“Fuimos vedettes rodeados de kalashnikovs”

El reportero Alberto Arce ganó casi todos los premios, trabajó en los mejores periódicos, conoció el horror, viajó por Oriente Medio y América Central y ha acabado encontrando su hogar en Cabranes

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Me habían dicho que entrevistar a Alberto Arce (Gijón, 1976) era como ir a buscar al coronel Kurtz a Cabranes: un hombre que ha visto al horror y ahora lo interroga, lo digiere, lo maldice en la plaza del pueblo, apartado del mundo. Él replica al símil con un verso de Vázquez Montalbán: el coronel Kurtz está “abandonado a las puertas de las peores galaxias”.

Arce ganó casi todos los premios de cine documental-por “To Shoot An Elephant” o “Nablus, la ciudad fantasma”-y de periodismo-se le escapó el Pullitzer por poco. Trabajó en la élite del oficio periodístico, como reportero de AP o del New York Times en América Central, pero antes se fogueó como freelance en Irak, Libia, Afganistán o Gaza. Ganó casi todo, trabajó en los mejores medios, estuvo en casi todas partes, y de pronto dejó de estar. Durante quince años, Arce escribió sobre el hambre en Guatemala y sobre la ocupación de Cisjordania; sobre las bandas criminales en Haití y la policía de Honduras; sobre los talibanes de Afganistán y los narcos de México. Pero asomarse a los abismos del espíritu, frecuentar las peores calles del planeta-ahí están sus libros “Misrata calling”, sobre la guerra en Libia, o “Novato en nota roja”, sobre su corresponsalía en Honduras-no sale gratis. El cuerpo tolera una cierta dosis de espanto antes del colapso, que acabó llegando.

Tras volver a España junto a su mujer y sus hijos, desencantado del decrépito y precario periodismo español, precedido por su fama de trabajador indomable e hipercrítico (“Alberto, tú no trabajas por bocachancla”, le dijeron alguna vez), renunció al oficio en el que fue casi el mejor, cayó en depresión, tuvo pesadillas, conoció psiquiatras. Algo así había intuido Manuel Jabois en el prólogo que le escribió en 2014: “Arce lleva varios años paseándose por el horror y disfrazándose del horror mismo, mimetizándose con la chusma que denuncia para que le reconozca como propio y abrirle sus cajones. Ese trabajo de escritura hermética ha repercutido en su vida desordenada, nómada, insana, y tengo la sensación que de algunos reportajes no ha terminado de salir: se ha quedado a vivir dentro de ellos como una de sus fuentes”.

Para terminar de salir de esos reportajes lleva varios años peleando en Cabranes donde, pese a todo, a ratos se rinde a la evidencia de que el mundo es hermoso cuando sonríe y saluda a los críos que salen del colegio rural. Parece otro el mundo en el que niños de 14 años asesinan policías, o en el que policías torturan adolescentes; o en el que adolescentes mueren en las trincheras.

Todo un año sin apenas salir de la cama, acosado por los fantasmas de todos los monstruos a los que entrevistó y con los que compartió cama y comida, con la retina secuestrada por escenas de miseria y matanzas. Aún se recupera del trauma sin perder la curiosidad, el hambre intelectual y la lucidez. Ha empezado a estudiar filosofía e investiga la relación entre desinformación y autoritarismo. Su pronóstico sobre el futuro de la democracia, del periodismo, de la “plaza pública habermasiana” que tanto cita es poco alentador. Aún así, el coronel Kurtz tiene ganas de volver al combate.

Primero de todo, ¿cómo estás, cómo te encuentras? Mucha gente te habrá perdido la pista hace tiempo, se preguntará qué habrá sido de Alberto Arce.

Tampoco soy nadie para que la gente tenga que saber de mí. Borré mis redes sociales hace mucho tiempo. La respuesta es por qué alguien tiene que saber de Alberto Arce. ¿Quién es Alberto Arce? Yo no soy ni he sido nunca una figura pública, entonces nadie tiene porqué saber de mí. La única dimensión pública que tenía era escribir artículos que iban firmados con mi nombre. Fuera de eso, mi vida es como la de todos los seres humanos: privada. Yo siempre he sufrido mucho, y utilizo conscientemente la palabra sufrir, esa especie de cualidad de protagonista, de vedette, de personaje, que se crea en torno a los periodistas y a los reporteros que viajan a lugares que se consideran anómalos o en las que se viven situaciones de extrema violencia o de extrema injusticia. Siempre lo he llevado muy mal. Cuando era más joven, la inexperiencia y la falta de madurez me hicieron, en algún momento, caer en el error de alimentar ese vedettismo y ese narcisismo de “yo soy alguien y yo estoy aquí y me tienes que hacer caso por ser yo”. Pero a medida que fui aprendiendo traté de que eso desapareciese. Entonces niego tu premisa de qué fue de Alberto Arce: pues lo mismo que todos los demás, Alberto Arce tiene una vida cosida a medida que se ha ido dando.

¿No consideras, entonces, que has desaparecido?

Es que yo no considero que mi figura sea más pública que la de cualquier otra persona, más allá que los artículos que firmé con mi nombre, sobre los que sí tengo cosas que decir. Pero fuera de eso, eso de qué fue de Alberto Arce es una premisa que niego, y que creo que deberíamos negar todos. Lo único por lo que nosotros tenemos algo que decir es por el reporteo que hemos hecho en terreno, es decir, por lo que yo he visto y tú no has visto. A mí se me pagó para ir a un sitio donde estaba pasando algo, verlo y contar lo que yo había visto o había podido llegar a aprehender de esa situación. Fuera de eso, todo el ecosistema que hay alrededor es un ecosistema que perjudica al periodismo como actividad, a las personas que lo viven y a las personas que lo leen, porque se transmite una imagen falsa del periodista

Pero sí que has tenido un cambio radical en tu vida: de vivir en Estados Unidos o en América Central, trabajar en AP y otros grandes medios internacionales, a dejar el periodismo y venirte a un pueblo en Asturias

Bueno, primero hubo una transición de dos años y medio, porque yo vivía en Ciudad de México, que es una de las urbes más caóticas del planeta, y yo ya sabía que, desde el punto de vista humano, ése no era el lugar donde queríamos vivir. Tuvimos la suerte de ir a una pequeña ciudad de EE.UU, en Michigan, que era muchísimo más tranquila, y luego tuvimos la suerte de irnos a Alaska, donde vivimos en una comunidad más pequeña todavía. Como familia ya sabíamos que estábamos buscando una vida en la que se pudiese ir caminando a los sitios, en la que los niños pudiesen crecer con más estabilidad emocional y tranquilidad. Y más allá de eso, yo regresé a España después de muchos años sin trabajo, entonces obviamente tuve que buscar cuál era el lugar en el que sin trabajo podía vivir al menor coste posible, y no eran las ciudades. Nunca se me planteó que podía vivir en Madrid o en Barcelona si no tenía trabajo.

