“A los insumisos nos encarcelaba un Gobierno que indultaba a golpistas del 23-F”

Antonio Sierra relata su historia, desde las movilizaciones estudiantiles y pacifistas en su Granada natal, hasta su etapa de director del colegio de Morcín.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

Antonio Sierra (Granada, 1966) hizo el mitificado camino de Reconquista española en sentido inverso: de Granada a Asturias. Más precisamente, del Realejo granadino a Morcín, a un colegio público que es uno de los pocos —señala— que lleva nombre de una persona de izquierdas: Horacio Fernández Inguanzo. Sierra se sacó las oposiciones de maestro mientras participaba, allá en Andalucía, en el movimiento insumiso. Hablaremos, en esta entrevista, de la enorme creatividad de aquellas movilizaciones que en su ciudad natal organizaban acciones como la «Operación Machota del Desierto» y que fueron, en la época del «rodillo socialista», uno de los más fuertes quebraderos de cabeza del Gobierno de Felipe González. Sierra, hijo de guardia civil, criado en un cuartel, militó en la Liga Comunista Revolucionaria y más tarde vivió una segunda vida como afanoso sindicalista preocupado desde Comisiones Obreras, no solo por las condiciones de trabajo de los currantes de la educación, sino también por su responsabilidad social; por la lucha colectiva por una escuela pública digna. En Morcín volcó todas sus ganas y saberes de luchador por la emancipación humana en levantar un proyecto educativo vanguardista alineado con las preocupaciones libertarias de la pedagogía del oprimido de Paulo Freire. Sueña Sierra con unas aulas que no sean instituciones totales foucaultianas y donde el alumnado decida autónomamente cómo organizar el recreo o los talleres de aprendizaje. Y enseña que se puede, porque demuestra que se pudo.

Antonio: eres granadino. Pero ¿de Granada ciudad, o…?

Nazco en Granada, en la judería granadina, en Realejo. Y siempre viví en la ciudad, sí.

¿Tu familia era toda de allí?

Mi padre, sí: de Granada, de un pueblecito, Atarfe. Mi madre era de Huelva.

¿En qué año naciste?

En el sesenta y seis.

Y ¿a qué se dedicaba tu familia?

Mi madre era ama de casa. Era una persona muy andaluza, muy cercana emocionalmente, muy afectiva, muy de cubrirnos. Tengo un recuerdo muy agradable de ella; de escucharla cantar, aquel tarareo de los hogares. Me emociono siempre que lo recuerdo; lo echo mucho de menos. Es una de las cosas más importantes que me dio.

Me resulta curioso eso que dices de «muy andaluza» en cuanto a las muchas andalucías que hay. Mis amigos granadinos siempre hablan de lo que les irrita el estereotipo del andaluz saleroso, basado en usos y costumbres fundamentalmente sevillanos y gaditanos. Lo propio de Granada es la malafollá, el ser bordes. Eso me dicen mis amigos.

Ja, ja, ja. Caemos en la mala educación en dos segundos, sí. Yo creo que es la montaña. La malafollá, sí. Pero bueno, la malafollá tiene mucho arte. Granada tiene mucha solera, mucha personalidad, sí. Para mí, Andalucía es Cádiz y Huelva, sobre todo. El sevillano se quiere hacer el gracioso. Es como nuestro madrileño.

Antonio Sierra. Foto: Alisa Guerrero

¿A qué se dedicaba tu padre?

Mi padre era guardia civil. Yo viví en un cuartel durante trece años.

¿Un señor de derechas?

Una persona de derechas, sí. Él era un desertor del arado; fue una persona que empezó a trabajar con catorce años en una fábrica, de una forma muy precaria, lo propio de la posguerra; y luego se hizo guardia civil por un tema de seguridad; de decir «salgo de la fábrica y como». No fue un acercamiento, digamos, ideológico; un «quiero ser esto». Y sí, sus ideas eran conservadoras, pero, de todas formas, al ser número, todo aquel aspecto de despotismo militar, jerárquico y tal era algo que llevaba muy mal.

Me recuerdas algo que contaba Anguita de su propio padre, que, si mal no recuerdo, era militar. Contaba de él que era una persona de orden, pero que nunca dejó que sus subordinados le limpiaran las botas, algo que no era habitual.

Ah, sí. El sargento Arensivia, de Historias de la puta mili, era una caricatura que Ivà sacó muy bien, pero la superaba mucha gente a la que yo conocí por todos lados. El nivel de abuso que había era tremendo. Cualquier fontanero, cualquier electricista, todo el que supiera hacer algo, acababa al servicio del oficial concreto y de manera gratuita, y encima era tratado con soberbia. De hecho, los primeros sindicatos o asociaciones que empezaron a moverse un poco en la Guardia Civil, su gran consigna siempre era la desmilitarización. No pertenecen al Ejército, pero son una especie de mezcla entre el Ministerio del Interior y el Ministerio de Defensa; sus cuadros de mando salen de la Academia General Militar de Zaragoza.

¿Cómo es tu proceso de politización? El antifranquismo te pilla demasiado joven.

Me pilla joven, sí, sí. Yo recuerdo la muerte de Franco, pero la recuerdo como un niño. Recuerdo más —porque vivía en un cuartel— el golpe de Estado de Tejero. Aquello sí me impactó. Había gente celebrándolo; algunos, además, subidillos de copas. Daba un poco de miedo. Yo tenía entonces catorce o quince años y me asustaba un poco. No porque tuviera ningún tipo de conciencia ideológica, sino porque no me parecía idóneo que eso se celebraba.

“Para mí fueron fundamentales las movilizaciones estudiantiles del año ochenta y seis, ochenta y siete”

¿Tu padre lo celebró?

Mi padre no lo celebró, todo lo contrario. Lo consideraba un involucionismo; no estaba contento. Lo vivió con preocupación. ¿Mi politización? Se produce en el instituto, cuando conozco a gente distinta. En la casa cuartel, todos tus amigos son hijos de también. De hecho, la mayoría de ellos han sido guardias civiles. La reproducción social, ¿no? Yo se lo decía a veces a compañeros y compañeras de batalla y de militancia de la izquierda: «tu padre era de izquierdas, tú lo has tenido facilísimo, chaval. Lo difícil es saltar desde el otro lado». En el instituto conoces a otro tipo de personas. Tengo que decir que me recibieron muy bien. Yo nunca me sentí mal por mi procedencia. Me abrieron las puertas, y no porque yo ya viniera con una idea preconcebida, sino, en cierta forma, por todo lo contrario. Tú tenías tus dudas, tus opiniones sobre las cosas que estaban claramente marcadas por un cierto conservadurismo, pero a ellos lo que les importaba era cómo eras como persona; esos valores individuales que más o menos ibas demostrando y que les hacían decirte: «Tú eres de los nuestros». Te decían que eras de los suyos y ahí empezaba un poco tu curiosidad.

Entras a militar en la LCR.

Antes de eso, empiezo en movimientos sociales. Para mí fueron fundamentales las movilizaciones estudiantiles del año ochenta y seis, ochenta y siete. Es cierto que yo ya estaba en la Universidad, pero los primeros conatos de movilización en medias luego se convirtieron en movilizaciones universitarias. Ahí ya tuve un papel destacado y fui conociendo a gente de la Liga Comunista Revolucionaria. Antes de eso, recuerdo que un amigo mío y yo decíamos que éramos trotskistas, pero no teníamos ni idea de nada, y una vez, leyendo El País, leímos «POSI: Partido Obrero Socialista Internacionalista», y empezamos a decir que éramos del POSI, pero buscábamos a la gente del POSI por Granada y no la encontrábamos. No la encontrábamos porque, por supuesto, no existía. Habría cuatro militantes en Madrid y que me perdonen los que hayan participado, pero serían una cosa muy sectaria. Luego ya conocimos a la gente de la JCR, más que del partido, y dijimos «estos son los nuestros» y entramos a militar. Pero era un poco así, porque habías leído La revolución traicionada, La revolución permanente… El trotskismo nos gustaba porque no nos convencía la Unión Soviética.

