Cómo nos reímos con la boda y cómo se ríe Garamendi

Recomendados

Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Hubo risas con la boda de Almeida. Carlos Herrera llamó ofendiditos a los risueños. Mordió expresiones progres como «cuerpos no normativos», para pontificar sobre la hipocresía de la izquierda y sobre la sana normalidad que se respiraba en aquella boda. La suya podría haber sido una metaofensa, tan ofendido que estuvo de los ofendiditos. Herrera se equivoca al decir que la izquierda no es coherente cuando se burla del sombrero de Esperanza Aguirre mientras reclama respeto a rastas o roturas grunge en las perneras, o se ríe del aspecto ridículo de no sé quién mientras reclama normalidad ante cuerpos obesos.

La risa siempre tiene una víctima, nos reímos de alguien, concreto o virtual. Normalmente la risa es una diversión porque es un juego, jugamos a reírnos de alguien sin reírnos en serio de él, como jugamos a comerle la nariz a un niño pequeño sin practicar canibalismo en serio. Pero de suyo la risa es agresiva y coral. Bergson la interpretaba como un castigo social cuando una persona se deshumaniza y se comporta como un mecanismo rígido y no inteligente. El castigo social, el ridículo, ayuda a mantener vivos los sensores de la inteligencia y a bloquear los desvaríos. Una persona chocando con una farola o llevando una monda de plátano en el hombro sin darse cuenta hace gracia, sufre ese castigo del ridículo que la presionará para estar atenta y ser racional. Cuando alguien nos imita, nos ridiculiza porque nos reduce a una serie de tics repetidos, como si fuéramos un mecanismo. Los rituales (misas, brindis) tienen algo de mecanismo chistoso si se miran con malicia. Todos estuvimos en bodas y, cuando andamos por la calle, se ve a simple vista que estamos en una boda, algo de tic chistoso debe tener la indumentaria para que se nos note.

Foto: Vox

Decía que Herrera se equivocaba, porque ese castigo social que es la risa es un nutriente grupal, la gente se hace piña con la risa. Una broma en la oficina provoca una risa más intensa entre los habituales que en el nuevo que acaba de llegar y que todavía no está integrado. La risa es una de tantas manifestaciones de grupo contra grupo. La izquierda se ríe con la boda de Almeida de cosas que respeta cuando se manifiestan en otro tipo de gente. Pues claro. La izquierda aplaude cuando habla uno de los suyos y pone careto cuando un conservador dice lo contrario. ¿Cuál es la incoherencia? Todos somos ridiculizables y el castigo de la risa es parte normal de la confrontación pública y social. Claro que unos son más ridiculizables que otros. José María Figaredo exhibió en el parlamento su ignorancia con solemnidad y con la inadvertencia con que otros llevan una monda de plátano en el hombro. Apetece reírse. Apetece a quien se enfrenta a Vox y que no se ríe si el ridículo es uno de los suyos. La risa es cosa de bandos, Herrera debería cambiar de pastillas.

La boda fue un retablo de la oligarquía más poderosa, la que adquiere su poder de la disfunción territorial que es Madrid y que hunde su condición en las entrañas del franquismo. Ese día se dejaron ver como son, vulgares, ajenos, clasistas, despreciativos y justos de luces. Viendo el vídeo del sobrino de Almeida volví a pensar lo injusta que es la vergüenza ajena, volví a preguntarme por qué paso yo este sofoco si no tengo la culpa. El mal gusto se exhibió sin pudor, ese mal gusto que consiste en imitar de forma chapucera cosas bellas a base de emperifollar colores y formas ostentosas y llamativas. El alcalde y su hermana Casilda decidieron saludar al Rey Emérito con una genuflexión de otros tiempos y lo hicieron con tanta flojera, que parecía que se estaban licuando y acabarían la ceremonia en un caldero. La lista de todo aquel famoseo abundaba en apellidos compuestos con una i griega entre ellos. Esos apellidos hacinados detrás del nombre siempre me parecieron hebras somnolientas de abolengos caducados, como uñas arañando el tiempo resistiéndose al mundo presente. Como decía ahora no recuerdo quién, las genealogías son deprimentes: todas acaban en el mono. La cerrada ovación al Rey Emérito expresó que aquello no era un festejo privado, sino un acto político en toda regla en el que la oligarquía no solo exhibió su mal gusto, sino también los dientes. La oligarquía tampoco cree en la inocencia del Emérito, cree en su inmunidad por la gracia de Dios y el plebiscito de los siglos, los mismos dos soportes de sus privilegios: la gracia de Dios y el plebiscito de los siglos. La ausencia resonante de Alberto González susurró también que aquello no era cosa de particulares.

