Derechos, privilegios y propaganda. Detrás de Pedro Sánchez

Es la democracia y nuestros derechos lo que ataca la bajeza y la infamia de los pijos. Nos toca mostrar que no somos bobos

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Es curioso que, siendo los derechos la negación de los privilegios, se parezcan tanto unos a otros. La diferencia la marca una sola idea. A veces pasa que una idea añadida vacía en vez de llenar más. Fíjense en la idea de honorario. La diferencia entre un presidente y un presidente honorario es que el segundo no es presidente. Se le atribuye la honra de un presidente, pero no sus funciones. Se entiende el berrinche de Cebrián cuando lo despojaron en El País de su condición de presidente honorario. Siendo honorario ya no era presidente, lo que le quitaron fue la honra. Es una suerte que haya cobijos como The Objective para acoger a gente sin honra. Decía que se parecen mucho los derechos y los privilegios. Tener derecho a algo o tener un privilegio consiste en que haya actuaciones automáticas a nuestro favor que no tengamos que merecer ni agradecer. Tenemos el derecho a la sanidad y el Rey el privilegio de la inviolabilidad (impunidad en caso de delito). Si se me rompe una pierna, las actuaciones a mi favor son automáticas. No tengo que merecerlas, no es como escribir a los Reyes Magos, donde hay que haber sido bueno para tener el beneficio. Y, aunque demos las gracias a quienes nos atienden, no quedamos en esa inferioridad moral en que se queda cuando uno debe algo a otra persona. Es mi derecho, no caridad. De la misma manera, se impide juzgar las tropelías del Rey Emérito de manera automática y sin merecimientos. Es su privilegio, no tiene que agradecerlo.

Salvados Ayuso

La idea añadida en la palabra derecho que la enfrenta al privilegio es la universalidad. Los derechos son de todos, los privilegios de algunos. Cuando hay privilegios, hay algo ilegítimo. Puede que lo ilegítimo sea que el privilegio no sea universal, es decir, un derecho de todos. O puede que lo ilegítimo sea el privilegio en sí. Yo tengo el privilegio de vivir en una casa con ventanas, electricidad y calefacción y no gastar mi sueldo en ella. Lo ilegítimo es que esto sea un privilegio y no la situación de todo el mundo, es decir, un derecho. El Rey no puede ser juzgado, haga lo que haga. Es un privilegio porque no es universal, pero aquí lo ilegítimo es el privilegio en sí. No podemos universalizar la inviolabilidad y que nadie pueda ser juzgado. La diferencia de los dos casos es que no hay que quitarme a mí la casa, sino hacer universal tener vivienda, y sí hay que quitarle al Rey su inviolabilidad.

Los derechos son muy caros, más aún que los privilegios. Los derechos se gestionan en servicios públicos con personal (médicos, policías, profesores) e infraestructuras muy caras. Nuestras oligarquías luchan contra nuestros derechos, los que se relatan en la Constitución, después de la parte esa en que dice que España es una monarquía. Nuestros derechos merman sus privilegios. Como son caros, requieren impuestos y entonces redistribuyen la riqueza. Como son universales, recortan el poder de los poderosos. Como son universales, además, limitan el negocio con la salud, la seguridad o la vejez de la gente. Los derechos son el efecto de la democracia, lo que no quiere la actual oligarquía, que lo quiere todo.