Antonio Sierra. Foto: Alisa Guerrero

¿Era la manera de seguir siendo marxistas y comunistas en una época en la que la URSS había dejado de ser sexy, por así decir?

Claro, era la decadencia total. Nosotros buscábamos un espacio que tuviera trayectoria, futuro, pero que fuera marxista. Siempre hemos sido muy marxistas. Los de la LCR teníamos fama de ello; de muy teóricos.

Frente al MC, que era más práctico.

Pues sí. El MCA y las JAR, las Juventudes Andaluzas Revolucionarias, habían tenido un proceso; se habían desprendido de su adhesión al maoísmo y tal, y estaban cuestionándolo todo, incluyendo el modelo de partido. Coincidíamos mucho en los movimientos sociales, pero teníamos enfoques distintos, visiones diferentes.

¿Qué recuerdos tienes de aquel momento de efervescencia estudiantil?

Aprendimos muchísimo. Fuimos conociendo la fauna que se movía por ahí, y también los obstáculos que siempre hemos tenido los movimientos que pretendíamos ser horizontales y democráticos; los problemas asociados al funcionamiento asambleario. Con el Sindicato de Estudiantes, por ejemplo, pasaban cosas graciosísimas. Ellos tenían también una procedencia trotskista; tenían aquella publicación, El Militante, que era la versión española del The Militant británico. Pero pasaba, por ejemplo, que tú trabajabas la realización de una asamblea, buscabas a la vanguardia, a la gente que destacaba en el movimiento estudiantil, procurabas contactar con ellos, intentabas por todos los medios no comerte al movimiento, sino que el movimiento tuviera su autonomía, sus normas de funcionamiento, te tirabas diez días haciendo todo esto, y de repente, cuando la asamblea estaba organizada, se te subía uno allí que decía: «Soy del Sindicato de Estudiantes; soy vuestro representante». Decías: «¿¿perdona??».

Decías que aprendiste muchísimo y supongo que, de las asambleas, del formato asambleario, aprendiste sus virtudes, pero también sus numerosos problemas.

Sí, porque ¡es tan fácil manipularlas…! Son necesarias, pero tienen sus virtudes, sus defectos y sus ineficiencias.

Puede llegar el tipo carismático que pulse las cuatro teclas retóricas que basta pulsar para metérsela en el bolsillo a costa del trabajo de quienes de verdad se lo curran.

Algo así. Aprendes cuál es el momento oportuno para intervenir, cómo prepararte… En fin, empezabas a montar tu mochila; a incorporar experiencias. Luego, también aprendí muchísimo en el movimiento universitario. Recuerdo las RGU, las reuniones generales de Universidades. Yo participé en una representación de Magisterio en Zaragoza, y luego en la siguiente en Granada, donde estuve en la mesa. Claro, ahí aparecía lo que no te puedes ni imaginar. La participación era aproximadamente de unas mil personas, y ya desde el momento de las credenciales veías aparecer a gente —recuerdo sobre todo a los de las politécnicas— que no sé si ya estaba en el Partido Popular o era todavía Alianza Popular, cuando no eran directamente de grupos de extrema derecha, de Falange, etcétera, que llegaban a las credenciales con papeles firmados por el director de la escuela politécnica equis de Valencia o de tal sitio, donde decía que ese era el representante, pero no había nada más. Tampoco es que hubiera una gran oficialidad, pero al menos la gente intentaba traer unos avales, unas firmas: en la asamblea tal realizada en la Facultad de tal, de Oviedo o de tal, los abajofirmantes han elegido a sus representantes que son lo siguientes. Un mínimo, ¿no? Que se podía falsificar todo lo que tú quisieras, pero que era algo. Entonces, nada, imagínate. Mínimo mil personas. Y luego, en el mundo de la izquierda, era infinito el número de grupos que había. Infinito. ¡Y unas peleas, unas discusiones…!

La vida de Brian, ya se sabe.

Me acuerdo de una vez que no logramos entrar en el punto uno del orden del día que se había acordado. Estábamos en la mesa seis compañeros y compañeras, alzabas la vista y había ochenta y tantas o cien manos levantadas gritando «¡moción de orden, moción de orden!», pidiendo recesos. Por un lado, había gente que intentaba avanzar y tirar para adelante con mínimos, con propuestas de movilización, con la elaboración de una tabla reivindicativa, y por otro lado gente que lo que querían era… pues esto.

¿Cómo se movía el mundo andalucista en tu época?

El MC había asumido pronto defender Andalucía como nación. La Liga Comunista Revolucionaria tardó más tiempo, pero en mi época lo había reconocido ya, también. Nos resultaba difícil encajar la cuestión nacional con el internacionalismo trotskista. Grupos como Nación Andaluza y demás eran muy minoritarios. Había la celebración del 4-D. La oficial, institucional, era y sigue siendo el 28 de febrero, que fue el día en que se realizó el referéndum, pero la izquierda y los movimientos nacionalistas, e incluso el PSA de aquella época, entraban por el 4-D.

“Nos resultaba difícil encajar la cuestión nacional con el internacionalismo trotskista”

¿Qué se celebra?

Una manifestación masiva que hubo el cuatro de diciembre del setenta y siete, en la que mataron a Manuel Caparrós; toda aquella lucha por el Estatuto de Autonomía. Pues bueno, alguna cosita había, ¿no? Pero el mundo andalucista había recibido un varapalo muy fuerte para entonces. El Partido Socialista Andaluz llegó a tener cinco diputados con Rojas Marcos. Cinco diputados en las Cortes de Madrid, ¿eh? Y llegó a ganar, por ejemplo, en Granada, donde fue la fuerza más votada, que ahora lo mira uno en perspectiva y dice «¡ostiá!», pero claro: hubo un acuerdo con el PSOE por el que el PSA se empeñó en tener la alcaldía de Sevilla —que la tuvo y la perdió— y vendió a cambio un montón de cuestiones, y por ejemplo la de Granada, donde cogió la alcaldía el PSOE. Aquello, aquellos pactos, su forma de actuar con la UCD y demás, segó la constitución de una izquierda moderada, pero de corte andalucista. Y el tema nacional andaluz quedó como una cosa muy minoritaria.

¿Cómo te relacionas tú personalmente con la cuestión andalucista?

A ver, yo… Yo creo que tenemos una identidad, lo que pasa es que no logro sacar el movimiento nacional de un movimiento táctico. Puede aportar algo en la lucha contra el Estado actual, contra el sistema actual, porque le crea contradicciones, etcétera, pero, sinceramente, el peso internacionalista lo tengo mucho mayor. No voté en contra en la ponencia en la que todo esto salió, considero que hay una identidad, pero tengo que reconocer que para mí no es un punto importante, y que además lo veo muy delicado. Hay que tener mucho cuidado, y no hablo ya del mundo andaluz, sino de cualquier tipo de nacionalismo. No me acaba de atraer. Creo que es más importante lo otro. Pero bueno, el tema cogió fuerza cuando se votó. No hay que olvidar que la Liga Comunista Revolucionaria fue en su momento con ETA-VI Asamblea, y el MC con ETA-V.

Antonio Sierra. Foto: Alisa Guerrero

Después del movimiento estudiantil, te implicas en el insumiso.