Aquel retablo flotó sobre el país y el momento como flota el aceite y el agua y como flota siempre esa casta parásita sobre la población. El cuadro exhibió la verdadera fortaleza del PSOE que la izquierda entiende mal. Es tan importante lo que un partido hace como lo que evita. La boda fue una síntesis de lo que el PSOE evita: el horror. Esa es su fuerza y no la lucidez de su gestión. Ayuso, que hace de la desvergüenza una provocación para que la izquierda zigzaguee, volvió a lo de España se rompe aprovechando un gobierno desesperado e inmoral. Desvergüenza, dije. Las audacias independentistas más sonadas (plan Ibarretxe, pacto de Lizarra, procés catalán) sucedieron en el ecosistema más fértil para el independentismo: gobiernos del PP. El retablo de parásitos flotaba también, y de paso distraía, sobre el atropello del Supremo, ese pesebre de golfos que juguetea con el terrorismo, como si no supiéramos lo que es y como si se pudiera jugar con algo así.

Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, esta semana. Foto de la CEOE.

Pero la perla del país real sobre el que flota el enjambre parásito de la boda fue el señor Garamendi, recordándonos que los parásitos y su base social luchan a brazo partido contra la democracia. Su propuesta de que los trabajadores reciban su sueldo íntegro y que ellos ingresen a hacienda sus impuestos y las cotizaciones sociales, no hizo montar en cólera solo a Yolanda Díaz, como dicen sus libelos. Los márgenes empresariales están por las nubes. Cómo será para que el PP, Vox y toda la fachosfera tengan silenciada la economía de sus espumarajos habituales. Pero vivimos en un estado, el de la Constitución, que no les gusta. Ni a ellos ni a los ricos del ancho mundo. Es un estado que consagra la dignidad individual de las personas y les reconoce algo muy caro: derechos. Un derecho se ejerce cuando un servicio público lo gestiona y ese servicio público cuesta dinero y salarios. Lo sé muy bien, porque me acabo de operar la rodilla y un montón de gente y aparatos consiguieron que pueda ir a por el pan por mi propio pie a los dos días. Los derechos requieren impuestos. Los ricos, recordemos, no quieren ser más ricos, lo quieren todo. La empresa, recordemos, no busca el beneficio, sino el máximo beneficio. Y están hartos de esta sociedad donde todo Cristo tiene derechos, en vez de la sociedad que se sintetizó en la boda. Quieren eliminar los derechos de la misma manera que quieren eliminar las libertades: con un estruendoso aplauso popular, como en Star Wars. Garamendi quiere que la gente humilde vea su sueldo humilde como efecto de la usurpación que hace cada mes el malvado estado que le depreda sus ganancias. Quiere poner en las manos de los humildes cada mes un montón de billetes y que cada mes sientan cómo se lleva el estado una parte no pequeña en cotizaciones. La gente no es tonta, esa información la tiene ya en la nómina. Pero solo hace falta un poco de frustración, unos meses de no llegar al alquiler, unos desokupas ladrando, unos voceros diciendo los dinerales que pagan a los inmigrantes y los maricones y unas televisiones y libelos digitales recalcando cuál es la razón de que estén así: eres blanco, varón, heterosexual, español. Esa gentuza dice que eres el privilegiado. Garamendi quiere que la gente vea al estado como el depredador y que aplauda, como en Argentina, que le quiten médico, educación y vejez digna. Quiere quitarnos los derechos y las libertades con un sonoro aplauso, como el que se brindó al Rey ladrón en la boda. Reírnos con ganas, como tanto ofendió a Herrera, es un buen comienzo. Pero Garamendi debe empezar a oír puños apretados. No es el Gobierno, es la democracia y los derechos.

Actualidad