“Los desaparecidos de España también son los nuestros”

La socióloga Mónica Puertas, que realiza un recorrido de la Guerra Civil en Buenos Aires, reflexiona sobre políticas de memoria democrática y derechos humanos en Argentina y España

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Graduado en Filosofía y doctorando en Investigaciones Humanísticas por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Ha colaborado con medios como La Trivial, Atlántica XXII y El Salto.

Podríamos vivir en un país en el que cada 17 de julio la ciudadanía saliese masivamente a las plazas para repudiar el golpe de Estado de 1936 y los 36 años de dictadura franquista. Podríamos vivir en un país en el que el edificio de la Dirección General de Seguridad, donde se torturaba a militantes antifranquistas, fuese un monumento histórico dedicado a la memoria democrática y no la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid. Podríamos vivir en un país en el que el Estado indemnizase económicamente a las familias de los republicanos enterrados en cunetas. Incluso podríamos vivir en un país en el que España, 1978, la película más taquillera del año, nuestra elegida para representarnos en los Premios Óscar, reivindicase la historia de los valientes fiscales que llevaron a juicio a los altos mandos de la dictadura franquista. No son ensoñaciones de un republicano nostálgico que fantasea con vivir en un mundo utópico pero inalcanzable; son (adaptaciones de) políticas de memoria y discursos públicos reales que a día de hoy están vigentes en Argentina.      

Mónica Puertas nació en Ámsterdam en 1981, hija de exiliados argentinos. Tras regresar a Buenos Aires se licenció en Sociología y desde hace varios años trabaja como guía en la ex ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), el infame centro clandestino de detención, tortura y exterminio desde donde salían los “vuelos de la muerte” que lanzaban amordazados al mar a los opositores durante la última dictadura (1976-1983). En 2004 el antiguo recinto militar fue convertido por el gobierno de Néstor Kirchner en un Espacio para la Memoria y para la Promoción y la Defensa de los Derechos Humanos. Allí se ubica hoy la sede de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. “La importancia de la ESMA tiene que ver con que el espacio público también es un lugar de disputa. Que el Estado haya recuperado en nombre de los desaparecidos ese lugar marca un precedente. Poder recuperar un espacio que fue utilizado para irradiar terrorismo de Estado es muy importante para la sociedad civil”, explica Mónica. “En la ESMA soy guía del recorrido histórico y recibo a escuelas secundarias. A los estudiantes les explico que están haciendo ese recorrido gracias a políticas públicas de memoria. Les pongo el ejemplo de que en otros países no existe, para que lo valoren”. 

España es uno de esos países cuyas políticas públicas de memoria todavía dejan bastante que desear. Tras vivir 5 años en Barcelona, a Mónica se le ocurrió la idea de organizar un recorrido histórico por los lugares más emblemáticos de la Guerra Civil en la ciudad. Su plan original se vio truncado por la pandemia, pero decidió aferrarse a él y finalmente consiguió sacarlo adelante, aunque trasladándolo a un nuevo y sorprendente escenario: Buenos Aires. A finales de diciembre de 2021 comenzó a realizar en la capital argentina un recorrido histórico sobre la Guerra Civil española de tres horas de duración, en el que un año después ya han participado 800 personas. Mónica destaca que “vienen muchos argentinos y en la mayoría de los casos vienen a reconstruir su historia familiar. También vienen españoles”. Si uno echa un vistazo rápido a su cuenta de Instagram puede encontrar fotos de la alcaldesa de Barcelona Ada Colau, del presidente de Esquerra Republicana de Catalunya Oriol Junqueras o del premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel sosteniendo el cartel promocional del recorrido, ilustrado con la icónica foto de la miliciana Marina Ginestà con el fusil al hombro en julio de 1936.

“Entiendo y comparto plenamente el orgullo de las políticas argentinas de memoria, pero lo que nosotros hicimos fue un proceso muy particular, no es una receta que todos los pueblos del mundo tienen que llevar adelante”, asegura Mónica, buscando alejarse de un análisis comparativo enfocado desde el paternalismo, la superioridad moral o el argentinasplaining. “Hay mucha gente que me viene con esta cosa de ‘los españoles no quieren saber, no les interesa su propia historia…’. Decir que a la sociedad española no le interesa su propia historia es negar la identidad de la sociedad española, que fue muy luchadora”. Para explicar las diferencias entre los dos países recurre a un paralelismo inspirado en la experiencia feminista: “si yo soy víctima de violencia sexual y pude hablar en el momento… no es una cuestión de voluntad, depende de muchos factores: una familia que escuche y que acompañe, una justicia que actúe… Yo no puedo señalar a otra víctima de abuso sexual porque hace veinte años que está callada y no quiere denunciar. No me puedo poner en ese lugar”. Mónica también cree que es hora de que los españoles empecemos a poner en valor los elementos más positivos de nuestra historia democrática, pues “lo que hizo España fue algo maravilloso: la clase trabajadora defendió la democracia con su propia vida, cosa que en Argentina no pasó. Hay que empezar a reivindicarlo. El punto inicial para los españoles es salir de la tristeza. Como decía [el intelectual argentino] Arturo Jauretche: ‘los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza’”.

