obliga a los lectores a revisar los diferentes escenarios en los que el azar nos ha permitido actuar a unos y a otros. Pero tampoco esto es fácil porque, al final, casi siempre acabamos creyendo, o queriendo creer, que el racismo es cosa de los demás, y en España —lo mismo en Europa— seguimos sintiéndonos demasiado cómodos al pensar que este es un problema exclusivo de los Estados Unidos y de las desgarradoras consecuencias de la esclavitud. Nadie niega que en este país la discriminación racial está muy lejos de haber sido erradicada, y es escandalosamente obvia y visible a principios del siglo XXI, pero la falta de conciencia de un número demasiado grande de españolas y españoles sobre nuestro ejercicio abusivo de “alterización”, ese acto de clavarle la mirada al que no nos devuelve una imagen igual a la nuestra, aun cuando se haga desde la ingenuidad o la ignorancia, es inquietante. Y no hace falta llegar al extremo de que a una señora le entre el pánico cuando descubre al lado suyo un cuerpo que no se le parece y proteja entre los muslos el bolso; también ocurre cuando le preguntamos a alguien de dónde viene o de dónde es porque sus rasgos físicos no coinciden con aquellos a los que nuestra retina está acostumbrada, calculando que tal vez esa persona —que pudo haber nacido en nuestro barrio, o no, que tampoco eso importa— no pertenezca a nuestro entorno.

Y los que “no pertenecen” —mujeres que cuidan a nuestros mayores y enfermos, hombres que recogen nuestras cosechas, profesoras y profesores que educan a nuestros hijos…— acaban viviendo muchas veces en las fronteras del espanto, en ese borde incómodo del banco en el que se sienten vigilados constantemente. Y cuando esto ocurre, parafraseando una vez más a Aída Falcón, ese banco en el que nos hemos sentado una tarde a descansar acaba por convertirse en un espacio incómodo, molesto y demasiado peligroso para los que allí se sientan.

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