“Atlántica nació de la fartura de andar por los chigres diciendo que había que hacer algo”

No había nadie como Xuan Cándano para narrar y hacer recuento de la Asturias democrática y autonómica.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

La estupenda portada de “No hay país: crónica política (y sentimental) de Asturias (1975-2022)” (Hoja de Lata) es una composición en la que vemos, como contenida en un sándwich del que un pan fueran los Picos de Europa y el otro el edificio de la Junta General del Principado y la torre-bar del Centro Niemeyer de Avilés, una masa de figuras humanas. Vemos a Arturo Fernández, a Gabino de Lorenzo, a José Ángel Fernández Villa con mono azul, a Rodrigo Cuevas. Vemos una manifestación transicionera por el Bable a la escuela. Vemos a una feminista anónima alzando el puño. Vemos al trabajador de una célebre instantánea, hecha por Javier Bauluz, de las movilizaciones del naval gijonés en los ochenta, estirando un gomeru ante una tapia en la que alguien ha pintado: “Tenemos que ser optimistas”. Por ahí anda también la Santina de Covadonga. No había nadie como Xuan Cándano (San Esteban de Bocamar, 1959) para escribir este sobrevuelo de cuatro décadas de autonomía; para narrar y hacer recuento de la Asturias democrática. Periodista en diversos medios durante esos cuatro decenios, de La Voz de Asturias —de donde lo despidieron por una entrevista a Gregorio Morán— a Atlántica XXII, revista de la que fue cofundador, Cándano no cuenta en este libro que publica Hoja de Lata una historia alegre, sino la de una sucesión de fracasos: el de la reconversión, el del asturianismo, el de la propia autonomía, dirigida con demasiada frecuencia por paradójicos presidentes antiautonomistas. En esta conversación en la terraza del bar Cundo, un chigre del centro de Oviedo en el que el tiempo parece haberse detenido, se alterna el repaso de su vida y trayectoria con el de las tesis de la obra.

Xuan: naces en San Esteban de Pravia en 1959, hijo de un sastre.

Voy a empezar corrigiéndote (risas). Afortunadamente, ya no se llama San Esteban de Pravia. En su momento, todos los pueblos del Bajo Nalón llevaban ese añadido de Pravia, porque Pravia ejercía el poder político en la zona: Muros de Pravia, Soto de Pravia, Cudillero de Pravia… Pero todos lo fueron perdiendo. Quedaba solo San Esteban, y por fin, desde la revisión toponímica de hace media docena de años, es solo San Esteban. Ahora estamos los vecinos naguando por recuperar Bocamar, que era el topónimo histórico que se mantuvo hasta el siglo XIX: San Esteban de Bocamar. El último texto en el que aparece es de Jovellanos. Y sí: yo nací ahí en el cincuenta y nueve. Mi padre, efectivamente, era sastre, y su padre también. Su padre, mi abuelo, era de Turón. Hay una relación directa entre Turón y San Esteban.

Una relación fluvial.

Económica, social. El carbón que salía por San Esteban venía de las cuencas del Aller y el Caudal; la empresa era Hulleras del Norte. Mucha gente de Turón acabó en San Esteban. Mi abuelo montó una sastrería, y un hermano suyo, otra enfrente, al otro lado de la ría, en L’Arena. Mi madre, por parte de mi abuela materna, sí eran de allí, de Muros. Mi abuela, de guaja, vivió en un bar y domicilio que se llamaba El Manantial, al que yo luego fui de farra mil veces, porque se convirtió en un pub muy mítico que se llamaba El Peix, entre San Esteban y Muros. Mi abuelo materno era de Siones, muy cerca de Oviedo, en el valle del Trubia. Se llamaba Manolo, y era maquinista de El Vasco. Hace poco me enteré de que el día 18 de julio de 1936, cuando se produjo el golpe, él iba en el tren de San Esteban a Oviedo. Al llegar a Oviedo, se enteró del golpe y ya no volvió; se fue a Siones. Era ya mayor; tenía cuarenta y pico años. E hizo llevar a toda la familia para allá. Mi abuela y todos los hijos, que eran once, pasaron la guerra allí; era zona republicana. Al acabar la guerra, mi abuela volvió con todos los hijos andando por la vía del tren; creo que tardó un par de días en llegar. Dormían por el camino. Iban a San Esteban a hacerse cargo de la casa en la que vivo ahora, que estaba arrasada; la había arrasado un falangista que, cuando vio a mi abuela, amenazó a mi abuelo a través de mi abuela; le dijo que no se le ocurriera volver. Mi abuelo, de hecho, no volvió hasta tiempo más tarde, cuando hubo una especie de amnistía en El Vasco. Mis abuelos eran los dos socialistas, los dos del PSOE. Se llamaban los dos Manolo. Manolo el sastre y Manolo el maquinista.

¿Cómo es ese San Esteban en el que naces?

Un San Esteban en decadencia. Fue un puerto mercantil muy potente, con un tráfico enorme, que llegó a estar por encima de Gijón y a ser el primer puerto carbonero de España. Tuvo un auge tremendo en la primera guerra mundial y también con la segunda, y después con la autarquía. Con el fin de la autarquía, en el cincuenta y nueve, empezó su declive. En San Esteban se ve muy bien el fracaso de Asturias; esa incapacidad que tenemos aquí para sacar provecho de nuestros propios recursos. Nunca se llegó a encontrar alternativa para San Esteban, que es un inmenso puerto en el que caben ocho o nueve de Asturias. En su día, fue una obra faraónica. Su ubicación tiene mucho que ver con la rivalidad Oviedo-Gijón. La natural era un poco más allá, en la Concha de Artedo, que es un fondeadero natural tremendo, pero los Tartiere y otras familias financieras, que se oponían a sacar el carbón por Gijón —lo cuenta Oliveros en el libro este de historia de Asturias del año treinta y cinco—, se decidieron por San Esteban, adonde llegaba el Vasco-Asturiano. Bueno, el caso es que no se puede entender que, después de hacer una obra de esa magnitud, y teniendo salidas por tierra, mar y aire, porque el aeropuerto está al lado y llega el tren, aparte de belleza natural y una ubicación en el centro de Asturias, no se haya sido capaz de darle una alternativa desde que se fueron los Altos Hornos de Vizcaya, que se llevaban el noventa y siete por ciento del carbón, en los sesenta. Se le podría dar, igual ahora para embarcaciones deportivas; antes, cuando estaba en auge el sector pesquero, para eso. Pero nunca se le llegó a dar.

Xuan Cándano FOTO: David Aguilar Sánchez

Juan Luis Rodríguez-Vigil tenía aquel proyecto, ¿cómo se llamaba?

Puerto Norte. Lo cuento en el libro. Una muestra más del grandonismo de los asturianos, ya tan venido a menos, casi desaparecido.

Es cierto que cada vez somos menos grandones.

