“Son chavales jóvenes, no creo que sean tan mala gente, Oviedo tiene una juventud fenomenal”. Alfredo Canteli, alcalde de Oviedo sobre la paliza a Rubén Rosón y Jorge Fernández.
No sé si está esperando a que cese el ruido, la furia se difumine u otra noticia se amontone sobre la paliza del otro día en la “noble y buena” ciudad de Oviedo. Frente a la Catedral, para más INRI, y bajo la palabra AMABILIDÁ, como lema aspirante a Capitalidad Europea de la Cultura 2031. Tampoco sé si él mismo está conforme con el “análisis” de la “anécdota”, o sólo jugaba a un disimulo más propio del siglo XX, cuando no había cámaras en cada teléfono ni un teléfono por cada persona. “La juventud de Oviedo es fenomenal. No los conozco. A Rubén, sí”.
Puedo entender, no sin mezcla de rabia y tristeza, que no le “convenga” -hay que joderse con el término- una condena firme del asunto. Quizá sospecha, por lo que sea, que los valientes en cuestión eran simpatizantes, amigos de votantes, o familiares de amigos de votantes, así como sabe que Rubén y Jorge son sus adversarios políticos.
Alfredo era bancario antes que fraile, y sabe bien que los números no engañan, pero blanquear varias patadas en la cabeza que podían haber matado a dos individuos, además de “rojos de mierda” y “maricones” -que ni eso-, es de una irresponsabilidad absoluta -bajezas morales aparte: Lo que no condena, legitima, don Alfredo. ¿En serio?
Mientras tanto, el país sigue conmocionado con algo que él dice “no haber visto”, agazapado en algún rincón del Ayuntamiento de la noble ciudad. Todas las radios y televisiones nacionales se hacen eco del episodio y dedican horas a visibilizar la paliza, repitiendo en bucle las imágenes durante días, pero el señor alcalde, “esta vez no le puedo atender”, le suelta, amable, al reportero de la Sexta.

“Habría que escuchar a la otra parte”. Por lo visto ahora se vale patear cabezas y puede ser justificado de algún modo, en algún contexto o por algún juez como… ¿legítima defensa?, si es a eso a lo que se está refiriendo, don Alfredo.
De acuerdo, imaginemos que le tomamos la palabra y escuchamos a la otra parte. “¡Juventud fenomenal de Oviedo!”, contadnos la otra parte. Explicadnos qué hay detrás de “rojos de mierda, ¡arriba España, maricones!”. Quizá ese fuese un buen comienzo para algún tipo de entendimiento, que seguro avergonzaría a más de uno.
Ocho contra dos. Patadas en la cabeza a un adversario derribado.
El monstruo no es de ayer, aunque insista en parecerlo. La cobardía es su seña de identidad.
Dos paradojas me vienen a la “cabeza” -que me está doliendo desde hace un rato:
La primera. Las víctimas eran médicos. Pegarle a quien te cura es cosa de una sociedad muy enferma. Es probable que alguno de estos dos médicos acabe atendiendo a uno de sus agresores. O al mismo alcalde. Eso sí que sería toda una “anécdota”.
La segunda. Me sorprendí pensando en la expresión “tener cojones” como sinónimo de valentía. Muy siglo XX también, pero en perfecta vigencia. Luego pensé en el uso del término “maricón” como sinónimo de cobardía. Cualquiera diría que hay que tener cojones para ser maricón en esta ciudad buena. Lo que es la lengua. Es capaz de hacernos decir cosas de lo más lengüateras. Eso sí, siempre con amabilidá.



