Es una petición, una indicación del partido. Una vez que se acaban los movimientos estudiantiles, para nosotros se hace primordial crear estructura, crear organización. Habíamos entrado muchos al partido al calor de aquellas movilizaciones. De hecho, antes de ellas, el partido, en Granada concretamente, y en Andalucía en general, había prácticamente desaparecido. La Liga había tenido cierta fuerza en Andalucía en la época de finaes de los setenta, pero luego mucha gente se había metido en el partido socialista; la organización no desapareció de milagro. Se mantuvo testimonialmente en algunos puntos, como Sanlúcar de Barrameda, algo en Granada, algo en Cádiz, un poquito en Sevilla… Antes de llegar nosotros, era eso lo que se mantenía, pero con todas estas movilizaciones, entramos muchísima gente joven y con mucho ímpetu, muchas ganas, mucha ilusión, mucha fuerza. Pero vimos claro que no teníamos organización, y la construcción de la organización se convirtió en algo importante. Entramos en el Partido muy pronto: yo, de hecho, entré en la dirección de la Liga al año de haber entrado en las juventudes; imagínate la situación. Éramos, además, gente con unas situaciones económicas precarias. Casi todo el mundo éramos estudiantes; muy poca gente tenía trabajo, y si lo tenía era muy precario. Esa inestabilidad personal, por edad y por situación, hace que a la organización también le cueste más trabajo madurar. Pues bueno, hicimos de tripas corazón, y de corazón tripas, ambas cosas, y decidimos crear estructura a partir de tres ejes.

¿Cuál era el primero?

El movimiento estudiantil. Mantenerlo. Evidentemente, bajaba la intensidad totalmente, pero veíamos posible y muy importante la construcción de círculos en los distintos institutos y facultades. Montamos el KZE: Kolectivo Zentral de Estudiantes, que tenía representantes de todos los institutos y todas las facultades de Granada. Por otro lado, montamos —ese era el segundo eje— un grupo de mujeres jóvenes, muy pionero en el tema feminista. La propia Asamblea de Mujeres de Granada no acababa de entender la existencia autónoma del grupo de mujeres jóvenes. En la trastienda, había esta lucha un poco patética entre diferentes organizaciones de la extrema izquierda, alguna con mayor número de militantes de una organización y otras de otra. Nosotros montamos aquel colectivo y luego lo extendimos por Andalucía, y tenía mucha gente de la JCR y de la Liga, mientras que en otros sitios había mucha gente del PCE. Nosotros veíamos peculiaridades en las necesidades y la situación de las mujeres de dieciséis, diecisiete, dieciocho, veinte años, con respecto a las de cuarenta, cincuenta, que justificaban un algo autónomo a la hora de diseñar trabajos, y montamos aquello que tuvo muy buenos resultados.

Y el tercer eje, la insumisión, ¿no?

El antimilitarismo, sí. Veníamos de la derrota en el referéndum de la OTAN, que, por cierto, fue la primera vez que yo pude votar. Había surgido Izquierda Unida y había cogido lo que había podido, y luego habían quedado por ahí asambleas por la paz y el desarme y demás. En Andalucía teníamos bases militares: la de Rota y la de Morón, y todos los años se organizaban marchas, etcétera. Y luego estaba el tema de la mili. La organización vio claro todo lo que estaba ocurriendo también con el Movimiento de Objeción de Conciencia y tal; la situación de los chicos jóvenes en edad de servicio militar.

Decías que fue el Partido quien te pidió implicarte.

Sí. Yo, de hecho, me hice insumiso un poquito más tarde que otros compañeros, porque ya tenía algún tipo de prórroga. No tuve ningún tipo de llamada individual al tema; fue una llamada colectiva de la organización. Otra cosa es que, luego, yo viví una transformación enorme en el movimiento insumiso. Pero en inicio fue una indicación de la organización. Se trataba de declararnos objetores con el modelo MOC, aquel modelo que había de objeción colectiva, por el cual declarábamos, primero, que no reconocíamos al tribunal de objeción de conciencia y, segundo, que no reconocíamos las categorías a las que teníamos que adherirnos. Planteábamos una objeción política.

Se contemplaba la posibilidad de la objeción religiosa y alguna otra, pero no de una objeción política, ¿no?

Había por ahí un toque ético y tal, pero, aparte, te juzgaban. Tenías que exponer tus motivos y unos terceros decidían si esos motivos eran válidos o no. Una cosa tercermundista.

¿En qué sentidos te transformó el movimiento insumiso?

En todo. El otro día me preguntaba mi hija pequeña: «papá, si tú pudieras cambiar algo en tu vida, ¿qué cambiarías?». Digo: el día que empecé a fumar. Ojalá ese cigarro primero no me lo hubiera fumado. Pero entre las cosas que no cambiaría, porque fueron positivas en todos los aspectos, está el meterme en el movimiento antimilitarista y hacerme insumiso. Era una forma de lucha tan vanguardista, necesitabas un proceso de concienciación tan enorme para enfrentarte a la represión que te iba a venir, que me hizo coger muchísima fuerza; empoderarme lo que no estaba en los escritos. Conocer a compañeros —¡y a compañeras!— que estaban en el movimiento también, que tenían situaciones parecidas a la tuya, o iguales, las situaciones de apoyo que se daban, aquella creación de una hermandad no vinculada a temas festivos, personales, no vinculada a temas de amores, sino a un punto de unión, a la posibilidad de ser reprimidos… Había muchos compañeros que yo creo que no sabían lo de la represión, o no eran conscientes de ello. A mí, como me pilló un poco más mayor… Cuando digo «un poco más mayor» es que tenía veinte años, ¿eh? Pero claro: los otros compañeros tenían dieciocho, diecinueve, diecisiete…

El insumiso fue un movimiento muy creativo. Es lo que más me llama la atención cuando hablo con quienes participaron en él: lo creativos que erais en vuestras formas de movilización; lo imaginativos que erais para concebir nuevas formas de respuesta a cada movimiento que hacía el Estado. Supongo que la juventud tenía que ver.

No conocíamos a los objetores más antiguos. Los conocimos con más posterioridad, pero eran realidades muy diferentes. Ellos abrieron las puertas y se lanzaron a situaciones impresionantes también, pero era otra cosa. Muchos de ellos fueron amnistiados cuando la desestimación y no sabían qué hacer. No recuerdo los números, pero creo que eran quince o veinte mil los que había en el Estado. Se los quitaron de en medio, y yo recuerdo la cosa de: «ah, ¿fuiste amnistiado?». Y de que, por un lado, desde la perspectiva individual, -dijeras «qué suerte», pero desde la perspectiva política dijeras «ay, lo siento». ¿Creativos? Yo pienso que sí; que éramos un movimiento muy vanguardista. Necesitábamos serlo. En las movilizaciones teníamos un techo; no dejábamos de ser una cosa minoritaria. Así que buscábamos golpes de impacto. En Granada, por ejemplo, recuerdo la operación Machota del Desierto.

¿Machota?

Machota, en Andalucía, se lo llaman a un martillo que se utiliza en las obras, un martillo así grande, para golpear. Coincidía con la primera guerra de Irak y aquello de la Tormenta del Desierto. Nosotros nos dedicamos a quitar nombres de todas las calles que había en la ciudad con nombres de militares, o nombres agresivos, que remitieran a la guerra y demás.

Antonio Sierra. Foto: Alisa Guerrero

¿Reventabais los letreros con la machota?

No, no los reventábamos, porque, por otro lado, siempre tuvimos estilo. No era reventarlos. Íbamos con la machota y el cincel y las placas no las rompíamos, sino que las extraíamos. Por ejemplo, había una que estaba pegada a la catedral de Granada que decía «Cárcel Baja», y que era una placa del siglo XIX. Había que tener cuidadín con esas cosas. Respetábamos esos temas, también con las pintadas y tal. Recuerdo que el debate fue casi humorístico, porque decíamos: ¿lo hacemos de noche, o de día? De noche, decíamos, no duramos ni media hora, porque al primer coche de policía que pase por ahí, qué obrero trabaja de noche, ¿no? Íbamos disfrazados con monos y con una escalera y una furgoneta. Lo hicimos a pleno día. Y recuerdo que la calle Cárcel Baja, una calle estrecha, que ahora es medio peatonal, entonces tenía tráfico. Inevitablemente, con la escalera, tenías que cortar la calle. Llegó un coche de la Policía Local y aquello fue una conversación entre obreros. «Hombre, no os preocupéis, os ayudamos». Los locales organizaron el tema para que no nos molestaran mientras quitábamos la placa. Al día siguiente, ya dimos la rueda de prensa. De espaldas, claro, porque ya teníamos una acumulación de juicios y de líos, porque muchas veces nos cogían, e intentábamos que los que fuéramos insumisos no acumuláramos posibles antecedentes. En fin, cosas muy divertidas, la verdad. Pancartas en sitios muy emblemáticos. Estábamos al loro, manteníamos reuniones de coordinación. Yo pertenecía al colectivo Mili-KK, y junto con el MOC y otra gente montamos la Asamblea de Objetores e Insumisos de Granada y de Andalucía. El proceso fue primero la provincia y luego la comunidad. También manteníamos nuestros contactos con el resto de colectivos del Estado. Tuvimos encuentros de Mili-KK en Santa Coloma, tuvimos encuentros en Zaragoza, íbamos cada dos meses a Madrid… Tú piensa que no existía Internet ni nada de eso.