Es algo que pertenecía al desarrollismo. Yo recuerdo hablar mucho con Vigil de ello. Vigil me entraba a mí con el tema: bajaba a San Esteban a lo mejor un martes o un miércoles de noviembre y hablaba con los paisanos, entre ellos mi padre, que era entonces presidente de la asociación de vecinos. Estaba ilusionadísimo con aquel proyecto, pero, cuando me lo contaba, yo siempre le decía: “Vigil, pero hay que empezar la casa por los cimientos. Tienes que hacer un puente a L’Arena, una pasarela, una comunicación. Hay una ría de ciento cincuenta metros y tienes que dar una vuelta de ocho kilómetros. Es la última ría incomunicada que hay en España, prácticamente”. Él llegó a decirme que ya lo había pensado y lo había hablado con Borrell, que era ministro de Obras Públicas, pero que era imposible, porque, como ahí iban a entrar trasatlánticos enormes, ni el puente de San Francisco iba a poder con ello. Al final aquello fue el Puertomocho, porque, cuando Vigil se tuvo que marchar por lo del Petromocho, llegó Trevín, que enterró el proyecto inmediatamente. Después, lo cerró definitivamente Tini, que a los pocos meses de llegar a la presidencia se presentó en Muros, dio una rueda de prensa rodeado de los alcaldes de Soto y de Muros, ambos del PSOE, y dijo que aquella pasarela, que había aprobado Marqués, no se hacía. En fin, una zona muy maltratada. Lo dice ya José Robles, pintor y periodista que fue redactor jefe de El Carbayón, en un texto de finales del siglo XIX: “¡Si los franceses o los catalanes tuvieran esta ría…!”. Ya se lamentaban entonces. Estamos a principios del siglo XXI y seguimos igual.

Estudias en el famoso San Luis de Pravia.

Era casi inevitable cuando cumplías diez años, que era cuando empezabas el bachillerato. Mi padre ya había hecho el bachillerato allí. Era una especie de reformatorio; un colegio “de disciplina inglesa”, lo cual era entonces sinónimo de violencia. Te pegaban hasta en COU. Yo ya tenía diecisiete años la última vez que recuerdo que me pusieran la mano encima. La violencia se consideraba normal. Llegabas a casa y, si contabas que te había pegado un profesor, te preguntaban qué habías hecho; “algo habrás hecho”, decían. El nivel académico también era deficiente, fuera de algunos profesores. Pero aquel régimen tan duro y tan violento tenía otra cara, que era el compañerismo. Como en la cárcel, ante un sistema duro crece el compañerismo, que era excelente. Luego, en la mili, me acordé mucho del San Luis, porque la cosa era parecida. El director era Manuel López de la Torre, que era el típico cacique de esa época del franquismo: era alcalde de Pravia, diputado de la Diputación franquista, cronista oficial de Pravia… El colegio llevaba su sello.

“En el San Luis Te pegaban hasta en COU”

Te marchas a Madrid a estudiar periodismo.

A los diecisiete. Ahora lo repasas y te das cuenta de los cambios enormes de la sociedad en medio siglo. Tuve que pasar por un calvario burocrático. Tenías que hacer una preinscripción en la Universidad de Oviedo en junio, al acabar el curso anterior, y quien no se enteraba, que era la mayoría, se quedaba fuera. Yo me enteré porque Óscar Fleites, un periodista al que conocía por un rollo familiar, que estaba en quinto, me avisó, y fue el que me la hizo. Después, tenías que mover tú mismo el traslado de matrícula; venir a la Universidad de Oviedo y cambiarla. Pertenecías al distrito universitario de Oviedo, y si querías cambiar a otro sitio tenías que hacerlo así. Yo, de hecho, prefería ir a Barcelona, que era entonces la vanguardia en relación con Madrid, pero me engañaron vilmente, porque me dijeron que no se podía. Luego tuve compañeros que fueron a Barcelona y me dijeron que nanay de eso. Pues bueno, tenías que hacer tú esa gestión. Pero cuando por fin logré pasar todo ese laberinto, fui en septiembre a matricularme en la Facultad de Ciencias de la Información, hice una cola muy grande y, al llegar a la taquilla, la moza que estaba allí me dijo que había una lista de admitidos. Miré la lista y resultó que, de mil ochocientos que habíamos solicitado entrar en primero, con todas las condiciones académicas y administrativas ya arregladas, habían admitido a doscientos, pero a doscientos a dedo, sin ningún tipo de baremo, y muchos de ellos llevaban apellidos compuestos de familias muy conocidas. Yo creo que me hice rojo mirando aquella lista. Aunque ya estábamos politizados en COU, mis amigos me tomaban el pelo diciendo que yo era un liberal, un democristiano… Leía mucha prensa, El País con un día de retraso, y podía ser antifranquista, pero moderado. Me indignaron mucho las matanzas de Vitoria, de Montejurra…, pero no era ningún radical. Fue mirar aquella lista lo que me hizo intuir que en España había un problema de justicia social tremendo.

Xuan Cándano y Pablo Batalla FOTO: David Aguilar Sánchez

¿Qué pasa entonces? ¿Cómo consigues entrar?

El PCE estaba muy bien organizado en la Complutense, como en toda la Universidad española, y había por allí una pareja mítica que eran mayores que yo, debían de estar ya en el último curso: Germán y Julia. Él era de Vigo y fue luego periodista; murió hace poco; trabajó en Radio Nacional y más medios. Ella era de Málaga. Y lograron organizar con gran inteligencia a aquella caterva de chorbos provincianos y despistados, la mayoría críos, de la que yo formaba parte. Hubo una movilización progresiva que acabó en un encierro, y nos admitieron a todos, aunque al final los que nos matriculamos ya no éramos tantos, porque muchos, temiendo perder un curso, se habían matriculado en otras facultades.

¿Qué tal esa carrera a nivel académico? ¿Aprendiste?

Académicamente era un desastre. Yo era de la séptima promoción, y aunque había algunos profesores buenos y algunas asignaturas que sí merecían la pena, muchos eran profesores noveles, y los estudiantes nos sentíamos a veces como piezas de una partida de ajedrez. Recuerdo por ejemplo una asignatura que se llamaba Teoría de la Información, que tenía un catedrático del PCE que se llamaba Martín Serrano. Este hombre tenía un montón de discípulos que eran penenes, y los que daban clase durante todo el curso, repartiéndose los meses. Una gente a la que nosotros estuvimos apoyando abiertamente durante todo el curso, en una huelga de penenes que hubo y demás, pero que luego no se enrolló con nosotros en absoluto: nos examinaban de todo el temario, de cosas que no habíamos dado… Pero todo por jerarquía y temor al catedrático.

