El Séptimo Círculo

Occidente se llena la boca con apelaciones a la libertad y la democracia mientras consiente crímenes contra la Humanidad

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El historiador y filólogo clásico italiano Luciano Canfora, histórico militante comunista de 81 años, a quien debemos libros imprescindibles sobre la Atenas clásica, será juzgado en octubre, acusado de difamación por haber dicho hace un par de años, en una conferencia, que Giorgia Meloni era “neonazi de corazón”. Con esta noticia todavía fresca, nos enfrentamos el lunes pasado al espectáculo de una marcha fascista, permitida por el gobierno de la ofendida Giorgia Meloni y escoltada por la policía, recorriendo las calles de Milán. Las imágenes, con un saludo final brazos en alto, son impresionantes, y no por su belleza precisamente. Pero a juicio irá el profesor Canfora, no los responsables de este inquietante espectáculo.

Al tiempo, vemos a la policía reprimir brutalmente las protestas estudiantiles contra el genocidio en Gaza, tanto en EEUU como en diferentes países europeos. Las fotos de las cargas policiales, de los alumnos y profesores apaleados y detenidos, son más propias de una distopía que de un campus universitario: “criminalizar la oposición civil a un genocidio es algo inaudito”, escribía estos días Rafael Poch de Feliu. Lo raro no es que haya protestas, lo raro es que no sea eso lo único que haya en un lugar como una facultad. ¿Qué estudiante, qué profesor puede sentirse no conmocionado, sea de Humanidades, de Derecho, de Medicina, de Psicología…?

Una distopía es un lugar en el que todo es tan malo como es posible que sea. ¿Puede haber algo más distópico que golpear y detener a quien protesta contra un crimen? Cualquier recuento que hiciera ahora de la brutalidad del ejército israelí quedaría desactualizado en horas: niños asesinados, médicos realizando operaciones sin anestesia, personal humanitario torturado, periodistas ejecutados…, colonos zarandeando camiones con ayuda e impidiendo el paso de alimentos y medicinas, soldados de Israel haciéndose selfies con prisioneros, fosas comunes, ciudades enteras arrasadas… Pero lo que provoca una reacción inmediata de nuestras civilizadas autoridades no es esto, sino la protesta pacífica contra una barbarie que constituye la distopía más absoluta.

Entre los libros de Luciano Canfora destacan los que dedicó a Tucídides, el historiador de las Guerras del Peloponeso, que incluyó en su obra un pasaje conocido como Diálogo de los melios, citado siempre para ejemplificar qué es eso de la Realpolitik: durante la Guerra del Peloponeso, que enfrentó en el siglo V a.C. a Atenas y sus aliados con Esparta y los suyos, los atenienses enviaron una flota a la isla de Melos con el objetivo de tomarla por la fuerza. Tucídides recrea un diálogo entre representantes de uno y otro bando. Mientras los melios hablan de justicia y de derecho, los atenienses, con frialdad y sentido práctico, se limitan a decir que el derecho se aplica en situaciones de igualdad; en caso contrario, el más fuerte exige lo que le parece y el más débil accede. Los melios se niegan a rendirse y, tras un asedio de meses, los atenienses toman la isla, ejecutan a todos los varones adultos y venden como esclavos a mujeres y niños.

En la situación actual, Israel podría decir que hace lo que hace porque es más fuerte y porque puede. Y podría añadir que porque se sabe impune y porque el mundo civilizado se lo permite. Pero no, va más allá que los atenienses del siglo V a.C.: lleva a cabo el asedio, a cámara lenta y antes nuestros ojos, asesina a hombres, mujeres y niños, bombardea los campos de refugiados de Rafah (último lugar al sur de la Franja), anuncia sus planes para seguir ocupando ilegalmente Gaza y, al mismo tiempo, con un cinismo que hiela la sangre, niega el genocidio y se victimiza. Pero como estamos en una distopía hay que callar, no sea que te acusen de antisemitismo.

El prefijo griego dys-, que tiene un sentido negativo y que encontramos en otras palabras castellanas como “discordia”, o “disgusto”, es el que aparece en “distopía” y le viene muy bien a este lugar nuestro, este occidente que se llena la boca con apelaciones a la libertad y la democracia mientras consiente crímenes contra la Humanidad. Dan ganas de creer en el Infierno y de imaginar en el Séptimo Círculo, y por toda la eternidad, a los responsables del genocidio del pueblo palestino y a los que colaboran con ellos.

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