“España es una sociedad más inclinada a la protesta que Portugal”

Pedro Magalhães, es coordinador del estudio “Los portugués y el 25 de abril".

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Redacción Nortes
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Te contamos lo ocurrido centradas en la periferia.

Pedro Magalhães es sociólogo y politólogo, investigador del Instituto de Ciências Sociais de la Universidade de Lisboa, coordinador del estudio “Los portugués y el 25 de abril”, una encuesta de opinión que hace una fotografía de la calidad y los defectos de la democracia portuguesa cuando se cumplen 50 años del golpe que acabó con la dictadura del Estado Novo y abrió las puertas de una nueva era para la vieja nación ibérica.

¿Qué significa el 25 de Abril para la identidad portuguesa y para a democracia portuguesa actual?

El 25 de Abril no significa solo el fin de un régimen autoritario, sino que viene acompañado de un conjunto de significados mucho mayor, y que durante la Revolución estaba representado en aquella conocida expresión de las “las tres des”: democracia, desarrollo y descolonización. Actualmente, la descolonización ya no es tan importante cuando se piensa en el 25 de Abril. Todo lo contrario que desarrollo y democracia, que están muy interconectados. Están tan interconectados que, todavía hoy cuando hacemos encuestas, al preguntar a los portugueses qué significa para ellos democracia, verificamos que el concepto de justicia social ocupa un lugar mucho más preminente que las libertades básicas, los derechos, y las propias elecciones libres. La idea de que la democracia están indisolublemente unidas a una cierta dimensión de justicia social, de reducción de las diferencias sociales, de combate a la pobreza es muy fuerte en Portugal. La dimensión social de la democracia es en fin mucho más pronunciada que en otras democracias europeas.

El golpe de estado del 25 de abril de 1974 dio paso a una revolución en que se enfrentaron dos visiones radicalmente opuestas sobre el orden social, económico y político para Portugal: unos querían una república socialista, otros una democracia occidental. Pero de aquella lucha encarnizada que llevó al país en 1975 al borde de una guerra civil, apenas se habla hoy, parece que se hubiera cancelado de la memoria colectiva sobre la Revolución. ¿Por qué es así?

Creo que es verdad lo que comentas. En nuestras encuestas sobre la Revolución en 2004, 2014 y 2024 siempre tratamos este tema. Preguntamos si piensan que las divisiones que caracterizaron la Revolución tienen hoy importancia. Y la mayor parte de las personas dicen que no. Lo que es natural; porqué pasó mucho tiempo desde la Revolución; porque la mayoría de los que contestan a estas encuestas no vivieron aquellas luchas; y, la razón más importante, porque los partidos políticos no han reactivado los conflictos de entonces. De hecho, creo una de las cosas que hace que los portugueses miren hacia el 25 de Abril de una forma pacífica, poco polarizada, tiene que ver con el hecho de que la Revolución fue muchas cosas a la vez. Fue el fin de la dictadura, luego fue el ascenso de un proyecto de izquierda radical, y luego la derrota de este proyecto de izquierda radical y la victoria de un proyecto más moderado. El hecho de que pasáramos en tan poco tiempo por esas diferentes fases permite que cada uno mire para atrás y pueda “escoger” el aspecto del 25 de Abril con el que más se identifica. Puede seleccionar solo el fin de la dictadura, o puede seleccionar una revolución social entusiasmante, o puede seleccionar la victoria de la democracia liberal y europea moderada… Menos los saudosos, los pocos nostálgicos de la dictadura que aún quedan, todos los demás portugueses pueden proyectar sus intereses y preferencias en la Revolución porque ese periodo fue tan poliédrico, que permite ser reivindicado por unos y por otros: el legado de la revolución social, el triunfo de la democracia liberal, o simplemente el fin de la dictadura. Y como ya he señalado, el hecho de que hasta ahora los partidos hayan evitado usar el pasado como instrumento de lucha política, creo que ayuda a olvidar los combates de la Revolución, a olvidar en este sentido de no hacer de ellos una fuente de conflicto.     