El asturianismo, te socializas allí, en Madrid, con todo aquel grupo del que formaban parte David M. Rivas, Pin el de Cigüedres…

El Conceyu d’Asturies, sí, que era la sucursal de Conceyu Bable en Madrid. Ahí estuvimos David M. Rivas, Fonsu Velázquez, Javier Cuartas… Nació prácticamente en mi facultad y estaba muy vinculado a ella. Entonces había muchos asturianos estudiando periodismo. Yo, al poco de llegar, ya contacté con José Álvarez, Pin, el que era su presidente; un gran tipo y un gran escritor, bastante mayor que nosotros. La sede era su casa. Tenía una biblioteca imponente; era un lector autodidacta, porque era trabajador de Wagons-Lits, una empresa de Renfe o que curraba para Renfe, y que se ocupaba de los coches-cama. Ahí había currando mogollón de gente de Belmonte, de donde él era; algo así como los serenos de Cangas. Pin nos influyó muchísimo. En lo asturiano, todos éramos autodidactas. Casi los seguimos siendo, porque la historia sigue siendo la gran ignorada en los programas de los centros escolares en Asturias. El asturiano, entonces, empezaba su fase de normalización social.

¿En qué consistía aquella militancia?

Había varias áreas. Había una más técnica, más lingüista, en la que estaban Fonsu Velázquez o el propio Pin, pero que no era la mía. Y había otra más social, más política, donde estábamos David M. Rivas y yo, entre otros. Editábamos una revista, libros, hacíamos pegatinas, íbamos al rastro a vender, a la fiesta de los comuneros de Villalar, organizábamos conciertos, llevábamos a Carlos Rubiera, a Nuberu…

¿Había un fenómeno de mimetismo de lo vasco y lo catalán, en el sentido de descubrir la identidad propia a través de la de otros: “ellos tiran por lo suyo, tiremos nosotros por lo nuestro”?

No fue mi caso. Yo ya era lector de la sección de Conceyu Bable en Asturias Semanal antes de ir a Madrid. Sí que es verdad que, en Madrid, tienes un choque lingüístico. Recuerdo una vez que fui una tienda a comprar unos arbeyos y, como no sabía cómo se decía en castellano, estuve ahí veinte minutos con el paisano hasta que di con la palabra en castellano y me vendió lo que yo quería comprar. Ahí es cuando empecé a tener conciencia de una lengua propia. Pero no, el mimetismo lo cometieron el nacionalismo o el regionalismo asturianos en lo político. Yo ya sabía que Asturias tenía una cultura propia y un camino propio sin necesidad de que me lo enseñaran los vascos o los catalanes.

Xuan Cándano. Foto. David Aguilar Sánchez

Vives los primeros años de la Movida.

Yo debo mucho a Madrid. Estuve cinco años allí y era esa época de, primero, eclosión política, pero después también cultural. Años de utopía, de contracultura. Luego llegó el desencanto. La peli de Chávarri, que nada tiene que ver con el desencanto político, marcó con su título aquel proceso. La Facultad ya te digo que era una cosa muy irregular en lo académico, con profesores muy malos, fuera de alguno, como Ariel del Val, el sociólogo, que sí tenía nivel. Pero lo que sí fue es una verdadera escuela más allá de las clases. La vida cultural y contracultural eran intensísimas.

“Debo mucho a Madrid”

¿Qué clase de cosas hacíais?

Recuerdo unos ciclos de cine impresionantes en aquel salón de actos, cuya pantalla estaba cubierta de pintadas. Recuerdo una conferencia de Umberto Eco sobre semiótica en la que nadie entendió absolutamente nada, pero estábamos allí todos, postrados ante él. El ambiente era completamente underground, con la gente fumando porros y tomando birras. Pero no era solo la Facultad, era Madrid. Dicen que, en Madrid, a las ocho, o das una conferencia o te la dan. Recuerdo ir a lugares oficiales y serios, pero también coger el metro e ir a casa Dios a una conferencia de Agustín García Calvo en no sé qué ateneo o no sé qué barrio. Pasabas el día en la calle.

Estás en Madrid de… ¿qué año a qué año?

Del setenta y seis al ochenta y uno.

Y luego vuelves.

Sí. Curro no faltaba, algo que visto con los ojos de ahora parece insólito. Todos íbamos a Madrid a estudiar para volver. Por voluntad, pero también porque se estaba poniendo en marcha un país nuevo, y había trabajo. No conozco a casi ninguno que se quedara aquí. Los un poco mayores que yo (Mario Bango, Bron, Patterson…) ya habían vuelto antes, con el Asturias: diario regional, donde yo curré un mes haciendo una sustitución, llevando la delegación de Avilés, sustituyendo a María José Arcones. Y yo, en cuanto volví, ya tenía trabajo. Ya en quinto andaba yo entre la Facultad y Asturias, porque me metió Bron en La Voz de Asturias.

Donde no tendrás una buena experiencia, ¿no es así?

Era la época en la que le dueño era José Eladio Amado de Lema, al que todo el mundo llamaba Malvado de Lema, por su política laboral.

Te acaban echando por una entrevista a Gregorio Morán.

Venía a presentar Los españoles que dejaron de serlo a Oviedo, y Lorenzo Cordero, que era el subdirector y un hombre vinculado a la izquierda como compañero de viaje del PCE, me encargó entrevistarlo, y me lo presentó. Lo que pasaba era que Cordero era un articulista rojo y un editorialista de derechas, bajo las órdenes de Amado de Lema, y un hombre de confianza suyo odiado por la plantilla, porque tenía métodos esclavistas. Era un jefe de personal como el de Novecento. Aquella entrevista la censuró el propio Cordero por indicaciones de Amado de Lema, yo protesté y me echaron. Luego gané el juicio y me tuvieron que pagar ochocientas mil pesetas de la época, porque no quise volver. Me fundí la pasta en la mili; me permitió viajar por toda España, en contraste con la mayoría de mis compañeros. Fui muchas veces a Cataluña, al País Vasco… En Donosti tenía muchos colegas, porque había hecho prácticas en un periódico de la antigua cadena del Movimiento que se llamaba Unidad, por la unidad de España. También las hice en La Voz de Avilés.

Después de La Voz de Asturias, ¿Televisión Española?

Pasé por mil curros. Estuve en la SER, en agencias, en Efe, en OTR Press… También fui jefe de prensa de la Universidad de Oviedo, que fue un curro magnífico. El rector era Alberto Marcos Vallaure, un tipo extraordinario, un geólogo humanista que a mí me recordaba a Fermín Canella. Y el equipo rectoral, igual; gente muy plural, de gran altura humana y profesional. Aquella fue la última vez, creo yo, en que la sociedad asturiana fue vanguardia, y se ve bien en la Universidad. Estaba Adolfo Rodríguez Asensio, que era vicerrector de Extensión Universitaria, también eran vicerrectores Agüera, Dugnol, José Antonio Martínez…

César Iglesias tiene una teoría de las cuatro ilustraciones asturianas: la de Jovellanos y compañía, la del Grupo de Oviedo, la obrera y la cuarta ilustración que podría encabezar Juan Cueto.

