Después de hablar con Marina en enero de 2022, cuando nos contaba su situación, conseguía el apoyo de la concejala de Podemos Charo Linares, a la que dice que trataron de “ningunear”, y un abogado, Gonzalo Botas, que le ofreció su ayuda tras salir en un programa de radio. “En cinco minutos me dio una solución y el Ayuntamiento me tiene que pagar la reforma de mi casa. Enseguida me empadronaron al conseguir el proyecto de reforma y un presupuesto”, explica con una sonrisa en la boca y en los ojos al ver la luz al final de aquel túnel, donde la responsabilidad final recae en el Consistorio, como se demostró, al no haber avisado a Hacienda de la situación ruinosa del edificio y que derivó en negativas consecuencias para Marina.
“Otra opción era devolver la casa a las dueñas a las que les había comprado, pero yo no iba a devolverla después de haber invertido mi tiempo y mi dinero en arreglarla”, apunta. “Ahora me he quedado como estaba, pero empadronada: tengo que esperar a que el Ayuntamiento lo pague”.
Esta nueva situación le ha permitido centrarse en seguir adelante con su vida: estudiando y conectada a Internet, “que es lo que me ha dado el trabajo que tengo ahora. Nadie se puede imaginar lo que me lo he currado: yo sola, con dos niños pequeños, estudiando y reformando la casa”.

Nos contaba en 2022 que su objetivo era trabajar haciendo páginas web y buscó estas opciones, pero los horarios de la presencialidad se le hacían incompatibles con la crianza, aún cuando se anunciaban los cursos del Ayuntamiento como dirigidos a conciliar para madres solteras: “un horario fijo de 8 a 2 no da mucho margen”.
En marzo del año pasado la llamaron para una formación a través de una ONG. El horario, de 8.30 a 15.30 dirigido a personas en riesgo de exclusión. Pero aquí sí le dieron las facilidades que las otras formaciones le habían negado y apuntó a su hijo mayor en edad escolar a madrugadores.
Así comenzó a formarse en Fullstack: programación en frontend (lo que se ve en una página web) y backend, lo que no se ve. Es decir, “quien sabe de todo”. Se trataba, pues, de un bootcamp, una metodología intensiva de estudio enfocada a adquirir conocimientos prácticos y específicos relacionados con el desarrollo de software. “Súper intenso”, recalca: “de 24 terminamos 12 personas; nos enseñaron tantas cosas… casi no daba tiempo a asimilar una y ya pasaban a otra”. Una formación a tiempo completo con la que aprendió a buscarse la vida, como elle señala, que le supuso “mucho trabajo por mi parte por las tardes. Era semipresencial porque todas las personas que participábamos teníamos unas condiciones complicadas”.
Seis meses de curso en el que no hubo ni verano y donde su preocupación era cómo organizarse con sus peques. Las tres últimas semanas acabó sumida en una depresión donde ya no podía más ni sabía cómo gestionar a las dos criaturas para llevarlo todo adelante: “era un curso dirigido a mujeres pero no se adaptaba realmente a nuestras circunstancias, aunque sí demostraron ser flexibles” y donde el objetivo de Marina era claro: “yo lo que quería era ser capaz de hacer el curso”. Lo terminó, pero con una depresión muy fuerte, viviendo en una ruina y donde todo parecía estar en su contra.
Antes de terminar la formación le hicieron una entrevista de trabajo para Capgemini, donde finalmente fue seleccionada y comenzó a trabajar con un programa intenso de formación a través de otro bootcamp complementario. “La verdad es que estoy muy a gusto, con jornada semipresencial, a 7 minutos en coche…”. En el pasado mes de febrero comenzó a trabajar/formarse en otro campo que no conocía pero que le atrae mucho.
En todo este proceso cuenta que fue seleccionada para un trabajo a distancia con una empresa alemana que en realidad buscaba un perfil sénior, pero que la seleccionaron a elle, aún siendo junior. “El horario era súper estricto, de 8 a 5, y tenía que ser autónoma”, pero reconoce que en Capgemini está muy contenta, que han demostrado ser muy comprensivos, “no eres un número, si no que tienen en cuenta tus circunstancias”.

