“Cumplías dieciocho y te secuestraba legalmente una institución franquista”

José Manuel Chico, «Pin» fue el primer insumiso asturiano preso por negarse a hacer el servicio militar y la prestación social sustitutoria.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

Cuando encontramos en la puerta (cerrada: no nos dimos cuenta de que abría a las seis y media; son ahora las cuatro y media) de Lata de Zinc, en el barrio ovetense de Otero, que es el suyo, vemos que José Manuel Chico, «Pin» (Oviedo, 1969), lleva una de estas carpetitas de plástico traslúcido de color bajo el brazo. «¿Son las fotos?», le preguntamos. Le habíamos pedido —fue idea de Alisa— que, si pudiera ser, trajera fotos viejas, recortes, cualquier material gráfico con el que enriquecer la entrevista que le vamos a hacer. Efectivamente, son las fotos, y alguna cosa más. Un Krasnia, la revista de Radio Kras, de otoño del 92, con un jovencísimo Pin en la portada y la leyenda «¡Pin llibertá!». Acababan de meterlo en la cárcel; acababa de convertirse en José Manuel Chico, «Pin» (Oviedo, 1969). Una foto de la rueda de prensa que da el día que se entrega, flanqueado por otras cuatro cabezas entre las que reconocemos la de Rivi, la de Asun y la de Llamazares. Otra de la manifestación que se organiza ese mismo día para escoltarlo hasta los juzgados. Un manojo de actas judiciales amarillentas. Pin fue un símbolo. Lo fue de un movimiento, la insumisión española, que no tuvo parangón en Europa, sin embargo de lo cual hoy pocos se acuerdan de él. Cuando terminamos de transcribir esta entrevista en la que también caben, hacia atrás, las movilizaciones estudiantiles del ochenta y siete —las del Cojo Manteca—, y hacia delante el 15-M, la renta básica o la guerra de Ucrania, al anunciar en Twitter que sale mañana —o sea, hoy—, la tuitera Marga I. H. nos escribe: «No sé si él lo cuenta, pero hubo un concierto en la plaza de toros de Gijón, allí salió la madre de Pin y todas las que teníamos hijos adolescentes pensábamos que podíamos vernos como la madre de Pin. Había venido Víctor Manuel, que cantó varias canciones con Manolo, el de Nuberu». No lo cuenta, pero lo ponemos aquí, para que quede contado.

Pin: naces en Oviedo en 1969. Te crías en el barrio de Otero, cuna de mucha gente roja de la ciudad, ¿no es así?

No, no. Nazco en Oviedo, pero no me crío en Otero. Vivía donde la autopista. Yo, aquí, vengo a estudiar el bachiller. Estudié la EGB en el Colegio de San Juan, que era un concertado que estaba en el Naranco, en la parroquia de San Juan, y, dentro de los colegios concertados de aquí, uno de los que tenían como más apertura a principios de los setenta. Era mixto. Allí estudio hasta octavo de EGB, cuando vine aquí, al instituto de San Lázaro.

¿A qué se dedicaba tu familia?

Mi madre, cuando yo nací, trabajaba de cajera en la estación de la Renfe; y mi padre, de representante de comercio. Luego, mi madre dejó de trabajar y se dedicó a cuidarnos a mi hermana y a mí. Una familia trabajadora.

¿Cómo era ese barrio de Otero al que llegas a estudiar el bachiller?

Otero, dentro de la ciudad diríamos burguesa, de servicios, comercial, que era Oviedo, era, sí, uno de los barrios más obreros. La gente que venía de fuera de Oviedo a trabajar a la industria que había aquí —que nunca fue mucha, pero alguna había— solía establecerse aquí; y Otero era un barrio mítico en cuanto a organización popular. Había habido los albergues, y había habido problemas. No había casi servicios, faltaba agua… No solo en Otero, ¿eh? En muchos sitios: Ventanielles… Yo ya no conocí aquellas asociaciones de vecinos. Llego a estudiar aquí en el año ochenta y cuatro, cuando ya todo había petado un poco. El PSOE ya había ganado las elecciones del ochenta y dos y la alcaldía de Oviedo con Masip en el ochenta y tres. El instituto de San Lázaro era pequeño en comparación con el Aramo o el Alfonso II; creo que éramos cuatrocientos alumnos o así. Estamos hablando del baby boom: cuatrocientos alumnos para un instituto era poco. Pero era un instituto como mítico de izquierdas: tenía profesores como Riopedre, que daba clase de filosofía antes de irse con Tini Areces a la Dirección Provincial de Educación; Elías García Domínguez, que era catedrático de lengua; Alicia, que daba también filosofía…

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

¿Te politizas allí?

Mi familia era de izquierdas y tal, pero vamos: yo, de guaje, nada. Mis padres ya no estaban en política desde hacía muchos años. En el instituto, Alicia vertebró un nuclín de gente. Ella era de la LCR. Nos fuimos organizando poco a poco, haciendo, primero, una revista, y al final unos cuantos entramos en la JCR.

Las juventudes de la Liga, ¿no?

Sí.

Eran los tiempos de las movilizaciones anti-OTAN.

Sí.  Creamos un colectivo anti-OTAN en el instituto y pegábamos carteles, hacíamos murales, íbamos a las manifestaciones, vendíamos bonos del tren especial aquel para ir a la gran manifestación de Madrid…

22 de febrero de 1986.

Entre profesores y alumnos, fuimos unos cuantos. Me acuerdo de que nos pusieron una estación especial: nos bajamos en Pío XII en vez de en Chamartín. Fue un viaje impresionante. Dormimos en literas. Yo tendría dieciséis años. Aquel fue un movimiento increíble. En Madrid hubo un millón de personas, pero es que en Asturias también hubo manifestaciones muy grandes contra la OTAN. Estamos hablando de quince mil, veinte mil, veinticinco mil personas en Oviedo, Gijón… Fue una contestación muy grande la que hubo. Asturias, creo yo, fue uno de los sitios más potentes en cuanto a las movilizaciones en torno al referéndum, aunque al final también se perdió: la fuerza, la hegemonía del PSOE, era tan fuerte que… No se perdió por mucho, pero fue una decepción. Yo era un chavalín, un adolescente, y no creía en la organización, ni participé en Asturias por la Paz, que era el núcleo organizador: me movilizaba con el colectivo de estudiantes de aquí y, bueno, con la JCR. Pusimos nuestro granín de arena desde la base.

Después vienen aquellas grandes movilizaciones estudiantiles del curso 1986/1987.

Las famosas huelgas, sí. Aquí, en Asturias, la convocatoria la empieza el Sindicato de Estudiantes, pero era una organización que no tenía fuerza, o tenía muy poca fuerza. Donde más tenía era en Avilés, con Primitivo [Abella] y demás. Entonces, lanzamos una coordinadora de estudiantes que nos reuníamos en el Club Cultural, que era donde se emitía Radio Cucaracha. Ahí estuvo un montón de gente que después participó en política y en los movimientos sociales y culturales: Noemí [Martín], que llegó a ser consejera; Falo Marcos, de la insumisión; Carlos Barral; Toño Velasco, el pintor; Puri Méndez, que luego tuvo el Trece; Pablo Pascual… Toda una generación se politizó con esa huelga. Estuvimos movilizados de noviembre a febrero.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

¿Fuisteis a la gran manifestación de Madrid?

No, hacíamos cosas desde aquí. A Madrid, de vez en cuando, íbamos a coordinación. Yo fui una vez. Era todo asambleario, la gente colaboraba sobre la marcha y la asamblea elegía a los portavoces, que eran rotatorios. A veces había tensiones. Estaban las Juventudes Socialistas por un lado, había por otro una Organización de Estudiantes Progresistas vinculada al PCE… Aquella vez que fui a Madrid, íbamos a entrar a negociar en la Mesa Estatal con Rubalcaba, que estaba de secretario de Estado de Educación, siendo el ministro Maravall, pero fue cuando metieron a uno del PSOE, David Balsa, que era de Galicia, a negociar como representante de una coordinadora alternativa que montaron. Los acuerdos los firmó él.

¿Las Juventudes Socialistas se movilizaron con vosotros menos por participar sinceramente de vuestras reivindicaciones que para poder ser un submarino del Gobierno dentro del movimiento?

