De Barbón, el fuego y el poder

El gabinete de comunicación del Presidente del Principado ha funcionado este fin de semana a la perfección.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Más allá del fuego, sobreviven las palabras, más allá del fuego, permanecen indelebles las imágenes. Es cierto que para que prevalezcan, se necesita codificarlas, buscarles un contexto, algo que las explique. De otra manera, se volverán humo, pasto de las llamas del olvido o la indolencia y, en el mejor de los casos, un entretenimiento de la destrucción indefectiblemente banal. Los incendios que han asolado el parque forestal asturiano no quedarán en el olvido. Sobre ellos se han articulado varios discursos políticos que ponen el foco de atención en los ganaderos, en los pirómanos, en el sector maderero.

Sin entrar en el fondo de la cuestión, si me gustaría destacar que se han escrito ríos de tinta a una velocidad inusitada. Asturias y el fuego han sido la primera plana de los medios regionales y han abierto informativos de televisiones y radios nacionales. La prensa ha acumulado numerosos reportajes, una inflación de crónicas y declaraciones de políticos y partidos, acolchados como estaban hace menos de una semana en la precampaña. También hemos visto como se activaban un buen puñado de instituciones, a punto de bajar la persiana como estaban e, incluso, trajo la presencia del Ministro Marlaska y regaló un tweet del Presidente Sánchez desde Pekín. No ha habido género periodístico que haya soslayado los incendios de esta semana ni red social que no haya transpirado la catástrofe ecológica y personal de los asturianos en comentarios, fotos y videos. Crónicas, entrevistas, análisis que determinarán posteriormente el grado de responsabilidad política de unos y el grado de voluntad criminal de otros. Todo permanecerá vigente a lo largo de las siguientes semanas y está por determinar de qué manera encajará en los discursos políticos de las próximas jornadas electorales. En cualquier caso, no tengo la menor duda de que, sobre los demás géneros, el que más me ha atrapado ha sido el de los reporteros fotográficos asturianos, en cuyas imágenes han quedado perfectamente integrados momentos catastróficos de la actualidad asturiana, situados entre la épica, la tragedia y el drama.

La fotografía ofrece esa concepción primitiva de la imagen. A diferencia de la pintura, la fotografía es consustancial al tema que refiere. Forma parte de la realidad y logra que el espectador acabe también formando parte ella, al menos, hasta que ha irrumpido la inteligencia artificial. La fotografía, de alguna manera, logró apoderarse de la vida, ejercer sobre ella su dominio. En la historia del arte, es curioso que detrás de cada imagen, siempre haya estado el fuego. Sentimos verdadera fascinación por las llamas, aunque menos del uno por ciento logra que esa fascinación desborde su razón, según indican los psicólogos al hablar de un pirómano. Sea como fuere, la tecnología nos devuelve a esa primera etapa, salvaje, inhóspita, primigenia, cuando el antropoide que fuimos comenzó a dominar el fuego, una primera y primaria tecnología, casi con la misma fuerza depredadora que comenzamos a dominar la imagen, elaborando sombras sobre el costado de una cueva o en un laboratorio del siglo XIX. El fuego era poder entonces y lo sigue siendo ahora. La fotografía también lo es. El fuego, la imagen, la guerra. La imagen es poder. La comunicación es poder. Mejor dicho, la política es comunicación. La política quema como el fuego. Los periodistas sabemos muy bien que cuando un cargo público excusa su negligencia en un “problema de comunicación”, en realidad, está afirmando que hay un problema político sin resolver. Algo le está quemando.

Adrián Barbón nos ofreció este sábado una portentosa imagen del poder, sentado desde el centro de operaciones desde donde, un suponer, se transmitía un mensaje: el control de la catástrofe. Enfundado en su chaqueta roja, acompañado del consejero de ordenación territorial y de otros mandos y responsables politicos, afirmaba con rotundidad un deseo personal: que todos los pirómanos que han quemado los bosques asturianos lo paguen con la cárcel. Volvía a repetir un eslogan, Asturias no arde, la queman.

De alguna manera, Barbón se desenvuelve muy bien en la retórica populista. Del no es no al cambiamos o nos cambian. De la guerra contra el COVID a la guerra contra la burocracia. Ayer volvió a declarar otra guerra, a los pirómanos, ¿a los ganaderos?, al fuego. Asturias no arde, la queman. Recuerden que una fotografía es la extensión de un tema: el fuego, la guerra, el poder. Me sorprende cómo la fotografía sigue manteniendo la capacidad de influir en nuestro imaginario colectivo. Refedefine la realidad. Incluso cuando es falsa.

