El nombre de Quirón, ahora mismo, no suena nada prometedor, por desgracia, pero la culpa no es de ese buen centauro que fue maestro de Aquiles, el más justo de los centauros, como lo llamaba Homero. Quirón le enseñó a Aquiles el arte de la música y también el de la medicina y por eso las manos del héroe de la Ilíada podían hacer daño, pero también curar.
Este centauro bueno fue herido, de manera involuntaria, por Heracles, y no le sirvieron de nada entonces los remedios que conocía, ya que las flechas de este héroe, que habían sido sumergidas en la sangre venenosa de la Hidra de Lerna, producían heridas incurables. Como Quirón, al ser hijo de Crono, era inmortal, la única salida que encontró para acabar con el sufrimiento que le produjo la flecha envenenada fue renunciar a su inmortalidad en favor, según algunas versiones, de Heracles (que de héroe pasó a ser un dios) o de Prometeo (que tendría razones para lamentar ese regalo de la inmortalidad más adelante, cuando Zeus lo encadene a una roca por toda la eternidad).
Quirón, entonces, pese a ser un dios, muere y Aquiles, en la versión ovidiana del mito, asiste a su agonía y, devolviéndole a su maestro el favor de su educación, dice Ovidio, lo coge de las manos, lo besa, llora y se desespera. En vano. Quirón muere y es convertido en una constelación, la del Centauro.
En Gaza los discípulos de Quirón son asesinados cada día, el proyecto sionista no quiere manos que curen. Quiere heridas abiertas, dolor, muerte y, si se trata de niños, mejor. Raúl Incertis es un médico anestesista voluntario en Gaza. Dice haber perdido la cuenta de los niños heridos que ha atendido, dice que está rabioso por “los niños muertos, heridos, niños con la cabeza reventada, todos los días y a todas horas”. Como Israel no deja a los periodistas entrar en la Franja, los médicos están entre quienes mejor pueden informar y por lo mismo son, igual que los periodistas, objetivo prioritario del ejército israelí.
El documental de la directora Poh Si Teng, American Doctor, estrenado el pasado agosto, lo protagonizan tres médicos estadounidenses que trabajaron como voluntarios en los hospitales de Gaza y que dan testimonio de cómo Israel bombardea a sanitarios y a pacientes. Uno de los nombres de los médicos torturados por Israel es muy conocido, el del Dr. Hussam Abu Safiyah, pediatra secuestrado por el ejército sionista desde hace ya casi dos años. Es difícil imaginar su dolor, las heridas que bestias más venenosas que la Hidra de Lerna le habrán provocado. Ya lo hirieron antes de ponerle la mano encima, cuando mataron en un ataque con un dron a su hijo Ibrahim a las mismas puertas del hospital en el que trabajaba. Amnistía Internacional pide sin descanso la liberación de Abu Safiyah y denuncia los continuos ataques de Israel a instalaciones sanitarias. Otra historia insoportable es la de la doctora Alaa al Najjar. Mientras atendía a heridos en el hospital de Nasser, al sur de Gaza, el ejército genocida de Israel asesinó en un bombardeo a su marido, también médico, y a nueve de sus diez hijos.
Todos estos niños y miles como ellos son, hemos de suponer, daños colaterales. La palabra para eso es NAZA, el título de otro documental recién estrenado, firmado por los directores Yuval Abraham y Rachel Szor, judíos israelíes. En ochenta minutos en los que se recogen 24 entrevistas a militares y expertos en inteligencia de Israel, todos ellos relatan, con el rostro velado y la indecencia al descubierto, el genocidio planificado y ejecutado por Israel. Netanyahu quiere quitarles a sus directores la nacionalidad israelí por “antisemitas” y traidores. Pero antisionismo no es antisemitismo, por más que insista Netanyahu, por más que insista Aznar. Si su mujer, la de Aznar, se liaba explicando lo de las peras y las manzanas, no esperemos pensamiento sofisticado de estas cabezas y limitémonos a ignorarlos. Denunciar el genocidio, llamar criminal a Netanyahu y a su ejército no es antisemitismo, por mucho que lo repitan.
Si cada médico asesinado en Gaza, Cisjordania, el Líbano, se hubiera transformado, como Quirón, en una constelación, no habría sitio en el cielo para tantas estrellas. Pero estaría bien, porque los sionistas no podrían impedir que las viéramos, no podrían prohibir que hubiera estrellas en el cielo igual que sí han impedido que los niños vuelen cometas. Sí, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, ha dicho que será implacable, que responderá como si se tratara de drones si las cometas de Gaza entran en territorio israelí. Lo único que los niños palestinos pueden ver en el cielo son bombas y drones y así será hasta que la hidra se ahogue en su propia bilis.



