Posiblemente. El PSOE, con ese modelo propio de los partidos socialdemócratas, como el alemán que ellos copiaban, siempre intentó que las negociaciones fueran con las organizaciones estudiantiles que tenían representatividad. A nosotros, a las coordinadoras asamblearias de estudiantes, que llegábamos a plantear la autogestión de los centros, no nos la daban, pero fuimos ganándolas en la calle, y al final tuvieron que negociar con nosotros. Recuerdo que una tarde nos llamó Trevín —que era el director provincial de Educación en ese momento, y a quien a lo mejor volvimos un poco loco aquellos meses— para reunirnos, fuimos y apareció por allí Rubalcaba. Un tipo culto, y listo. En Madrid, íbamos a negociar también, pero al final, Rubalcaba movió hilos por detrás y acabaron orquestando aquello con Balsa.

¿Cuáles eran vuestras reivindicaciones?

Se juntaban varias cosas… Se estaba reorganizando la educación en España. El Gobierno había presentado una Ley Orgánica de Educación para cambiar la ley franquista. Los socialistas habían entrado en el poder en el ochenta y dos y, claro: todo eran estructuras franquistas, con leyes franquistas; y la situación era un poco aquello de lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no acaba de llegar. El PSOE tenía que modernizar esas estructuras, pero no quería hacerlo con una ruptura, sino con una reforma suave. Una de las reivindicaciones nuestras era contra la concertada; contra cómo se iba a meter dinero en la concertada. Teníamos la consigna: «¡De nuestro dinero, ni un duro para el clero!». Reclamábamos el equipamiento de los centros públicos, y también había reivindicaciones referentes a la política de becas. La educación obligatoria era hasta los catorce años, pero no se podía trabajar hasta los dieciséis: había un corte ahí. Y a los catorce, si querías seguir estudiando, tenías que pagar tasas. No era mucho en la educación pública, pero las familias tenían que soportar esa carga, y para muchas no era fácil. Por otro lado, estaban sobre el tapete, creo recordar, los consejos escolares, los reglamentos disciplinarios de los centros… Queríamos participar, pero no ser un florero; que no decidieran por los estudiantes. Y que no infantilizaran la enseñanza media: no sé si se quería prohibir alguna cosa de salidas, hacer controles de asistencia… La verdad es que ya no recuerdo del todo bien los detalles: pasaron muchos años. Pero bueno, los temas candentes de siempre en la enseñanza, ¿no?

La gran manifestación de Madrid hizo famoso al Cojo Manteca: un vagabundo punk, oriundo del País Vasco, que se dedicó a vandalizar mobiliario urbano con sus muletas. No era estudiante y no tenía nada que ver con la movilización, pero los medios contrarios a ella le prestaron mucha atención a fin de desacreditarla.

Lo de siempre, ¿no? Siempre se trata de desprestigiar a los movimientos sociales, el descontento social, de esas maneras, diciendo que al final son cuatro violentos que no quieren ir a clase, que no quieren estudiar. Aquel chaval les venía genial para eso.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

El caso es que con la movilización estudiantil no tenía nada que ver, pero el Cojo Manteca, no dejaba de ser otro producto de los males de la España de aquel momento; de la falta de oportunidades de aquellos años.

Claro, sí, sí. La crisis y el descontento eran tremendos. Era un momento con un paro altísimo y muy pocas expectativas en los institutos. Ya dije antes que la edad de trabajar eran los dieciséis años, pero a partir de los catorce se acababa la enseñanza obligatoria, con lo cual a los institutos iba quien podía. Pero es que las FPs no estaban desarrolladas. Solo había chispas, o sea, lo que era mecánica del automóvil o electricidad. La primera huelga aquí, de hecho, empezó en la FP, antes de la gran movilización de estudiantes, porque no tenían ni talleres. Goyo, un compañero que vive aquí en Otero y fue conmigo al instituto, fue a hacer la FP y participó en esa huelga. No tenían nada. Y el descontento social por lo demás era importante. Estamos hablando de un paro del veinte o veinticinco por ciento. Había empezado la reconversión, en el ochenta y cuatro en Gijón, en el ochenta y tres en Avilés. Todavía no había empezado la de Hunosa, pero estamos hablando ya de una Asturias muy movilizada. En los astilleros había aquellas movilizaciones muy fuertes los martes y los jueves. Había un movimiento sindical muy fuerte y nosotros éramos sus hijos, los hijos de los obreros que iban a los institutos y no tenían futuro, ni perspectivas de tener trabajo. Queríamos ir a la Universidad, pero en muchos casos no podíamos: no había dinero, ni un plan estatal para darnos ese acceso. En barrios como este había también el problema de la heroína, que afectó sobre todo a una generación mayor que la mía: los nacidos entre el sesenta y tres y el sesenta y siete, más o menos. En Euskadi, de donde era este hombre y donde había también el tema del terrorismo, el problema con la droga era tremendo.

¿Tú no lo viviste de cerca, entonces? Te lo iba a preguntar.

El problema existía, y de mi generación se llevó a unos cuantos, pero había bajado. Bajábamos al Ramonín y tal y había muchos yonquis, pero menos que en esa generación anterior. Igual en Gijón, y sobre todo en las cuencas, y en Oviedo en barrios obreros como Pumarín, de la mía se llevó a unos cuantos más, pero nosotros nos enganchamos menos. Entonces, sí: el Cojo Manteca también era un poco un producto de todo esto. En Euskadi también había un movimiento punky muy grande y un movimiento anarquista autónomo, de base, vinculados a los gaztetxes, el rock radical…

Aunque el protagonismo se lo hubiera dado el Gobierno, a través de sus medios, para desacreditaros, ¿el Cojo Manteca se acabó convirtiendo en alguna clase de símbolo para vosotros?

No; para nosotros no dejaba de ser una anécdota. Lo que menos nos interesaba desde la Coordinadora era que las manifestaciones fueran violentas. Queríamos que fueran masivas, que tuvieran seguimiento, que en los centros escolares y los institutos se crearan colectivos de base y que esos colectivos permanecieran. Sabíamos que iba a ser difícil mantener a la gente movilizada permanentemente en todos los cursos, pero nos proponíamos que hubiera una organización que permaneciera. Violencia, si acaso, la hubo, no por nuestra parte, más allá de algún conato, sino contra nosotros: alguna vez cargaron. Hubo un día que cargaron contra nosotros delante de la Dirección Provincial de Educación, en plaza de España, donde está ahora la consejería, y donde aquellos meses nos encerramos muchas veces; hubo otro en Gijón… De todas maneras, estaba mal visto que unos especiales de la Policía Nacional cargaran contra guajes de diecisiete, dieciséis años, incluso quince, así que no lo hicieron mucho. Éramos unos nenos. La huelga fue sobre todo en medias; a la Universidad le afectó mucho menos. Y no lo conseguimos todo, y sentimos que habíamos sufrido una derrota, pero conseguimos cosas, como aumentar las becas y eliminar las tasas de BUP y COU, e hicimos temblar a un ministro del todopoderoso PSOE aquel de los doscientos diputados: Maravall, de hecho, dimitió; lo hicimos dimitir aquellos guajes. Tal y como están hoy los movimientos sociales y cómo es la vida, y como la gente envejece más tarde, hoy sería imposible que en enseñanza media hubiera una movilización así. En Asturias fue grandísima.

Mientras participas en todo esto, vives también los ochenta ovetenses; aquellos años en que Oviedo fue «más moderna que Londres», como titula el reciente documental de Carlos Navarro e Iván Martínez sobre la pequeña Movida carbayona, de carácter muy British. ¿Qué recuerdos tienes tú de aquellas noches?

El principio de los ochenta me pilló todavía en el Colegio de San Juan, pero mi mejor amigo allí era Carlos Barral, que ahora lleva la productora musical El Cohete, que había fundado su hermano Toño en el ochenta y ocho, y a la que él se incorporó en el noventa y cuatro. Yo iba a casa de ellos, y ellos iban a Londres, y a través de eso conocías un poco la música que traían de allá. Carlos nos pasaba cintas en el colegio y fue como empezamos a entrar en el tema. Vives la transición de lo que era el franquismo, con su rollo musical muy casposo, muy cutre, a lo que monta gente como Rico Roces y demás. Ya estaban La Santa Sede, el Garaje Hermético, Misa de Doce… Pero tú salir todavía no podías; no te dejaban en casa. Luego, los barrios eran fundamentalmente heavy. Aquí, en Otero, en mi instituto, era todo el mundo heavy. Bueno, todo el mundo no; había de todo, realmente: había punkies, había heavies, había rockers… Mods no había, pero estaba el grupo Los Murciélagos. Por otro lado, escuchabas lo que llegaba de la Movida de Madrid. Y había también una movida muy discotequera: Vanitas, el Rolling, el Prost… Escena, que la habían venido a montar desde Madrid gente que venía de La Vía Láctea… Se había creado también una relación grande entre Oviedo y Madrid. Pues bueno, una mezcolanza, ¿no?, pero que convivía bien junta.