Puede ser, sí. Los intelectuales orgánicos, el poder de la inteligencia individualizada, se acabaron, es algo que se perdió. En el libro cuento el papel que jugaron en los ochenta y noventa el propio Juan Cueto, Gustavo Bueno o Emilio Alarcos. Ahora la inteligencia va por otros derroteros.

¿Cómo llegas a Televisión Española?

Sale una plaza en el Centro Territorial y nos presentamos sesenta. Acabamos entrando dos, porque dijeron que habíamos empatado. El otro era Miguel Somovilla, yo entré más tarde.

Y hasta hoy.

Sí, pero huyendo siempre. Llegué con mucha ilusión, creyendo que aquello, que siempre había sido un chiringuito, podía cambiar, pero Televisión Española no cambió sustancialmente desde el franquismo. No en vano Adolfo Suárez fue secretario general del Movimiento y director de TVE. Después de la muerte de Franco, siguió mandando el Gobierno y siguió habiendo comisarios políticos. No se ganó en independencia política, pero es que además el nivel profesional fue descendiendo hasta casi llegar a lo grotesco. No tardé en darme cuenta de que ahí no podía hacer nada. Además, siempre estuve absolutamente marginado, porque nunca fui un hombre de confianza, sino al revés: de absoluta desconfianza de los partidos en general y de los grandes en particular. Así que, cuando llegaba a un grado de queme inaguantable, me inventaba algún pretexto para marchar. Una vez, en los noventa, marché seis años para montar una productora que se llamaba Bocamar, y que fue un éxito: funcionó muy bien haciendo informativos para las televisiones privadas y autonómicas. También pedí unos cuantos permisos de meses sin cobrar, uno de ellos de casi medio año, para escribir El pacto de Santoña. Al final, monté Atlántica, que creyeron que era una boutade mía que iba a durar cuatro días. Había que pedir un permiso al Ministerio de Administraciones Públicas y otro a la empresa para el tema de la compatibilidad, pero me dieron los dos sin ningún problema.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿En qué momento dejas de ser Juan Manuel Fernández empiezas a ser Xuan Cándano?

Cándano es el segundo apellido de mi padre; el primero de mi abuela, Marcelina Cándano, que era la mujer del sastre. Cándano, en asturiano, es una caña seca. Aparece mucho en la toponimia, sobre todo en el Occidente: Candanosa, Candanal… Cuando empecé a firmar, ya lo hice con el Cándano. En el País Vasco, firmaba como Juan Cándano. Aquí, donde me llamaban Xuan desde Madrid, me puse la equis.

Volvamos atrás en el tiempo. La Movida ovetense. Tú te vinculas estrechamente a ella. La Universidad te nombra director de las Hojas Universitarias, una especie de Luna de Madrid astur.

Las había fundado Miguel Somovilla, que había sido mi antecesor como jefe de prensa. Era un boletín puramente académico, pero yo me empeñé en convertirlo en una publicación que pudiese servir para acercar la Universidad a la sociedad, algo que se anhelaba tremendamente en aquella época. Los convencí. Hubo quien se opuso, caso de Pulgar, otro de los vicerrectores, que luego se desvinculó del tipo de publicación que sacamos. Pero dieron salida a toda la creatividad que había entonces en Asturias. Se vendía en los pubs y bares de la época; la distribuía Toño Barral en moto. Formamos un equipo muy completo, muy heterodoxo, que funcionó muy bien: Juanjo Barral, Javier Santos, Boni Pérez, Milio Rodríguez Cueto, que empezó a escribir ahí… La Movida ovetense llegó con retraso respecto a la madrileña, como todo, pero fue muy interesante. Era más British. Lo refleja bien el documental este, Más moderna que Londres. Mucha gente de Oviedo había marchado a Londres en aquella época, no solo Tino Casal, y en música, en tendencias de todo tipo, eso se notaba. Recuerdo descubrir entonces, porque los traía esta gente, a los Smiths, a los Cure, a la Columna Durruti…

¿Qué opinas de esta interpretación según la cual la Movida fue en realidad un fenómeno reaccionario que vino a apagar, encarnando una falsa transgresión aparejada al felipismo, la potencia contestataria de la generación anterior, más folkie, la de los cantautores?

Hay gente que tiene una tendencia tremenda a ver conspiraciones y operaciones artificiosas de los grandes poderes por todos los sitios. La Movida fue absolutamente natural en su época, como antes la contracultura. Hubo ahí un período en el que un Estado era débil, porque había muerto el dictador, y no acababa de aparecer todavía el poder democrático. En los cuatro, cinco, seis, siete años que van del setenta y cinco al ochenta y dos, o al menos al setenta y ocho, el Estado estaba sin hacer y los gamberros pudimos ocupar ese espacio. Había una alegría, una subversión, una imaginación desbordantes; las hubo durante muchos años. Las hubo en Madrid, las hubo en Barcelona, donde la contracultura empalmaba un poco con la ciudad anarquista de los años treinta, La ciudad de los prodigios, la hubo aquí… Luego vino el desencanto. El Estado, que es por definición autoritario, nos metió en vereda, como siempre. Nos olvidamos de cambiar el mundo y lo que quisimos fue cambiar nuestras vidas haciéndolas más divertidas, y eso fue la Movida. ¿Que la Movida era superficial, que no tuvo un poso cultural importante…? Cierto. Pero de ahí a que haya sido un invento de los grandes poderes…

No diría un invento, sino una energía espontánea que se desata y que rápidamente el felipismo controla, y la controla financiándola. Aquello que decía ¿Ferlosio?: “Cuando escucho la palabra cultura, echo mano de mi chequera”.

Sí, eso es cierto. Pero entonces ya no había movida. La Movida son esos primeros años. Nace con el concierto homenaje a Canito en Caminos, que me parece que fue en el año ochenta, y al que, por cierto, me arrepiento mucho de no haber ido, porque los de mi piso fueron. Recuerdo verlos marchar: “Vamos a un concierto de no sé quién a Caminos”. “¿Quién toca?”. “Ah, no sé”. Yo no fui, no dándole ninguna importancia, y luego me arrepentí. Bueno, eso pudo durar unos pocos años. Luego, efectivamente, ya fue comercio y esa utilización del felipismo que se correspondía con la imagen de modernidad que querían transmitir al mundo.

“La Movida ovetense llegó con retraso respecto a la madrileña, pero fue muy interesante”

Vamos un poco con tu libro. Te voy a ir preguntando, a lo largo de la entrevista, por cada presidente asturiano; por tu opinión sobre su mandato. Años ochenta, Pedro de Silva. ¿Fue el mejor presidente que ha tenido Asturias? ¿Al menos el que, en esta región en la que, como el título de tu libro dice, No hay país, sí tuvo un proyecto sólido de país, aunque quizás luego no tuvo herramientas para montarlo?

Sí, efectivamente. Este hombre tenía un proyecto de país. Tenía hasta un libro, algo insólito visto lo que pasó después.