¿Puede ser pacifista una persona que ha visto y ha vivido lo que tú has visto y vivido?

Yo no soy un teórico, entonces no tengo una formulación intelectual sobre las cosas. Lo que tengo son experiencias vitales. La violencia en todas sus manifestaciones, tanto la violencia armada-bombardeos, guerras de trincheras, tiros en la nuca, artillería-y nunca olvidemos la violencia de la pobreza, de la falta de oportunidades que sufre sobre el 80% de los centroamericanos. La violencia existe, la violencia es pluridimensional y va desde la violencia armada hasta la violencia estructural y económica, la violencia de la desigualdad, que creo que es la misma que la violencia armada, porque anula la vida de los seres humanos. Hay una violencia que termina con la vida de los seres humanos y hay otra violencia que anula la vida de los seres humanos, y ves personas que están muertas en vida: desde niños y niñas con desnutrición aguda hasta adolescentes que no tienen ningún tipo de perspectiva de futuro y se meten en actividades que solo le van a llevar a la muerte, como las pandillas o todo lo que rodea al narcotráfico. Esa violencia es la expresión más execrable y miserable del ser humano, y esa violencia es rechazable y hay que combatir contra ella, pero contra las dos violencias. Ahora, ¿el pacifismo? Si a ti alguien te está apuntando con un arma, levantar las manos blancas no sirve de nada.

¿Acercarse al sufrimiento de los otros nos hace mejores personas?

No, al contrario, probablemente te convierta en peor persona. A mí me ha convertido, de algún modo, en peor persona. Lo que pasa es que tú te sometes voluntariamente, y recalco que a mí nadie me ha obligado nunca a nada, y vas a un lugar donde toda tu concepción ética del mundo se rompe. Ves morir y sufrir a personas en situaciones injustas que no deberían suceder. Eso hace que tu umbral ético se rompa, y ese rechazo provoca un enfado con la vida. Yo no soy de piedra. Cuando te sometes a ese tipo de situaciones tu umbral de aceptación ético cambia. Se rompe. El cerebro es elástico. Entonces, impactado por ese tipo de situaciones, el regreso a la vida normal, diaria, es muy doloroso y muchas veces se traduce en un no saber estar. Yo lo he pasado peor volviendo que  estando allí. Yo podía estar en una cobertura en Honduras, en la Mosquitia, viendo situaciones extremadamente injustas, y volvía a mi casa, dormía, me duchaba y me veía el domingo comiendo en una terraza de un restaurante majísimo en el mejor barrio de la Ciudad de México. A mí me cuesta adaptarme de nuevo a ese lugar, y empiezo tener comportamientos que no son adecuados, y empiezas a tener reacciones fuera de lugar y que no corresponden. Se dificulta tu regreso a la vida normal, y cuando digo normal me refiero a una cualidad estadística, no ética. Yo no puedo estar a las ocho de la mañana viendo cómo desentierran una fosa común con cadáveres descuartizados la noche anterior, tomar fotografías, y a las ocho horas ser capaz de ir a una fiesta del colegio de mis hijos y no tener eso en la cabeza, y no ser capaz de no hablar de eso y que entonces no me inserte con las personas que tengo delante y ser una persona que tiene un comportamiento extraño. Y a las personas que tienen un comportamiento extraño la sociedad las excluye, y tú mismo te autoexcluyes. Yo he sufrido mucho por eso y sigo sufriendo mucho. Te voy a poner un ejemplo: la última noche de Halloween vinimos de fiesta aquí al pueblo, cuando llevaban bombardeando Gaza dos semanas, y yo me puse un chaleco que guardo de los conductores de ambulancia palestinos con los que estuve en Gaza, en una situación similar a la que estamos viendo. Claro, ese nivel de humor negro o de denuncia no es aceptable por los demás. Recuerdo llegar al bar y que me pregunten de qué voy y decir: de conductor de ambulancias palestinas; tú vas de Frankenstein, yo voy de muerto en vida. Y te miran con una cara de “tú estás loco”. Tú mismo te autoexcluyes y sufres, porque sientes que estás viviendo en una dimensión diferente, y te aíslas. Te aíslas y te sientes cada vez más solo y al final solo puedes hablar de algunas cosas y solo con las personas que te pueden entender, que son pocas. Así entras en un círculo vicioso de consumo de alcohol y sustancias, y una pendiente descendiente hacia la depresión.

Alberto Arce FOTO: María Arce

¿Es posible para el periodista no implicarse emocionalmente en las historias que cuenta?

Yo juraría que cualquier persona que diga que no te puedes implicar en una historia es porque nunca ha estado delante de una historia. No lo sé, porque yo nunca he cubierto un estreno teatral, y ruedas de prensa de políticos, mínimamente. Pero si eres una persona capaz de pasarte tres días en una champa de Alta Verapaz, en Guatemala, rodeado de niños en desnutrición aguda, y me dices que no te puedes implicar en esa historia, es que no eres humano y que no vales para este trabajo. Yo rechazo la humanidad de quien no se implique. ¿Cómo no te vas a implicar cuando hay alguien muriendo o sufriendo delante de ti? Claro que te implicas, y si no te implicas no eres persona.