¿Tu rollo cuál era?

Yo era más tirando a música independiente y tal, y al punk. Luego llegó el rock radical vasco, y como jóvenes alternativos, pues bueno: La Polla Records, Kortatu, Ertzaina… A todos estos grupos los escuchabas, junto con todo lo que venía de Inglaterra: los Smiths, The Cure… A mí el heavy nunca me gustó, aunque a la mayoría de mis amigos sí, pero fui a ver a Barón Rojo siendo guaje. Fue cuando la campaña electoral de Masip, de las elecciones que ganó Masip. Tocaron gratis en la catedral, y ahí estuvimos. Luego estaban Los Ilegales, que para nosotros eran la hostia, Los Stukas incluso… Pero también escuchabas a Nuberu; música asturiana. ¡Y Los Locos! Pegamos carteles de los primeros discos de Los Locos por ahí, ya de más mayores. A mí siempre me gustó un poco eso; la música alternativa no mainstream, todo lo que se montaba alrededor de Radio 3. Tirabas de la radio y los cassettes, porque tampoco había dinero en las casas para comprar música, de aquella; el acceso a los discos no era fácil. Escuchabas la radio y grababas las canciones. Radio 3 y también Los 40 Principales, con Kike Bueres: El expreso de medianoche. Yo conocí a toda esta gente por los hermanos Barral. También las Hojas Universitarias que dirigía Xuan [Cándano], a partir del año ochenta y cinco, ochenta y seis, antes de la huelga de estudiantes. Todo iba como muy conectado, aquí en Oviedo. Además, en el año ochenta y tres habían sido las primeras fiestas populares.

Ese San Mateo de las casetas que ahora se quiere cargar Canteli, o que de hecho ya se cargó.

Sí. Aquel primer año todavía no se montó El Topu Fartón, de la Liga, pero sí ya el Pinón Folixa. Yo era muy guaje, y simplemente recuerdo dar un paseo, pero vas empapándote de todo eso. Con Masip, en la Casa de la Juventud, en el Campo de los Patos, se empezaron a montar conciertos todos los viernes con grupos de aquí, y bajabas a verlos. Había un montón de conciertos, desde El Último de la Fila más tarde hasta Radio Futura. Yo vi a Eric Burdon siendo un guaje de nada en la plaza de toros de Oviedo. Había una efervescencia muy grande de actividades y movimientos y cosas que hacer, y estaban todas ligadas a la militancia política, social y alternativa. Era todo un… no sé, un despertar. No tenías ni dieciocho años y estabas en un impasse, porque la dictadura se había acabado y todavía no había un poder muy organizado. Con dieciséis años, podías ir tranquilamente a un concierto y podías beber alcohol, algo que ahora es impensable. No digo que aquello fuera ni más bueno, ni más malo, pero era distinto, y nosotros, que éramos unos chavalinos, lo pasamos muy bien.

La Coordinadora de Insumisos de Asturias sale en gran parte de aquella movilización estudiantil.

Lo de la OTAN y aquella huelga de medias politizó a mucha gente que luego nutre la insumisión o es proclive a la insumisión, sí. Conocemos a los objetores; a aquel movimiento de noviolentos que venía del franquismo, del que una parte eran testigos de Jehová, pero otra no, y que cuando se monta lo de la OTAN se integra ahí con nosotros.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

El Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC) se había formalizado en el año setenta y siete.

Sí. Con ellos, los que veníamos de esa izquierda revolucionaria que en lo que pensaba era en sindicatos de soldados y trabajo en los cuarteles empezamos a ver las cosas de otra manera. Yo, en principio, no era noviolento; ahora sí que me considero una persona noviolenta, porque me impliqué en el movimiento y fui viendo una serie de cosas, y evolucionando. Conoces a esa gente que viene de una cultura política distinta y te vas contaminando, si quieres decirlo así; vas mezclándote con otros y cambiando cosas. Estaba todo muy cercano. Nosotros, ya antes de la insumisión y de la campaña de la insumisión contra el sorteo de quintos, empezamos a hacer movilizaciones en el instituto. El sorteo de quintos se hacía todos los años, y afectaba a la gente del instituto: te cogía cuando estabas en COU o en tercero de BUP si repetías; tenías diecisiete años y estabas pendiente de ver quién iba a la mili, quién no, el excedente de cupo, todo aquello. Cuando nos tocó tallarnos, un amigo mío, Pablo Pascual, y yo fuimos un día desde el instituto hasta la Caja de Reclutas, que estaba en San Lázaro, donde el parque de bomberos, a decir que éramos objetores; a mandar nuestra objeción con la solicitud colectiva que había hecho el movimiento antimilitarista. Luego hacíamos acciones todos los años en las tallas, con lemas como «¡quintos sí, pero de cerveza!».

La prestación social sustitutoria se había instituido en 1984.

Sí, pero no estaba regulada. La ley de objeción de conciencia sale, sí, en el ochenta y cuatro, pero desde el movimiento anti-OTAN, que ya es muy fuerte, se convence —hoy igual sería impensable—al defensor del pueblo, Joaquín Ruiz-Giménez, para que presente recurso de inconstitucionalidad contra ella, argumentando que no se regulaba la objeción como un derecho fundamental cuando, al estar recogida en el artículo 30 de la Constitución, se suponía que sí lo era.

La Constitución dice en ese artículo: «La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria».

Exacto. Pero lo que se había creado era un Consejo Nacional de Objeción de Conciencia ante el que había que presentar la solicitud, como mínimo, dos meses antes de la incorporación. Y en esa solicitud debían constar los motivos de la objeción. Había, como con el aborto, una serie de motivos tasados: éticos, filosóficos, religiosos, morales, humanitarios…

Pero no políticos, como denunciará el MOC, que también reivindicaba la posibilidad de declararse objetores durante el servicio militar.

Eso es.

Podías querer objetar, y que no te dejasen.

Claro. El Consejo decidía si te concedían la objeción o no, y si te la concedían, la prestación social sustitutoria que hacías duraba entre dieciocho y veinticuatro meses, o sea, más que el servicio militar.

Y lo veíais como un castigo. Encontré la hemeroteca de El País una referencia interesante a un debate entre Liborio Hierro, subsecretario de Justicia, y Ruiz-Giménez. Hierro decía: «La objeción de conciencia es, más que un derecho, una excepción a un deber». Ruiz-Giménez replicaba que «no es meramente la exención de un deber, sino el reconocimiento de un derecho básico de la persona humana de rango constitucional y garantizado por la tutela máxima —el recurso de amparo— que la propia Constitución establece para los derechos fundamentales».

Eso es. Pues bien: en el ochenta y cinco se hace el recurso, y hasta diciembre del ochenta y ocho, la ley está parada. No está suspendida, porque es una ley, no un reglamento; pero el PSOE, como no tenía muy claro si la ley se aplicaba o no, aunque ellos mismos la habían generado, no la regula. Durante ese tiempo, hay dieciséis mil objeciones colectivas a este Consejo Nacional, que no las resuelve, sino que las da por silencio administrativo.

El MOC había lanzado una campaña por la objeción colectiva, aprobada en la asamblea de Vallvidrera, en 1984. Presentar una misma declaración de motivos para la objeción, de tal manera que el CNOC se viera obligado, o a rechazarlas todas, o a aceptarlas todas, y echarle con ello un pulso.

Sí. Y hasta el ochenta y ocho, el Consejo las admite. Pero ese año, el Tribunal Constitucional refrenda la ley y se empiezan a denegar. Y el PSOE organiza el reglamento efectivo de la prestación social sustitutoria. Pero lo que hacen es: como tengo aquí a veinticuatro mil objetores y no los puedo poner a todos a hacer la prestación, porque yo voy a crear una prestación como para mil y pico personas al año, o novecientas, una cosa así, amnistío a todos los que objetaron antes de ese año de la ley, menos a los nacidos en el año sesenta y nueve. Por eso a mí me pilla. Yo era objetor de los de antes, pero del sesenta y nueve.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

Y entonces nace el movimiento insumiso. Ni mili, ni prestación social sustitutoria, y boicot a las entidades que colaboren con su implantación.