Asturias: realidad y proyecto.

No creo que haya un ejemplo entre lo que conocemos y nos queda más próximo de un presidente que haya llegado al frente de su ejecutivo, no ya con un proyecto, sino con un libro para contarlo. Antes había escrito El regionalismo asturiano, un libro que yo leí en Madrid y que me interesó muchísimo. Pedro de Silva tenía una idea de Asturias en la cabeza y la esbozó durante el tiempo escaso que estuvo en la presidencia, que fueron ocho años. Señaló un camino. Lo que pasó fue que, luego, no tuvo continuadores. Además, en esa época los gobiernos se limitaban a resistir las embestidas de la reconversión industrial, que eran enormes.

Más tarde te preguntaré por Rodríguez-Vigil, el sucesor de De Silva. Antes quería preguntarte por el movimiento vecinal, que fue fuerte en San Esteban en los ochenta. Llegasteis a pedir la anexión a la Comunidad de Madrid.

El otro día sacó el tema Pedro de Silva en la presentación en Gijón, provocando grandes risas. Hubo un colectivo ciudadano que se llamaba Plataforma Anti-Fango, cuyas siglas eran PAF, que salió de un chigre —de El Peix, que era nuestro santuario noctámbulo— un día de noche. El puerto estaba en seco. No se dragaba, y había toneladas de fango que impedían entrar y salir a los barcos con normalidad. Era una imagen desastrosa de abandono y desidia. Montamos aquella plataforma e hicimos unas Olimpiadas del fango aprovechando la marea más gorda del año, la de San Agustín, coincidiendo con las Olimpiadas de Seúl. Se celebraron todo tipo de pruebas: de velocidad, con pelotas… Enterramos a un muñeco al que llamamos El Nani, por aquel delincuente al que había hecho desaparecer la Policía, y dábamos un premio al que lo encontrara, pero nadie lo encontró, y apareció días después en la dársena; estuvo flotando no sé cuánto tiempo. Llamamos a amigos artistas, que teníamos muchos, y nos echaron un cable. Carlos Barral nos hizo un cartel precioso para una expicha, con equis, a la que convocábamos a todo el pueblo para firmar un escrito en el que se pidiera el cambio de autonomía a Madrid, ofreciendo a Madrid una salida al mar. Aquel verano se había hecho muy popular una canción de Los Refrescos que se titulaba Aquí no hay playa.

“¡Vaya, vaya…!”

Esa. Aquellas movilizaciones fueron enormes, y llamamos la atención de toda España, no ya de toda Asturias. Pedro de Silva tardó muchos años en decirme que había sido su mayor bochorno como presidente. No era ya que no te hicieran caso fuera, eso que pasa y sigue pasando, sino que, para una vez que salías en los medios de comunicación nacionales, era para ponerte de ejemplo de la desidia y el desastre de una zona abandonada, con los vecinos tirando de la subversión y el humor para ridiculizarte. Una vez nos felicitó en privado Leguina y contó que aquello le había hecho una gracia tremenda, aunque no intervino en público, supongo para no perjudicar más a Pedro de Silva. Recuerdo también que nos llamaron unos constructores de Madrid que querían hacer una gran urbanización aprovechando la jugada (risas). Creo que luego estuvieron vinculados al golpe parlamentario aquel…

¿El Tamayazo?

Sí, sí. El Principado, al final, decidió hacer una comisión de revitalización de San Esteban de la que formaba parte todo tipo de organizaciones… menos el PAF. Rehabilitaron fachadas, hicieron unas piscinas de agua salada que ahí siguen, un paseo marítimo… Conseguimos cosas. Pero no consintieron que participásemos en el diseño de los proyectos de futuro para San Esteban ni pa Dios.

Más tarde fundáis una candidatura vecinal que por poco gana las elecciones.

Eso fue años después. En San Esteban hubo una tradición de movimiento vecinal. La primera asociación, durante los años setenta, estaba impulsada por el PCE bajo cuerda, como solía ocurrir. Esta otra candidatura se llamó Cambio Siglo XXI, una cosa modernísima, demasiado para la zona rural. Asamblearia. El número uno de la candidatura era un químico, Marcelino García; el dos, un ingeniero de minas, Luis Eloy Fernández Cueto; estaba Maximiliano Blanco… Llegamos a tener tres concejales. Desbancamos de la oposición a IU y al PP, pero no logramos que el PSOE pinchara; nunca perdieron la mayoría absoluta. Yo fui concejal tres años; Cambio Siglo XXI duró doce. Desapareció por falta de relevo generacional, algo que se lleva notando en Asturias, incluso en los movimientos sociales, desde hace muchísimo tiempo, y en este caso desde hace ya veinte años.

Foto: David Aguilar Sánchez

A la propia Asturias le falta relevo generacional: llegamos a ser la región con menos natalidad del mundo, junto con, creo recordar, Cerdeña y Macao.

Efectivamente. Asturias se deja morir poco a poco.

Años noventa. Tres presidentes: Juan Luis Rodríguez-Vigil y Antonio Trevín, del PSOE, y Sergio Marqués, del PP. Y dos legislaturas que son las únicas en las que un partido asturianista ha conseguido representación parlamentaria: aquel escaño de Xuan Xosé Sánchez Vicente por el PAS. En tu libro razonas los motivos del fracaso histórico del asturianismo.

Lleva fracasando desde el principio, desde el setenta y siete, con Unidad Regionalista. Aquello era una candidatura de locos que incluía a toda la extrema izquierda sin legalizar, o casi toda. El partido más importante era el MC, que tuvo mucha fuerza en el tardofranquismo, pero ahí también estaban el PCT, el PCE (VIII-IX Congresos)… También independientes y asturianistas. Xosé Lluis García Arias creo que era el número siete. Estaba también Amelia Valcárcel, cuando era asturianista, y las feministas de AFA. Estaba Antonio Masip. Creyeron que iban a sacar diputados, pero fue un fracaso. Y hubo gente que quería seguir como un colectivo más serio, excluyendo a todas aquellas siglas que no aportaban absolutamente nada, sino que más bien restaban. Si hubieran seguido, a lo mejor el proyecto se hubiera parecido algo a lo que es el BNG; un partido fuerte de la izquierda asturianista; pero salieron tan quemados de aquellas elecciones, y tan llenos de pufos que estuvieron unos cuantos pagando durante muchos años, que aquello quedó en nada. Más tarde, el asturianismo político reapareció con el PAS, pero ya era un asturianismo moderado, interclasista, lo que hoy llamaríamos transversal, con referentes entre los nacionalismos moderados de otras autonomías. Yo estaba currando en el Hotel España cuando fue el escrutinio de 1991, y recuerdo a Xosé Lluis García Arias con un rebote tremendo, porque había salido el Roxu, Xuan Xosé.

“Si UNidad Regionalista hubiera seguido, a lo mejor el proyecto se hubiera parecido algo a lo que es el BNG”

¿Estaban enemistados?