El reciente éxito de la película Argentina, 1985 ha dado a conocer internacionalmente el juicio a las juntas militares de la dictadura, celebrado durante el primer gobierno democrático del presidente Raúl Alfonsín. Mónica considera que “Argentina, 1985 es una gran película y muy necesaria. Si me preguntan si es la película que yo hubiera querido… claramente no, le faltan muchas cosas. Pero no es una película para mí, sino para la gente que está muy por fuera del imaginario de los Derechos Humanos. Hay que atraer a esa gente”. En realidad el proceso argentino de memoria democrática no fue tan idílico como en ocasiones se piensa, ni avanzó siempre de forma ininterrumpida en una dirección progresista. “Cuando Alfonsín crea la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), un grupo de intelectuales y personalidades destacadas de la cultura arman el libro Nunca Más. Sale en 1986 y en el prólogo Ernesto Sábato dice que lo que había ocurrido en Argentina en los 70 era un enfrentamiento entre dos fracciones radicalizadas [las Fuerzas Armadas y la guerrilla] que habían utilizado toda su violencia, dejando a la sociedad civil por fuera de esos extremos”. Es lo que se conoce como la “teoría de los dos demonios”, cuyo equivalente en España “sería la guerra entre dos bandos o la guerra entre hermanos”. El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, declaró recientemente en una visita institucional a Buenos Aires que “hace 80 años nuestros abuelos y bisabuelos se pelearon y no tiene sentido vivir de los réditos de lo que hicieron”, demostrando la vigencia que todavía tiene esta teoría entre las fuerzas conservadoras españolas.

En los últimos años del gobierno de Alfonsín, “a partir de la presión de los militares, se sanciona la ley de Punto Final [1986] y la ley de Obediencia Debida [1987]”, que impedían juzgar a los militares que habían cometido delitos de lesa humanidad. “Después, en 1989, [el presidente] Menem indulta tanto a las cúpulas de las Fuerzas Armadas como a las de la guerrilla. A partir de ahí se sella la impunidad. Nosotros durante todos los 90 tuvimos a los represores caminando por la calle”, recuerda Mónica. Tras la grave crisis de 2001 se produjeron importantes avances durante los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Uno de los más significativos tuvo lugar el 24 de marzo de 2004, el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, cuando Néstor Kirchner ordenó al jefe del Ejército que descolgara los cuadros de los genocidas Videla y Bignone que todavía presidían las paredes del Colegio Militar. Las medidas adoptadas por los gobiernos de Néstor y Cristina fueron posibilitadas por las luchas históricas de organizaciones en defensa de los Derechos Humanos como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, cuya presidenta, Hebe de Bonafini, falleció el pasado 20 de noviembre. La primera marcha de Madres para protestar contra la desaparición de sus hijos se celebró en abril de 1977, en plena dictadura.   

El 19 de octubre de 2022 se sancionó en España la nueva Ley de Memoria Democrática. La valoración de Mónica es ambivalente y va en la línea de la posición adoptada por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH): “yo pienso que una ley siempre es mejor que ninguna ley. Eso va de suyo. Pero tiene algunos problemas. Primero, no menciona a la Iglesia en ninguna parte, cuando la Iglesia fue un pilar fundamental de la dictadura franquista. Después, establecer el 31 de octubre como el día de todas las víctimas de la Guerra Civil es consolidar el imaginario de la teoría de los dos demonios. Así nunca se va a poder avanzar en una perspectiva de Derechos Humanos y no va a haber ningún tipo de reparación económica, simbólica, histórica, ni nada. Lo que sí me parece muy bueno de la ley es que tenga que estar en los contenidos educativos”. La forma de abordar la cuestión de las exhumaciones también le parece problemática, pues el Estado español no se hará cargo de las mismas a través de una oficina específica, sino que “recibirá proyectos de diferentes exhumaciones y subvencionará a unos sí y a otros no, cuando lo que debería hacer es poner a todas las familias en igualdad de condiciones. Ahí es donde falta la universalidad de los derechos”. Mónica tiene muy claro que “los desaparecidos de España también son los nuestros. Tiene que ver con una cuestión de conciencia de clase. Lo que pasó en España y lo que pasó en Argentina fue un capítulo más de la lucha de clases, porque las que desaparecen son personas que tienen ideales y cosmovisiones que representan la dignidad de la clase trabajadora”.

Volviendo a Argentina, 1985, Mónica considera que la película muestra “que hubo un consenso democrático que surge en 1983 e involucra a todas las fuerzas políticas”. Sin embargo, desde su punto de vista, “ese consenso se rompe el 1 de septiembre de 2022, en el momento en el que le gatillan a la ex presidenta y vicepresidenta [Cristina Fernández de Kirchner] en la cabeza. Las fuerzas políticas que deberían haber salido a repudiar ese hecho al día de hoy no emitieron ninguna opinión. Entre ellas está la figura de [Javier] Milei. Estamos hablando de una fuerza política que es negacionista de los desaparecidos. Lo que tiene la ultraderecha, no solo en Argentina sino a nivel mundial, es que va corriendo el límite de lo tolerable. Se van naturalizando situaciones de violencia y por eso nadie se escandaliza ante un intento de magnicidio”.

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