A ti te acaban juzgando por insumiso. Pero no entras en la cárcel, ¿no?

Me juzgaron tarde. Yo me hice insumiso en el ochenta y siete, que fue cuando presenté la objeción colectiva, que no me reconocieron, como a muchísimos compañeros. Fui llamado a filas. Ahí empezó la primera división, porque hubo gente a la que sí le reconocieron la objeción de conciencia y los llamaron para el servicio social sustitutorio. Esos tenían una tipificación penal de dos años, cuatro meses y un día a seis años, creo recordar, o a cuatro, no recuerdo. Y los que no nos habían reconocido y nos llamaban a filas, teníamos una tipificación de uno a seis. Yo recuerdo que a mí me llegó un papel donde decía que me tenía que incorporar el día tal en un cuartel de Granada capital. Estaba en casa de mis padres comiendo sopa, nunca lo olvidaré, y recuerdo a mi madre diciendo: «Anda, Antoñito, vete pa’l cuartel». Y yo: «Mama, ¿cómo voy a ir pa’l cuartel ahora?». «¡Te vas a meter en un lío!». La mujer sufriendo. Mi padre no hablaba; mi padre comiendo la sopa sin hablar. Una situación muy tensa, muy difícil.

Justo te iba a preguntar cómo se tomó tu padre tu insumisión.

No bien, no bien. De hecho, yo me independicé muy pronto, porque, además, no tenía todavía la madurez suficiente, y confrontábamos mucho. Eran dos modelos totalmente diferentes. Entonces, no se lo tomó muy bien, no. Nosotros, además, sufrimos la presión castrense. Yo sé que mi padre tuvo que discutir con compañeros que le hablaban mal de mí. Recuerdo a una pareja de guardias civiles que me detuvieron una vez y a los que conocía del cuartel: «Qué asco, qué vergüenza…». Mi abogado del movimiento acabó teniendo que salir, porque me estaban atacando de una manera gorda. Sin embargo, mi padre fue a mi juicio. En un momento dado, entre toda su vida y su entorno y su hijo y su idea, optó por su hijo y su idea, y yo eso siempre se lo agradeceré, aunque en aquella época no lo viera tan claro. Fue una época que yo la viví con mucha ansiedad. Hubo un tiempo en el que yo estaba en busca y localización. Todavía no era busca y captura, pero sí localización. Recordándolo, me cuesta poco ponerme en el pellejo de los migrantes sin papeles eso de ir andando por la calle y pensar que, en cualquier momento, ante cualquier pijada, como te pidan la documentación te llevas. Una inseguridad tremenda. Yo eso lo viví muy mal. No tenía miedo a la cárcel, tampoco sabía muy bien que era hasta que con los primeros compañeros presos hicimos una asamblea de corte como cristianorro, en la que no era hablar tanto de política como de la vida dentro de la cárcel, con quién teníamos que hablar, con quién no, una especie de formación. Ahí ya cogías cierta conciencia de lo que era perder la libertad, pero estaba ese rollo heroico, revolucionario. Incluso ligabas más.

“En un momento dado, entre toda su vida y su entorno y su hijo y su idea, optó por su hijo y su idea, y yo eso siempre se lo agradeceré”

La cárcel daba galones.

Galones de luchador, sí, de vanguardia de tal. A eso no le tenías tanto miedo. Pero lo de la busca y captura sí me dio mucha inseguridad; a mí a los compañeros con los que hablaba. Por eso cuando surgió la insumisión total, que fue la estrategia, sobre todo, de gente vinculada a CNT-AIT, que planteaba el no reconocimiento de los tribunales y la pura clandestinidad, yo, desde el principio, no estuve de acuerdo. No lo estaba, en primer lugar, políticamente: veía más inteligente para el conocimiento del movimiento el decir «venga, detenme, aquí estoy, y además vengo acompañado de mis amigos y mis amigas, de los compañeros», que además hacía que viniera gente que a lo mejor no se acercaba tanto al movimiento antimilitarista, pero no soportaba la represión que sufríamos. Pero tampoco estaba de acuerdo a un nivel individual. La clandestinidad es lo peor. Es no poder construir un proyecto de vida, el miedo constante a ser detenido, aquella inseguridad. De hecho, compañeros a los que conocí y que optaron por la insumisión total, han pasado dificultades. ¿De qué comes, cómo vives?

Y lo que decías: la razonabilidad política. Lo eficaz no es evadir el juicio, sino utilizarlo como altavoz; hacer ahí un alegato que tenga un impacto mediático, social… ¿no?

Bajo mi opinión así era, pero a veces parecía que había una batalla por ver quién era más radical, como si fuera algo jerárquico. Yo a esta gente le decía: «No, no; yo no te doy el paso por mi izquierda. Todo lo contrario. Creo que es un poco retrógrado lo que planteas». Entonces, bueno, pues nada: el juicio lo tuve en el año noventa y cinco. Fue tarde y fue raro; a mí me había extrañado que mi juicio no acabara de salir, porque yo era uno de los insumisos no amnistiados más antiguos. Hice la insumisión no sé si seis o siete días después de la desestimación del Tribunal Constitucional del recurso de inconstitucionalidad. Era muy difícil que hubiera uno más antiguo, ¿no? Sin embargo, tuve el juicio muy tarde. Era un momento en el que el PSOE estaba aprendiendo a reprimir. Había habido grandes cambios en la juventud. Los de Jarrai habían girado ya y habían abandonado un poco su reivindicación histórica de «la mili pa’ los milis» y de «coge el fusil y aprende a utilizarlo», todo ese tipo de cuestiones.

Antonio Sierra y Pablo Batalla en la entrevista. Foto: Alisa Guerrero

Que el Estado te enseñe a usar las armas que utilizarás contra él.

Exacto, exactamente. Los compañeros vascos, la gente de Kakitzat y del MOC, nos hablaban de que tenían graves problemas con la gente de Jarrai en los institutos y las facultades antes de que dieran el giro. Confrontaban con ellos en cuanto al modelo.

Los entornos abertzales hablaban de «hacer la mili en ETA». No eran antimilitaristas: eran antiespañoles.

Exactamente, exactamente. Pero se acabaron viendo desbordados por la situación, yo creo. Aquel secuestro legal… Había una cosa individual que era lo que nos daba fuerza. Éramos antimiltiaristas, sí, hacíamos las marchas a las bases militares, pero, realmente, lo que nos daba de comer era el tema antimili; el componente individual de decir: «de repente me tengo que ir a, yo qué sé, Canarias, ¿esto qué ye?». A lo mejor ahora se ve de ciencia-ficción.

Que te cortaran la vida por la mitad.

Sí, sí. Y bueno, lo que te digo: estaban aprendiendo a reprimir. Y las diferencias a la hora de reprimir eran enormes. En algunos sitios castigaban más con cárcel. Por ejemplo, en el País Vasco y en Navarra, dieron muy fuerte con eso. Recuerdo que allí había momentos en que había más de cien compañeros presos. En todo el Estado, si no me falla la memoria, éramos unos cuatro mil en aquella época, y cerca de tres mil eran vascos. Los otros, pues… Granada era muy parecida a Asturias. De hecho, teníamos muy buenas migas con los asturianos. Cuando luego vine a vivir a Oviedo, ya conocía a gente de aquí.

