La condena eterna de las momias malditas de Teverga

Dice la leyenda popular que el marqués de Valdecarzana y su hijo el inquisidor fueron momificados en castigo por los pecados cometidos en vida

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Los fines de semana del 18 y 19 y del 25 y 26 de febrero se celebran en Teverga unas jornadas culturales en torno a la Colegiata de San Pedro. Se trata una bella edificación de estilo románico bizantino, construida a comienzos del siglo XI y que alberga las momias del que fuera abad de la colegiata, Pedro Analso de Miranda, y su padre Lope de Miranda y Ponce de León, marqués de Valdecarzana. En el transcurso de las jornadas habrá visitas guiadas, sin inscripción previa, por la Colegiata y una exposición de libros sobre la historia del edificio.

Para algunos especialistas, la Colegiata puede considerarse la primera edificación propiamente románica construida en Asturias. Existe controversia a este respecto, puesto que el estilo arquitectónico del conjunto es muy deudor del prerrománico asturiano. En un primer momento fue un monasterio benedictino pero, en el siglo XII, perdió el rango monacal y se convirtió en colegiata, sujeta a la regla benedictina y dependiente del obispo de Oviedo. Desde 1921 es Monumento Histórico Artístico de carácter Nacional.

Colegiata de San Pedro. FOTO: Teverga Turismo

Mucho más que los delicados capiteles, los armoniosos arcos del vestíbulo o el angosto claustro con corredores de madera, son esos cadáveres modificados los que atraen la mirada del visitante. Están en dos ataúdes con tapa de cristal, uno encima del otro: arriba, el hijo; abajo, el padre. El primero vestido de obispo-lo había sido de Teruel, además de inquisidor en Santiago de Compostela-y con una cruz sobre el pecho. El padre, que fuera un despótico terrateniente de la zona, lleva una vasta túnica blanca y una cuerda de esparto a la cintura. Pese a morir en 1688, más de cuarenta años antes que su hijo, su estado de conservación es mucho mejor que el de este último.

Alfonso Abel Vázquez era el párroco de la iglesia de la Colegiata hace una década, y dijo sobre las momias que “sufren una especie de condena eterna siendo sometidas a todo aquel castigo que no sufrieron en vida, como si sus almas estuvieran atrapadas dentro de sus restos conservados”. La leyenda cuenta, efectivamente, que se trata de momias malditas, que los entonces apodados “señores de la horca y el cuchillo”-así se llamaba a los de la Casa de los Miranda-están pagando los pecados que cometieron en vida.

Lope de Miranda falleció en Madrid y fue enterrado en la Iglesia de Santa Ana. Pero años después, y sabedor un hijo suyo de lo mucho que le hubiese gustado al marqués reposar en sus pagos, exhumó su cadáver para llevarlo de vuelta a Teverga. Al abrir la lápida descubrió el inusual estado de conservación de su padre, hasta el punto, se dice, de que aún se apreciaban perfectamente sus rasgos. El cuerpo volvió a Asturias pero, por motivos desconocidos, no fue enterrado de nuevo.

Momia del Marqués de Valdecarzana FOTO: Teverga Turismo

El hijo, además del carácter cruel y tiránico, heredó del padre el rasgo de la incorruptibilidad. Lleva casi tres siglos muerto, y aún se le marca el agujero de la boca, un orificio en la nariz y sendas marcas en los globos oculares. El inquisidor fue enterrado en un principio, mas al descubrirse su momificación, se decidió exhumarlo para impresionar a los feligreses.

Detalle de uno de los capiteles de la colegiata.

La lucha del bien contra el mal, el castigo o la salvación eterna, era uno de los asuntos que más perturbaba a los espíritus de la época. ¿Hay un orden moral en el mundo, impuesto por Dios? Debe de haberlo, pensarían entonces, porque si el obispo, que fue un hombre malvado, y el conde, que lo fue aún más, se han convertido en momias será por algo.

También en los capiteles de la Colegiata se refleja este conflicto entre la virtud y el pecado con una compleja y exuberante iconografía compuesto por combatientes heridos, humanos con cabezas de monstruo, águilas y becerros. Algunos historiadores apuntan a que el confuso simbolismo de las representaciones podría estar emparentado con ancestrales rituales mistéricos de origen pagano, todavía muy vivos de aquella en los montes teverganos.

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