Nebot

El fotógrafo, que empezó a trabajar en Grao en los años 50, hizo las fotografías de bodas y comuniones de todos cuantos vivíamos en la zona

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Leo en este periódico hace poco más de un mes que José Manuel Nebot, el fotógrafo de Gijón que en los años 50 había empezado a trabajar en Grao, y que hizo todas las fotografías de bodas y comuniones de cuantos vivíamos en la zona, tiene al fin una calle con su nombre en el barrio de la Florida de Oviedo. Me alegra mucho la noticia, porque Nebot –con quien estuve en el verano del 2011 en su estudio de la calle Milicias– era tan buen fotógrafo como persona y se la merece.

Buena parte de los retratos importantes que teníamos en casa los había hecho él: la foto de cuando mi madre cumplió dieciocho años –que estuvo expuesta en la vitrina de su estudio durante un tiempo–, el reportaje de boda de mis padres, la foto de boda de una de mis tías, una fotografía mía de cuando era bebé y otra más de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas. Las últimas fotos que llevaron su firma fueron las de la Primera Comunión; a partir de entonces no hubo acontecimiento que exigiera una fotografía de estudio y, cuando lo hubo, él ya se había ido a Oviedo, nosotros empezábamos a vincularnos a otras geografías y Nebot había pasado a formar parte del álbum familiar de los recuerdos.

De uno de esos recuerdos, precisamente, escribí el cuento titulado El retratu, incluido en la antología El día que nos llevaron al cine, que publicaría en 2007 la editorial Trabe. La historia, una variante coloreada de la historia original, se relaciona con el disgusto que les había producido a mi padre y a mi madre la foto de Primera Comunión que me había sacado Nebot y en la que aparezco con un gesto en la boca que no llega a sonrisa y que a mis padres no les gusta. Por más que el fotógrafo trata de convencerlos de que la fotografía es buena, no hay nada que pueda con su decepción, y por unos días no se habla de otra cosa entre nosotros.

El 28 de junio del 2011, meses antes de que se publicara en Nueva York la versión en castellano de El día que nos llevaron al cine, leí una entrevista con Nebot en la edición digital de La Nueva España. Tanto era el tiempo que había pasado desde aquella tarde de finales de primavera en la que me habían llevado a Grao a retratarme que no estaba segura de que la persona entrevistada fuera la misma que la que me había servido para escribir la historia. Llamé a mi madre para preguntarle y me aseguró que uno y otro eran el mismo. Me alegré entonces de haberme encontrado, de esa forma tan inesperada, con el personaje real que yo había literaturizado, y me obligué a revisar lo que había escrito para actualizar, en caso de que hiciera falta, la versión final del cuento en castellano.

Por ese afán que me llevaba en tantas ocasiones a acercar hasta un límite confuso las anécdotas que me servían de base para escribir un texto y el texto propiamente dicho, sentí que sí hacía falta. El fotógrafo del cuento era un personaje inspirado en los restos emocionales de una anécdota de la niñez que había utilizado, más que nada, para hablar del uso instintivo de la palabra que hacíamos en mi familia cuando queríamos resolver la incomodidad que ciertas situaciones sin solución nos producían. Por unos días, ya lo dije, no se habló de otra cosa en la casa, y el disgusto profundo de mis padres con aquella fotografía que no les gustaba se fosilizó de tal manera en mi recuerdo que fue el origen principal de la historia. Pero la anécdota en la que se encarna esta emoción no era especialmente poderosa como para fiarle el desarrollo de todo el cuento, así que se me ocurrió, en un gesto de complicidad con los personajes de los demás cuentos del libro, que el personaje de la madre pusiera el punto final a la historia con una especie de reflexión en voz alta acerca de las humillaciones que la gente del campo tiene que vivir siempre sin que nadie la defienda. El fotógrafo del cuento representaba ese mundo que obreros y campesinos de los años 70 contemplábamos con cierta intimidación desde el otro lado, sintiendo encima su mirada reprobatoria y su posición distanciada. Y digo el fotógrafo del cuento, del que yo había suprimido todo dato que pudiera revelar la identidad real que había servido para crearlo, porque el reportaje de La Nueva España me dio a conocer la identidad desconocida de una persona a la que, al acabar de leer la entrevista, empecé a admirar profundamente. Una persona con la que ideológicamente tenía muchos puntos en común, cuya trayectoria social me inspiraba un profundo respeto –además de ser uno de los mejores fotógrafos de su época– y a la que ese mismo verano del 2011, cuando fui a Asturias, quise visitar.