Se había creado una coordinadora estatal. Por un lado estaba el MOC; y por otro, los Mili-KK y, en Euskadi, Kakitzat, con gente joven que venía de los colectivos anti-OTAN. Eran grupos distintos entre los que había incluso tensiones, pero se habían ido haciendo encuentros antimilitaristas en Santa Coloma en 1987, en Zaragoza en 1988… De ahí salió la campaña de insumisión y desobediencia civil. Pero a la vez que hacíamos eso por un lado, también promocionábamos la objeción por otro. Nosotros en ningún momento al que era objetor y pensaba hacer la prestación le decíamos: «Tu yes menos». Éramos conscientes de que la insumisión era una idea muy comprometida y muy compleja, que te podía costar cárcel, como nos costó a algunos —aunque, cuando empezó la cosa en el ochenta y ocho, no lo sabíamos—. La insumisión era no objetar, callarse, y cuando te llamaran a reemplazo, no presentarte. Te convertías en un prófugo. Por eso, insumisos éramos muy pocos, y solo con ellos, sabíamos que no ganábamos. Necesitábamos desbordar el servicio militar, que era una cosa que rechazaba cada vez más gente sin necesidad de estar politizada, porque era un coñazo. Cumplías dieciocho años y te secuestraba legalmente una institución franquista como era el Ejército, y mucha gente no es que lo pasara mal —las historias de la puta mili y todo eso— pero te cortaba mucho para los estudios, para el trabajo… La gente pedía todas las prórrogas que podía. Así que no menospreciábamos a los objetores. Asesorábamos a la gente. Y conseguimos que, después de que en cuatro años hubiera habido veinticuatro mil objetores, hubiera esos mismos, veinticuatro mil, en un año. En los últimos años de la insumisión, había más objetores que gente que iba a la mili.Eso acabó haciendo inaplicable la objeción: tenían todos los años más objetores que cupo, y no sabían qué hacer.

Contra la prestación social sustitutoria, también argumentabais que significaba suprimir puestos de trabajo; poner a los objetores a trabajar gratis de lo que un profesional debería hacer cobrando.

La rechazábamos por dos cuestiones principales: primero, porque perpetuaba la mili.Mientras existiera prestación social sustitutoria, existiría el servicio militar. Y en segundo lugar, sí: era quitar mano de obra en un sector de servicios sociales en el que no estábamos dispuestos a trabajar obligatoriamente y en condiciones de precariedad.

Entre los insumisos, había tres estrategias diferentes de desobediencia civil. Por un lado, quienes no intentaban librarse de la cárcel, como entiendo que fue tu caso, entendiendo que la existencia de presos de conciencia favorecía los objetivos de la insumisión por cuanto suponía un alto coste político para el Estado. Por otro, los que sí procuraban evitar la cárcel por medio de una trabajada defensa legal, considerando que la libertad era una pequeña victoria y que el encarcelamiento podía disuadir a los jóvenes en edad militar de hacerse insumisos. Y finalmente, los invisibles, que se declaraban insumisos también a los tribunales y no acudían a las citaciones, sino que sobrevivían en la clandestinidad.

Eso fue los que hicieron insumisión total, sectores anarquistas y demás. Aquí en Asturias creo que lo hicieron dos personas. De todas maneras, el movimiento no era una cosa muy organizada, ¿eh? Era una cosa asamblearia. Asturias fue un caso único en cuanto a que disolvimos el Mili-KK y el MOC y nos organizamos todos conjuntamente en la Coordinadora Asturiana de Insumisión, y en todos los años que van del ochenta y nueve, noventa, al noventa y ocho que esto acabó, nunca tuvimos un problema y convivimos sin mayores problemas, sin cargos, con portavoces que rotaban.

Hay una prehistoria muy poco conocida del movimiento insumiso, que es el papel de los testigos de Jehová. El 18 de agosto de 1937, uno de ellos, Antonio Gargallo Mejía, fue fusilado en Jaca por negarse a incorporarse a su regimiento. Después, la movilización antimilitarista que para ellos es un mandamiento religioso agarra vigor a partir de los años cincuenta, y llegan a tener unos mil miembros encarcelados por este motivo. Más tarde aparece en escena el pacifista navarro Pepe Beúnza, que se convertirá al final del franquismo en el primer objetor preso por motivos no religiosos, sino políticos. ¿Manejabais toda esta, digamos, memoria histórica en el movimiento insumiso?

Algún sector del MOC la podía manejar. A Pepe Beúnza no lo conocí personalmente, aunque estuve con él en algún encuentro que hubo. Pero no; no era algo que estuviera ahí muy presente. Nosotros lo que queríamos era crear la historia del movimiento. No era un movimiento muy teórico. El MOC igual sí, pero nosotros jugábamos una partida de ajedrez mucho más táctica. ¿Me vas a meter en la cárcel? Hago esto. ¿Dejas de meterme en la cárcel y te sacas de la manga lo de la muerte civil? Hago esto otro. Tampoco éramos una organización vertebrada, en la que nos viéramos todos los años en un congreso o lo que fuera: había reuniones, coordinación, pero ninguna estructura partidista estática. Toda esa gente, los objetores, eran respetados, pero había habido una ruptura con ellos. Siempre se había visto la noviolencia como algo ligado a lo religioso, pero nosotros decíamos que no tenía que ser así; que dentro del movimiento obrero estaba, por ejemplo, la huelga, que es un acto pacífico y masivo de desobediencia, el más importante, que es parar la producción en el capitalismo, y eso es un movimiento muy violento para ellos, pero no es un acto violento en sentido literal. O las sufragistas, otro de los primeros movimientos no violentos. Yo tengo leído cosas de que ya en la guerra civil había, dentro del anarquismo, respuestas no violentas, que son totalmente desconocidas. La épica del movimiento obrero es la Revolución rusa, y la Revolución rusa se gana como se gana: con una victoria militar en la guerra contra los blancos y, luego, con la victoria contra Hitler. E incluso los antimilitaristas hablamos de militancia, de reclutar… Hay toda esa terminología, y los partidos tienen casi siempre organizaciones jerárquicas, en las que la base, en realidad, no tiene nada que decidir. Pero hay una tradición distinta en el movimiento obrero y era lo que nosotros reivindicábamos. Nuestro imaginario era más ese que lo de Pepe Beúnza.

En 1991 tiene lugar una huelga de hambre de insumisos y desertores en la prisión militar de Alcalá.

Yo no me acuerdo mucho de acciones muy puntuales, pero creo que esa tuvo que ver con que, en la primera guerra del Golfo, se produjeron los primeros encarcelamientos. Hay unos chavales que se declaran insumisos dentro del Ejército y son encarcelados, y empieza un enfrentamiento muy duro. Efectivamente, vamos haciendo huelgas de hambre y otras acciones; acciones que suelen ser descentralizadas. En general, seguimos las consignas que van llegando, pero de manera descentralizada.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

En 1989, Enrique Múgica, ministro de Justicia, os había acusado de «utilizar la objeción de conciencia para desestabilizar al Estado democrático y estar apoyados por los radicales y violentos», y os advirtió de que «todo el peso de la ley» caería sobre vosotros. En 1994, Juan Alberto Belloch, ministro de Justicia e Interior, reconoce públicamente que el crecimiento de la insumisión se ha vuelto un «problema de Estado».

Belloch había pasado a ser ministro de Interior, además de Justicia, después de que dimitiera [Antoni] Asunción por lo de Roldán. Asunción había sido antes el primer secretario de Instituciones Penitenciarias que tuvimos; lo sustituyó Mapi, la que luego fue alcaldesa de Xixón. Sí, a ver: el movimiento fue un enfrentamiento muy duro con el Estado y con el poder, y fuimos acusados de todo. Fue una lucha tremenda y que nos acabó quemando, a mí por lo menos. Muchos años con muchos presos. Siempre se habla de mí, pero fuimos veinte presos aquí en Asturias. Yo fui el primero, en el año noventa y dos. Pero en el noventa y tres [Pin lee unos papeles que ha traído] entraron Carlos, Yiyi y Fermu. En el noventa y cuatro cambiamos la estrategia y hacemos plantes al tercer grado que nos daban en dos meses.

¿Por qué?