“Portugal no fue en los años ochenta, noventa y dos mil una sociedad con altos nivel de participación política”

El hecho de que la democracia en Portugal se alcanzara mediante una ruptura con la dictadura y tras una revolución que trajo una movilización masiva de la población, marcó el ADN de la democracia. Este es un mantra que se repite en Portugal. El politólogo Robert Fishman sostiene que España es el caso opuesto. Esto es, que al haber sido el régimen de Franco el que dirigió la Transición, la democracia resultante tenía una baja calidad. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo con algunos aspectos de esta tesis y con otros no. No estoy de acuerdo por ejemplo con que la intensa movilización social y la alta politización durante la Revolución hayan dejado un legado en forma de una sociedad portuguesa muy participativa. No quedó ese legado, está claro. Y no es un caso único. En Europa del Este ocurrió lo mismo. Incluso en los países en que hubo una explosión de participación en la caída de los regímenes comunistas, tras esa luna de miel vino una especie de resaca, de distanciamiento de la política. Porque una cosa son estos momentos, estas ventanas de oportunidades que se abren a la participación social, y después está el encuentro con la realidad de cada nación. Y la realidad en Portugal era que, en las décadas que siguieron al 25 de abril, el grueso de la sociedad seguía estando formada por personas con un bajo nivel de instrucción, con bajos recursos económicos y educativos, que como sabemos son una condición fundamental para una sociedad activa y participativa. Por tanto, Portugal no fue en los años ochenta, noventa y dos mil una sociedad con altos nivel de participación política; todo lo contrario. Especialmente en comparación con España, que es una sociedad más movilizada, más activa, más inclinada a la protesta, a la acción política. Ahora bien, sí concuerdo con la tesis de Fishman en lo que se refiere a la muy diferente legitimidad que se le otorga a la protesta y a la movilización social en España y en Portugal. Doy un ejemplo: el último gran momento que tuvimos en Portugal de intensísima participación política de la ciudadanía fue durante la crisis económica. En septiembre de 2012 sucedió algo excepcional, manifestaciones que sumaron un millón de personas en todo el país, un décimo de la población portuguesa en las calles. Y al final de ese día, el ministro de Finanzas, quien era el principal objetivo de esa protesta, sale en la TV y lo primero que dice es: “Quería comenzar saludando a todas las personas que estuvieron hoy en la calle protestando, que lo hicieron legítimamente, lo hicieron pacíficamente, y reconozco los motivos de su ansiedad, de su frustración, de su protesta”. No sé si en España sería fácil que un gobernante afrontase de la misma forma esta situación. De la misma manera, hay otra cosa importante que vemos con mucha frecuencia en las protestas en Portugal, y es la actitud de las fuerzas policiales de los medios de comunicación, de las fuerzas políticas en general, de nunca poner en cuestión el derecho de las protestas. No hay, en fin, miedo a la confrontación, al conflicto social. La legitimación de la protesta, del cuestionamiento del poder, está más aceptado, es más pacifica de lo que ocurre en España.

Profundicemos en esta idea de que la Revolución fue una suerte de crisol de una democracia fuerte y transparente. Echemos un vistazo a las instituciones, por ejemplo al poder judicial. Pienso en el proceso a José Sócrates que lleva diez años en los juzgados. O en Antonio Costa que dimitió por un caso de corrupción que finalmente se ha visto que sencillamente no existía. No parecen ejemplos de un sistema judicial ejemplar.

Tocas uno de los aspectos, tal vez el aspecto, más preocupante del funcionamiento de la democracia portuguesa, que es el sistema judicial. El problema no es tanto que exista por parte de los jueces una verdadera persecución de objetivos políticos, como por ejemplo ocurre en Italia y en España en los últimos años. Lo que veo en el sistema judicial portugués más bien es una gran ineficacia, tanto en los tribunales como en el ministerio público. Ineficacia básicamente porque no hay mecanismos de responsabilización. Los miembros de la judicatura se escudan siempre en su independencia para evitar cualquier valoración crítica sobre su acción. Son organismos extremamente corporativos, que se protegen de cualquier intervención externa, que se movilizan por privilegios, por salarios, y no se movilizan por la mejora de su desempeño, por la mejora de la calidad de sus indagaciones. Y las consecuencias están a la vista. Cuando un fiscal ordena un registro en la residencia del primer ministro y manda a la policía nacional en lugar de a la policía judicial como correspondería, y eso lleva a la anulación del caso, el fiscal debería ser responsabilizado por ello. Pero en Portugal, esto no sucede nunca. Cuando hay fugas de información secreta desde la Justica, que sabemos que son estratégicas y que vienen de organismos públicos, nunca hay investigación ni castigo. Y toda esta cultura y funcionamiento de irresponsabilidad es buena parte responsable de la ineficacia del sistema judicial. Y si no hay cualquier forma de pedir cuentas a un poder del estado, aquí tenemos un problema.

