Ana Bermejo: el pequeño comercio del barrio

Intervención de Belén Suárez Prieto en el homenaje de Oviedo Redondo celebrado el pasado viernes.

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Belén Suárez Prieto
Belén Suárez Prieto
Correctora de textos de profesión. Vivo en El Tiempo Delicuescente.

Concejala y concejal de gobierno, concejalas y concejales, vecinas y vecinos, amigas y amigos, señoras y señores, buenas noches y muchas gracias por acompañarnos en este homenaje, en una fecha importante para mi asociación vecinal, la Asociación Vecinal del Oviedo Redondo.

Me toca a mí introducir a una de las personas homenajeadas, Ana González Bermejo, y hablar de uno de los sectores al que, encarnado en Ana, rendimos homenaje esta noche: el pequeño comercio del barrio.

El Oviedo Antiguo, mi barrio, nuestro barrio, es un excelente lugar para vivir. Con sus defectos, desde luego; con sus dilemas, también; pero un excelente lugar para vivir, porque es un barrio acogedor, doméstico, trabajador, solidario. Y a todas estas cosas, a toda esta lista de adjetivos que califican al sustantivo «barrio», contribuye, en imprescindible y enormísima medida, el pequeño comercio del barrio, nuestro pequeño comercio.

Porque, sí, este barrio nuestro no está desierto por el día y lleno de gente las noches de los fines de semana, como algunos discursos dictaminan y algunas personas creen. Sí hay locales vacíos, como, desafortunadamente, en el resto de la ciudad, en una crisis relacionada, entre otros factores, con el precio de las rentas de los bajos comerciales, que no es solo del barrio ni solo de la ciudad; sí hay calles que no tienen actividad comercial, por las características históricas y urbanísticas del casco viejo, pero en este pequeño rincón del mundo tenemos librerías, una feliz y recientemente recuperada, la antigua Ojanguren, actual Matadero Uno, pero también Polledo o San Pablo o El Bosque Mitago o Pasa Página; tenemos sombrererías, como la preciosa Albiñana; tenemos panaderías, como La Masera de Vetusta; tenemos tiendas de ropa y de complementos, como El Antiguo Iriarte o Kulooroo o Puru Remangu o Envidia Sana; tenemos confiterías, como Camilo de Blas o la recentísima Briz, tienda de chocolates; tenemos la peluquería de Oliva o la manicura de Alba en el Fontán; tenemos estancos y administraciones de lotería; tenemos negocios de bicicletas, el de Salvador Bermúdez; talleres para reparar pequeños electrodomésticos y artilugios eléctricos, Amable y Electricidad Valentín; talleres para encuadernar, Cola y Engrudo; tenemos mercerías, cesterías y zapatillerías; tenemos a Sondova, paragüería. Tenemos galerías que son también tiendas de regalos, 451; tenemos heladerías, tenemos a Verdú; tenemos farmacias; y, por supuesto, tenemos tiendas de recuerdos para quien, haciendo turismo, nos visita. Tenemos la tienda de ultramarinos de Sabiniano Clemente, la tienda de Fina y de Elvia, sus nietas.

Disculpen esta enumeración incompleta, porque no puedo alargar demasiado esta intervención, y, por incompleta, parcial. Solo son unos pocos ejemplos del diverso y excelente pequeño comercio del barrio.

Y tenemos, rodeado de tiendas de ultramarinos que, como pequeñas setas, nacen a su calor, esa joya de la ciudad, pero esa joya nuestra, del barrio, que es el mercado del Fontán, con sus carnicerías, pescaderías, charcuterías, queserías, fruterías, encurtidos, panaderías, ultramarinos. Y tenemos el mercado al aire libre, también en el Fontán, con sus puestos de ropa, de lencería, de bolsos, de zapatos, de flores, de libros, de paraguas, de pañuelos, de sartenes, y al que acude nuestra zona rural, nuestras agricultoras y nuestros agricultores, los días de mercado, los jueves y los sábados, a vender fruta y verdura ecológicas desde antes de que supiéramos que era eso de «ecológico».

