Galgando van pola vega

Andanzas de Ernesto Díaz por la senda nazarí

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

Pocas personas conocen quienes fueron los gomeles pero casi todo el mundo sabe que cuarenta de ellos iban por la vega cabalgando tras su capitán a las puertas de Granada.

Se lo debemos, claro que sí, a Zorrilla, que se curró uno de los poemas más hermosos de la literatura clásica. Y se documentó bastante bien con la botánica el pucelano. Así, nos habla de la altiva palmera, del encendido granado y de la frondosa higuera, especies introducidas o fomentadas por los árabes en la península. Es cierto que luego la caga con el nópalo amarillo, un cactus traído de Méjico que no podía conocerse a orillas del Genil en esos años en que se desarrolla la escena, antes de la llegada de Colón y su troupe a las Américas, pero un gazapo lo tiene cualquiera, incluso el padre del Tenorio. Además, qué importa, con o sin nópalos la coprotagonista del episodio no se deja camelar por el árabe de la perilla y sus fortalezas, joyas y chales de Cachemira; la mujer hace la cobra al bereber, que se queda gimoteando el desamor, y coge las de Villadiego. Un historión.

Estatua de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, en Granada.

Mucho me gustaría llegar a la ciudad nazarí en una yegua blanca como la que llevaba el prenda al que la leonesa dejó plantado, o ser recibido por el gobernador, igual que fue agasajado Washington Irving, pero me conformo con alojarme cerca de los jardines del Triunfo, un coqueto parque coronado por una estatua de la Inmaculada Concepción y rematado a los pies por un busto gigante de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Porque en Granada casi todo está retocado con algo de los reyes católicos, de Colón, de la santísima madre de Cristo o de la toma de la ciudad. Da igual, Granada es la Alhambra, es el Albayzín, es el Sacromonte y es el Realejo, y todo destila arabismo por mucho que ya Carlos V enclavara un soberbio mamotreto renacentista en el corazón de la fortaleza roja, o por mucho que cada enero se siga rememorando la toma de la ciudad, aquella que cuentan las crónicas que se celebró con esta arenga: “¡Santiago!, ¡Castilla!, ¡Granada!, ¡por los muy poderosos señores don Fernando y doña Isabel, rey y reina de España (sic), que han ganado esta ciudad de Granada y todo su reino por fuerza de armas de los infieles moros con la ayuda de Dios, de la Virgen gloriosa, del apóstol Santiago y del papa Inocencio VIII!”. Qué cosas, cinco siglos y pico y parece sacado de una rueda de prensa de Abascal. Bueno, no, Santi no haría referencia al papa actual, eso no.

Sea como sea, Boabdil puso pies en polvorosa y se largó a la Alpujarra de Almería. Cuenta la leyenda que llorando “como mujer lo que no supo defender como hombre”, leyenda tan falsa como misógina.

Pero ese testimonio árabe granadino quedó y se respira por todas las esquinas: en la fortaleza, en las murallas y en sus barrios altos, en sus baños y aljibes, y ello a pesar de lo que fue una sistemática laminación hasta de los muertos. No hablamos de hechos de hace quinientos años, hablamos de 1988, cuando las tumbas con los restos de los emires y de sus familias, que habían sido llevados en su retirada por el rey Chico a Mondújar, fueron arrambladas en la construcción de la autovía de Motril. También yacían allí los restos de Moraima, la esposa de Boabdil fallecida poco antes de que el último rey de Granada se embarcara con destino a Fez, y los de su padre, Mulay Hasan, al que los cristianos llamaron Mulhacén y que dio nombre a la montaña más alta de la península. Bueno, pues eso, que todos esos restos quedaron sepultados entre zahorra y alquitrán. La obra civil guarda muy poco decoro a la memoria. Si se hubiesen molestado al menos en leer lo que hizo el malvado Almanzor al llegar a Compostela con la tumba del apóstol, quizás hubiesen tenido algún reparo con los restos de todos aquellos muertos. O no, vaya usted a saber.

Andanzas de Ernesto Díaz en por la senda nazarí
Alvar Fáñez, lugarteniente de El Cid.

Siento una apasionada atracción por la historia árabe en la península, pero es justo decir que no todo fue miel sobre hojuelas, llambionada por cierto que tiene toda la pinta de ser otro de sus legados, como tanto de nuestra gastronomía, particularmente aguas abajo del paralelo de Madrid DF. Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda -en los que se perdió el capitán de Fernando III, Álvar Fáñez, durante la contienda contra los árabes-, decía que no toda la presencia árabe en la península fue una balsa de aceite. De todo hubo, como recogen Eduardo Manzano, en su obra ‘Conquistadores, emires y califas’, y Brian A. Catlos en ‘Reinos de fe’, dos fuentes muy solventes para conocer cómo fue un cotarro que duró ochocientos años, exactamente trescientos más de los que llevan transcurridos desde que Isabel y Fernando pagasen un pastizal a Boabdil.

Cuando vengo a Granada siento un poco de rubor -si ese asno de Pelayo se hubiese quedado quietecito, pues no sé, que igual nuestro destino hubiese sido distinto- y cuando entro a algún bar a comerme unas berenjenas con miel de caña y me preguntan de dónde vengo, algo me dice que al responder que vengo de Asturias la amabilidad es forzada: qué bonito, responden, pero como con un rescoldo de ‘podíais haberos quedado allí tirándoos piedras entre vosotros, cabrones’. Pero que no lo sé, que lo mismo es esa mala follá de los granadinos de la que tanto se habla.

Para más joder no vine solo: nuestro más ilustre embajador, Rodrigo Cuevas, se trajo anoche su romería a la ciudad de los Cármenes y salió aclamado. Y lloviendo como si esto fuese Covadonga. Bendita reconquista.

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