Pin y compañía, ¿no?

Pin y compañía, sí. Llevábamos treinta años sin vernos, pero esa camaradería siempre se mantuvo. Oviedo y Granada éramos ciudades como muy parecidas en el número de insumisos y en la forma en que nos reprimieron. A algunos amigos y compañeros míos los metieron en la cárcel, pero a otros no. Algunos jueces pedían el indulto, e incluso hubo uno que absolvió; uno al que, en otros tiempos, a lo mejor lo podían acusar hasta de prevaricación, pero que entró por el lado de la obligatoriedad y la conciencia y dijo que no se había cometido un delito. Nosotros nos agarrábamos mucho a la jurisprudencia. Esto era un juzgado de lo ordinario, pero bueno: como referente de doctrina siempre ayudaba. Pero bueno: había compañeros que eran juzgados vía PSS en juzgados normales, había otros que tenían consejos de guerra… Recuerdo algunos en Sevilla en un escenario que yo no se lo deseo ni al peor enemigo de mi vida. Recuerdo a un chaval, Antonio, que era de Motril, peón del yeso y huérfano de padre, y que era el único sustento económico en su casa para su madre y sus hermanas, y que le hicieron un consejo de guerra. Entrabas y veías a todos los jueces vestidos de militares, a los fiscales vestidos de militares también, que en los tres primeros bancos eran todos militares, y además con todas sus medallas. Era en la plaza de España de Sevilla, en una sala como muy decimonónica, y nuestros abogados —teníamos un equipo jurídico importante; había gente experimentada— recuerdo que nos comentaban que, en su experiencia individual, nunca habían padecido una presión como la que padecían allí. Les calificaban todas las pruebas de impertinentes y cosas así. Pues bueno, había esa variedad: unos por lo civil, otros por lo militar… Y de repente se montó un tema de que si tú reconocías que habías cometido el delito antes de ser jugado, como ocurre con muchos delitos del Código penal, había un pacto y te condenaban a doce meses de cárcel. Yo recuerdo la tentación de algunos compañeros justo en el instante aquel. En aquella época lo reprobaba mogollón y ahora no tanto, porque claro: tienes miedo. Pero lo que yo decía era: tío, saca el miedo a la luz. Di «hago esto por miedo», no porque estés de acuerdo. Por lo menos que no nos rompan, ¿no? Fueron pocos, pero algunos cedieron. A otros, como fue mi caso, de repente nos condenaron a doce meses, aunque no pactáramos. Yo creo que tenían un problema muy serio.

“Oviedo y Granada éramos ciudades como muy parecidas en el número de insumisos y en la forma en que nos reprimieron”

Sabían que queríais ir a la cárcel. Lo de los galones.

Sabían que aceptábamos y que el movimiento, permíteme la expresión, nos daba de comer, nos daba apoyo. A mí me condenaron a doce meses, pero yo tenía antecedentes; antecedentes derivados de luchas del movimiento. Había sido condenado por atentado contra un agente de la autoridad un día. Habían metido a un compañero preso para el que habíamos pactado la entrada y tal, y al que llegaron a su casa a las cuatro de la mañana y se lo llevaron. ¡A las cuatro de la mañana! El movimiento, ahí, se dejó llevar por las emociones y tuvimos actos fuertes de protesta en la ciudad. Algunos fuimos detenidos. Pues bueno, tenía antecedentes. Y nunca olvidaré que le dije al abogado: ¿tengo alguna posibilidad de no entrar? Y me dijo: «No». ¿Voy a entrar? Dice: «Sí». Era un abogado muy pancho (risas). Me decía, además, que la jueza se había cabreado mucho conmigo, porque me había permitido mi discurso final de no reconocerla para juzgar mi conciencia, etcétera, etcétera. Y me acuerdo de que un compañero mío y yo, del despacho del abogado, nos fuimos a la cárcel para entrevistarnos con el director. Yo quería saber si me darían permiso para poder presentarme a las oposiciones que ya estaba haciendo.

Dabas por hecho que entrarías.

Daba por hecho que iba a entrar, pero, aun teniendo antecedentes, y aun cayéndole regular a la jueza, no entré. ¿Por qué? Creo que fue por un tema político; por un tema de «hay que reprimir, vamos a meter a gente en la cárcel, pero…».

Pero no a todos, para que no se nos vaya el tema de las manos.

Eso es.

Antonio Sierra y Pablo Batalla. Foto: Alisa Guerrero

Meter a gente en la cárcel, pero con cuentagotas.

Exactamente.

Había un como juego del gato y el ratón entre vosotros el Gobierno; un ir adaptando constantemente la táctica y la estrategia a la táctica y estrategia del otro y sus sucesivos cambios.

Ese era un tema permanente. Adaptarse sin perder tus señas de identidad. Lo importante era el apoyo y esa solidaridad tan abierta que se montó en torno a nosotros. Aparecieron un montón de colectivos. En Granada estaba la Asociación de Padres y Madres de Objetores e Insumisos, un colectivo muy importante. Entraron unas familias ahí con mucho ímpetu militante; gente que venía de luchas antifranquistas y que acabó dándonos como, no sé, celos (risas). La cosa medio edípica de «¿quién manda aquí, mi padre o yo?». Nos dieron una respuesta muy interesante: ¿tú puedes ir a entrevistarte con el arzobispo de la ciudad, o con el director de La General, el banco, para hablar del tema de la insumisión?

La mater dolorosa que tiene a su hijo en la cárcel puede llegar a sitios que el insumiso no.

Claro. Lo entendimos. Luego, por otro lado, surgió también Iniciativa Ciudadana en Solidaridad con los Insumisos, a través de lo cual accedimos al mundo de la cultura y al mundo académico.

La cosa aquella de implicar a famosos, ¿no? Aquí en Asturias, gente como Víctor Manuel. ¿Y allí en Granada?

Pues Luis García Montero, por ejemplo. Lo que había en la ciudad. El mundo sindical, también, e incluso UGT, que ya se llevaba mal con el propio PSOE. Recuerdo la campaña de autoinculpaciones, que era que, por cada insumiso, cuatro personas presentaban un escrito en los juzgados donde decían que, conscientemente, sabiendo que se estaba cometiendo un delito por parte del insumiso, un delito recogido en el Código penal —algo como muy oficial y jurídico, ¿no?—, lo habían tenido escondido en su casa; habían colaborado y lo habían hecho conscientemente, y pedían que se incoaran acciones para meter eso en el expediente. Claro, de repente, uno por cuatro, ¿no?

Eso se había hecho en su momento —lo habían hecho las feministas— con el aborto: «yo me autoinculpo de haber prestado mi casa para que se practicaran abortos». Fuera verdad o no.

Igual, igual. Hubo gente que tuvo miedo, claro. No es lo mismo firmar en un bar un pape que te ponen delante que decirte: «esto lo vamos a presentar en el juzgado». Ahí ya dices: «¡uf!».

Me interesa mucho esa circulación de experiencias de momentos anteriores de las luchas de izquierda. Os inspirabais en lo que otros movimientos anteriores habían hecho; había esa transferencia de conocimiento.