Había el problema de que, mientras estábamos en la cárcel, había mucha movilización, pero cuando te daban el tercer grado, la condena empezaba, como quien dice, a ser solo tuya. Tenías que estar todavía un año yendo allí a dormir y a lo que te tocara, pero la gente ya no se movilizaba alrededor tuyo. Queríamos politizar eso, y lo que se decidió fue los plantes al tercer grado: otro delito. Que no condenaron después por ese delito, pero sí hubo muchos problemas. En el año noventa y cuatro, en Gijón, en enero, Carlos, Yiyi y Fermu no se reincorporaron después de un permiso de tercer grado e hicimos un encierro en la iglesia de San José. Vino la Policía a por ellos y los cogió. Eso, esa estrategia, se hizo conjuntamente en toda España. Se empieza a cumplir la condena dentro, pero se cumple con más problemas que Dios. En el noventa y cuatro hacemos la famosa acampada aquella a las puertas de la cárcel de Villabona, que duró una semana, con conciertos. Luego entran presos Toñín y Adolfo; después, Kike; luego, Julio, Roberto y Asier en el noventa y cinco; y en el noventa y seis, David, Paco, Wiljer, Fer, Xurde, Felipe y Lluismi. Fue una cosa muy dura para las familias, para los colectivos de apoyo, para la gente. Los insumisos fuimos las caras visibles, pero detrás hubo mucha gente, incluso insumisos amnistiados que trabajaron muy duro por la organización política y el apoyo al movimiento, por que hubiera presión en la calle. Según el Gobierno iba cambiando la estrategia, nosotros la cambiábamos también. El PSOE no quería meter en la cárcel, de repente, a todos los insumisos juntos. Llegó a haber un montón, pero en determinados sitios, por ejemplo Cataluña, no se metió a nadie en la cárcel: los jueces empezaron a reconocer eximentes y atenuantes parciales y condenaban a menos de dos años, y entonces se te podía suspender la pena, porque nadie tenía antecedentes. Luego, cuando se empezó a correr la voz de que no llamaban a los servicios sociales, aumentó considerablemente el número de objetores. También empezaron con la muerte civil, pero un compañero que era minero, y al que habían condenado a muerte civil en lugar de a la cárcel considerando que era la pena más favorable, llegó al Supremo diciendo: «Oiga, a mí métanme en la cárcel: para mí, la pena más favorable no es la muerte civil, es ir a la cárcel; yo lo que no puedo perder es el trabajo». Al final fue una desobediencia completa, un desprestigio completo, del servicio militar; se abrió una brecha que ya no pudo cerrarse. Por eso Aznar se carga la mili: al final, ya no tenía sentido; ya no tenían manera de aplicarla.

En septiembre de 1992, estás preparando la fiesta de San Mateo en casa de unos amigos, suena el teléfono, lo coges y escuchas a tu padre, nervioso, diciéndote: «Está aquí la Guardia Civil. Viene a por ti».

Estábamos en el Topu, preparando San Mateo, sí, como todos los años. Venían ya con la orden de ingreso. Yo ya lo tenía casi olvidado, porque el juicio había sido en el noventa, y como aquello era muy raro, porque se reprimía a una gente y a otra no, no teníamos ni idea de lo que iba a pasar conmigo. Había hasta jueces que te pedían el indulto ellos mismos después de la sentencia. Había los que aplicaban un atenuante parcial —menos de dos años— o eximente completa, pero había otros que te condenaban a los dos años y cuatro meses que ponía la ley y acto seguido te pedían el indulto, y entonces no se aplicaba la pena hasta que no se resolvía el indulto.

En el movimiento, ¿teníais jueces amigos; una especie de quintacolumna aliada en el estamento judicial?

No, hombre, tanto como eso no. Teníamos el movimiento de abogados: Toño [Rodríguez], que murió el año pasado, fue el que más peleó, pero había otras abogadas de Xixón, como Charo González Arias. Juan Carlos Roiz, el de Utopía Contagiosa, también era abogado del movimiento de insumisión; lleva en la lucha antimilitarista toda la vida; creo que él mismo había sido objetor antes de la ley del ochenta y cuatro. Jueces, no; pero, evidentemente, los había más proclives a los atenuantes e incluso a la eximente, y a no aplicar la condena. Los jueces tampoco querían ser los malos en esta cuestión: entendían que tenían que aplicar la ley, que no les quedaba otra, pero que no éramos gente a la que hubiera que reintegrar en la sociedad haciéndole pasar por la cárcel.

A ti te condenaron a esos dos años, cuatro meses y un día. Te escondes durante un mes, hasta el 15 de octubre. Aquel día, encabezas una manifestación masiva que te escolta hasta el juzgado de Oviedo que había decretado tu ingreso en prisión.

Estuve por ahí escondido hasta ese día, que hacemos una rueda de prensa. Entro en la antigua cárcel de Oviedo. Me clasifican en segundo grado. Me trataron bien. Un educador que había en la cárcel, Faustino [García], que había estado en la UGT de Prisiones, y después fue el que creó los módulos libres de drogas, se portó muy bien conmigo. Me pusieron en la unidad más normal, con gente que ya salía de permiso y tal, y ahí estuve tres meses, hasta Nochevieja del noventa y dos.

Foto de la manifestación que escolta a Pin hasta los juzgados el 15 de octubre de 1992 FOTO: Alisa Guerrero

¿Qué tal esa experiencia carcelaria? Te he leído contar que había una gran solidaridad con el movimiento insumiso por parte de los demás presos.

Mucha, sí, sí. Siempre había algún pique, claro, pero la mayoría de los presos se portó muy bien conmigo. Me decían: «Chaval, tú no tenías que estar aquí». También era un poco la novedad. Cada dos o tres días había una manifestación o una concentración; y además en aquella cárcel, como no había módulos, cuando recibías las cartas —que tenían que registrarte—, te llamaban por megafonía a la cabina, que estaba en el centro de la cárcel, que era como un pulpo. Yo, como igual me llegaban cien o doscientas todos los días, iba todos los días allí. También me venían a ver los abogados. Así que bueno, sí, estabas en la cárcel, te habían privado de libertad, que es lo más duro que hay en la vida: la primera vez que ves la puerta de una cárcel abrirse, y luego la ves cerrarse, y ves lo que es un recuento, y ves aquello por dentro, empiezas a alucinar. Estuve tres meses y lo pasé mal, pero no estuve ni en un módulo de aislamiento, ni tal. Fue relativamente liviano.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

No puedo evitar hacerte la pregunta morbosa de rigor: ¿con qué tipo de presos convivías? ¿Qué delitos habían cometido?

La mayoría estaba allí por delitos de droga. Luego algunos delitos de robo, algunos de violación supongo que habría… Realmente no lo sé exactamente. De contrabando de tabaco, muchos. Ya digo que yo estaba en la unidad de los menos conflictivos, con gente que estaba a punto de cumplir la condena y ya salía de permiso. La mayoría de ellos estaban allí por cosas de esas. Y sobre todo por temas de droga. La heroína, por cierto, corría por la cárcel. Mucha de aquella gente tenía que estar en programas de reeducación de drogas y estaba en la cárcel drogándose. No había casi talleres, ni nada. Era una cárcel muy obsoleta, muy antigua. Sí que había para sacarse la EGB, el graduado escolar, pero poco más.

¿Había presos de ETA?

Sí, había tres. Y uno del GRAPO, Benjamín, con el que coincidí en la biblioteca, que fue a donde me destinaron. Le quedaba poco para cumplir condena.

¿En el patio estabais todos juntos? ¿Hablabais todos con todos?

No todos con todos. El módulo tres, que era el de menores —menores de veinticinco años— y era el más conflictivo, donde había más tensiones, tenía un patio aparte. El de presos como más peligrosos, con condenas más largas, era el cuatro, y esos tenían otro patio para allá. Nosotros, que éramos la galería cero, no teníamos patio, y lo compartíamos con la dos. Yo, con el que más pandilla hice, fue con Miguelín, un chaval de Andecha que no había sido insumiso, pero lo iba a ser, y que, en una trifulca en un bar en Xixón, había matado a uno que era legionario o una cosa así. Le había caído una condena muy gorda, pero era un chaval majísimo. Estábamos siempre juntos.

Un curioso adversario que el movimiento insumiso tenía era el movimiento abertzale, parte de él al menos, que o bien entendía que a lo que había que oponerse era al Ejército español, y «hacer la mili en ETA», o bien que había que aprovecharse de la miliespañola para adquirir formación militar que luego se pudiera volver contra España.