Marina, una mente inquieta, sigue aprendiendo por su cuenta, formándose o ampliando su formación en aquello que le apasiona: Angular, y nos habla de framework, frontend, reacpt… de proyectos con compañeras, de ser Project manager junior… Lleva desde noviembre formándose en la empresa, cobrando un sueldo, “como están tan demandados los programadores…”, nos explica.
Se toma tan en serio su trabajo y su formación que la propia empresa la ha felicitado por su CV, al que han calificado de “espectacular”, y la tienen muy en cuenta en su promoción interna. Tanto que finalmente la han seleccionado para trabajar en Angular, algo que la apasiona, lo que le supone “un súper empujón en mi carrera, en un proyecto de cara al cliente, una oportunidad que no se da todos los días. Estoy muy contenta de que me hayan cogido”. Y si no se borraba la sonrisa de su cara en aquellos días de negrura, mucho menos en estos de claridad.
Nos cuenta como paradoja que está diagnosticada como disléxica, pero que lo que podría ser un hándicap se compensa con su inteligencia (prácticamente es autodidacta en mucho de lo que hace) y está esperando por los resultados de unas pruebas sobre altas capacidades que también incluyen a sus hijos: “mira que mi capacidad lectora y comprensiva es baja…, pero soy autodidacta, que puede parecer incongruente. Quería estudiar FP y con este informe puedo acceder a una formación adaptada a mis circunstancias. Ahora ya sé la razón, me siento menos tonta”, confiesa.

Cuenta con un horario flexible, “que es lo bueno de la empresa: yo soy consciente de mi tiempo y lo que hago con él”. Le pagan una parte de la guardería, también asume una canguro para cuando sus hijos no están en el colegio mientras ella sigue trabajando, y cobra algunas ayudas complementarias, como la del incentivo al empleo. “Esto de la supuesta igualdad, la conciliación… tener un salario decente… ¿Cómo puedes tener todas las responsabilidades con tus hijos? La comida me vale el triple, pago 246€ de la casa, más una alarma que tuve que instalar porque me roban todo y el padre de mis hijos pasa la pensión cuando la pasa. En 2021 me podía morir en la calle y ahora mira”, relata contrastando su cambio de circunstancias.
El cambio manifestado por Marina en este año largo que la conozco es tremendo. Con unos objetivos claros y realistas ha conseguido ubicarse más cerca de donde deseaba, las piezas de su puzle se han ido colocando poco a poco hasta dar sentido a toda su vivencia, incluida su identidad de género al considerarse persona no binaria.
“Cuando empecé la formación había dos grupos, uno mixto y otro de mujeres. Yo pedí el mixto pero me incluyeron en el segundo. Ahí descubrí que soy no binarie. Ya lo sabía por dentro en realidad, pero no me habían educado en esta referencia. Y ahora lo tengo claro. Hablo en femenino porque me educaron así, voy introduciendo el neutro, pero no me gusta nada que me consideren mujer ni el tono despectivo que se utiliza hacia las mujeres. Por eso no quería ir a un grupo segregado”, se sincera.
“Mi vida es madrugar, llevar a mis hijos con la canguro, recogerles del cole o de la canguro… Yo no tengo descanso porque tengo niños, cuatro años sin descanso. Ahora tienen 3 y 4 años, pero cuando llegué tenían 6 meses y un año y medio, que no podía ni sacar la basura. Nadie piensa que es una necesidad humana tener un día libre a la semana. Necesito descansar mentalmente. El trabajo me procura retos, ése es mi momento, pero hay otros más monótonos. Manda huevos disfrutar del trabajo para tener un momento para ti…” comenta entre risas.

Ha iniciado su propia transición, se ha rapado la melena, tiene un punto más punk y se le ha retirado la regla, “me hace sentir mucho mejor con el DIU. Me encuentro bien en general, menos ese cansancio. Mis niños son súper educados y autónomos. Y me lo estoy currando un montón, y eso tendrá sus frutos”, se despide con un punto de esperanza en la mirada de esos ojillos risueños.



