Manuel Almeida, Waldo Valbuena, Ana Bermejo, Belén Suárez, Menchu Suárez y Paco Álvarez. Foto: Kike Gallart

El pequeño comercio nos presta un servicio, de adquisición de cosas que necesitamos o de las que tenemos capricho. Pero solo si nos quedamos en la superficie decimos que esa es su única función, para la que nació. Porque el pequeño comercio es, además, proveedor de seguridad, iluminador de nuestras calles, a las que adorna y dota de personalidad. El pequeño comercio orienta a quienes nos visitan y forma parte del barrio como un vecino más. Conoce perfectamente nuestras necesidades, nuestros gustos, nuestras tallas, nuestros anhelos. En ocasiones, se convierte en gabinete psicológico; en otras, en centro de tertulia; en otras, en botiquín.

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Y nuestra homenajeada hoy, como representante de este comercio del barrio, es Ana González Bermejo, que hace unos pocos meses se jubiló, tras cuarenta años en su papelería, la Papelería San Antonio, en la calle del mismo nombre.

No voy a contar aquí la trayectoria de Ana en el barrio, en la papelería, pues sé que ella lo hará a continuación, y quién mejor. Pero sí quiero dar dos o tres pinceladas en el lienzo que dibuja a Ana.

Al poco de venir a vivir al barrio, hace casi treinta años, mi entonces marido y yo iniciamos los trámites de adopción de nuestra hija, Paulina. Son trámites que requieren mucho papeleo para enviar a China, el país donde nació Pau. Necesitábamos fotocopiar el expediente, lleno de grapas y de exigencias que la Administración del país de nuestra hija pedía. No era un montón de papeles que pudieran meterse en la fotocopiadora sin más. Y Ana nos los fotocopió, pero dejándonos claro que le parecía una gaita y un poco a regañadientes. De aquella, Ana me impuso, pero, detrás de esa primera impresión de una mujer de carácter fuerte y muy franco, que intimida un poco, con el tiempo, al poco tiempo, y al ir frecuentando la papelería, al fundar esta asociación, al hacer vida de barrio, en fin, Ana se convirtió en una amiga, en una buena amiga. Pero no solo en una amiga con la que compartir cañas, con ella, con Pancho, en este barrio nuestro, de nuestros amores y de nuestros desvelos, sino que se convirtió en una amiga generosa con las iniciativas solidarias que un grupo de personas llevamos a cabo desde el Oviedo Antiguo, aliviando a esas madres para las que el comienzo del curso escolar se convierte en algo angustioso, ante los gastos que hay que afrontar.

Acudí a Ana un montón de veces para conseguir material escolar o libros de texto fuera de plazo. El universo de la pobreza es complejísimo y, a veces, las ayudas públicas no son suficientes o no son lo suficientemente flexibles para responder a la complejidad de las vidas de quienes poco tienen. Ana siempre estuvo ahí. De modo incondicional.

Ana, ya te echamos de menos. Nos faltas para los periódicos y para las revistas, para el material escolar y para los libros de texto, para las agendas, para las fotocopias, para los coleccionables. Pero también para pasar por delante y echar un vistazo a las revistas del expositor de la calle, para ver la lucecita de la papelería encendida, para saludar desde fuera si vamos con prisa o para un poco de charleta si en ese momento no hay clientela y tenemos tiempo.

Ana, disfruta mucho, muchísimo, de tu jubilación, de tu tiempo libre. De no tener que empezar a repartir la prensa, con el carrito, por las calles del barrio, antes de las ocho de la mañana. En tu caso, el tópico de la merecida jubilación es justísimo.

Pero, Ana, seguimos contando contigo, en la asociación, en las cañas, en el barrio. No nos dejes.

Muchas gracias.

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