Si, pero bueno, nos pasaba con toda la izquierda. Había mucha gente que no veía esto de la insumisión. Los únicos que lo vieron desde el principio y apostaron por ello fueron la Liga y el MC. El PCE no lo veía ni p’atrás. El PCPE, mucho menos. Anguita tenía con el coronel Martínez Inglés, no sé si te acuerdas de él, una propuesta de servicio militar que cambiaba el modelo, con una objeción y una prestación distintas, pero que seguía siendo de conscripción, partiendo de la concepción clásica comunista: hay que defender al pueblo, y al pueblo —o a la clase obrera, como se quiera decir— se lo defiende con armas. Se decía que había que democratizar los ejércitos, pero que los ejércitos eran parte importante de una sociedad socialista. Nosotros rompemos con esa idea y decimos que no queremos que haya ejércitos en absoluto, porque los ejércitos propagan una ideología militarista que lo que hace es entrar con valores militares en la sociedad y, a través de ellos, crear sociedades jerarquizadas, basadas en la dominación y la obediencia; que eso tenía que ver también con cómo se construye el patriarcado. Queríamos romper con todo eso y no todo el mundo lo entendía. Nosotros mismos habíamos ido cambiando; ya te dije que yo, al principio, no era noviolento; que es después cuando voy haciendo una reflexión y cambiando. Ahora sí creo que las alternativas no violentas de defensa son mucho más eficientes que las violentas.

Voy a hacerte una pregunta un poco de cuñao, pero los cuñaos, a veces, hacen buenas preguntas. Si un Hitler llega por los Pirineos con sus panzers y nos invade, tú, ¿qué haces?

Yo, desertar (risas). Desertaría, porque nosotros llamamos a una insumisión a todas las guerras. Pero creemos que desertar de un ejército que se defienda no quiere decir que no vayas a luchar de otra manera, o asumir al invasor. Una organización popular no violenta que se defienda, que no obedezca, que sea mayoritaria, masiva, puede conseguir que no se domine a una población.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

Es decir, la idea es: les dejamos entrar y, luego, les hacemos la vida imposible con tácticas de desobediencia civil, ¿no?

Puede ser. Yo no me voy a defender con armas, pero me voy a defender de otras maneras. En la guerra de Ucrania, hubo imágenes impresionantes al principio de la gente de pie contra los tanques, como en China en Tiananmen. Y no había un tanque que se atreviera a pasar por encima de alguien completamente desarmado. El problema de todo esto es que no está, ni muy pensado, ni muy desarrollado. Hay aquí en España un colectivo importante, Utopía Contagiosa, una gente que viene del MOC, que tiene un librín que se titula Política noviolenta y lucha social: alternativa noviolenta a la defensa militar. Lo editan con Ecologistas en Acción. Y es uno de los pocos textos que hay que proponen cómo hacer una organización popular de defensa no violenta. Uno de los pocos que hay, no ya en España, sino casi en todo el mundo. Por lo demás hay alguna experiencia escandinava, y recientemente un estudio científico de dos mozas, Maria J. Stephan y Erica Chenoweth, que no está en español todavía, pero es muy interesante. Creo que el colectivo antimilitarista de Zaragoza, los Mambrú, van a intentar editarlo. Sí que hay por la red treinta y dos hojas o así de él en español, o un resumen. El libro se titula Por qué funciona la resistencia civil.

Y ¿qué cuenta?

Analizan las principales campañas de resistencia violenta y no violenta, en conflictos entre actores gubernamentales y no gubernamentales, entre 1900 y 2006, y llegan a conclusiones sorprendentes incluso para ellas. Te muestran que el cincuenta y tres por ciento de las grandes campañas no violentas tuvieron éxito, frente a un veintiséis por ciento de las campañas de resistencia violenta. Contradicen la opinión ortodoxa de que la resistencia violenta contra adversarios superiores en términos convencionales es más eficaz para los grupos resistentes. Es muy interesante la tesis de estas autoras, pero el tema todavía está poco explorado. También habría que pensar qué hay que defender, ¿no? Si es más importante defender un territorio, una nación, o es más importante defender la sanidad pública, la educación pública, un modelo social, una renta básica, el decrecimiento, un mundo que no se nos acabe… Tendríamos que estar pensando en esto, pero, por desgracia, siguen imponiéndose las guerras, y ahora estamos viendo en Ucrania un empate catastrófico que no sabemos a dónde nos va a conducir. Desde el colectivo de insumisos, lanzamos el año pasado el Manifiesto de insumisión a las guerras. Yo ahora no estoy en ningún colectivo, porque aquí en Asturias no lo hay, pero se apoya a objetores y desertores tanto ucranianos como rusos, y se intenta que los países de la Unión Europea reconozcan, y nosotros pensemos, que son refugiados políticos, pero no se les da ese estatuto.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

Volvamos a aquellos años. Se montó una Asociación de Familiares de Insumisos.

Las asociaciones de familiares tuvieron mucha importancia en todo el Estado. En cada juicio que había, trataban de encontrar un autoinculpado, lo que llamábamos padrino, para cada insumiso. Eso extendió socialmente la insumisión. Buscábamos personas de prestigio. Había gente que igual no veía la insumisión, pero lo que tampoco veía era que nos metieran en la cárcel, y por ahí conseguimos mucho apoyo social y popular. Los familiares nuestros fueron los que canalizaron eso. También se entrevistaban con los políticos, los directores de las cárceles, los educadores… Nos daban ese enlace social que nosotros, muchas veces, no queríamos hacer, y que nos ayudó mucho. Consiguió que la insumisión la conociera la gente normal, que la conociera tu vecina del barrio, y que simpatizara con ella. Lo que decía antes: si la insumisión se hubiera quedado en una cosa muy pequeña, no hubiera ganado. En el momento en que se abre a la sociedad, en que empieza a ser hegemónico que la mili es una pérdida de tiempo para los chavales, que allí no se hace nada, que eso va contra los tiempos, tenemos el relato ganado. Ya no era que tuviéramos la simpatía de la mayoría de la gente joven: teníamos la de todo el mundo. Y cosas como esa que me decías antes de Múgica, la gente no las veía como reales.

¿Qué tal llevó tu propia familia tu militancia —valga la paradoja— en la insumisión?

Al principio, con miedo. Cuando decimos que vamos a objetar, estamos ya en el año ochenta y seis, ochenta y siete; el golpe de Estado había sido en el ochenta y uno, pero todavía en el ochenta y tres había habido unos conatos, unas asonadas, en el Ejército. Todo el mundo andaba con mucho miedo. Nos decían: «No sabéis dónde os metéis». Pero siempre lo vieron con respeto: «Si tú lo ves, hazlo. Pero ten cuidado». No me animaban a ser insumiso, pero tampoco me lo prohibieron.

Foto: Alisa Guerrero

¿Se implicaron en la asociación?

Sí, sí. Es imposible que una familia que tiene un hijo en la cárcel, aunque no lo vea, no se implique, no colabore. Ayudaron y trabajaron. Pero pasaron miedo, también porque, de repente, yo era demasiado popular; me había vuelto una imagen mítica, y eso es difícil de gestionar también.

Carteles con tu cara por ahí y estas cosas. «¡Pin llibertá!».

Sí. No era algo buscado, pero tenía que ser así, y lo asumí. Yo estoy orgulloso de lo que se hizo y de cómo peleamos. De cómo peleamos todos los que participamos en la insumisión, tanto los que entramos en la cárcel como los que no, y de que hoy la gente no vaya a la mili o ni siquiera sepa ya lo que fue la mili.

Yo ya no lo supe (risas). Y os lo agradezco. Por cierto: hubo muertos; mártires de aquella lucha.

Tres muertos hubo. El primer muerto, en la cárcel de Navarra, en febrero del noventa y siete: Unai Salanueva. En septiembre del mismo año, Enrique Mur, en la cárcel de Torrero, en Zaragoza.

Dos suicidios, ¿no?