El canon oficial dice que el periodista tiene que quedarse al margen de lo que cuenta, ser un notario impasible que levanta acta de lo que está viendo

Yo ese canon nunca lo he visto. Está escrito en los libros, pero como tampoco estudié periodismo, no me siento interpelado por él. Yo he trabajado para Associated Press, que es probablemente la agencia que es el paradigma mundial del periodismo más objetivo y neutral, pero eso no significa…El hecho de que tenga que ir a un sitio donde la policía ha matado a una persona, y yo hable con la madre del pandillero muerto, y hable con los policías y con los vecinos y con los taxistas y que así trate de construir un relato que se acerque a la búsqueda de la verdad a través de la búsqueda de verdades intersubjetivas, cuáles son los hechos en los que todos estamos de acuerdo, ese periodismo que busca acercarse a la verdad, entendiendo verdad como relación con la realidad y como conocimiento intersubjetivo de los hechos, en ningún momento entra en conflicto con la valoración ética de un ser humano que dice: “la policía no puede asesinar a un adolescente sin juicio previo solo porque lleve un tatuaje”. Yo siempre sé dónde está el bien y dónde está el mal, y obviamente hay una gradación y un montón de condiciones contextuales que intervienen en cada historia, pero por supuesto que siempre detrás de eso hay un juicio que el reportero hace como ser humano. Entonces la gente dice “el periodismo tiene que ser objetivo y neutro”. Y yo digo: no, tiene que ser una aproximación a los hechos que se parezca a la realidad y que esté más o menos consensuada intersubjetivamente por los que estuvieron presentes o están relacionados con los hechos. Y sin olvidarse de que existe el bien y el mal: claro que existen el bien y el mal.

“Hemos perdido el norte ético: el que más grita es el que se impone”

Escribías en “Misrata calling” que, en tu experiencia como reportero había aprendido que “la política de los Estados gira en torno al interés nacional, no a la ética ni a los derechos humanos. Entiendo a Francia o a Rusia en Libia, pero entenderlo no significa que no me dé asco”

Cuando te refieres a las relaciones internacionales, e insisto en que yo soy un reportero, no un profesor, sé que el enfoque dominante en las relaciones entre estados es el realismo político, que dice que no tengo aliados eternos ni enemigos permanentes. Y que todas las controversias son una resolución de estructuras jerárquicas de poder. Entonces yo puedo decir que comprendo el marco del realismo político: que la OTAN bombardeara Libia, o que los rebeldes se levantaran contra Gadafi. Yo lo comprendo todo porque sé que las relaciones internacionales se guían por la geoestrategia y el interés nacional…todo lo que estudiamos en la universidad. Pero cuando yo llego a una trinchera en Libia me olvido de la geoestrategia y lo que tengo delante es a un tío de 17 años, o muchos tíos de 17 años, con armas, y lo que hago es hablar con esos tipos y preguntarles: ¿por qué estás tú aquí? Y mi crónica es la respuesta que me dan esos hombres armados de porqué están aquí. Ese es mi trabajo como reportero: contarte a ti qué es lo que dicen los tipos armados de porqué están aquí. Yo obviamente saco mis propias conclusiones, pero yo no trato de convencer de nada, porque esa no es mi labor. A mí me hacía muchísima gracia, cuando estaba en Libia, que alguien desde Madrid me dijese qué era un rebelde libio. Yo llevaba un mes durmiendo con un grupo de treinta rebeldes libios. Tú puedes pensar lo que quieras sobre los rebeldes libios, pero no me digas lo que es un rebelde libio, porque yo los conozco y tú no. Esa es la diferencia entre un reportero y un analista. Entonces, obviamente, en un reportero aparecen contradicciones ideológicas. El papel lo aguanta todo, pero la trinchera no.

En tu trabajo como periodista has conocido dos tipos de violencia: la propiamente bélica, mismamente en Libia o en Afganistán; y esa violencia más difusa de Haití, México, Honduras…¿con cuál de ellas te resultó más doloroso convivir?

Yo fui tremendamente ingenuo cuando fui a América Central, porque no conocía, no sabía nada. Yo llevaba unos años yendo por Oriente Medio-Irak, Afganistán, la guerra de Libia-cuando mi hija era un bebé. Al volver de Libia tuvimos una charla en la que decidimos que yo no podía seguir haciendo ese trabajo porque era demasiado peligroso. Recuerdo la última conversación con dos personas con las que había estado en Libia, que se iban para Siria…

¿Ricardo Vilanova y Javier Espinosa?

Eso es. Tuvimos una conversación, y me dijeron que tenían todo organizado para entrar y para salir. Y yo decidí que no iba, porque había vivido algunas situaciones en Libia que eran complicadas…¡Habían secuestrado a Manu [Brabo]! Y no sólo habían secuestrado a Manu: habían matado a  uno de los que estaban con Manu. Y yo era muy consciente de todo eso, porque sucedía mientras yo estaba allí, y porque Manu para mí era una persona muy importante. Mientras yo estaba con los rebeldes libios, él estaba secuestrado por el gobierno de Gadafi. Entonces decidimos ir a América Central. Yo no sabía nada de América Central, que me mostró una violencia totalmente diferente a la que había conocido en Palestina, en Irak, en Afganistán, en Libia o en Líbano. Y yo diría que, como ser humano, me ha afectado muchísimo más lo que viví en América Central que lo que viví en Oriente Medio. Muchísimo más. Un día, Ricardo García Vilanova y yo, en Kabul, estábamos hartos de estar encerrados, y decidimos salir a dar un paseo por Kabul. Éramos dos hombres blancos, cargados con cámaras, solos, caminando por Kabul, asumiendo un riesgo estúpido de ser secuestrados, porque sabes que si caminas solo por Kabul puedes ser secuestrado, porque Afganistán es un país en guierra, y todo el mundo está en guerra, todo tu entorno: hay militares, vehículos, armas por todas partes. Tú asumes que estás en una guerra. Pero yo llego a Tegucigalpa y estoy con mi mujer y con mi hija y queremos salir de casa a la plaza que está a 100 metros a tomar un café. Y ahí es cuando yo gradualmente me doy cuenta de que en esa plaza a 100 metros de mi casa, que en ese café, corremos riesgo, pero es un riesgo que tú no valoras como riesgo, porque Honduras teóricamente no es un país en guerra, y nadie más lo valora como riesgo. Pero el tiempo que yo fui corresponsal en Honduras, en dos años y medio, entre 2012 y 2015 más o menos, mataron a 24 periodistas. El índice de homicidios de Tegucigalpa era mayor que el de Bagdad.