Mural conmemorativo de la revolución portuguesa.

¿Y en cuanto a la transparencia de los partidos políticos?

Diría que pesar de todo, algunas cosas mejoraron con el tiempo. Por ejemplo, los políticos tienen que hacer declaración de bienes, han de exponer sus gastos de campaña, algo que no existía hasta el año 2000. Pero ciertamente hasta ahora todas las decisiones sobre el grado de transparencia de los partidos son tomadas por los propios partidos, y por eso las exigencias siempre son bajas. Un ejemplo. Si yo quiero saber cuáles fueron las contribuciones de campaña que Joe Biden o Donald Trump recibieron y de quién, puedo saberlo ahora mismo a través del ordenador. No hay ninguna posibilidad de saber algo así en el caso portugués, porque sencillamente no hay voluntad de los partidos de que se conozca. La falta de transparencia contribuye a que la imagen que la gente tiene de los partidos políticos sea mucho peor que la realidad. Hace tiempo preguntamos en una de nuestras encuestas: “de cien políticos, ¿cuántos piensa que son corruptos?” La media de las respuestas era noventa. Es obvio que esto no refleja la realidad, refleja una frustración de los ciudadanos, que después contamina la imagen de todo el sistema, y ha contribuido ciertamente al crecimiento de la derecha radical; de hecho, este es el principal factor del ascenso de la derecha radical en Portugal en los últimos años. La transparencia no existe por lo demás en ningún área de la Administración. Tenemos un ejemplo en esta misma casa (el Instituto de Ciências Sociais de la Universidade de Lisboa). Hace unos años, una alumna quiso consultar las actas del consejo de ministros de 1974 a 1976. Para ello se dirigió directamente a la presidencia del consejo de ministros. Y la respuesta llegó a los tres años, diciéndole que no podía tener acceso porque según la ley debía crearse una comisión de desclasificación de documentos, y esa comisión aun no existía. Y ahí no se acaba la cosa. Al saber yo de esta respuesta a la alumna, conté la historia en el twitter, y una hora después me llamó un secretario de estado. ¿Entiendes el problema? Personalización, patrimonialismo, falta de procedimiento. Si eres una personas influyente, todo. Si eres un alumno de doctorado, nada. Es continuamente así.

La impresión que muchas veces se tiene desde fuera es que la elite en Portugal es muy pequeña y ensimismada, lo que sin duda es un problema para la calidad de la democracia. ¿Es realmente así?

Falta un buen estudio sobre las relaciones de parentesco entre políticos, periodistas, jueces, profesores universitarios y líderes económicos en Portugal. Un estudio de este tipo nos iba a descubrir de forma sistemática algo que todos sabemos informalmente: que nuestra elite social está muy enrarecida. Tiene que ver con tres elementos. Uno de ellos es el bajo nivel educativo. Entre los adultos portugueses solo el 20% tiene educación superior. Estamos muy lejos de los niveles de España, por ejemplo. Existe pues una elite educacional comparativamente pequeña. A esto se suma una enorme centralización política en Lisboa. Y a esto se suma además la escala: Portugal es un país pequeño. Vemos así permanentemente hijos, hermanos, primos, repartidos por puestos de responsabilidad. Y la consecuencia de todo ello es que no es fácil cambiar. Las personas están presas en conflictos de intereses permanentes. Y esto en Portugal es justificado de una manera muy peculiar: “No, estas personas son honestas; por el hecho de ser su hermano, no quiere decir que no lo pueda evaluar en un concurso; por el hecho de ser rector de una universidad no quiere decir que no pueda estar en el consejo de administración de un banco; son personas honestas”. Lo que muestra que hay una total incomprensión del concepto de conflicto de intereses. Es uno de los rasgos más característicos de nuestra cultura; especialmente entre las elites no hay siquiera una conciencia del conflicto de intereses. El paso de la política a la economía es constate y fluido. Puertas giratorias permanentes. En este aspecto, el comportamiento de las elites no cambio mucho respecto a la época de la dictadura.

