Los últimos pastores frente al lobo y el tiempo

En la sección Retueyos del FICX se ha estrenado a nivel mundial la película documental "Los últimos pastores", dirigida por Samu Fuentes.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

En la sección Retueyos del FICX se ha estrenado a nivel mundial la película documental “Los últimos pastores”, dirigida por Samu Fuentes y producida por Wanda Films y Báltico Media. En este apartado de la programación del festival donde se ubican las nuevas miradas del cine, el director asturiano se emplea a fondo para crear una película de grandes logros estéticos, para lo cual los paisajes de la montaña asturiana son unos inmejorables aliados; y de interesantes reflexiones sobre una forma de vida a punto de desaparecer.

Los hermanos Manolo y Fernando Mier son los últimos pastores que dan título al documental. Llevan ejerciendo su actividad desde que son niños en las montañas de Cabrales. La película les sigue durante todo el metraje, pero apenas conocemos detalles de su biografía que no tengan que ver con su oficio de pastores. Tal vez en algún momento la historia pueda adolecer de no ofrecer más información sobre el pasado de estos dos hombres septuagenarios y, sin embargo, nos obliga a centrar la lectura de la historia que tenemos ante nosotros, no sobre unas determinadas personas, sino sobre el modo de vida del que ellos parecen ser ya los últimos guardianes.

Imagen de Los últimos Pastores, de Samu Fuentes.

Pareciera que Los últimos pastores nos transportara a otra época lejos de Google, de Instagram, de los algoritmos, del tráfico, de la inmediatez. Los hermanos habitan en un entorno en decadencia desde el punto de vista humano, pero que está perfectamente integrado en la naturaleza verde que por momentos se vuelve hipnótica. Los únicos indicios tecnológicos que hay en esta vida son un móvil, que les permite comunicarse cuando están en diferentes valles, o un transistor que trae las noticias de un mundo que no parece ser el suyo.

No es un brindis al sol sobre las bondades de la vida rural. Es ante todo un testimonio de una forma de entender el mundo que se va, posiblemente para no volver. “Hay que mamarlo desde pequeño”, llega a decir en algún momento uno de los hermanos.” Pero, “no viene nadie detrás”, remata. Ambos son conscientes de que con ellos se terminará una época y recuerdan cuando esas cabañas de piedra, ahora semi derruidas, en otro tiempo estaban habitadas por otros pastores. Ya solo quedan ellos.

“Hay un personaje que no aparece en ningún momento, pero que está presente durante toda la película: el lobo. Es la gran amenaza.”

Hay pocos diálogos. Entre ellos. Con otro pastor. Con excursionistas. Con un niño. De las conversaciones se desprende la información que necesitamos para terminar de comprender algunas claves de esta forma de vivir y de lo que fue y de lo que ya no será. Más allá de estos contactos humanos, el mundo sufre la pandemia del Covid-19 y la Guerra de Ucrania. Lo cuenta la radio, pero más que añadir un marco temporal a la historia, pareciera que todo se tiñe de cierto surrealismo, de un contraste incompatible o donde la relación entre ambas realidades, la narrada por el transistor y la que viven los hermanos, no tuvieran nada que ver entre sí. Mientras el mundo está acelerado, cambiante, nervioso, los dos pastores llevan la parsimonia de su actividad ajenos a todo eso que sale del pequeño altavoz.

Hay un personaje que no aparece en ningún momento, pero que está presente durante toda la película: el lobo. Es la gran amenaza. Varias veces se lamentarán los pastores por cómo el lobo es responsable de que ya no tengan ovejas y apenas cabras y, según su versión, se intuirá que él ha sido el gran responsable de que muchos pastores desistieran de seguir siendo pastores. Un tema este, el del lobo, de plena actualidad en Asturias y otros lugares de España, tan polémico y visceral al abordarlo desde distintas perspectivas, pero que aquí se desideologiza para convertirse sencillamente en motivo de preocupación para unos pastores que cuidan de su ecosistema.

Un ecosistema que funciona como una familia. Los hermanos, el perro, la gata, las gallinas, el burro, las vacas, las cabras. Todos habitan el mismo lugar en este documental donde hay algunos momentos que consiguen sacar sonrisas e incluso alguna pequeña risa.

Los últimos pastores es un documental cuyas imágenes deleitan y lo que cuenta hará que el público reflexione con el tempo y el temperamento de los pastores: de forma sosegada y trabajadora. El lobo acecha fuera. El Covid y la Guerra de Ucrania, también, pero mucho más lejos. La preocupación más inmediatas de los pastores es si en el siguiente viaje habrán de trasladar antes al burro o las gallinas a la cabaña. Lo dicho, como en otro tiempo.

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