Sí, sí. Por un lado, lo que tú antes llamaste creatividad; y por otro, esa transferencia de saberes que estaba a la orden del día. Dentro del mundo de la izquierda extraparlamentaria y revolucionaria, fuimos muy mimados en muchos aspectos. Teníamos graves problemas logísticos y económicos, éramos gente muy joven. Hombre, se tomaban iniciativas. Recuerdo, por ejemplo, vender botellas —de sidra El Gaitero, por cierto— en Nochevieja, en la plaza del Ayuntamiento de Granada, donde siempre se monta una fiesta. Las vendíamos a cuatrocientas pesetas cuando en el súper costaban sesenta, y mucha gente nos decía: «¡Usureros!». Pero decíamos: «Quillo, estamos trabajando en Nochevieja, y además esto no es para nosotros, es para sostener el movimiento». Al final nos las compraban. Teníamos allí nuestras pegatinas, nuestras pancartinas… Pero claro, excepto movidillas de esas, era costoso el movimiento. Pero siempre contamos con mucho apoyo de otros colectivos. Cada vez que íbamos a hacer alguna movidilla no vanguardista de acción concreta así como minoritaria, sino algo más mayoritario, éramos muy mimados.

Antonio Sierra. Foto: Alisa Guerrero

Sin embargo, tengo la sensación de que esa transferencia de saberes no se dio después del movimiento insumiso a lo que vino después. De repente, Aznar acaba con la mili y el movimiento insumiso —a pesar de que sus demandas iban más allá de meramente acabar con la mili, e incluían una sensibilidad antimilitarista mucho mayor— se disuelve rápidamente y sin dejar nada detrás. Es una reflexión que no es mía, sino que se la he leído alguna vez a gente que participó en el movimiento, como César Rendueles. ¿Tú qué opinas de esto?

Estoy totalmente de acuerdo. Lo digo con tristeza. Pasa una cosa: si bien fuimos mimados, ya digo, por la izquierda extraparlamentaria y revolucionaria, más allá de eso no teníamos padrinos o madrinas. Izquierda Unida no participaba activamente en el movimiento. Yo tengo un amigo muy amigo mío de IU que fue insumiso allá en Andalucía, en Úbeda. También tengo amigos aquí en Oviedo que se implicaron: Celso Miranda, por ejemplo, me decía que él participó en ciertas cuestiones de solidaridad. Pero fue individualmente. Izquierda Unida no se creyó nunca el movimiento de insumisión. No entró nunca a saco en él. Estábamos muy desamparados en ese sentido. Recuerdo una vez que cuatro compañeros de Cataluña presos llegaron a publicar una cosa en Opinión en El País; un artículo que fue muy celebrado en el movimiento. ¡Habíamos logrado escribir un artículo de opinión en El País! Era para celebrarlo, y lo sigo celebrando, pero, por otro lado, dices: «si estoy celebrando esto, ¿qué fuerza indica eso que tengo? No tengo acceso a nada». IU no creía en ti y no te apoyaba más que testimonial o individualmente y por supuesto no tenías al PSOE, que era tu represor, y que indultaba a golpistas del 23-F mientras a nosotros nos encarcelaba, ¡tela marinera! El peor Felipe González. Ahora se le ha puesto una cara que es como si le hubiera salido el alma.

Ja, ja.

Por otro lado, no sería justo no hacer nuestra propia autocrítica. Antes lo mencioné: el tema anti-mili era el que nos daba de comer a la lucha antimilitarista. Cuando la mili se acabó, era muy difícil mantenerse. Había lo de la objeción fiscal, se hablaba de la objeción laboral, algunos grupos vascos —los vascos son gente que se asocia tanto…— lograron mantener hasta la actualidad algunas cuestiones. Hay grupos de estudio, hay un montón de novelas y libros de compañeros y compañeras, pero se perdió la continuidad. De todas maneras, yo tengo la esperanza y el convencimiento, no con la insumisión, sino con cualquier lucha que verdaderamente logre una entidad importante, de que eso no se pierde. Fluye por algíun sitio, queda una huella por algún sitio. Estaría bien hacer, no un homenaje, ¿no?, pero sí una valoración, una evaluación (yo, como soy profesor, me voy a la evaluación), de lo que fue el movimiento insumiso. Aquí en Asturias, he participado en alguna exposición de carteles, de fotos; hay compañeros y compañeras que dan alguna charla porque escriben algún tipo de libro, pero falta un algo más político. Todo llegará.

A veces tienen que pasar treinta años para que se haga la evaluación y el rescate de una determinada cosa.

Claro.

¿Cómo llegas a Asturias?

Me hago profesor. Ojo, estaba inhabilitado para la función pública, ¿eh?

La muerte civil aquella, ¿no?

Yo no la llegué a sufrir, pero fue un movimiento inteligente del PSOE, que nos hizo mucho daño. Verdaderamente nos estudiaron y dijeron: estos, aunque vendan cierta imagen punkilorra, exportada del País Vasco, y vayan de concierto de Cicatriz en concierto de Cicatriz con la litrona y tal, realmente no es eso. Realmente, su perfil es universitario, son casi todos de letras, alguno hay de ciencias, pero muchos son de letras, y tienen una dependencia de becas, y proyectos de vida muy encaminados a oposiciones y tal. Yo prefería la cárcel que la muerte civil. La cárcel es un precio muy fuerte —¡coño, hubo hasta muertos!—, pero yo me veía con fuerza para aguantarla. La muerte civil, no sé si hubiera sido capaz de sobrellevarla. Ni prestación por desempleo, ni becas…

Antonio Sierra. Foto: Alisa Guerrero

La imagen de un tipo entre barrotes tiene una eficacia propagandística enorme para el movimiento, mientras que la muerte civil es estar tú muerto del asco en tu casa, robarte la época.

Claro. Además, había casi un «tú te lo has buscado».

Pero ¿tú no la sufriste, entonces?

No. Sí que fui inhabilitado para la función pública, que es algo que siempre una condena siempre conlleva, pero bueno: no había Internet, las conexiones informáticas eran las que eran, y mientras no te denunciaran… Tiré para delante, entré y empecé de maestro. Luego, me hice liberado sindical. Me lo propuso Comisiones Obreras. Yo llevaba unos años dando clase. Me gustaba muchísimo mi trabajo; siempre me ha gustado muchísimo.

Eres profe de primaria, ¿no?

De primaria, de primaria. Siempre me ha gustado muchísimo. Quedé el número uno de mis oposiciones en Andalucía, ¿eh? Por educación física. Pues nada: reflexioné sonbre lo de liberarme y acepté. Empecé en el mundo sindical. Ya había tenido algún contacto antes. Había trabajado un año en la construcción, montando y desmontando andamios para ganarme la vida. Al independizarme, necesitaba el dinero. Hombre, iba de vez en cuando a comer a casa de mi madre la sopa aquella de la que hablábamos antes, pero tienes que vivir, tienes que pagar el alquiler, tal y cual. Aquel fue un año muy importante para mí, también, porque tuve acceso a compañeros y compañeras vinculados a un mundo sindical duro. El trabajo era duro; yo no estaba acostumbrado a trabajar físicamente, y eso de estar a treinta y tantos metros de altura subiendo cuerpos… Ahora sería incapaz, claro; ahora me caería. Pero en aquella época era joven, y tiraba. Pues bueno: conocí el mundo sindical ya entonces. Hubo una vez que éramos cuatrocientos o quinientos en el Palacio de Congresos de Granada, y que coincidía con la primera guerra del Golfo, y paramos durante una hora en los alrededores del palacio, por la paz, los cuatrocientos albañiles. Fue muy bonito; tuvo un impacto mediático grande. Ahí había gente que había vivido luchas antifranquistas con muertos, por ejemplo cuando se reivindicaban las cuarenta horas en los años setenta. Hubo una vez que se tiroteó a la gente y murieron cuatro o cinco. No solo fue Vitoria, ¿eh?

No, claro. Hubo muchos muertos en la Transición.

La policía, los grises, disparaban y moría gente. Yo estuve con compañeros que habían estado en aquella movilización.

Lo que hablábamos antes de la transferencia de saberes.