Alberto Arce FOTO: María Arce

Era el mayor del mundo, de hecho

Era el mayor del mundo, sí. Mi primera noche patrullando con la policía hondureña y con Esteban Félix, el fotógrafo de AP que trabajaba conmigo, entre las 10 de la noche y las 3 de la mañana vimos 25 muertos. Y claro, tú piensa que después de ver 25 muertos de tiro en la nuca, o descuartizados o ahorcados, lo que fuera, llegaba a casa a las 4 de la mañana,a las 8 me despertaba, desayunaba con mi mujer y mi hija, y luego ellas se iban al colegio. La vivencia de la violencia no es la misma. Hubo un momento en Tegucigalpa en el que yo iba en taxi atravesando la ciudad y decía “en esa esquina vimos un muerto, en esa esquina otro, en ese puente había dos colgados”. Para mí Tegucigalpa era la geografía de los cadáveres que yo había visto. Y ese era el mismo sitio por el que yo pasaba luego para dejar a mi hija en el colegio o para ir a comer. Y eso pasa un sábado a las 3 de la tarde, cuando no eres periodista, eres una persona que está comiendo con un amigo o con tu mujer. Entonces esa vivencia es mucho peor que la violencia de Oriente Medio. Nadie piensa que porque estés en Honduras estás en guerra, entonces el mundo no te entiende. Tú estás viviendo una experiencia que no le puedes transmitir a nadie, porque ya tenemos bastante con lo nuestro como para intentar ponernos en la piel de los demás, que es un ejercicio que nos cuesta a todos hacer. Yo escribí un texto en el libro de Honduras, en el que cuento aquella noche, cuando mi familia ya se había ido, que estaba con amigos en casa, a las 10 de la noche, y oímos tiros fuera. Salimos y habían matado a un taxista a tiros en mi calle. Y el taxista, ya muerto, había chocado contra un muro y estaba allí el cadáver espatarrado. Y eso había llegado a veinte metros de mi puerta. Recuerdo que esa noche volvimos a casa y yo escribí el prólogo del libro, y dije “hasta aquí hemos llegado”. Yo ya no puedo hacer más en este país, porque cuando la muerte te llega a la puerta de casa…Y no va contra ti, no tiene que ver con tu trabajo como periodista, pero es un sitio en el que pueden matar a 20 personas cada noche. Yo conozco personas que han vivido eso perfectamente, que vivieron en Tegucigalpa en la misma urbanización que yo, y no tienen el mismo recuerdo que yo. Pero, claro, ellos no salían  a patrullar todas las noches con la policía. Ellos no veían todo lo que veía yo. Yo tenía vecinas vascas que trabajaban en la ONU, salían por la mañana, iban a la oficina y volvían. Yo les decía, “veniros una noche conmigo”. Porque teníamos una imagen del país totalmente diferente. Entonces yo no podía tener una relación normal ni con mis vecinas españolas en Honduras, porque veíamos un país diferente. Yo tengo amigos periodistas que han visto muchísima más violencia que yo que creo que no lo llevan tan mal como yo lo he podido llevar. Mira, una de las frases que más me han ayudado a superar la depresión es una que leí en un libro de Remedios Zafra que se llama “Frágiles”. El libro tiene un personaje que es el que más sufre, o el que está peor. Y, claro, siempre hay alguien que esté peor que tú, entonces tú te tienes que callar. Pero todo lo que te callas te lo comes, y todo lo que te comes se pudre dentro de ti. Todos los seres humanos tenemos un umbral diferente, y yo tengo compañeros periodistas que han vivido muchas más cosas que yo y que nunca me han manifestado que hayan vivido una experiencia tan negativa como la que he vivido yo. Todos somos diferentes. En cambio tengo otros amigos, con los que  he vivido experiencias similares, cuyo umbral está más roto que el mío. Lo que pasa que esto es algo de lo que cuesta mucho hablar, y yo para poder hablar de esto he tenido que estar pensándolo dos años.

Y te agradezco mucho que hayas querido hablar conmigo

Yo cuando volví de Haití en el 2021 fue cuando le dije a mi mujer: hasta aquí hemos llegado. Vivimos una serie de situaciones en Haití de las que podríamos perfectamente no haber salido. En Haití la única manera de transportarse es en moto, y éramos los dos únicos blancos que atravesaban Puerto Príncipe. Y pasaban dos cosas: lo primero es que no nos podíamos detener en ningún momento, porque cada vez que te detenían se te acercaban y te hacían este gesto de “te voy a cortar el cuello”. Y es Haití: lo hacen. La otra sensación era morir en un accidente de tráfico, porque íbamos sin casco, y los conductores, para evitar esas situaciones de peligro, aceleraban, iban a toda hostia, tomaban las curvas derrapando…Nunca en mi vida he estado tan cerca de morir, pero no porque me fueran a pegar un tiro, sino porque hubiéramos derrapado en una moto y me hubiera muerto. Me pasé 35 días cruzando Puerto Príncipe en moto a toda velocidad esquivando atascos y sin casco.

“No soy capaz de pasar página ante el dolor”

¿Qué le dirías a una persona que quiera dedicarse al tipo de reporterismo al que tú te has dedicado?

Lo primero es que tienen que cuidar su salud mental desde el primer minuto. A nosotros nadie nos habló de esto, de las consecuencias que tenía este trabajo. Luego que tienen que leer, leer mucho, y querer cambiar el mundo, aunque solo sea un poco. Aunque uno puede ser muy buen reportero siendo un hijo de puta. Lo que pasa es que, en mi caso, creo que hay que cambiar el mundo, y uno de los lugares posibles para ello es el periodismo.

¿Y cómo empezaste tú a ser periodista? Porque no estudiaste periodismo, y antes de dedicarte a ello tuviste otros empleos