“Barbón nunca comete errores de comunicación, aunque eso no signifique que no cometa errores políticos”

El gabinete de comunicación del Presidente del Principado ha funcionado este fin de semana a la perfección. Barbón nunca comete errores de comunicación, aunque eso no signifique que no cometa errores políticos. Durante la catástrofe (el presidente ha solicitado que se declare Asturias zona catastrófica), le hemos visto acudir a la zona cero de los acontecimientos, detrás de los bomberos, junto a la guardia civil, la UME y la policía municipal, siguiendo el rastro del fuego, entre las cenizas. Nunca está demás recordar que los bomberos asturianos llevan reclamando a las puertas de la Junta del Principado más plantilla y mejoras laborales sustanciales. La observación ofrece contexto. A veces el contexto se nos pega tanto a la piel que lo obviamos. Se hace indistinguible del suceso. Sucede también con el ecologismo asturiano que alertaba contra la falta de previsión del Plan Forestal del Principado hace, tan solo, dos semanas. Se lo han vuelto a recordar este sábado y lo volverán a hacer el próximo lunes, ante la sede de Presidencia.

Trailer de Treme, serie producida por la HBO y realizada por David Simons.

La reclamación de los bomberos y de los ecologistas me recuerda a ese prólogo con el que comienza mi serie favorita, Tremé, donde David Simons relata la reconstrucción del barrio más musical de Nueva Orleans, tras la catástrofe del huracán Katrina. Un periodista, interpretado por Kevin Spacey, entrevista a la orilla del Mississippi a un descarnado profesor de literatura, interpretado por un conmovedor y magistral John Goodman. Cuando aquel le pregunta a este por los motivos naturales que han ocasionado el desastre, el docente responde enfurecido que la rotura de la presa liberó las aguas del rio hasta desbordarse, y añade que aquello nunca fue no una catástrofe natural, sino una catástrofe política, “un hombre hizo esta jodida y épica catástrofe”. De alguna manera, David Simons acentuaba a través de una ficción poderosa, como la escasa inversión en el mantenimiento de la presa y el desvío de recursos del gobierno de George W Bush para financiar una guerra, habían propiciado que los efectos del huracán hubiesen sido devastadores para los habitantes de Nueva Orleans.

El poder siempre ha creado su propio imaginario simbólico. Luis XIV disponía de un equipo de expertos desde el comienzo de su reinado en el siglo XVII. El centro ejecutivo de este comité “para la imagen del Rey”, tuvo una enorme actividad. Han quedado 300 retratos y estatuas del rey, a pesar de las destrucciones y de la Revolución, miles de composiciones dramáticas y poéticas. Hoy, como ayer, la imagen sigue siendo una gran herramienta para la persuasión. Entonces ya se concebía una visión unitaria de la monarquía que abarcaba todos los órdenes de la vida. La propaganda política del siglo XX y del XXI no ha cambiado nada, solo ha añadido nuevos canales que tratan de invadir el espacio visual del perceptor con más agilidad. No necesitamos buscar propaganda. Ella nos encuentra.

Foto: ‘P050111PS-0210′ titulada así por el Archivo de la Casa Blanca tomada el 1 de mayo de 2011 por Pete Souza.

Esta semana ha vuelto a suceder, con las llamas de fondo, como si de una novela veterotestamentaria se tratara. De todas las fotografías políticas que se han reproducido, me quedo con una, en la que no hay fuego, pero sí hay poder. Se trata de la imagen de Barbón en el centro de operaciones. Esa es la imagen genuina del poder, con todo el relieve marcial al que el gobierno autonómico puede acceder. La postal guarda un aire de familia con aquella otra en “The Situattion Room”, la sala de emergencias dela Casa Blanca, tomada por Pete Souza , en la que Barack Obama, entonces Presidente de los EEUU, acompañado de su Vicepresidente Joe Biden, la Secretaria de Estado, Hillary Clilnton, y el resto de altos mandos de la defensa norteamericana, observaba ante una pantalla como se desempeña la Operación Lanza de Neptuno con la que se liquidaba horas después a Bin Laden, declarado muerto un 2 de mayo de 2011. La línea que separa la lucha contra el terrorismo talibán de la lucha contra el terrorismo ecológico puede ser muy gruesa o muy delgada, en función del lenguaje que utilice el poder, el discurso que se pronuncie o la composición de la fotografía. A veces, se confunden. A veces, se transmite un mensaje para ocultar otro.

Adrián Barbón, acompañado de Alejandro Calvo, a la derecha, en la “Situation Room”, controlando el fuego.

La democracia se está quedando anaranjada con el fuego. Es otro fuego, el psicológico. La imagen de Barbón en la base de control explica cómo Barbón ha querido definir una trama criminal superponiéndola a otra de orden político y social, ofreciendo una extensión de la realidad diferente, más cercana a la persecución de unos terroristas que al análisis de causas más objetivas, en definitiva, más políticas, que situarían al Presidente del Principado en otra zona cero, en un comprometido erial, manchado de cenizas: el de la responsabilidad a las puertas de unas elecciones.

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