Sí. Pues bueno: volviendo ya a mi etapa de maestro, entro en el sindicato, y yo, cada vez que entro en un sitio, no sé cómo me arreglo, pero acabo en las direcciones. Creo que es porque me lo tomo todo con mucho ímpetu. Tampoco me lo creo, ¿eh? Hay que tener cuidado. Como tu forma de ser sea un poco subidilla, la seducción del poder te come. Tienes que tener las cosas claras. Ahí es donde, para mí, fue importante toda la cultura trotskista y todo el tema de la horizontalidad, la participación, la democracia interna. Acceder a puestos de dirección te permite tener mayor capacidad para implementar aquello en lo que crees, pero hay que tener cuidado. Yo entré de liberado y, bueno, la verdad es que siempre he sido buen trabajador. Era otra de nuestras consignas: el buen revolucionario, si es estudiante, es buen estudiante; y si es trabajador, es buen trabajador.

Hay que dar ejemplo.

Sí: tienes que ser un ejemplo para que la gente crea en tu honestidad y, a la hora de hablar, consigas cierta autoridad. Bueno, al año hubo un congreso, y salí elegido secretario de Enseñanza de Comisiones Obreras en Granada. Ahí empezó otro mundo, porque tuve contacto con gente muy interesante, pero también con la burocracia, que la hay, ¿eh?, la hay grande. Era, además, un momento de guerra muy duro entre los críticos y la mayoría confederal dentro de Comisiones Obreras; entre los más vinculados al PCE y los más vinculados a Antonio Gutiérrez, cuando Marcelino Camacho lo deja; toda esa movida, Agustín Moreno, etcétera, etcétera. Yo intenté mantenerme al margen y preocuparme de las reivindicaciones, las huelgas, las dificultades, la mejora de las condiciones de trabajo junto con la de la calidad del sistema educativo.

De las unas junto con las otras, ¿no? A veces entran en contradicción.

Sí. Hay determinados ejes de trabajo, como la sanidad, la educación, los servicios sociales, las residencias, etcétera, donde hay que tener mucho cuidado de que las condiciones de trabajo no queden por encima de la mejora de la calidad. A veces lo he tenido que debatir con compañeros. En las residencias, por ejemplo, ¿por qué se tiene que levantar a todo el mundo a las ocho de la mañana? ¿Por qué no puede un hombre o una mujer de ochenta años estar a lo mejor hasta las diez de la mañana? Te dicen: porque hay que limpiar la habitación. Y lo entiendo; entiendo también el posicionamiento del trabajador o la trabajadora. Pero ¿y si no confrontamos; y si buscamos soluciones creativas? Con la enseñanza, pasa algo parecido. ¿Hay que mejorar las condiciones de trabajo de los trabajadores y las trabajadoras de la enseñanza? Claro. Las del conserje, las de las limpiadoras, las de todos los trabajadores de la enseñanza. Pero nunca a costa de la mejora de la calidad del sistema. Y si hay una confrontación grave, vamos a ver cómo la resolvemos, pero no tiremos con el tren p’alante caiga quien caiga. Tenemos una responsabilidad ante la ciudadanía. Yo he peleado siempre por todo esto. Y también por cosas como: ¿por qué no la existencia de un comité de huelga? ¿Por qué tiene que ser todo dirigido por las direcciones sindicales? ¡Y yo era dirección sindical! No digo darle todo el poder a la asamblea; ya empezamos la entrevista hablando de esto. Pero sí de aumentar la participación de la gente, que esté implicada, que trabaje en sus institutos y sus colegios, en la organización de la lucha, que no mire para otro lado. Las organizaciones sindicales miran para otro lado. Recuerdo que en un momento dado tuvimos una movilización muy importante por las escuelas rurales, y también por la educación infantil, y se daban situaciones como: ¿quién limpia a un niño de tres años que se hace caca? Pues joder, vamos a verlo, pero lo que no puede es quedar el niño cagado. Vale, tú no lo limpias, tú eres maestra, pero peleemos por un asistente, vamos a ver si nos lo podemos permitir, vamos a hablar. A mí me enriqueció mucho todo aquello, pero la presión por el otro lado era terrorífica. De repente te encontrabas con que tú habías construido asambleas, tablas reivindicativas y habías cogido fuerza, pero ibas a reuniones con las otras siete provincias de Andalucía y tus compañeros y compañeras te decían que el movimiento no tenía fuerza; que la huelga tal se había secundado por un ocho por ciento real. A lo mejor tú tenías un real del sesenta por ciento. Decías: pero ¿qué habéis hecho? ¿Qué trabajo ha habido? «Nah, mandamos una circular y…». ¿Una circular para convocar una puta huelga, me cago en Dios? Perdón por la tacada, pero es que me sale del alma. «Nah, la Administración nos ofrece esto, y con la correlación de fuerzas que hay, el movimiento tiene que aceptarlo»

La vieja y socorrida excusa de la correlación de fuerzas. Una correlación de fuerzas se puede modificar, también.

«No, es que la gente no participa». Claro, esa es la trampa de la burocracia: al final esconde defectos como la vagancia, la pereza, el rollo acomodaticio, el afán de no crearte problemas, que acababa redundando en el descrédito sindical. La gente no es tonta; ese descrédito responde a algo. Nosotros, en las siguientes elecciones en la escuela pública, las ganamos por primera vez, porque siempre ganaba CSIF, y las ganamos por última: luego fue cuando me vine a Asturias. Pues por algo será, compañeros y compañeras.

¿Cómo llegas a Asturias, entonces?

En un momento dado, altos dirigentes de Comisiones Obreras en Andalucía y de la Federación Estatal de Enseñanza me ofrecieron el puesto de secretario general de la Unión Provincial de Granada. Pero yo no lo tenía claro. Es importante estar en las direcciones, como comentaba antes, pero hay un momento en que el asunto te ahoga. Ya no son las bases quienes te aclaman para que las representes, sino que te vienen desde arriba y vienen a construir unas redes en las que tú te vas a hipotecar. Yo, además, ya tenía cierto cansancio. Llevaba ocho años de secretario general de Enseñanza.

¿De qué año hablamos?

Dos mil, eh… ocho. En 2000/2001 soy secretario general y en 2008/2009 me pasa este tema. El caso es que mi pareja del momento, la madre de mi hija, era asturiana. Se había ido a vivir a Granada, pero le dio la morriña de la tierra asturiana, tan verde ella. Yo venía en vacaciones y lo pasaba muy bien.

¿Os habíais conocido allí en Granada?

No, no, aquí en Asturias, en un viaje. Tenía un camping y yo aparecí por el camping y por ahí floreció el amor. Pues eso: le había dado la morriña de volverse y yo tenía esa historia que no me acababa de convencer. Consideré que era el momento de volver a las aulas, concursé y me vine. Había pedido destino mirando el mapa y calculando kilómetros alrededor de Oviedo, donde iba a residir: mi pareja era de Asturias, pero a mí me hablabas de Morcín o de Teverga y no tenía ni idea. Me dieron la plaza en Morcín; curiosamente, en uno de los pocos colegios que tiene nombre de alguien de izquierdas: Horacio Fernández Inguanzo, el Paisanu. Ahí caí. Se terminó la experiencia sindical y se terminó afortunadamente, porque no daba más de mí. Entraba en otra dimensión. Todos esos saberes se van para Morcín, a las cuencas mineras.

Antonio Sierra. Foto. Alisa Guerrero

¿Qué tal ese cambio tan drástico de aires, empezando por lo geográfico? ¿Te adaptaste bien a esta tierra?

Uf, fue tremendo. Ahora, con el cambio climático, la cosa se ve diferente, pero recuerdo que el primer año no amanecía, chaval. Vivía aquí en Pumarín y me deprimía con eso. Yo no echo de menos el sol ni el calor: a mí me gusta que llueva. Hombre, lo que más me gusta es el sol de invierno, que para mí es uno de los mayores placeres del mundo; pero que llueva también me gusta. Andalucía, la pobrecica, es tan bonita, pero es tan amarilla… Y llegas aquí y esto es un jardín. Pero la falta de luz fue horrible; tuve una depresión enorme en ese sentido. Luego estaba la sensación de no conocer prácticamente a nadie. Pasé de hacer asambleas en todos los centros educativos de Granada —en todos; visité todos— y de conocer a toda la Inspección, a todo el mundo, a un sitio donde no conocía a nadie. Pero eso me gustó mucho, la verdad. Es como volver a vivir, como volver a nacer. Lo que sí que me daba un poco de miedo era la vuelta a las aulas. Los últimos días de agosto no podía dormir; fueron terribles. Me decía: «¿Seré capaz de lidiar con los guajes después de ocho años…?». Pero bueno: el que tuvo, retuvo, y al final fue bien. Y Asturias me tiene enamorado. Lo ideal para mí sería vivir los seis meses de mayo a octubre aquí, y de octubre a abril en el sur. Firmaría ahora mismo.