Sí, sí. Más allá del internacionalismo proletario hegemónico desde siempre en la izquierda en Asturias, que influye en que aquí jamás tuvieran peso las opciones asturianistas, y cuando lo tuvieron, como antes de la guerra, se correspondieran con algún sector de la derecha que pedía proteccionismo para la minería, ese cainismo, esa falta de entendimiento del asturianismo, fueron siempre muy dañinos. Es una cosa muy asturiana y es especialmente visible en el asturianismo, como si, cuando hay dos asturianos, hubiera un problema, y si hay dos asturianistas, una guerra.

A Xuan Xosé se le llamaba el Ocalitu, porque no dejaba crecer nada a su alrededor.

Sí. Además, se convirtió en diputado a través de una coalición que era PAS-UNA, o sea, los asturianistas moderados y los de izquierdas, pero se engarraron inmediatamente. Los de la UNA decían que había un pacto para que Xuan Xosé estuviera dos años y luego Felechosa, que era el número dos, lo sustituyese, pero cuando pasaron los dos años, Xuan Xosé o no se acordaba de aquel pacto o no se quería acordar, y no cedió el escaño. Yo creo que él creía que la izquierda asturianista, los asturchales, eran un estorbo, y que iría cuajando poco a poco una alternativa más moderada. Había también un error de fondo, creo. Por ahí había gente con cabeza que confiaba demasiado en la atracción del asturianismo cuando la hegemonía de la izquierda y del poder sindical por encima del político se terminasen.

Xuan Cándano y Pablo Batalla FOTO: David Aguilar Sánchez

Asturias ha llegado a ser un caso único en el mundo de partido socialista controlado por un sindicato, en lugar de al revés.

Exactamente. Lo analiza muy bien Rubén Vega. Eso se prolonga aquí hasta el siglo XXI. Y había la previsión, muy natural y lógica, de que cuando eso se acabase, el papel social del movimiento obrero y la izquierda sindical pudiese ser cubierto por el asturianismo. Pero plantearlo como algo moderado e interclasista fue un gran error. Por cuestiones históricas, socioeconómicas y de todo tipo, el asturianismo debería vincularse más a la izquierda que a la derecha.

Repaso de presidentes. Vigil. Dos años que terminan con el escándalo del Petromocho.

Fue un buen consejero de Sanidad. Asturias le debe la organización sanitaria que pervive, con las áreas sanitarias y los hospitales comarcales. Aunque los haya pagado Madrid, él se peleó con Ernest Lluch para que no cerrase el antiguo Hospital General, que era lo que Lluch pretendía. Allí trabajaban dos mil personas entonces. También logró acabar con disfuncionalidades que era un problema tremendo: el Hospital General y la Residencia estaban peleados y separados por una valla; eran dos grandes hospitales en el centro compitiendo entre ellos. Él sabía de eso, porque venía de un puesto de alto funcionario del Ministerio de Sanidad sacado por oposición. Pero la presidencia lo desbordó. No sé qué hubiera pasado si no hubiera ocurrido el Petromocho, un espectáculo delirante que se produjo por puro electoralismo, y que no retrata nada bien a ninguno de sus protagonistas. El escándalo no hubiera llegado a la opinión pública si no hubieran convocado una rueda de prensa precipitadamente, después de una fartura con monsieur Lauze, que era un delincuente de poca monta, pero como era monsieur Lauze, como era un francés elegante, y venía de la mano de Juan Sitges… La noche en que Vigil dimitió, le dije: “Oye, Vigil, si este Lauze se llega a apellidar Trapiello y a venir de Carbayín, y Sitges, en vez de Sitges, llega a ser un pequeño empresario de Langreo, no pasan por la puerta, ¿a que no?”. Y él me lo refrendaba. El Petromocho, aquel episodio bufo, fue un síntoma de nuestros males; de este complejo ancestral, esta falta de autoestima que arrastramos. Aquella rueda de prensa se hizo a pesar de monsieur Lauze y de Sitges, que lógicamente no querían, pero Vigil se empeñó en hacerla para darle una baza electoral a Felipe González, que venía el sábado a inaugurar la Dupont, y cuya campaña para las elecciones generales empezaba pocos días después. Timos como esos, hubo más. Había habido otro en el sector petroquímico muy recientemente. Pero todos esos otros timos pasaron siempre desapercibidos. De este, supimos por aquella rueda de prensa que fue de risa, porque no se admitían preguntas, pero hubo unas cuantas, los periodistas se quedaron con la mosca detrás de la oreja y la cosa acabó explotando porque alguien llamó a la embajada.

El Petromocho también nos habla de la desesperación de la reconversión industrial. Grandes fábricas que se iban y para cuyo hueco se suspiraba por una nueva fabricona que llegara como un deus ex machina y lo solucionara todo mágicamente.

A Vigil llegó a tocarle una huelga general en Asturias. Y sí, esa mentalidad que viene del desarrollismo, y que es un cáncer en Asturias: creer que cualquier solución vendrá de fuera. Asturias, primero fue Inilandia, y exigía al propio Estado que reindustrializase; luego pasó a las multinacionales, y cuando ya se vio que aquello era disparatado e impostado, se pasó a mirar a Bruselas, como vemos con este último ¡Bienvenido, míster Canga! Nunca hay intención de que nos busquemos la vida por nosotros mismos.

Después de Vigil, llega Trevín.

Intentó tirar más por pequeñas y medianas empresas que sus antecesores, pero fue tan efímero que no dejó huella. Hizo alguna obra, como el Museo Arqueológico.

Después de Trevín, Marqués.

Ahí empezó el suicidio de la derecha asturiana. Yo, en el libro, esbozo más teorías que las conocidas. Por un lado, está el cainismo, que en la derecha también es especialmente virulento. En el libro cuento cómo dos de los fundadores de Alianza Popular en Asturias, José Manuel Riesco Morán y Manolo Robledo, se pegaron físicamente en la sede. Cascos tardó muchísimo en entrar debido a estas refriegas internas, condicionado a que ganara un congreso Luis Fernández Vega, el oftalmólogo. Las broncas, el caudillismo, las engarradiellas y las intrigas de la derecha aquí vienen ya de ahí. Con Marqués llegaron al éxtasis. Había motivos personales. Cascos y él habían sido muy amigos, y uno no soportaba la soberbia del otro, y el otro no soportaba que el uno se le subiera a la chepa. También hubo episodios más oscuros que pueden tener que ver con la corrupción, con la Autovía Minera en concreto. Hay una empresa que vino recomendada por Madrid y a la que Marqués no quiso atender que luego aparece en el sumario de la Gürtel.

Y después de Marqués, Areces.

