Hay personas que mejoran el mundo y nos hacen mejores con su ejemplo. Una de las mayores fortunas que atesora Comisiones Obreras es el legado de quienes han hecho del sindicato lo que es, desde sus primeros pasos, con nombres ya míticos como Marcelino Camacho o Juan Muñiz Zapico. Personas que dejan huella y señalan el camino a seguir.
En los últimos meses nos han dejado Tini Navas, Antonio Prieto, Aníbal Vázquez, Anita Sirgo y Maruja Ramos, personas que ya figuran por méritos propios no solo en la historia del sindicato, sino también del movimiento obrero, de la lucha por las libertades y del avance feminista. Y en estos días Oviedo estrena “oficialmente” dos calles, que recuerdan a José Manuel Nebot y José Manuel Buján, plasmando una iniciativa que le debemos a Emilio Huerta “Triqui”, durante su época de concejal en el ayuntamiento de Oviedo hace más de una década.
Aunque era una persona humilde y alejada de los protagonismos, Nebot merecía esa calle, por su contribución a la vida política, social y cultural de Oviedo. Y, por supuesto, por su aportación a la historia de la fotografía (llegó a ser presidente de la Confederación Nacional de Fotógrafos). Por el estudio de Nebot pasó buena parte de la sociedad de su tiempo.

También merecía la biografía que le preparó la Fundación Juan Muñiz Zapico, Recuerdos de una vida militante, en la que se destaca su prestigio profesional, su papel asociativo (firme defensor del pequeño comercio) y su activismo. Y sí, fue el fotógrafo de la burguesía de Oviedo, pero también el fotógrafo del PCE en Asturias. En la presentación, Francisco Erice destaca que Nebot fue “fotógrafo y comunista, pero también otras muchas cosas”, un “luchador de mil y una causas que dignifican al ser humano”. Y al final de esa edición, en un hermoso epílogo, su hija Ana habla de un padre admirable, que “siempre será un ejemplo a seguir”.
José Manuel Buján -que tiene su calle junto a la de Nebot, un detalle que les habría emocionado y divertido- fue el abogado de las causas justas, el defensor incondicional de la clase trabajadora y de las personas desfavorecidas. Y la historia de Comisiones Obreras no se escribe sin él. Su estrecha relación de dos décadas lo atestigua. Y tampoco es un detalle menor (para entender el momento histórico y el coraje de defender entonces a los obreros en nuestro país) que Buján iniciara su andadura profesional haciendo prácticas con los abogados laboralistas de Atocha, brutalmente asesinados por la extrema derecha en enero de 1977. Buján uniría pronto (primero en Ponferrada), su destino profesional a la minería, como abogado en distintos conflictos, actuando en la defensa de mineros que eran despedidos por reclamar derechos laborales y libertades democráticas, como estaba ocurriendo en Asturias, a la que luego llegaría, en 1979, y donde llevaría a cabo una ingente tarea desde los servicios jurídicos del sindicato. Hasta su incorporación en el año 2000 al Tribunal Superior de Justicia de Asturias.
Todavía resuenan los ecos de la despedida que tuvieron en Langreo Anita Sirgo y Maruja Ramos, camaradas y amigas, que nos dejaron el mismo día, 14 de enero, como si la lucha las hubiera unido y la muerte no pudiera separarlas. Dos mujeres valientes como pocas y comprometidas como las que más, símbolos del movimiento obrero asturiano y representantes de una generación irrepetible, que literalmente se jugaron la vida por una vida mejor para los demás. Anita y Maruja, Maruja y Anita se merecen una página en la historia, una página que ya tienen en la de Comisiones Obreras.
Qué decir de Aníbal Vázquez, otro “gigante” que siempre tuvo claro de dónde venía y con quién estaba: con los compañeros del tajo, con sus vecinos y vecinas, pendiente de las personas que más lo necesitaban. Por eso se convirtió en un referente en todos los ámbitos, en un alcalde admirado y querido en su municipio y en Asturias. Y todo había empezado en el Pozo Nicolasa, emblema de las huelgas del 62, donde fue secretario general de la sección sindical de CCOO.

Cómo no recordar a Tini Navas, a quien organizamos en septiembre el acto que le debíamos, junto a su familia y el movimiento feminista. El sindicato, donde dejó profunda huella en el sector de Justicia y un sello muy personal en su paso por la Ejecutiva, la echará de menos. Fue una luchadora incansable, que nunca se rindió; una feminista íntegra, que rompió moldes con su ejemplo y tenacidad; una sindicalista que consiguió hacer avanzar la igualdad.
No puedo acabar este recuerdo de las personas que nos han dejado en los últimos meses, o recordamos en estos días, sin referirme a Antonio Prieto, un camarada y un paisano de los pies a la cabeza, de la mañana a la noche, en la mina y fuera de ella, el “güelu” de muchos de nosotros y nosotras, que vivió y sufrió y combatió en la etapa de clandestinidad de unas Comisiones Obreras entonces perseguidas y represaliadas, en los duros años de la dictadura. Un paisano del que aprendí el valor de la humildad, que la mejor manera de decir es hacer, que la solidaridad con los más débiles se ejerce, no se predica. Con él aprendí que el sindicato se echa en falta cuando no se tiene.
Y en ocasiones no valoramos suficientemente en vida lo que aprendemos de personas tan extraordinarias, y lo que nos aportan para seguir el camino adecuado. Porque son compañeras y compañeros semilla, cuyo ejemplo perdura mucho más allá de sus vidas.
Cantaba el cantautor uruguayo Quintín Cabrera que “la ciudad es un libro que se lee con los pies”. Se me antoja pues que, si algunas calles llevan sus nombres, no es más que el justo reconocimiento a quienes escribieron las mejores páginas de solidaridad, de fraternidad y de progreso en sus pueblos y ciudades para que quienes venimos detrás podamos seguir su camino.



























