Día de Asturies, 2050

Hay pueblos conectados a su tierra desde el respeto de saber que formamos parte de ella.

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Ángela Otero
Ángela Otero
Es profesora universitaria y militante ecologista.

Llega septiembre, empieza a cambiar la luz y todo empieza a llenarse de ocres y dorados. Hace calor, no sé si hay un aire melancólico o si es que se me hace dura la vuelta a la rutina. La primera semana va llegando a su fin. Hace días que algunos periódicos empezaron a vender simbología en vistas al día ocho. Me río leyendo a varias personas preguntarse qué dirá el señor arzobispo este año, y veo también cómo comienzan los debates en torno al Día de Asturies: la fecha, los motivos, la necesidad de que los representantes políticos se adhieran a los principios de laicidad propios del s. XXI… Personas que saben mucho más que yo alzan su voz cada año sobre estas cuestiones y sé que también en esta ocasión podremos escucharlas, leerlas y aprender con ellas. Yo, que igual no sé demasiado de nada ni me veo capacitada para aportar al debate, pero que sí tiendo – quizás más de lo que debería – a soñar mucho despierta y abstraerme en la ficción, quisiera lanzar una invitación a reflexionar e imaginar juntas cómo queremos pensar los 8S venideros, cómo será la Asturies que celebren las próximas generaciones en este día, la que nosotras mismas queremos celebrar en nuestros futuros septiembres.

Hay pueblos conectados a su tierra desde el respeto de saber que formamos parte de ella, nuestras raíces entrelazadas con las de cada especie que la comparte con nosotros. Pueblos cuyas raíces se nutren aún de la experiencia de quien vino antes, pero también se abrazan ya a los que están por llegar. Habla Hindou Oumarou Ibrahimde cómo en su comunidad, los jóvenes deben conocer los nombres y acciones de sus ancestros en las siete generaciones anteriores y que las decisiones se toman pensando en las siete generaciones siguientes y en cómo les van a afectar lo que ocurra en el ahora. Esta herencia generacional de la que habla, pensar en el bienestar de quien vendrá detrás de nosotros, es cuestión de ética temporal, de ser capaces de levantar la vista de nuestros pies y seguir el camino que trazan nuestras raíces hacia los que se nutrirán de ellas – siempre que cuidemos la tierra en la que crecen.

Fue en 1987, cuando las Naciones Unidas definieron ese concepto que todavía hoy plaga noticias y sirve de escudo a todos los que quieren verbalizar compromisos tomados con pinzas de los que se cae, quizás, la parte más importante de la definición. Sostenible: «que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para cubrir sus propias necesidades». La herencia generacional olvidada tras las 7 primeras palabras. En la misma década, saltó a la fama un lema, una marca, que todavía nos acompaña hoy y que ha conseguido colarse en el imaginario popular. Asturies, Paraíso Natural. Creado como un reclamo turístico, logró, de una manera u otra, calar también en la mente de las asturianas y asturianos que evocamos el verde de nuestros montes, el orbayu incansable, el rugido del Cantábrico salvaje, nuestra tierra idílica, al pensar en Asturies. Y al mismo tiempo, este sentimiento que parece aún colmar corazones sufre una profunda desconexión de lo que realmente supone respetar, cuidar y proteger nuestra tierra. Amamos nuestros bosques, pero han sido arrasados por las llamas, talados, carbayos tornados en eucaliptos. Amamos nuestras playas, pero día tras día amanecen llenas de carbón, plástico y colillas. Nuestros ríos, vacíos, contaminados, sin vida. Nuestra fauna perseguida, matada, sobreexplotada, desaparecida. Nuestros entornos naturales subyugados al interés turístico. Nuestras ciudades ahogadas por una contaminación que rompe límites. Nuestra gente, desplazada de sus barrios, de sus pueblos, respirando humo, sus raíces arrancadas y la esperanza empezando a flojear.