Más de treinta años sin haberlo visto, la imagen que yo tenía de Nebot no podía coincidir ni en las mejores circunstancias con el Nebot que atentamente me recibió aquella tarde de julio en su estudio de la calle Milicias, que se entretuvo charlando con mi madre y que aceptó mi propuesta de ver si tenía entre sus archivos alguna fotografía que pudiera usar en la portada de El día que nos llevaron al cine que estaba a punto de publicarse. En realidad, no pudimos encontrar nada que se ajustara a esa portada que ya yo había diagramado en mi cabeza, pero acepté, agradecida, los negativos de casas, hórreos y calles antiguas de Grao que me regaló y que guardo ahora con enorme celo. Lo de las fotos y la portada quedó pronto en un segundo plano. Lo único relevante de aquella visita había sido encontrarme con el “personaje real” de la historia, y haberlo encontrado a tiempo para dejarlo inmiscuirse nuevamente en ella, corregirla, matizarla y ajustar lo más posible la “verdad” de la ficción a la “verdad” de la vida.

Pero la “anécdota verdadera” tampoco se acababa aquí. Los más de treinta años que habían pasado sin haber visto a Nebot no explicaban, por más que se hubiera ido atenuando, la falta absoluta de coincidencia entre la imagen que yo había conservado del fotógrafo y la que me devolvió, sumándole las tres décadas correspondientes, la persona con la que me encontré aquel verano.

Me pareció raro, pero no le di más vueltas.

Derribo del cine Rada, en Grao.

Al año siguiente, 13 de julio del 2012, tuve una presentación de El día que nos llevaron al cine en la Capilla de los Dolores de Grao. A la entrada de la capilla me encontré con Nando, el hijo de quien había sido durante muchos años el acomodador de los cines Rada, cerrados a finales de los 80, y a quien había incorporando a última hora en la historia que da título a la antología. El acomodador, que regentaba una mueblería desde hacía tiempo, se llamaba Claudio y así mismo aparece en el cuento. Era una persona muy conocida en Grao, carismática, y en mi casa había más de un mueble que habían comprado en su negocio. Pero ese día mismo de la presentación tuve ocasión de seguir ajustando la materia prima del cuento de la foto cuando el hijo de Claudio me habló de Chema, un pariente suyo que había trabajado en Grao en el estudio de Nebot. Fue escuchar el nombre de “Chema” y recuperar el escenario completo de aquella tarde de principios de junio cuando me llevaron a sacar la foto de la Primera Comunión. La imagen de Chema retratándome, convenciendo luego a mis padres de que la fotografía no es mala, de que la sonrisa truncada es irrelevante y su disgusto infundado se aclara con una nitidez sorprendente en mi recuerdo. Y por un segundo, sin que pueda hacer nada por evitarlo, y cuando estoy a punto de entrar en la Capilla de los Dolores a presentar el libro, vuelvo a revisar mentalmente esa historia que, aunque quisiera seguir cambiando, me prometo a mí misma que no voy a hacerlo. A fin de cuentas, la exactitud de este detalle a nadie más que a mí podía importarle, y desde un punto de vista literario, la precisión de este dato también resultaba intranscendente.

Pongo así punto final a todas las historias –la de verdad y la inventada– y decido rescatar lo único que ahora importa: reconocer cómo la fragilidad de la memoria que me llevó a confundir a Chema con Nebot fue una circunstancia, para mí, afortunada, como lo fue la casualidad de haber leído aquella entrevista que le hicieron en La Nueva España en 201O y haber podido pasar una tarde, durante el verano de ese mismo año, con ese hombre para quien lo más importante en la vida era “ser honesto, transparente y decir la verdad; respetar lo que no compartes y exigir que lo tuyo se respete”.

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