El informe que coordinaste muestra que entre los portugueses hay una amplia satisfacción con la democracia nacida del 25 de abril. Pero al mismo tiempo hay una parte muy significativa de la población que estaría dispuesta a tener un líder fuerte que no dependa del Parlamento. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción?

En Portugal hay un 20% de saudosos, de personas que simpatizan con el Estado Novo de Salazar o que idealizan aquel orden dictatorial que, por edad, la mayoría no conoció. Por otro lado, las encuestas muestra ya desde hace años cierta propensión entre los portugueses a no rechaza formas de gobierno que pudieran parecer incompatibles con la democracia. Un líder fuerte que no necesite de un Parlamento por ejemplo. O mucha más gente incluso apoya la idea de que las decisiones sean tomadas por especialistas, por técnicos, y no por políticos. Una explicación plausible es que muchas de estas personas no desean realmente el fin de la democracia y la vuelta de una dictadura, sino que lo que están expresando es una insatisfacción profunda con la clase política. Si fueran confrontados con la idea de que al día siguiente habría que acabar con la libertad de expresión porque hay ideas que no o son convenientes, o prohibir manifestaciones, o censurar, muchas de estas personas no aceptarían este corte de libertades. No deja de ser verdad, con todo, que estas personas son vulnerables a discursos, a mensajes políticos que pueden enflaquecer la democracia. No acabar con la democracia, pero sí enflaquecerla en nombre de la eficacia, en nombre de la resolución de problemas. Eso ya es por sí mismo suficientemente perturbador. Porque no estamos ante una mera hipótesis, sino a una realidad que está avanzando en el mundo. Esto es lo que ya pasó en Polonia y lo que está pasando en Hungría. Y lo que me preocupa en Portugal es que el volumen de personas que están dispuestas a apoyar democracias de baja calidad en pro de la seguridad o del bienestar es relativamente muy alto respecto a otros países. Y aquí irónicamente volvemos al principio de nuestra conversación: aquella idea de que para los portuguese democracia y desarrollo se entienden como indisolubles. Cuando uno de los dos elementos fallan, el otro se ve afectado. Digamos, si yo no tengo desarrollo, igualdad, justicia social, combate a la pobreza ¿estaré disponible en nombre de eso, en sacrificar algunas libertades? Y aquí llegamos al ascenso de Chega en los últimos años. Creo que el voto al Chega, un partido que en las ultimas elecciones obtuvo el 18%, tiene que ser necesariamente heterogéneo. Nada nos permite decir que su electorado esté únicamente compuesto de personas intolerantes, autoritarias, anti-inmigración, racistas. Hay una parte muy importante de ese electorado que lo apoyan porque están profundamente insatisfecho con el sistema político. Insatisfechos con la clase política, con aquello que Portugal no consiguió en todas estas décadas, la promesa de justicia social y de desarrollo. Y que encontraron un líder que fue capaz de movilizar estas preocupaciones y estos intereses. Obviamente, el electorado más profundamente conservador e intolerante se concentra en Chega. Pero Chega es mucho más que eso, desde el punto de vista electoral. Es el partido de la insatisfacción.

¿Te atreves a hacer un pronóstico sobre el futuro de la democracia portuguesa?

Para alguien como yo, que nació en 1970, que soy politólogo hace veinte años, para quien observa lo que pasó en la democracia americana, lo que está pasando en el Reino Unido, lo que pasó en Polonia, lo que pasó en Hungría,… decir que tengo la certeza de que de aquí en cincuenta años Portugal será una democracia, sería de una ingenuidad brutal. No quiero con esto decir, en general soy optimista, que vea hoy en Portugal señales claras de una involución autoritaria o iliberal. Pero sí veo la velocidad con la que estos deslizamientos autoritarios ocurrieron en muchos otros contextos, y por tanto no creo que seamos invulnerables en nada. Recuerdo que hace cinco o seis años había proyectos de investigación dedicados al tema “por qué no hay populismo en Portugal”, y artículos que explicaban la “excepcionalidad” portuguesa (y española) sobre la derecha radical. Creo que ya no podemos seguir siendo ingenuos.

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