Unai se tiró por una ventana, y Enrique no se sabe si se quiere suicidar o no se quiere suicidar. Él toma algo, una bebida o tal, pero no muere directamente; lo que pasa es que no van a ayudarlo. El preso que está con él da el toque, pero tardan una hora u hora y pico en aparecer por allí. Se lo llevan en ambulancia, pero dicen que ya murió en la cárcel. Y luego también murió una moza, Virginia [Garaioa], de Pamplona, a la que atropellaron en una concentración frente a la cárcel de Topas, en Salamanca, en el noventa y ocho. En un corte de carretera, allí delante, uno quiso reventar el control y pasarlo, la atropelló y murió. La lucha fue muy dura, ya digo. Fueron muchos años y fue muy complicado, tanto para los que estaban en la cárcel como para los que no estaban. Aunque hubiera una comprensión social, el grado de enfrentamiento era… Y pasar por la cárcel era duro. Lo fue para los que estuvimos tres meses y desde luego lo fue para los que estuvieron toda la condena, como Carlos, Fermu, Toño, Yiyi y Adolfo aquí.

¿Dos años?

No, porque era con el código antiguo, el franquista, que era mejor en eso que el del noventa y cinco, y como te tenían que aplicar la norma más favorable… Redimías día por día hasta la condicional, con lo cual, aunque no hicieras nada, de los veintiocho meses cumplías trece o catorce. Los que estuvimos tres meses en la cárcel también era con esa condena efectiva de trece meses: tres en la cárcel y luego once yendo a dormir, con el fin de semana libre.

FOTO: Alisa Guerrero

Los días que pasan…

No ves el final, y cada día tienes que volver, y eso es duro personalmente, y fue muy duro para estos compañeros.

1997, el año en que mueren Unai Salanueva y Enrique Mur, es también en el año en que lanzáis la Operación Tonto el Último, en el marco de la cual se presentaron cerca de 130.000 solicitudes de objeción de conciencia.

Ahí ya estaba claro que la mili iba a morir, porque Aznar había ganado las elecciones, pero no tenía mayoría absoluta, tuvo que pactar con el PNV y Convergència i Unió, y no quería seguir enfrentándose a los insumisos. Ya no había cárcel, porque se había cambiado el código y ya no era delito penal, y la condena era a muerte civil: no vas a la cárcel, pero se te impide obtener becas, ser funcionario público… En cierto sentido, como decía aquel compañero minero, era mucho peor. Lo que querían era invisibilizarte por no ir a la mili. Entonces lanzamos una campaña muy dura, que fue que compañeros fueran a la mili y se declararan insumisos dentro del Ejército, para que sí los mandaran a la cárcel. Los cinco últimos presos estuvieron así. Aznar ya no lo tiene claro, y en aquel pacto de legislatura, acuerda con Pujol el fin del servicio militar. Y por eso en 1997 lanzamos esa campaña que tú dices: «no seas el último, no vayas». En esos últimos años, ya había más objetores que incorporados.

Uno de los que fueron condenados a la muerte civil es César Rendueles.

Sí: tuvo juicio, y fue de los primeros condenados a muerte civil. Por cierto, tenía un grupo de aquella, en Xixón, ¿cómo se llamaba…? Luego me acordaré.

El final definitivo del servicio militar es el 9 de marzo de 2001. ¿Cómo lo vivisteis? Imagino que con alegría, pero alguna vez he escuchado a antiguos insumisos el lamento de que se luchaba por más cosas que por abolir la mili, y en cuanto se abolió la mili, el movimiento murió, y dejó de luchar por esas otras cosas. Una victoria derrotante.

Hombre, nosotros lo vivimos como una victoria. Tú no puedes estar permanentemente movilizado. Desde el año ochenta y siete, ochenta y ocho, que lanzamos la campaña de objeción, y en el ochenta y ocho, ochenta y nueve, la de la insumisión, hasta el dos mil uno, todos tuvimos dientes de sierra y periodos en que estuvimos más movilizados y menos. Era muy duro. Es verdad que el militarismo es la penetración de valores militares como la jerarquía o la obediencia en la sociedad, y el antimilitarismo es lo contrario y era más cosas que acabar con la mili. Pero la principal vía de penetración era el servicio militar obligatorio. Cuando consigues romper eso, obtienes una victoria muy importante. Hay ese problema de continuidad que pasa en todos los movimientos, que se vivió con el 15-M, pero en muy pocos sitios se generan grupos que continúen una lucha que consigue su objetivo principal. De todas maneras, detrás del movimiento insumiso vino el 0,7, las acampadas aquellas, y vinieron las movilizaciones contra la globalización, y contra la guerra de Irak, y en todo eso había un germen del movimiento insumiso, que también llegó por otra vía a los movimientos sociales y al 15-M. El movimiento insumiso no muere; reaparece de otra manera.

Hoy hay voces crecientes que piden que la milivuelva.

Es lógico. El militarismo no desapareció, y como no desapareció, la ideología militar sigue introduciendo sus valores en la sociedad. Juan Carlos Roiz, además de hacer lo de Utopía Contagiosa y haber sido abogado de insumisos, estudia todos los años los presupuestos del Estado para ver qué partidas se dedican a gastos militares. Hace unos estudios muy buenos que yo utilicé para un artículo que escribimos para Nortes hace poco, sobre la guerra y cómo el presupuesto que Sánchez nos vendía como social, por detrás no era tan social, porque los gastos militares subían un montón. En el análisis que hace Juan Carlos, se ve cómo las partidas para gastos militares no son solo las de Defensa, sino que te las encuentras en lugares insospechados: en el gasto pensado para investigación científica, por ejemplo.

José Manuel Chico Pin FOTO: Alisa Guerrero

¿Cómo te posicionas tú frente a la guerra de Ucrania?

El pueblo ucraniano está atrapado en un empate catastrófico entre la inaceptable invasión imperialista de Putin y la respuesta occidental de más guerra, más armamento. Desde la sociedad civil, tenemos que empujar para que Putin se retire de Ucrania, para que Ucrania se desmilitarice y para que esas partidas que dedicamos a armamento las dediquemos a luchar contra el cambio climático, la globalización neoliberal y una salida justa a esta crisis; por un mundo completamente distinto que cambie la jerarquía y la obediencia por desobediencia, cooperación, solidaridad… Que defienda la sanidad pública, la educación pública, que ponga una renta básica para que todo el mundo tenga la existencia material garantizada; que denuncie y acabe con el hecho de que hay un uno por ciento de la población que obtiene muchos beneficios de las guerras y una mayoría social que muere, que pierde la casa, que tiene que emigrar.

Decir que el pueblo ucraniano está atrapado entre dos belicismos, transmitir esa imagen de pasividad, cuando vemos que el pueblo ucraniano está resistiendo y queriendo resistir, pidiendo a Occidente ayuda, armas, etcétera, ¿no es infantilizarlo, no es negarle agencia, no es injusto?

Bueno, también hay objetores, insumisos y desertores allí, y yo me solidarizo con el pueblo ucraniano, pero sobre todo con ellos y con quien monta una defensa civil no violenta, y se organiza, y ayuda, y lleva medicinas, y combate a las fuerzas de ocupación, pero desde una postura noviolenta. Es verdad que la izquierda tiende mucho a una mirada occidental, y como nuestro imperialismo es la OTAN, no vemos otros imperialismos que no son peores, pero tampoco mejores. Es evidente que esta guerra la empezó Putin, y el que se tiene que retirar es Putin, y no es lo mismo el que empieza la guerra que el que se defiende. Putin tiene que retirarse detrás de sus fronteras, tiene que salir de Ucrania, y el pueblo ucraniano tiene que ser libre para decidir lo que quiere ser. Pero también tienen que serlo los pueblos del Dombás; también ellos deben tener derecho a la autodeterminación y a que no esté mediado por los dos bloques imperialistas: la OTAN, que tiene unos intereses allí que no son apoyar la democracia y la libertad, sino que son intereses geoestratégicos y económicos, y la autocracia de Putin, que tiene los mismos intereses, pero contrapuestos. Son dos potencias capitalistas que cogen a los ucranianos de rehenes. No vimos a la OTAN decir que va a condonar la deuda externa a Ucrania. La doctrina del shock, cuando se aplique, van a sufrirla los ucranianos; y los ucranianos tienen que saber y ser conscientes de eso; esa información les tiene que llegar, y con ella tienen que decidir; y nosotros tenemos que respetar lo que decidan, porque ¿quiénes somos nosotros para decidir por ellos?; y ellos tienen derecho a vivir su propia experiencia y a resistir como consideren oportuno, pero igual que ellos tienen ese derecho, nosotros, como antimilitaristas y como insumisos, lo tenemos a decir: yo apoyo a los resistentes civiles; mis camaradas en Ucrania son esos. Dicho todo esto, yo tampoco tengo mucha idea; no soy especialista en Ucrania; no soy un historiador que haya estudiado la historia de Ucrania. Tratas de leer a reporteros de guerra de medios alternativos que estuvieron en Palestina y los creímos, estuvimos en Siria y los creímos, y ahora están en Ucrania y también estarán intentando dar la opinión más fiable: Javier Bauluz, Patricia Simón, Unai Aranzadi…

¿Te parece que el movimiento insumiso está muy olvidado? Te lo pregunto, pero en realidad es casi incontestable: existe ese olvido de un movimiento de desobediencia civil que no tuvo parangón en ningún país europeo. ¿Por qué?

