La socialdemocracia avanza en tren (despacio)

La culminación de las obras del AVE en Asturias se retrasan dos años mientras el plan de cercanías sigue con su lentitud habitual.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Los trenes son, esencialmente, un proyecto colectivo. Tenía razón Marcel Proust cuando afirmaba que “las estaciones de ferrocarril no constituyen parte de la ciudad que las rodea, sino que contienen la esencia de su personalidad, lo mismo que llevan su nombre pintado en los letreros”.

El socialismo es una idea del siglo XIX puesta en práctica en el XX que se tambaleó en el XXI y hoy vuelve a resurgir con fuerza, rescatado tras estallar la guerra de la energía. No hay representación más fidedigna de la socialdemocracia que un tren. De la misma manera que el primer AVE de Madrid a Sevilla en aquel apoteósico e inefable 1992 representó un hito de la modernidad en brazos de la socialdemocracia, la estación de tren provisional de Gijón simboliza el estado actual de su declive a la hora de pergeñar nuevos proyectos colectivos en Asturias. El ruido de planes, licitaciones, estudios y convenios, nos han impedido ser resolutivos con la imagen que tenemos permanentemente ante nuestros ojos: el horizonte. No deja de ser injusto y cruel que este argumento tan reduccionista finiquite la cuestión, pero lo cierto es que la política de transportes, no sólo de Gijón sino de Asturias, deja bastante que desear. Disculpen la obviedad. Tenemos un serio problema.

Foto: David Aguilar Sánchez.

La socialdemocracia avanza en tren, pero de una manera desesperadamente lenta. El Comercio anunciaba este sábado otro nuevo retraso en la variante de Pajares. El titular del periodista Ramón Muñiz, buen conocedor de los trenes, era completamente desalentador: “Las obras para culminar la alta velocidad hacia Asturias necesitarán, al menos, dos años”. Más de 20 años de estudios y obras se acumulan para lograr hacer realidad un trazado de, a penas, 20 kilómetros. Esa es la distancia que separa a Asturias de la modernidad. 20 kilómetros que pesan tanto como 20 años.

Del mismo modo que existe un mapa de la guerra, un mapa de la riqueza o un mapa de la miseria, existe un mapa de la modernidad que se mide por el grade de conexiones de un territorio con todos los demás. Somos una excepción. El gobierno asturiano debe mirar atentamente a esta cartografía que ofrece la modernidad en diferentes escalas. Los resultados de las elecciones de mayo se medirán en función de todas ellas. Ahí estará presente el Plan de Vías de Gijón, también estará invitado el Vial de Jove, se ha vuelto a sumar la variante de Pajares, se escucha con clamor la modernización de las cercanías y como paisaje de fondo, el impulso del Corredor Atlántico. La socialdemocracia avanza en tren y, como ven, en Asturias avanza muy despacio.

Porque los trenes son parte de la vida moderna. Como escribía insistentemente Tony Judt, los trenes, junto con las bicicletas, las motocicletas, los autobuses, los coches y los aviones, se han invocado en el comercio y en el arte como prueba de lo avanzada que está una sociedad a lo largo del pasado siglo XX. Sin embargo, sólo los trenes son perennes ante el transcurso del tiempo y su mero retraso a la salida o a la llegada de una estación, provoca que todos nos contagiemos de un fracaso colectivo, como si en el fondo, todos hubiéramos llegado tarde a todo, como si nunca hubiéramos sido puntuales en nada, cuando todo o nada significa nuestro propio destino.

Durante muchos años se nos vendió que la autonomía individual y la libertad eran las grandes cimas a las que un hombre o una mujer debían aspirar y que sólo el capitalismo podía ofrecer a cada individuo la posibilidad de alcanzar ese destino si era lo suficientemente frío y competitivo. El éxito siempre vendría justificado por el esfuerzo o la inteligencia, aunque el esfuerzo o la inteligencia no siempre dieran como resultado la satisfacción de nuestros anhelos. Se vinculó el individualismo y la meritocracia a la modernidad. Una falacia, como ha sabido alertar Cesar Rendueles y es por eso que Margaret Thacher nunca viajó en tren.

Cesar Rendueles. Foto de Luis Sevilla.

Después de la pandemia, hemos comprendido que esa autonomía sólo conducía a una soledad difícilmente gestionable, a una embriaguez emocional que nublaba cualquier sentido de la razón y que, a modo de éxtasis final, sólo producía frustración, nihilismo, soledad. En el mejor de los casos, podíamos sentirnos agraciados con la caridad o la compasión de los demás, y en el peor de todos ellos, vivir embalsamados en eso que decía el coronel Kurt de Joseph Conrad: El Horror.

El progreso viaja en tren. Pedro Sánchez sabe que la socialdemocracia también viaja en tren y, si no puede ser en tren, que al menos lo haga en Alsa y gratis. Por ese motivo, el gobierno de PSOE y Unidas Podemos incluyó, dentro del tercer paquete de medidas aprobadas antes de finalizar el año, la cobertura de abonos para líneas de transporte de pasajeros. Asturias sale beneficiada con el trayecto por carretera que transcurre entre Tuy e Irún y también con la línea articulada hacia Madrid. Viajar gratis o a un precio asequible es otro gran paso a la modernidad que anula cualquier atisbo de impulso individual, so pena de que uno prefiera dejarse atracar en la primera gasolinera que se encuentre. Sin embargo, no podemos vivir en un estado de lentitud tan lacerante. No hay peor gobierno que aquel que alienta la desconfianza incumpliendo sus promesas. Sin oficialidad, sin estatuto, sin variante de Pajares, los cuatro años del gobierno socialista quedarán reducidos a la gestión de una pandemia. Si Adrián Barbón es inteligente, ya sabe que prioridades deben ocupar su agenda hasta el 28 de mayo y los siguientes cuatro años. ¿Sabrá encontrar por fin un discurso que nos movilice? ¿Lo veremos subirse al tren de la modernidad entonces?

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