Tini fue un gran alcalde de Gijón; un tipo que sí sabía lo que tenía que hacer en su propia ciudad, que conocía muy bien, igual que a sus habitantes. Los gijoneses le paraban continuamente por la calle. Tú puedes ser un gran alcalde teniendo simplemente cuatro buenas ideas en la cabeza, cuatro buenos proyectos que te plantees ejecutar; Tini Areces lo hizo, y en Gijón tuvo un reconocimiento público desde el principio, aunque nunca gobernó con mayoría absoluta.

Recuerdo que, cuando yo era pequeño, año noventa y seis o así, vino un día a inaugurar la pista cubierta de mi colegio, un colegio público, y los chavales le empezamos a pedir autógrafos y acabamos haciendo cola para que nos los firmase en una mesa en el hall. Era una celebridad.

Claro, claro (risas). Yo a Tini lo conocía de la época en la que había salido del PCE y todavía no había entrado en el PSOE. Estuve con él en una revista muy roja que se llamaba Xera, y dirigía Javier Ramos. Eso fue a principios de los ochenta, de la que yo llegué de Madrid. Ahí estábamos unos cuantos periodistas; otro era Vicente Bernaldo de Quirós. Muchos firmaban con seudónimo por miedo a las represalias en los medios en los que curraban. Y Tini era del consejo de redacción y nos reuníamos creo que una vez cada quince días en una cena, bien en Oviedo, bien en Gijón. Tuve muy buena relación con él hasta mi primera crítica en un medio, que no sé cuál fue, posiblemente La Nueva España, ya siendo él presidente. Nunca más me dirigió la palabra. Todo lo que tuvo de buen alcalde, lo tuvo de pésimo presidente del Principado. Para ser presidente de una autonomía, y más de una como Asturias, que tiene una fuerte personalidad, tienes que conocer bien su alma, pateártela bien, conocer el alma de los paisanos. Y ese conocimiento, él no lo tuvo nunca. El caso de Pepe el Ferreiro, que destaco mucho en el libro, es paradigmático. Él pasó por Asturias y por la presidencia, pero Asturias no pasó por él. Creyó que esto era como gobernar una ciudad, a base de proyectos generalmente megalómanos que luego acabaron en la charca de la corrupción: El Muselón, el Niemeyer… Como presidente, fue un absoluto fracaso.

En 2009, se funda Atlántica XXII. Contra todo pronóstico, la revista resiste una década. ¿Cómo se gestó el proyecto? Y ¿qué valoración haces hoy de esos diez años; de lo que Atlántica significó para Asturias?

Atlántica nació del aburrimiento y la fartura de andar todo el día por los chigres diciendo que había que hacer algo, que no podíamos seguir así, que la crisis del periodismo, que la falta de un medio que compitiese con los convencionales. Un día nos pusimos a ello. Al principio éramos Germán Ojeda y yo. Yo lo había conocido por un artículo que escribí cuando el conflicto con Duro Felguera, tras el cual me pegó el toque para decirme que le había gustado mucho; que el artículo coincidía con muchas de sus tesis. Montamos la revista entre él y yo. Al principio, el editor iba a ser Inaciu Iglesias, y la redacción iba a estar en Les Noticies, y nos reuníamos muy frecuentemente con Iglesias, al que yo iba informando de los avances en el proyecto. Pero cuando estaba ya todo perfilado, al final de un año que no recuerdo cuál era, y teniendo la intención de salir el 1 de enero, Inaciu Iglesias, al ver que la cosa iba en serio, se echó atrás.

Pero ¿por qué hasta entonces sí se había implicado? ¿Qué ganaba animando un proyecto que no tenía la intención de que saliera adelante?

Quería poner la oreja, porque tenía ambiciones políticas y creía que aquello eran charlas de café que no iban a ningún lado, excepto en su propio beneficio, para su información o sus contactos sociales.

Atlántica nació después en un ataque de coraje y de rabia”

¿Qué pasó entonces?

Inaciu Iglesias, de repente, nos dijo, cosa que no había dicho nunca, que para que la cosa naciese teníamos que conseguir doscientos suscriptores que pagasen cincuenta euros al año para que la revista saliese mensualmente. Debió de creer que en la vida los iba a conseguir, pero los conseguí en veinte días, y cuando llevé todas las fichas de aquellos doscientos suscriptores, se escondió físicamente; no cogía el teléfono, no había manera de dar con él. Un día fuimos a buscarlo a Trabe, donde sabíamos que estaba, Ignacio Pandavenes y yo, para que nos explicase qué coño pasaba. Allí, sobre la marcha, hizo cuatro números en una servilleta que guardé durante mucho tiempo y nos dijo que era imposible, que ni con los doscientos suscriptores. Atlántica nació después en un ataque de coraje y de rabia. Decidí cambiar el sistema de gestión y de organización y el consejo de administración y apelar a unas cuantas personas de la sociedad civil asturiana, de diferentes extracciones sociales, ideologías y biografías, y montar una revista bimensual. La gente respondió perfectamente. Por primera vez en mi vida, vi que yo tenía una cierta credibilidad. Pusimos cuarenta y seis mil euros entre dieciséis personas muy diferentes. Yo los conocía a todos, pero ellos no se conocían entre sí. Luis Posada decía que aquello era un número excesivo; que él lo sabía por su experiencia como notario, y que iba a explotar tarde o temprano, porque se iba a volver insostenible, y más tratándose de un producto así. Efectivamente, Germán Ojeda se abrió inmediatamente, porque quería ser una especie de Polanco, y nadie quería que lo fuera. También se fue Pedro Sánchez Lazo, disconforme con el primer editorial, en el que se pedía —y eso que se sometía a consenso de todos los fundadores— un referéndum sobre la forma de Estado, monarquía o república. Más adelante, creo recordar que se fue un tercero. Pero la revista fue un éxito. Superando esa crisis inicial de la que nadie se enteró, y por la que yo lo pasé mal, porque me sentí hasta acosado, se demostró que había masa crítica en Asturias para sostener una publicación así, y la gente que participó ahí —entre otros, tú— sois la clave del producto. Lograsteis, logramos, poner en marcha una publicación que sí tuvo presencia e influencia social.

Y mucho odio del Gobierno del Principado.

Sí, desde el principio. Pero era halagador.

Me sorprendió ver, en tu presentación en Gijón, a dos presidentes: Pedro de Silva y Adrián Barbón. Con Areces y con Javier Fernández, la enemistad hacia ti y hacia el proyecto era absoluta, encarnizada.