Cuando empezamos en la insumisión, nuestros referentes eran Los Verdes de Alemania, donde había una defensa civil y un pequeño movimiento en torno a eso. Pero sí: lo que pasó aquí luego fue irrepetible. Luego, se trató de repetir en Paraguay y otras zonas de América Latina en las que hay objetores e insumisos, pero nunca fue tanto como aquí. Y es verdad que hay pocos estudios académicos sobre la insumisión. En su momento, no podían hacerse, claro; tienen que pasar los años para que se puedan hacer, para tener la perspectiva necesaria. A lo mejor todavía no pasaron los suficientes. Pasaron treinta años desde que yo, la primera gente, entramos en la cárcel, y estamos en veinte desde que desapareció la mili. Igual la perspectiva tiene que ser mayor.

Para los estudios académicos, quizá sí. Pero yo estaba pensando en la memoria histórica; en cómo hay una historia sagrada y un santoral memorístico de la izquierda que tiene vivo el recuerdo de la lucha antifranquista y, luego, de los combates de la reconversión industrial, pero para los que los noventa y los dos mil son una laguna memorística, una especie de Guadiana que se sumerge bajo la tierra y reaparece con el 15-M. Afecta al movimiento insumiso, pero también al zapatismo, al movimiento antiglobalización…

Posiblemente cae el Muro, llega el triunfo de la globalización neoliberal que habían iniciado Thatcher y Reagan y los noventa son una especie de años de plomo que, aquí en España, coinciden con la victoria de Aznar, las privatizaciones, la ruptura del movimiento obrero… La izquierda está en retroceso, en regresión. Y en ese contexto hay movimientos pequeños que consiguen mucho, pero que no son tan valorados como la épica revolucionaria de los años anteriores.

Tu vida continuó después del movimiento insumiso, como es obvio. A finales de los noventa, vives unos años en Gijón.

Sí. Trabajé en el Habana.

Foto: Alisa Guerrero

Vuelves a vivir una escena musical efervescente, los últimos coletazos del Xixón Sound.

La escena era muy guapa, sí: desde Kactus Jack hasta Manta Ray. Toda la gente de esos grupos participaba en el movimiento insumiso; estaban al lado nuestro. Penélope Trip… Recuerdo haberlo pasado muy bien, y haber disfrutado mucho.

Más tarde, te vas unos años a Badajoz.

Sí. Vengo a Oviedo y preparo las oposiciones al Principado de Asturias, a la Administración del Principado, y en 2003 empiezo de interino, pero después, en 2006 saco las del Estado y me voy a trabajar a la Agencia Tributaria. Estuve allí casi siete años. Tengo muy buen recuerdo de Extremadura, aunque mi pareja, Ana, trabajaba aquí, y quedó aquí, así que nunca me acabé de integrar totalmente en Badajoz. Estuve todo el rato queriendo volver.

¿Te implicaste en alguna cosa política o social de allí?

No, no. Muy poco. Yo, sobre el noventa y ocho o noventa y nueve, peté, y ya no me impliqué en política hasta que en el 15-M fui a alguna cosa. Siempre fui a manis, aquí y en Badajoz, y siempre hice alguna cosina, pero nunca más estuve en ningún movimiento, excepto algo al principio de Podemos.

Foto: Alisa Guerrero

Partido del que te desencantaste rápido.

Participé mucho hasta las europeas de 2014. Luego ya se montó todo aquello de las primarias, las listas y tal y empecé a participar menos. Aquí en Otero había un colectivo guapo, y sí que todavía pegamos carteles en la primera campaña, cuando Emilio [León] —que viene del movimiento de insumisión, de los últimos tiempos de la coordinadora— se presentó a la Junta. Pero ya era una participación muy testimonial. Sí que soy miembro de la Red de Renta Básica, pero bueno, tampoco es un movimiento social propiamente dicho. Pago la cuota, voy a los simposios y trato de escribir alguna cosa, pero no creo que se me pueda llamar activista.

Por la renta básica te iba a preguntar. Véndenos la idea.

La renta básica es algo fundamental desde nuestra concepción de la libertad republicana, que entiende que no puedes ser libre si no tienes propiedad. Es una idea que viene de la Grecia clásica, de Pericles, pasa por Aristóteles, por los romanos, y más tarde por Payne en Estados Unidos, Marx… Hay un republicanismo autoritario que dice que los que no tienen propiedad no pueden ser miembros de la sociedad, y hay uno igualitario que dice que hay que dar propiedad a todo el mundo para que todo el mundo tenga un mínimo vital y pueda ser un miembro pleno de la sociedad. Marx habla de la desposesión; de cómo para que pueda haber trabajo salarial, primero tiene que haber una desposesión. Nosotros llegamos desposeídos a un mercado laboral cada vez más atomizado en el que no podemos negociar condiciones y nos empobrecen. Nuestra idea es: si tenemos una renta básica, el suelo de una prestación que nos dé el Estado sin condiciones, vamos a tener mejores posibilidades de negociar y de organizar una vida buena. Defendemos una asignación pagada por el Estado a todo miembro de la sociedad que responda a cuatro criterios: incondicionalidad, universalidad, individualidad y suficiencia.

Foto: Alisa Guerrero

¿A Amancio Ortega también?

A Amancio también (risas). Defendemos la individualidad: una asignación que no sea por familias, como son ahora los subsidios condicionados. La suficiencia: tiene que estar por encima de la tasa de pobreza, o a su mismo nivel, porque si está por debajo, no te asegura la existencia material. Y defendemos que la renta básica sea una medida económica dentro de un programa mucho más grande: la renta básica, por sí sola, no puede conseguir milagros. No se podrá financiar si no se modifica el sistema impositivo para que los ricos transfieran ese dinero a los que no lo tienen.

Te hago la pregunta buena del cuñao. ¿Cómo conseguir que, con la comodidad de la renta garantizada, la gente deje de trabajar, y por lo tanto deje de poder financiarse?

Ese uno por ciento, o diez por ciento, de la población que según todos los datos que salen tiene alrededor del cincuenta por ciento de la riqueza mundial no paró de trabajar todavía; no conocemos a ninguno que haya parado de trabajar. Los pobres, por que nos den una renta básica, no vamos a parar de trabajar. Pero vamos a trabajar de otra manera, con otras condiciones, y vamos a tener un suelo para defender los proyectos de vida que queramos.

Foto: Alisa Guerrero

Termino preguntándote por la izquierda, por la situación de la izquierda, por sus perspectivas. ¿Cómo ves el panorama?

Estamos en mala posición, porque estamos en una crisis de cuidados, en una crisis ecológica, en una crisis del capitalismo neoliberal, en una crisis de ganancia… El mundo tal como lo conocemos se muere. Nosotros tenemos ahí un gobierno que sí, bien: no está gobernando la extrema derecha, y se están tomando algunas buenas decisiones que hay que reconocer. Subió el salario mínimo interprofesional bastante, la reforma laboral mejoró alguna cosa. Yo sería más ambicioso, pero claro: esto es un pensamiento mío; ya no soy militante ni activista, soy un mero ciudadano, no estoy en la dirección de Podemos. Me gustaría ser más radical en el sentido de ir a la raíz de los problemas, pero tampoco estoy ahí. Creo que el principal problema que tenemos es la verticalidad de las estructuras. El 15-M, y Podemos al principio, intentaron resolverlo con sorteos y cosas así, pero duró un telediario. Se pasó a la máquina de guerra electoral —volvemos al discurso militar— y eso acabó dejando un Podemos que solo son los cargos públicos. Ya no hay bases, y eso hace que nos vaya a costar mucho ganar elecciones. Pero no tengo una respuesta, ni una solución, más allá de señalar el problema. Ojalá se encuentre.

Ojalá. Terminamos, Pin. Un placer esta conversación contigo.

¡Muchas gracias a ti!

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