Yo no lo tenía planeado, fue una suma de casualidades. Estudié Políticas y me fui a Suecia a aprender sueco. En Suecia conocí a un becario del ICEX (Instituto de Comercio Exterior) y me presenté a las becas. Saqué una plaza muy bonita, de analista macroeconómico en la embajada de España en Buenos Aires, justo en el momento del corralito. Ahí fue cuando empecé a acercarme, porque yo salía de mi casa para ir a trabajar a la embajada y había un piquete permanente a la puerta. En Argentina en ese momento estaban pasando cosas, entonces  empecé a escribir artículos para la Fundación CIDOB. Eso de algún modo me llevó a interesarme cada vez más por contar cosas que pasaban delante de mí. Yo jamás había pensado en ser periodista. Luego regresé a Barcelona en 2004 y, así de simple, me enteré de que existía el International Solidarity Movement, que era una organización de israelíes, internacionales y palestinos que desarrollaban acción directa no violenta contra las obras de construcción del muro, que estaba construyéndose entonces. Simplemente, cogí mis ahorros y me fui de voluntario. El día antes, un compañero de piso que estaba haciendo un master de documentales me dijo que llevase una cámara y grabase, y que ya veríamos a la vuelta. Nunca en mi vida había tenido una cámara en la mano. Recuerdo que me dijo: no uses el zoom, acércate y no tiembles. Estuve un tiempo allí, grabé bastante material y, al volver, este compañero de piso lo editó, lo presentamos a un montón de festivales y empezó a circular como la pólvora. Fue la primera vez que pensé que me interesaba dedicarme a esto, pero eso era activismo político. Y vi lo que estaba pasando en Palestina y para mí eso era lo más parecido que había a sumarse a un movimiento internacionalista de lucha contra el fascismo. Para mí aquello representaba, hace 20 años, sumarse a un movimiento internacionalista en el que israelíes, palestinos e internacionales luchaban juntos contra la ocupación, contra el sionismo y contra la construcción del muro. Entre 2004 y 2008 empecé a mezclar el trabajo en oenegés con el trabajo en el terreno. Yo vivía de trabajar para oenegés españolas, y cada vez que viajaba me metía con grupos de activistas y nos metíamos hasta el fondo. Aprendíamos a acercarnos. Siempre pensé que había que acercarse a las cosas, que para entender lo que pasaba tenías que acercarte lo más posible. Lo que pasó fue que en el año 2008 tuve la suerte de participar en uno de los primeros movimientos internacionales de coordinación de boicot, desinversiones y sanciones al estado de Israel. Trabajé para ellos e hicimos un trabajo político.

¿También militaste en partidos, no?

Sí, yo me afilié a las juventudes comunistas en COU, y durante toda la carrera de ciencias políticas en Santiago de Compostela milité muy activamente en IU, entre el 93 y el 99. De hecho, teníamos a una militante en la agrupación que se llama a Yolanda Díaz..

¡Anda!

..que ya apuntaba maneras. Y luego otro par de personas que luego han sido diputados: Raimundo Viejo Viñas, que era además mi profesor de teoría del Estado, y es amigo; Marta Lois era también profesora de ciencia política. Milité en ese entorno, pero como luego me fui de España mi militancia fue exclusivamente a través de NOVACT, una oenegé catalana que trabaja temas para la formación en la acción directa no violenta. Luego milité en el comité de coordinación internacional de la campaña de boicot al estado de Israel. Ya nunca más volví a militar en un partido después de la universidad, pero no tengo nada que ocultar. Y para mí hay una cosa muy importante de IU: yo en 2022 trabajé para Reporteros sin Fronteras como encargado de un programa de asilo en España a periodistas latinoamericanos que tenían que exiliarse de sus países, y ayudé a venir a España a varios periodistas cubanos. Para una persona que militó toda su vida en IU, era muy duro que mientras yo estaba ayudando y conociendo los casos de periodistas cubanos represaliados en Cuba por hacer periodismo, periodismo del bueno, periodismo de El Estornudo, mientras estábamos peleando por traerlos a España como refugiados, ver que algunas personas de IU, el partido en el que yo había militado siempre, estaban participando en actividades con la dictadura cubana. Es  algo que me duele profundamente y me impide volver a militar políticamente en ese sector. Porque recuerdo también cuando las protestas empezaron en Nicaragua. Yo vine un verano a Asturias y les conté a varias personas de aquí lo que estaba pasando en Nicaragua, donde yo estaba como periodista. Yo venía a un entorno supuestamente internacionalista y solidario a decirles: oye, mira, que esta gente está disparando con francotiradores a estudiantes desarmados que se manifiestan. Y recuerdo sus silencios vergonzosos cuando empezó la represión en Nicaragua. Recuerdo cuando estaba de corresponsal de AP en Honduras y el Partido Libre, del presidente derrocado Manuel Zelaya, hacía algunas reuniones y yo allí me encontraba a personas del movimiento internacionalista y solidario español y les decía: “oye, que sepáis que esta gente de izquierdas, que yo vivo aquí y los conozco bien, tienen lo que yo de jugador de fútbol”. Tipo las mujeres que abortaban a la cárcel, cárcel por píldora anticonceptiva…Y les decía: tener cuidado, porque buscando socios izquierdistas en América Latina igual resulta que alguno de vuestros socios antiimperialista es un narcotraficante, y sobre todo es alguien que mete a  mujeres en la cárcel por abortar. Una vez más, el papel lo aguanta todo. El Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en El Salvador es una estructura absolutamente corrupta, y en el último momento que yo estuve en El Salvador todavía había 16 mujeres en la cárcel por aborto espontáneo. Pero allí llegaba toda la izquierda española en solidaridad con los antiguos guerrilleros del frente. Es lo de siempre: el papel lo aguanta todo, reunión del comité central que dicta doctrina lo aguanta todo, pero cuando estás en Honduras o en Nicaragua conociendo a esta gente…eso ya no lo aguanta.

Alberto Arce FOTO: María Arce

Imagino que también en Venezuela te pasó algo parecido

Sí, parecido. Mira, por ejemplo, yo aquí estoy en una cooperativa de consumo en la que hay café de Nicaragua. Un día me puse a investigar y veo que la cooperativa de consumo de café de Nicaragua está presidida por una persona del gobierno. En estos momentos, con todo el exilio que ha habido, todo lo que queda organizado en Nicaragua es la represión del gobierno sandinista. Entonces un día comenté que deberíamos dejar de comprar ese café de Nicaragua. Y claro, te metes en una…La Nicaragua de hoy no tienen nada que ver con la izquierda, son instrumentos del poder económico y político de una dictadura lisérgica y salvaje. Entonces es muy complicado para mí, es agotador. No puedo vivir continuamente explicando a la gente…La gente está cómoda con sus certezas, y si tú conoces Nicaragua, no te vas a convertir en la mosca cojonera que va a la cooperativa de consumo a discutir.