Sí. Que algo cambió ahí dentro, en la FSA, también lo revela esa imagen. De Javier Fernández, que me tenía por la personificación del mal, a Barbón, que me tiene simpatía, hay un cambio evidente. Barbón también significó salir un poco a la calle y dejar ese ambiente tóxico y cerrado que se veía hasta en su propia sede, en Santa Teresa. Javier Fernández decía que Atlántica era peligrosa, porque creaba opinión, y aquello se traducía en una persecución pura y dura; en que no se pusiera al teléfono nadie de la Administración, y si alguno lo hiciera, fuera de extranjis. Una vez, Alfredo Rodríguez Asensio, que era amigo mío desde que era vicerrector de Extensión Universitaria y yo jefe de prensa de la Universidad, y en aquel momento era el director general de Patrimonio, accedió a concedernos una entrevista sobre el conflicto del Chao Samartín de Grandas, y hubo una verdadera conmoción en la Consejería de Cultura. Llegó a haber una reunión en Presidencia con Javier Fernández a costa de eso. A mí me llamó la consejera, que era Ana González, y me citó discretamente en una cafetería de Oviedo para intentar convencerme de que no lo entrevistara… ¡por las consecuencias que podía tener para él, para Adolfo! Él fue honrado, valiente y digno, y de ninguna manera consintió que no se hiciera la entrevista. Se hizo. Pero no siguió en el puesto cuando acabó aquel mandato. Javier Fernández y la FSA de entonces estaban convencidos de que había tres grandes enemigos a batir en Asturias: la CSI en lo sindical, Podemos —que entonces tenía nueve diputados— en lo político y Atlántica en lo mediático.

En el repaso de presidentes nos tocaría Cascos.

Dio un puntazo. Lo suyo yo creo que ya se estudia en las facultades de Políticas. Fue capaz de dar un corte de manga al PP, con el que había intentado ir, sin que lo consintiera Rajoy. Se llevaban muy mal desde hacía muchísimos años. Monta un partido y, en semanas, se hace con la presidencia del Principado. Acertó absolutamente en el diagnóstico: el pacto del duernu existía; había un pacto no escrito por el que el PSOE y el PP se repartían Asturias. Acertó también con el llamamiento a la regeneración y a incentivar el orgullo perdido de los asturianos. Acertó en los referentes: Melquíades Álvarez, Jovellanos… Su triunfo, para mí, no fue tan sorprendente. Pero luego falló en lo fácil. No formó un buen Gobierno. Él decía que era un problema de pasta y de sueldos, porque los que quería fichar de la iniciativa privada no querían meterse en política, porque perdían dinero. También hubo un pacto del duernu durante su Gobierno: el PSOE y el PP se aliaron contra un outsider y lo que consideraban un tremendo peligro, más todavía el PP que el PSOE. Y luego cometió la ingenuidad de adelantar las elecciones creyendo, a costa de una encuesta que tenía, que iba a ganar por mayoría absoluta. A partir de ahí, vino el principio del fin de su figura hasta llegar a ahora, con este Suma Principado que ya es algo entre entrañable y patético: ver al último mohicano de la Transición agarrándose a aquello hasta el último día. Yo creo que tiene una vocación como la de los actores: morir en el escenario, en este caso el político, con un micropartido que nace pidiendo prácticamente el voto para el PP y con la vocación de integrarse en el PP.

Foto: David Aguilar Sánchez

Hubo todas esas acusaciones de su propio partido de pegarse la vida padre a costa de sus arcas: chófer, gastos privados…

A ver lo que pasa con el tema judicial de Cascos, pero las acusaciones se parecen mucho a las que soportó Villa, de saqueo de la propia organización.

Después de Cascos, Javier Fernández.

Ah, pero ¿gobernó alguna vez Javier Fernández, fue presidente alguna vez? (risas). Un jacobino conservador —por eso gusta tanto a la derecha— que a lo mejor tiene una idea de España, una idea imperial y desde luego conservadora, pero jamás tuvo una idea de Asturias. En Asturias hubo una autonomía otorgada, no demandada. Cuando llegó la autonomía, el asturianismo era minoritario, aunque en lo cultural fuera importante. En lo político fue extraparlamentario prácticamente siempre, y la autonomía asturiana nació porque nos tocaba en el sorteo de Clavero Arévalo; el café para todos. En eso tenían razón los nacionalistas catalanes y vascos: había territorios en los que no había demanda suficiente de autonomía para ponerla en marcha, y fue nuestro caso, por mucho que nos pese. Entre los cuadros del PSOE había dos autonomistas: Pedro de Silva y Xuan Xosé Sánchez Vicente, pero no había más. Aquí tuvimos la singularidad de tener presidentes del Principado que no son autonomistas, y sí enemigos acérrimos de la lengua asturiana. Javier Fernández llegó a llamar al director de Abc para incentivarlo a ir contra la cooficialidad. Vigil sigue diciendo a estas alturas que no hay lengua asturiana; que a él nadie le habla en asturiano. ¡Le hablo yo, que tengo buena relación con él, o Xuan Bello, que es íntimo amigo suyo! Lo que pasa es que, cuando él iba a los pueblos, yo creo que le hablaban como a un señorito: en castellano.

“Entre los cuadros del PSOE había dos autonomistas: Pedro de Silva y Xuan Xosé Sánchez Vicente”

Yo en Vigil veo una persona enormemente culta, probablemente más que ningún otro presidente del Principado, con la posible excepción de Pedro de Silva, pero enormemente vanidosa, y a quien vivir inmerso en esa burbuja de vanidad hace perder la prudencia y la noción de la realidad. Negar la lengua asturiana —si nadie me habla a mí en asturiano, es que el asturiano no existe— o el propio Petromocho: esto va a solucionar los males de Asturias, los voy a solucionar yo, y ¿cómo van a engañarme a mí, con lo listo que soy?

Totalmente, sí, así es.

Barbón ¿encarna una nueva Asturias? ¿Una Asturias ni grandona, ni falta de autoestima, esas dos caras bipolares de la misma moneda? ¿Hemos abandonado por fin esa ansia de la gran fabricona que lo solucione todo?

Sí, sí. El problema de Asturias es que está al borde de la desaparición física. Pero, efectivamente, en lo social, en lo político, en lo económico, hay un cambio; hay generaciones nuevas que vienen con una mentalidad diferente, sin el lastre de ese pasado, sin complejos, que son innovadores, que no son cosmopaletos, sino cosmopolitas o glocales, como decía Juan Cueto.

Hace poco le leía esto a David M. Rivas, y me identifiqué con ello: soy un ciudadano del mundo, pero sé de qué parte del mundo vengo.

Eso es. Lo representa bien Rodrigo Cuevas: un tipo transgresor, que parte de la cultura tradicional, pero le da la vuelta, la moderniza, y con ella triunfa aquí, pero también en Madrid, en Saint-Brieuc o en Buenos Aires; que usa la llingua asturiana, que tiene desparpajo y una empatía natural con los vieyos y con los mozos, con tou Dios; que pone en marcha el proyecto de La Benéfica en Piloña y la gente se desborda con él; que transmite entusiasmo a todo el mundo; que está trayendo a otra peña como él al concejo de Piloña; que incentiva la industria cultural, que es importante en Asturias y puede dar mucha riqueza, porque Asturias siempre fue una tierra muy creativa. El problema de esa generación es que físicamente son muy pocos. Asturias es una sociedad totalmente avieyada; somos una gerontocracia.

Terminamos, Xuan. Un placer.

¡Igualmente!

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