Ni siquiera necesitamos viajar siete generaciones al futuro. Pensemos en los jóvenes de hoy. El IPCC nos dice que el mundo necesita reducir sus emisiones a la mitad para 2030 (ojo, que nos quedan tan solo 6 años) y llegar a las cero netas en 2050. En este año, mi generación estará apenas rozando los 60 años. Más jóvenes de lo que mis padres son hoy, pero, aun con los pronósticos más optimistas, viviendo en un mundo más cálido, con más inundaciones, más incendios, más… Los nacidos en 2020 (año en el que, si algo nos enseñó la pandemia, es que cuando tratamos las emergencias como lo que son, los políticos están dispuestos a actuar, la ciudadanía es capaz de alterar su forma de vida, y las políticas públicas y la cooperación salvan vidas) cruzarán la frontera de los 30 años y su experiencia de lo que es Asturies será muy diferente de la que tengo yo, ahora a mis treinta escribiendo estas líneas, y aún más de la de quienes hoy gobiernan nuestra tierra. Ya estamos aquí y queremos mirar al futuro pensando que tenemos oportunidad. Hemos herido nuestra tierra y con ello nuestras raíces, nuestros hogares y a nosotros mismos. Nuestros jóvenes del mañana no podrán asomarse a la ventana de ningún paraíso natural si no empezamos a sanar y a imaginar que algo distinto es posible.

Foto: David Aguilar Sánchez

Con el actual rumbo que llevamos, cumplir con lo indicado por el IPCC ya parecería digno de ir a agradecerle un milagro a la Santina. Quizás pueda ser el plan de alguno en el 8 de septiembre dentro de unos años; yo, se lo agradeceré a los asturianos y asturianas, a los movimientos sociales, al ecologismo y, espero, a los políticos audaces (que los hay) que antepusieron lo que era necesario para el bien común a los intereses económicos. Porque no todo está perdido. No nos engañemos, estamos ante una crisis global que requiere de cambios estructurales y políticas globales. Asturies no va a salvar el mundo, pero sí podemos empezar por repensar lo local. Miro a mi alrededor y veo personas comprometidas, personas que creen, que luchan, que siguen intentándolo. Pero necesitamos más, necesitamos todas las manos, coordinarnos, unirnos. Nuestras acciones y nuestras palabras contagian, influyen, movilizan, presionan. Esta crisis, que muchos no tratan como tal, no la van a resolver actos individuales, pero para la transformación que requerimos, deberemos conjugar los movimientos individuales con los colectivos y los políticos para actuar en todos los niveles posibles, de todas las maneras imaginables. Necesitamos toda la fuerza que podamos reunir: a maestros, artistas, creadores, sindicatos, empresarios, activistas, políticos… Necesitamos reconectar los mundos urbano, rural y natural, porque el mundo es uno y debemos remar, incansables, hacia un futuro en el que nadie se quede atrás. Te necesitamos a ti.

Permitamos que este 8 de septiembre nos sirva para pensar qué Asturies estamos celebrando. Permitámonos honrar, sí, la historia de la que mamamos y las semillas que nos dejaron llegar aquí. Pero permitámonos también, en este Día de Asturies, contar las historias de lo que está por construir. Soñemos con los septiembres venideros. Hay quien afirma que nos dirigimos a una distopia, yo creo que la distopia es lo que ya estamos viviendo: el fuego, el humo, la destrucción, la injusticia, la avaricia… El futuro no tiene por qué ser así, pero no podemos esperar más. Es el momento de construir imaginarios y proyectar utopías. De decir que sí hay futuro, uno más justo. Escribe Monbiot que “renaturalizar nos permite empezar a curar parte del gran daño que hemos infligido al mundo vivo y, con ello, las heridas que nos hemos autoinfligido. Y esa puede ser la mejor defensa contra la desesperación.” Soñémoslo, nuestro futuro de buen vivir, nuestro paraíso natural. Dejemos de dañar aquello que decimos amar, dejemos nuestra depredación voraz de la tierra, nuestra ansia infinita de recursos finitos. Paremos, respiremos y empecemos a sanar. Necesitamos devolverle espacio robado a la naturaleza para que crezca libre, nosotros meros observadores de su magia. Necesitamos, también, ayudar a restaurar aquella que no pueda curarse sola. Creemos ese imaginario. Montes llenos de diversidad, ciudades en las que el asfalto gris se tiñe de verde, el frescor del aire sin humos, comunidades unidas, cohesionadas, enraizadas. Contemos las historias de una Asturies arraigada en su tierra, en su cultura, en su lengua, en su historia, en su entorno y en su futuro.

Soñemos. Y luego pasemos a la acción: enseñemos y aprendamos, cooperemos, movilicémonos. Exijamos. La esperanza no es pasiva, hay que ganársela. La esperanza se construye, las utopías se hacen realidad si se lucha por ellas. Trabajemos, juntas y audaces, por la utopía del Día de Asturies 2050.

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