Leyéndote, tengo la impresión de que hay en ti una fascinación o un interés por la guerra civil española, que has leído mucho sobre ello y que, de algún modo, tu carrera profesional ha estado guiada por la voluntad de tratar de entender y de ver algo parecido a lo que pasó aquí en los años 30

Mira…esto es algo de lo que nunca he hablado, y algo de lo que siempre que he intentado hablar, no me han dejado. Yo estudié en el Corazón de María (CODEMA) de Gijón, y creo la mía es la última generación que recibió, entre el 83 y el 93, una educación nacionalcatólica. Los curas y profesores de ese colegio, y esto lo he hablado luego con compañeros, nos agredían físicamente a los alumnos. Nos daban de hostias, literalmente puñetazos que de derribaban y acababas en el suelo. Ese maltrato y esa violencia a mí me han hecho mucho daño en la vida. A veces, cuando muere uno de esos profesores, leo unas necrológicas en El Comercio, sobre la entrega a sus alumnos…todo mentira, una patraña. El CODEMA, que es un colegio de los claretianos, celebraba todos los años una misa en homenaje a los mártires de Barbastro, unos sacerdotes asesinados por milicianos anarquistas en la guerra civil. En esa misa cantábamos el himno al padre Claret, y lo hacíamos con el brazo en alto y pateando el suelo. Era una cosa en broma, sí, en broma pero estabas cantando haciendo el saludo fascista, y yo lo hacía…[Brazo en alto y pateando en el suelo, se pone a cantar: “Llegó el Señor cruzando tu camino y, al verte, por tu nombre te llamó, para hacerte testigo de su Reino, como fiel mensajero de su voz”] Todavía me acuerdo de la canción. Y, para que veas cuál era el ambiente en el colegio, en una ocasión unos alumnos organizaron un autobús para ir a un mitin de Blas Piñar en Santander. Cuando mi padre se enteró de todo esto, con lo que él no comulgaba en absoluto, me llevó a conocer a Julián Modia, un soldado republicano que fue uno de los hombres que había tenido que irse por el Musel en el 37 tras la caída del frente Norte. Ahí fue cuando empecé a entender que había más cosas, cuando empecé a comprender lo que había pasado.

Cuentas que, llegado un momento, tras ser detenido por Hamás estando en Gaza, decides dejar de ser activista y profesionalizarte como periodista, ¿cómo es ese proceso?

Es algo gradual, pero la primera reflexión fuerte fue cuando los de Hamás nos detuvieron en el hospital de Shifa, que por cierto ya no existe más, porque lo destruyó Israel, y cuando salgo yo no cuento nada. Los que nos detienen allí durante varias horas son unos niñatos, unos adolescentes armados que disfrutan con la violencia y haciéndonos pasar miedo. Salí de Gaza y  no lo conté porque me parecía que si contaba eso estaba dando información interesante para el enemigo. Podía convertirme en un periodista europeo que contaba que Hamas estaba dentro del hospital de Shifa, y eso es justo lo que Israel quería oír. A partir de ahí me di cuenta de que no podía ser periodista y activista al mismo tiempo, y ya gradualmente traté en la medida de lo posible de limitarme a ser periodista. Pero me doy cuenta de que prácticamente todo lo que he hecho son artículos relacionados con los derechos humanos. Al final no habré sido activista, pero todo lo que he escrito tiene que ver con los derechos humanos. Por otro lado, empecé a darme cuenta de que siendo un poco punki, jugando, rompiendo un poco las reglas, podía conseguir cosas. Por ejemplo, los documentales que hacíamos sobre Gaza los compartíamos sin derechos de autor, para que se pudiesen ver en cualquier parte. En teoría, para que un documental pueda estrenarse en un festival no puede estar previamente disponible. Y en una ocasión me vienen del IDFA, tal vez el festival de documentales más importante del mundo, y me dicen que les interesa proyectar mi documental, pero que para eso tengo que retirarlo de la web para que se vea allí en exclusiva. Yo digo que no, que entonces no me interesa…y aún así, hacen una excepción y proyectan el documental. Así fui dándome cuenta de que podía conseguir cosas rompiendo las reglas.

“La racionalidad ha perdido prestigio, y ahora es el idiota del pueblo quien tiene razón”

En total, has trabajado durante quince años como periodista y, leyéndote, no queda muy claro si amas o si desprecias la profesión

No es una relación con el periodismo, es mi forma de ser. Soy una persona extremadamente crítica y autocrítica, y eso lo llevo a todos los ámbitos de mi vida. Cuando piensas, lo más sano es pensar en cuáles son los errores que cometes para poder mejorar. Y sí, yo he sido siempre muy autocrítico conmigo mismo y con la manera que tenía de hacer periodismo y con cosas que veo a mi alrededor que me parecen inmorales. Un día me di cuenta de que trabajar en una agencia de noticias donde primaba la velocidad sobre la calidad tenía un elemento de iatrogenia periodística: la historia a las 2 de la tarde e suna, pero si te quedas hasta las 5 es otra, y otra si te quedas dos días más reporteando. Creo que son reflexiones que  hay que hacer. Pero estamos en un entorno muy corporativista, muy cerrado, donde se cree que los periodistas no pueden hablar mal del trabajo de los compañeros, ni siquiera de tu propio trabajo. ¿Y por qué no?

Alberto Arce en la Mosquitia, en Honduras

Has sido muy crítico con la figura del reportero de guerra, el reportero en lugares peligrosos y ese aura de heroísmo que te parece absurdo y sobreactuado

Sí, supongo que…[Piensa en silencio durante unos segundos] Para todo hay fórmulas, y hace unos años había una fórmula era que Reporteros sin Fronteras  te presta un chaleco, te pones en un sitio determinado, tienes que estar un poco fatigado, un poco nervioso, llevar casco…El plano y la actitud muy medidas, ese rollo directo de “no sabemos cuál es la situación, hay mucha incertidumbre, realmente corremos peligro aquí”, y luego hablas con el cámara y le dices “corre, corre”. Es un cliché que hemos visto muchas veces. Hay mucha gente joven, probablemente en la que yo me incluía, que quería entrar dentro de ese cliché, porque ese cliché daba un cierto estatus. Yo en un momento recuerdo que dije: somos vedettes rodeadas de kalashnikovs. Y luego la perspectiva de la vida. Joder, estás tres semanas en Libia y ya parece que eres…Luego he estado dos años y medio en Honduras, y eso fue lo realmente difícil. Lo duro es vivir con tu familia en Tegucigalpa, y que haya tiros a la puerta de tu casa. Creo que está muy mitificado lo del corresponsal de guerra, pero también creo que gente como Espinosa o Manu Brabo, que llevan diez años cubriendo la guerra de Ucrania, son simplemente otra casta.

