En cuanto acaba la clase, con la mirada pegada al reloj, mis alumnas se van corriendo al trabajo o a recoger a sus hijos a la escuela. Las que tienen más tiempo se quedan hablando conmigo en lo que ordeno mis cosas y apago el ordenador, y luego caminamos juntas hasta el comienzo de las escaleras mecánicas, donde nos despedimos y yo me dirijo a la oficina. También hay algún estudiante que a veces se queda conmigo a hablar, pero no tantos porque las clases de idiomas y de literatura suelen estar llenas de mujeres y porque ellas, en general, se prestan más a la conversación.
La posibilidad de tomar cursos de forma remota que nos abrió la pandemia hizo que cada vez sean menos los alumnos que se matriculan en las clases presenciales y cada vez más los profesores que opten por esta modalidad de enseñanza. Un grupo presencial con quince alumnos es ahora una rareza, salvo que enseñes informática, justicia criminal o negocios, pero los grupos de literatura y lenguas extranjeras no suelen pasar de diez o doce estudiantes, y los que tienen menos de ocho son grupos para los que la administración tiene los días contados.
Hace unas semanas, una de las estudiantes con las que me quedé a hablar después de clase me contó que en su casa viven quince personas. Ella comparte un cuarto con su padre y su madre, y el resto de la casa lo ocupan sus hermanas con sus respectivas parejas e hijos. No puedo imaginar lo que significa convivir en un espacio común, seguramente no muy grande, con tanta gente porque la única vez que me tocó vivir con más personas, siendo aún muy pequeña, éramos siete en total. Recuerdo que mis padres y abuelos, sin asomo alguno de nostalgia, hablaban de las camadas que había en las casas cuando ellos se criaron, obligados a hacer cobija de sus cuerpos cuando dormían todos juntos, y sin conciencia posible de la intimidad que ahora reclamamos como un derecho y de la que hacemos medida de nuestro bienestar más básico.
Me pregunto si el hecho de que esta estudiante haya renunciado a las clases en línea pueda relacionarse con la necesidad de tener un espacio que no esté traspasado por las dinámicas de cohabitación con tantos grupos familiares. Lo entiendo si esta fuera la razón principal por la que hace un viaje diario de más de sesenta kilómetros desde Staten Island, donde vive, hasta Tribeca, donde está la facultad, cuando podría ahorrar tiempo y dinero si se quedara en casa. Pero no puedo asegurar que así sea. Es posible que venga a la ciudad porque, además de estudiar, trabaja. O porque es consciente de lo empobrecedoras y difíciles que son esas clases en las que el auxilio de los profesores desaparece en cuanto se apaga el ordenador. Lo más probable es que lo haga porque el lugar donde vive no le ofrece un espacio para el estudio, porque aprovecha para trabajar en Manhattan y porque con las clases en línea aprende muy poco.
La crisis de vivienda que hay en estos momentos en Nueva York –y en todos los Estados Unidos– ha empezado a alcanzar niveles inquietantes. El número de gente que se ha quedado sin mejor opción que la de vivir en furgonetas, shelters, carpas oen ese futón que, de manera temporal, les presta algún familiar o conocido porque en el país de la privacidad no tiene un cuarto propio es cada vez mayor. Y entre este número de gente desamparada que aumenta de forma angustiosa están incluidos muchos de nuestros estudiantes y alguno de nuestros profesores. Al mismo tiempo, y como la otra cara de la misma moneda, el rostro profundo de la soledad, ese extremo abandono en el que se encuentran tantos seres humanos de estas mismas sociedades que incitan a tragarnos el estribillo completo de la canción neoliberal, es estremecedor. Ahí es cuando me pregunto si tener que vivir con sus padres, sus hermanas, las familias respectivas de sus hermanas y algún allegado más es para mi estudiante una situación tan incómoda como parece.
Evalúo con cautela una y otra situación y no me atrevo a compartir lo que siento. La imagen de mi estudiante conviviendo con esa familia numerosísima con la que, además del espacio, también ha de compartir sus sueños, me resulta más serena que la de la gente que vive sola interpretando día a día el relato de su privacidad. Que esa imagen me proporcione más serenidad no quiere decir que esté romantizando lo que tampoco tiene mucho de romántico porque esta misma alumna que hace sesenta kilómetros diarios para venir a la universidad llega demasiadas veces con sueño, queriendo dormirse encima del pupitre y explicando –sin quejarse– que uno de sus sobrinos pasó mala noche y no la dejó descansar.
Pero hasta ese cansancio que provocan las malas noches de un bebé enfermo me resulta francamente más humano.
No hace mucho, los helicópteros de la policía de San Antonio, en el estado de Texas, encontraron muerto en su propia habitación a un adolescente que llevaban varios días buscando, sin que a sus padres –que lo daban por desaparecido– se les hubiera ocurrido ir a buscarlo allí. El número de jóvenes que se suicida con las armas que tienen en casa crece en este país cada día, como crece el número de gente que, aun pudiendo hacerlo, no deja nunca de trabajar porque, de no ir al trabajo, estaría semanas enteras sin hablar con nadie. Los más afortunados tienen alguna vecina que los atiende ocasionalmente, que los saluda, que les ofrece unas galletas si los encuentra en el pasillo o en los buzones del edificio, aunque, matices a un lado, este es el apeadero más común al que nos están llevando las rutas del éxito, del individualismo, de la independencia.
Así que vuelvo a mirar de cerca las dos realidades y el cuadro final del éxito me produce un escalofrío profundo. Y la imagen de esas quince personas que viven juntas bajo un mismo techo me resulta, no lo puedo evitar, humanamente reconfortante.



























