Caen seis voces, seis miradas en el Museo de Bellas Artes

El Niño de Elche reinterpreta desde la experimentación sonora seis lienzos para abocetar un ensayo estético sobre "la caída" en la historia del arte

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Desde la experimentación sonora, el creador y el espectador pueden resituar la obra de arte en otras coordenadas. Este es el ejercicio que defiende Alfonso Palacio, director del Museo de Bellas Artes junto a El Niño de Elche. Repensar, resituar, redefinir son verbos que se conjugaron en torno a la experiencia de la caída y su polisemia. Pero un ejercicio de exégesis comporta siempre un ejercicio de creación. Interpretar una obra es dejarse caer de una norma para elevarse sobre otra. La hermenéutica de los dioses produce pesadillas y, en ocasiones, también milagros.

Caen Seis Voces es la propuesta que el Museo de Bellas Artes y SACO encargaron a Paco Contreras, El Niño de Elche, en esta novena edición y que presentaron este lunes a los medios de comunicación. Caen Seis Voces también es una relectura sónica de seis piezas pictóricas que cuelgan de las paredes con las que se devuelve un nuevo diálogo a lienzos que van desde el 1565 con La Piedad de Luis Morales hasta 1965, con la Rosa caída de Luis Fernández, cuatro siglos de historia, seis momentos distintos, encadenados por las voces y los pasos: desde la muerte de Dios a la muerte de la rosa, de la que sólo nos quedará el nombre. Por el medio, la Caída de Faetón, de Rafael Tegeo; Bodegón de Lastres, de Telesforo Fernández; Después de una huelga, de José Uría y Uría y Víctima de la Fiesta, de Darío Regoyos. Hay quién cree que el milagro del arte consiste en devolverle la mirada a la obra del autor. Otros creemos que ese milagro solo tiene sentido cuando la mirada está cargada con una poética que la enfrente y en la que solo cabe matar o doblegarse. Todo lo demás es silencio y oscuridad, obra muerta o ignorancia, por mucho que el espectador se arranque los ojos o las orejas para ver que hay detrás de un cuadro o una copla.

Luis Alvarez-Fernández, El Niño de Elche, Alfonso Palacio y Pablo de María, durante la presentación de Seis Voces Caen en el Museo de Bellas Artes.

Reconoce El Niño de Elche que es “muy fan de los descendimientos” y el de Luis Morales cumple con el canon. No hay mayor caída que el dolor eterno de una madre por la muerte de su hijo”. Hay que reconocer que Paco Contreras se mueve como pez en el agua en la experimentación, introduciendo la corporalidad a una poética que emerge desde el flamenco, se trenza con la contemporaneidad y es capaz de abordar con su voz y su biblioteca de sonidos (merced también al trabajo de Luis Álvarez- Fernández), una película de Dulac o de Buñuel, la Caída de Faetón, o el sentimiento grotesco y trágico de lo que es ser español oculto tras la “fiesta” de Regoyos. En realidad, la única obra de las seis voces/óleos que, en sentido estricto, representa una caída es la de Tegeo, que adquiere más fuerza si se confunde con la de San Pablo cuando se apartó del paganismo.

¿A la huelga? es la relectura política que el creador de Antología del Flamenco ofrece del, quizá, más impactante de los cuadros, reverberando una nueva voz, preñada de ira, verdaderamente revolucionaria y esquizoide, como lo es todo revolución. Se trata de Después de una huelga, obra de José Uría y Uría, que enlaza con la tradición libertaria de El niño de Elche perfectamente. En el lienzo de finales del XIX se observa el cadáver de un obrero junto a sus desconsoladas mujer e hija (¿otro descendimiento?), en el seno de una fábrica cavernosa. El oleo de gran formato provoca un insondable dolor político, mientras se atisba a la guardia civil, firme y ajena bajo el sol, fuera de la fábrica. En la voz de El Niño de Elche se produce el cuestionamiento de la verdad o la fe que la clase obrera ha mantenido históricamente en la lucha, en la huelga, configurando un tema de carácter urbano, que podría estar incluido en esa obra maestra concebida en 2015, Voces del Extremo, en la que dialoga sobre su tiempo político con similar rabia y profundidad que Uría hizo más de un siglo antes. Este cuadro podría estar en el paisaje de fondo del mismo 15M, momentum del que partió también la voz de Paco Contreras con una fuerza heterodoxa e inusitada.

No es caerse si no estar caído, no es desvanecerse sino estar a punto de ser en el vacío, lo que la voz ritual de El Niño de Elche, a veces sagrada, otras pagana y otras tantas mística y sufí, propone en este selección de voces, lienzos, aceites que cuelgan en el Museo de Bellas Artes y que se pueden escuchar a lo largo del próximo mes, conectando los móviles a un código QR situado junto a la obra. De la caída, del efecto de caerse, de la potencia que se despilfarra antes y de la que estalla después, cabe una reflexión estética, una narración filosófica, un ensayo que en manos de Paco Contreras, El Niño de Elche, se asimila a una estética. No se la pierdan.

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