Hay una anécdota muy bonita que cuentas en “Misrata calling”: en un momento dado, tú estás grabando y te ves envuelto en un tiroteo, en una situación muy complicada, en la que los disparos alcanzan a las personas que estás junto a ti. Tú intentas ovillarte para protegerte bien y, en ese momento, te encuentras en uno de los pliegues del chaleco antibalas una foto de tu hija, aún bebé, que tu mujer te había metido sin que lo supieses. Dices que pensaste que hubiera sido imperdonable morir en ese momento, de esa forma tan absurda, corriendo un riesgo estúpido

Sí, y ese es un recuerdo clave que tengo, y tiene que ver con un guiño inteligente de mi mujer para decirme “ten cuidado”, un guiño que siempre le agradeceré. En Misrata estuvimos tres semanas, y han pasado trece años ¿Qué sentido habría tenido que yo hubiese muerto ahí y haber perdido estos trece años? Creo que jugarse la vida está muy mitificado.

Es parte de ese martirologio que criticas

Sí, pero no soy nadie para criticarlo porque yo lo he hecho. Muy pocas veces, pero yo he participado X semanas de mi vida de una representación en la cual yo quería participar porque sentía que así construía mi identidad. Luego cuando llegué a ella, dije “esto no era lo que yo pensaba”. Yo jugué unas semanas con el juguetito, que es un trabajo muy irresponsable. Pero yo jugué una semana y luego me fui años a América Central, y me siento más representado por lo que hice en América Central que por haber estado tres semanas en Libia o un mes en Gaza o Afganistán. En América Central estuve varios años, y nunca me puse un chaleco antibalas.

Alberto Arce en Haití

¿Crees que han tenido algún sentido, que han servido para algo, los quince años dedicados al periodismo?

Bueno, a la policía hondureña una investigación nuestra le costó varios millones de dólares. Si tú quieres cambiar el mundo, entonces pones el listón muy alto. Pero hay cosas realistas que se pueden llegar a hacer. Encuentras que la policía de Honduras tiene escuadrones de la muerte, que hay una serie de agentes implicados que han recibido formación y financiación de EE.UU, y que la están utilizando para vulnerar los derechos humanos. Si logras demostrar eso, en el congreso de EE.UU alguien activará una ley por la cual ese dinero deja de ir a esas unidades que vulneran los derechos humanos. Entonces, en concreto, creo que en algún momento logramos congelar mucho dinero, millones de dólares en ayudas al ejército y a la policía hondureños. Conseguimos que se hiciera la rendición de cuentas, y me parece que eso ha merecido la pena. Creo que eso es el objetivo del periodismo. y eso es algo que puedes conseguir una o dos veces en tu vida, si entiendes el periodismo como el ejercicio de la rendición de cuentas. Conseguir que dimita un general corrupto, que se cambie una ley, que se corte un dinero…A mí me gusta recordar que mereció la pena, que sirve para algo, que puedes acabar con el general corrupto o con los millones que se usan para matar gente.

También la investigación de AP sobre ZunZuneo tuvo consecuencias en ese sentido

Sí. Nosotros, en el equipo de investigación de AP, lo que demostramos es que EE.UU estaba empleando fondos públicos que estaban siendo subcontratados a una oenegé, y esa oenegé, contratado a gente en Costa Rica y Nicaragua, había creado en Cuba un Twitter falso que comenzó lanzando mensajes relacionados con la música y el humor, y que tenía como objetivo, cuando llegase una masa critica, recibir mensajes políticos que trataran de incitar a la juventud cubana a una rebelión contra el régimen, del mismo modo que se había visto en la primavera árabe y el 15M. Entonces, míralo así: ese comportamiento por parte de los EE.UU, del USAID, no se corresponde con la ley. Nuestro trabajo es decir que están haciendo algo que no pueden hacer.  Estamos controlando el poder, y que yo esté a favor o en contra de que desde el exterior se emitan mensajes contra la dictadura de Cuba da exactamente igual. Simplemente hay un gobierno que está haciendo algo que no puede hacer, y yo simplemente estoy controlando al poder. Cuando hay consecuencias, sientes que has hecho bien tu trabajo. 

¿Cómo valoras la evolución del periodismo en los últimos tiempos?, ¿ha renunciado a esa función de controlar al poder, ha perdido la batalla contra la desinformación?

Sí, yo tengo claro que cuando entro en el bar del pueblo y digo que he sido periodista, está claro que no es la profesión más respetada. La valoración del periodismo por parte de la ciudadanía es pésima. No confían en los periodistas, la gente piensa que los periodistas somos gente que escribimos al dictado. No sabes la cantidad de veces que he conocido a alguien y me ha dicho eso. Un montón de veces, la gente lo da por hecho. Y, si dices que no es así, no te creen. Gran parte de la ciudadanía ha tomado esas tertulias gritonas en televisión y se piensa que eso es periodismo. Osea, Eduardo Inda es periodista, se asume que es periodista porque alguien le ha puesto en televisión delante de millones de personas diciendo “esto es periodismo”. Obviamente, los que han hecho eso son responsables en gran medida de la situación del periodismo, porque han puesto en la misma mesa a sabandijas mentirosas y corruptas con personas que sí son periodistas. Han equiparado la buena y la mala práctica del periodismo, y han conseguido que la sociedad no confíe en él. Han destruido el periodismo con sus tácticas. Yo me sorprendo cada día cuando hablo con gente y dan por hecho cosas que son falsas. Personas que creen algo y ni siquiera son conscientes de que lo cree porque lo vio en un video de TikTok del diputado tal diciendo tal mentira.

“La información que llega a la plaza pública es en gran parte una intoxicación”

¿Qué opinas de la discusión de estas últimas semanas a propósito de la carta de Pedro Sánchez y sus acusaciones contra ciertos medios?