Pero no se puede dejar el poder real fuera del escrutinio popular y quitar los derechos a la gente sin que la gente lo apoye. Las oligarquías no sacan tanques, no es tan fácil. Necesitan que la gente vote y actúe contra sí misma, que mueva su conducta por algo más intenso que su propio interés: el odio. El odio es un picor más irritante que el legítimo interés. Cuando la propaganda y la manipulación funcionan, se alcanza ese estado en que alguien puede gritar que te hará sufrir, que te quitará la escuela, que no tendrás médico pero, haciéndolo con una motosierra que ruja el odio que llevas dentro, rascarás ese picor con más avidez de la que emplearás por tus derechos. Maquiavelo había escrito que el reformador tendrá la enemistad furibunda de los poderosos que pierden poder con sus reformas y solo tendrá un apoyo tibio de los beneficiarios. Los beneficiarios conservarán algo de miedo a los poderosos y tendrán incredulidad, nadie se fía de las novedades más que después de comprobados sus frutos. Si además la gente es propensa a la ira porque vive mal, no entiende el presente ni ve el futuro, solo se necesita estimular esa ira y proyectarla como odio hacia las capas de población convenientes. Algunos, decía, disfrutamos de privilegios que deberían ser derechos. No es difícil mover la ira contra ese privilegio de tener vivienda o ir de vacaciones, porque se mueve a una escala más cercana que los privilegios de banqueros o niñatos ricos. Puesto que las reformas se acogen con tibieza, como decía Maquiavelo, no es difícil estimular el odio al progre que las proclama y sentir como privilegios lo que son derechos. No es difícil hacer sentir que tienen privilegios las minorías, los independentistas y los terroristas, aunque no los haya. En el límite se puede conseguir que la afirmación de una identidad simbólica y alucinada, de español, blanco, heterosexual, despreciado y atacado por todos, mueva la conducta por encima del interés propio y de la más elemental racionalidad. Pero no porque la gente sea tonta.

Toni Comin, Carles Puigdemont y Neus Casals, en primer término, durante la presentación de la candidatura de Junts a las elecciones europeas.

El odio se cultiva con la mentira y, una vez prendido, la verdad simplemente deja de importar. Nadie cree en serio que Puigdemont dirige una banda terrorista. Decía que la gente no es boba, pero está indefensa. El ÍBEX, Madrid DF y las administraciones del PP financian a espuertas libelos digitales con pocos lectores que se dedican al bulo y al odio. La separación de poderes es muy precaria y además de la peor manera posible. Entre una concentración no democrática de poder en manos de los elegidos en las urnas sin contrapeso judicial (el Gobierno) y una concentración no democrática de poder en manos de quienes no son elegidos y sin contrapeso de sanción popular (los jueces), estamos en la peor versión de la infamia. Los libelos sirven para llenar de bajezas el ambiente y para que los jueces corruptos tengan titulares sobre los que basar su acoso a los políticos progresistas. La lawfare es un hecho y los desmayos de indignación cuando se señala hecho tan palmario, en jueces fachas y progresistas, solo evidencian un corporativismo que desaconseja que el CGPJ sean nombrado solo por los jueces. La acción política de las derechas, llenas de hipérboles, indignidades, falsedades y odio irracional se añade a la inmundicia de los libelos subvencionados para hacer el ambiente irrespirable. La acción combinada de falsos periódicos, jueces corruptos de ultraderecha, policías en la sombra y políticos conservadores infames es lo que hace indefensa a esa población que no es boba y que chapotea en la subsistencia. Es normal que acabe prendiendo la basura. No se necesita ser listo. Solo tener poder, dinero para financiar infames y una absoluta falta de moralidad y mínima vergüenza y buen juicio. Hasta Ayuso se atreve a amenazar a Sánchez, con sus 7291 ancianos muertos arañando las paredes, 4000 de ellos curables, mientras ella y su novio se iban de juerga en el Maserati y él sí cometía delitos y su familia sí se lucraba con la pandemia.

Es difícil saber si la posible dimisión de Sánchez es la victoria de la infamia y el odio o si marca el estallido en que ese apoyo tibio que decía Maquiavelo se convierte en un basta ya explosivo, tanto si sigue como si se va. Cada uno debe hacer lo que tiene que hacer. La izquierda es lo que queda de la democracia liberal. Sánchez sabe que es el límite de la civilización, y que a su derecha solo hay zafiedad, pillaje, impunidad, mal gusto, ignorancia y alarido. Sánchez sabe que su caída es una debilidad de la democracia y que la franqueza de su dolor no es incompatible con su manejo táctico. Todos ocultamos o expresamos nuestro enfado, sincero, según convenga. Los demás tenemos que hacer lo correcto. Sí, claro que cuando esta ignominia afectó a otros, Sánchez se movió con la tibieza de Maquiavelo (la que ahora tienen Page y los indómitos de la amnistía). Pero no toca recordar esas facturas ni dar lecciones a Sánchez. Es la democracia y nuestros derechos lo que ataca la bajeza y la infamia de los pijos. Nos toca mostrar que no somos bobos.

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