Puertas que jamás debieron abrirse

Tranquilos, quedan bosques por quemar, personas que vandalizar, fauna que masacrar, y exigencias amenazantes que proferir.

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Ernesto Díaz Alberto Fernández-Gil
Ernesto Díaz Alberto Fernández-Gil
Naturalista y biólogo, ambos son miembros de la Plataforma en Defensa de la Cordillera Cantábrica.

En una reciente entrevista en NORTES, el que fuera consejero de Ordenación del Territorio, Vivienda y Medio Ambiente al comienzo de la autonomía asturiana, Arturo Gutiérrez de Terán, expresa muy gráficamente el problema al que tuvieron que enfrentarse para poner freno a la urbanización en el litoral, y usa una metáfora muy atinada: “en cuanto abres la puerta, el viento no te la deja cerrar”.

Hoy en Asturias asistimos a los efectos de haber abierto en los últimos años algunas puertas que nunca debieron abrirse. Y es que, en unos cuantos -demasiados- concejos asturianos, la violencia y brutalidad contra las personas, los bosques y la fauna ha alcanzado tal magnitud que cualquiera podría pensar, sin pecar de ingenuo, que unos cuantos -demasiados- asturianos parecen querer emular a los personajes más cutres y brutales de El Padrino o de As Bestas.

“Hoy en Asturias asistimos a los efectos de haber abierto en los últimos años algunas puertas que nunca debieron abrirse”

Sólo los más ingenuos o torpes pueden dejar de ver relación entre los recientes episodios de incendios provocados, furtivismo y vandalismo que asolan al campo, a la naturaleza y a muchas personas en Asturias. Y entre los campeones de la torpeza, se encuentran sin duda los máximos responsables de haber evitado este estado de cosas: el presidente del Principado, Adrián Barbón, y su consejero en materia agroambiental, Alejandro Calvo, que no sólo no han sabido evitarlas, sino que con algunas declaraciones han parecido alentarlas o, cuando menos, relativizarlas. En este sentido, llaman la atención las conocidas declaraciones de Alejandro Calvo en la Xunta Xeneral sobre lo que él llamó “la cultura del fuego”, o las más recientes de Adrián Barbón en Ponga -pocas horas después de la aparición de dos lobos decapitados a las puertas del ayuntamiento donde se iba a celebrar un consejo de gobierno- reclamando la reactivación del llamado plan de gestión y la exclusión del lobo del Listado de Especies Protegidas.

Cabezas de lobo frente al ayuntamiento de Ponga

A los cientos de incendios que en un mes se han llevado 30 mil hectáreas de vegetación y suelos, a los lobos decapitados por calles y plazas -que se están convirtiendo en una marca negra del ‘Paraíso Natural’- a las vandalizaciones de vehículos de la guardería del medio natural -¿cuántos ya?- y de satanizados ecologistas, se une la quema reciente de un teito hasta convertirlo en cenizas de una empresaria somedana de ecoturismo: porque los vándalos no se detienen ni ante las personas, los bosques, o las señas de identidad del patrimonio cultural.

Ante este panorama, y sobre todo tras los incendios, colectivos y sindicatos ganaderos han querido llamar la atención, mediante comunicados y manifestaciones, de una caza de brujas y han exigido a la sociedad que no los criminalice, una pretensión asombrosa ya que nadie lo ha hecho -al menos en público, que es lo único que podría haber justificado los manifiestos-. Excusa no pedida…

Sofía Berdasco junto a las ruinas de su teito, quemado por unos desconocidos.

¿Qué hacen el dúo mencionado y su gobierno para paliar la pésima imagen a la puerta de unas elecciones que parece ser lo único que les importa?

Lo único que ha trascendido ha sido el anuncio presidencial de inversiones millonarias para, con el objetivo de protegerlos de los incendios, convertir los bosques asturianos en un mosaico, aumentando la superficie de pradería. Es decir, menos bosques y más fragmentados, una medida que, de llevarse a cabo, agudizará la pérdida de diversidad biológica. Y sin que haya penalizaciones: la PAC favorece el número de hectáreas de pastizales.

Este tipo de medidas se está convirtiendo en un clásico: si un sujeto sufre agresiones, se actúa sobre el sujeto, troceándolo, cortándole pies, manos o lo que haga falta, pero apenas o nunca sobre el agresor, no sea que se enfurezca aún más.

Pero tranquilos, que aún hay tiempo: quedan bosques por quemar, personas que vandalizar, fauna que masacrar, y exigencias amenazantes que proferir. Sobre todo si los ingenuos y los cómplices siguen a lo suyo.

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