Allá en Morcín, organizáis un proyecto educativo muy especial.

Un proyecto muy vanguardista, sí, yo creo que acorde a todo lo que estamos hablando. Los compañeros y las compañeras estaban aburridos. Pasaba lo que con los compañeros del sindicato: ese aspecto de vagancia, de mínimo esfuerzo, de salir corriendo para ver la tele en tu casa. Si es para echarte la siesta, vale, que la siesta es sagrá, pero, no sé, ese estar mirando para el reloj, ese no implicarte, no trabajar, no formarte, yo nunca lo entenderé. Es muy mediocre, muy gris. No digo que todos tengamos que ser grandes doctos, pero al menos tómate en serio tu responsabilidad social.

Ser maestro no es un trabajo cualquiera. Tiene que ser muy vocacional. Tienes una responsabilidad social grande.

Enorme, enorme. Y además, en un sistema que hace aguas por todos los lados. Yo decía a los compañeros muchas veces: ¿no os dais cuenta de que el alumnado está aprendiendo a obedecer? Es tremendo. Yo tengo dos hijas, Lola y Carmela. Carmela tiene ahora doce años, acaba de entrar al instituto, y la semana pasada me dijo: «Papá, esto es una mierda». Digo: «¿Por qué?». Dice: «Porque no puedo ni hacer mis funciones vitales?». Digo: «¿Cómo tus funciones vitales?». Dice: «¿Cómo te sentirías si tienes que pedir permiso para mear, para cagar, para sonarte los mocos, para beber agua? ¿Esto qué es?». Y no sé si logramos verlo, porque luego hablas con la gente y te dicen que es que hay actos vandálicos en los baños. Es como en la política internacional: resulta que le meten el avión a las Torres Gemelas y transformamos el mundo entero, porque anteponemos la seguridad a la libertad para cualquier caso. Se produce un acto vandálico porque uno hace un día una pintada soez con un rotulador en un azulejo y prohíbes a todo el mundo que pueda ir al baño. A ver, vamos a buscar fórmulas, vamos a dar participación a la gente.

La pedagogía de la desobediencia de Paulo Freire, ¿no?

La pedagogía del oprimido, sí, esa capacidad transformadora. Yo creo en el papel transformador de la educación en todas las edades de la vida. Mi hija Carmela, cuando me hablaba de las funciones vitales, también me decía que en el instituto lo pasa regular; me decía: «Papá, ¿en esto consiste la vida? ¿La vida consiste en que yo me tengo que levantar todos los días a las siete de la mañana, estar seis horas escuchando a gente, así durante seis años, y luego la Universidad, y luego trabajar hasta que me jubile y me muera?». Digo: «Pues la vida del pobre básicamente es esa, hija. Hombre, hay que adornarlo con el amor, la amistad, las ilusiones, pero básicamente es eso». Hay que pelear contra eso. Nosotros hicimos una transformación enorme del colegio, reconocida por la Consejería con la concesión de proyectos; por las familias también, y sobre todo por el alumnado. Un alumnado autónomo, un alumnado sin libros de texto, un alumnado con muchísimos problemas. La convivencia era más importante que el tema académico concreto. Hablábamos de un binomio libertad/responsabilidad y lo tradujimos en la utilización de la biblioteca sin presencia de adultos, en la utilización de los espacios colectivos mediante un proceso democrático y no con la fuerza del más fuerte para jugar al fútbol, en los aspectos coeducativos, en la incidencia en la igualdad y el respeto al medio ambiente, pero no como una cadena de tareas, sino integrado en la participación del alumnado, que decidía qué talleres hacer en los recreos, dónde hacer los recreos, que en los recreos no hubiera filas… Un rollo ácrata, pero responsable.

La cuestión es que esto es relativamente fácil hacerlo en una escuela rural como la de Morcín, pero no sé si tanto en un colegio público de, no sé, Ventanielles.

En la escuela rural es mucho más fácil, sí, pero eso no quiere decir que en los otros sitios no se pueda. Se pueden buscar fórmulas a lo mejor más segmentadas. Yo, lamentablemente, he tenido el proceso de una enfermedad que me ha hecho prejubilarme, pero me he enganchado de nuevo. Uno no puede dejarlo. Y ahora estoy de voluntario aquí en Oviedo, en el instituto Alfonso II, en un proyecto que llevan unos profesores de aquí: Pilar, Benja y otra gente, que son las comunidades de aprendizaje. Tenemos tertulias dialógicas con bibliotecas tutorizadas, peleas por la desigualdad, etcétera. Se están haciendo cosas, y es un instituto de mil alumnos. No todo el mundo participa, pero se va ganando espacio, abriendo la participación a profesorado jubilado o a padres y madres. Ves incluso a gente que no domina el idioma, pero que está yendo de voluntaria a ayudar. Precioso. Empodera. Democrático, transformador, dialogante. La gente se mueve y yo, ahí, estoy muy cómodo. Dentro de mis fuerzas, voy lo que puedo. Hay experiencias que se han hecho en institutos y colegios grandes. Hay un esfuerzo colectivo. Esto, si no se hace colectivamente, o al menos con un núcleo central irradiador, es imposible, pero la alternativa, ¿cuál es? Socializar a niños y niñas en la obediencia permanente.

La letra con sangre entra.

Es el neoliberalismo llevado a la formación y la educación de las personas, es el individualismo, es la competencia, es la ley del más fuerte, es la existencia de normas, el todo prohibido. La gente de mi edad —yo tengo cincuenta y siete y voy a cumplir cincuenta y ocho— debate a veces sobre si había más libertad antes que ahora. Yo solo la veo arquitectónicamente. Veo esas vallas de cuatro o cinco metros de altura que hay en los institutos de ahora y me acuerdo del murete que había en el mío. Y yo, que entré de alumno en el instituto en el año ochenta, estaba en un barrio marginal, en el polígono de Almanjáyar, allí en Granada, donde luego estuve también de voluntario social. Teníamos catorce o quince años y yo iba en bicicleta, pero había compañeros de mi edad que llegaban en coche, conduciendo. Imagínate el barrio del que te estoy hablando: nuestra Pequeña Palestina. Pues bueno, había un murillo de metro y medio. ¿Qué ha cambiado? Pues no lo sé; a lo mejor tanta norma, tanta rigidez, la seguridad, el control, el miedo. No sé lo que ha cambiado, pero sí que sé que ahora es todo como más opresor hacia los jóvenes. Yo creo mucho en sus posibilidades, y me pregunto: ¿por qué van a ser las de ellos diferentes a lasl de nuestra época? Me refiero a los aspectos de lucha y de inquietud. Claro que los hay. Hay inquietudes con la igualdad, sobre todo con el tema del medio ambiente y el feminismo. Hay inquietud con el mundo. Mi hija me preguntaba: ¿tú estás con Putin, o con tal? Digo: vamos a ver, hija mía, estoy con los que se están muriendo en ambos bandos, y eso no me lo puede quitar nadie. Ese es nuestro bando. Mi bando no es ninguno de los otros dos. Son los que sufren en cualquiera de ellos, y hay que decirlo más, para poder influir sobre la comunidad internacional y los poderes que nos están llevando al desastre.

Un buen cierre, Antonio. Fue un placer.

¡Igualmente!

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