Mira, yo nunca he votado al PSOE y nunca lo haré, estoy casi convencido. Pero que lo que Pedro Sánchez dijo es absolutamente cierto. Hay unas personas que inventan cosas, tipo Miguel Ángel Rodríguez, y esas cosas aparecen en una serie de páginas web que están financiadas en gran medida por el PP de Madrid. Como esas mentiras aparecen allí y están, entre comillas, en “los medios”, les sirven a los diputados del PP para decir “todo el mundo sabe que Begoña Gómez no sé qué”. Porque está en los medios, pero son ellos mismos los que ha creado toda esa maraña de mierda que la gente toma como periodismo. La verdad es que es una situación peligrosa para la democracia y que termina con el periodismo. Queda poco periodismo de calidad, y cada vez menos. El otro día vi que solo el 13% de la población está suscrita, paga por consumir noticias. Eso significa que el 87% no paga, y por tanto está recibiendo una gran cantidad de noticias que no son verdad. El 87% de la población construye su visión del mundo, y va a ir a votar el 6 de junio, con información falsa. Soy un poco pesimista porque creo que si comparamos el número de periodistas que estaban trabajando en 2012, cuando yo entré en AP, y los que trabajan ahora, pues igual quedan la mitad. Gente como yo, que debería estar trabajando, ya no puede seguir trabajando porque la profesión periodística ha expulsado a un gran número de personas. Está claro que la transformación industrial y moral del periodismo no es para ser muy optimista. No conozco a nadie que lo sea.

Alberto Arce en el basurero La Mina, en Guatemala, en 2011 FOTO: Rodrigo Abd

Es evidente que los medios se han ganado a pulso su descrédito pero, ¿no ves una parte de responsabilidad en la audiencia, una falta de madurez mediática o de cultura periodística?

Hace quince años había cinco grupos de comunicación, que básicamente coinciden en una agenda, y sobre esa agenda, pues los hechos son sagrados, daban diversas opiniones. Esos cinco permitían que la ciudadanía compartiera una realidad. El problema es que ahora esos cinco tienen la mitad de periodistas y luego han salido doscientos páginas web que cuentan mentiras. No puedes poner la responsabilidad en la ciudadanía de discernir qué es buen periodismo y qué es mal periodismo. Insisto, si tú tienes un programa, una de esas tertulias, la culpa es de quien dirige ese programa que ven millones de personas y pone al mismo nivel a quien cuenta la verdad y a quien miente. Porque el mensaje que le transmites a la sociedad es que periodismo es eso, y eso no es el periodismo. Sentar en una mesa a un tipo de El Diario o de El País, con uno de OKDiario, El Debate o The Objective no es periodismo. Y pasa otra cosa, y es que hay personas que se han pasado años, y que siguen legitimando, sentados en la misma mesa que esa gente, discutiendo con ellos. ¿Cómo puedes tú defender el periodismo sentándote en una mesa delante de un millón de personas a discutir con Eduardo Inda?, ¿es por los 500 euros que te pagan cada vez que vas? Bueno, pero entonces luego la boca pequeñita, porque tu actuación conforma la destrucción del periodismo, porque estás siendo un cómplice necesario en la degradación del oficio.

Alberto, ¿para qué sirve la verdad?, ¿por qué es necesario, en una sociedad democrática, conocer los hechos?, ¿qué perdemos cuando la verdad deja de ser importante?

La desinformación lleva hacia el autoritarismo. La plaza pública habermasiana consiste en ciudadanos libres e iguales, que cuentan con información de calidad para sentarse a debatir sobre cuál es la información que tienen y qué curso de acción pueden tomar. Ahora la información de esa plaza pública en gran parte es una intoxicación, es una enfermedad pública, una infodemia. Un virus que ataca al conjunto de la sociedad. Por ejemplo, cosas que oigo en mi vida diaria: los moros o los gitanos vienen porque cobran ayudas por el simple hecho de estar aquí o de tener hijos.. Esto es algo que he escuchado habitualmente. Entonces te paras y dices: eso no es verdad, todo el mundo tiene las mismas ayudas en función de una determinada situación. Si tú dices los moros y los gitanos tal, que son cosas que estás recibiendo a través de redes sociales, básicamente lo que estás haciendo es reproducir un discurso racista, que es un discurso muy fácil, muy de segunda caña de barra de bar, que se extiende cada vez más y que acaba llevando a que votes a Vox. Eso sucede de una manera muy sofisticada. Por ejemplo, el otro dia me enteré por mi hija de una cosa muy graciosa que es eso del “jovenlandés”.

Claro: ¿come jamón o no come jamón?

En estos momentos estamos viendo que hay un cierto punkismo de la extrema derecha que se suma al enfado legítimo que tiene la gente porque vive situaciones de crisis. Mira, el otro día estaba sentado en un sitio y alguien hizo un comentario racista, y yo se lo afeé. Empezamos a discutir y se estropeó todo, que es algo que me pasa habitualmente.  Y la gente me dice: ¿por qué te metes?, ¿para qué discutes? Es mejor callarse y mirar para otro lado. Pero, ¿cómo va a ser mejor callarse y mirar para otro lado cuando dicen los moros vienen para quedarse con el dinero de las ayudas públicas, los moros son unos hijos de puta? Si yo me quedo callado ante eso, ¿qué ejemplo le estoy dando a mis hijos? Si tú te levantas por la mañana y en vez de leer el periódico entras en un scroll infinito de TikTok que está continuamente soltando basura sobre los jovenlandeses que no comen jamón la cabeza se te infecta. Si consumes mierda, que es casi siempre mierda fascista, acabas convirtiéndote en un fascista. Creo que es muy peligroso. Hoy por la mañana he visto una fotografía de un desfile fascista en Milán que parece de los años 30. Es complicado, porque yo no estoy a favor de la prohibición, y en una democracia liberal la libertad de expresión es un elemento fundamental, pero llega un momento en que la libertad de expresión se convierte en un virus que ataca directamente a la propia democracia. La constitución española dice que la libertad de expresión y de información tiene que basarse en la veracidad. Entonces,¿por qué OKDiario o The Objective tienen derecho a contar mentira tras mentira?, ¿cómo es que no hay manera de actuar contra medios que mienten y mienten? A Podemos le abrieron no sé cuántas causas, y todas se cerraron. Un diputado de Podemos, Alberto Rodríguez, perdió su escaño y luego se demostró que era inocente. Mónica Oltra tuvo que dimitir y se demostró que era inocente. ¿Cuántas veces vamos a ver siempre lo mismo? Es preocupante. Yo me limito a observar el mundo desde la plaza de mi pueblo.

Pero en la plaza de tu pueblo también se manifiestan las consecuencias de todo esto: me contabas antes sobre un brote de tosferina en el colegio de tu hijo y el estado de pánico que generó

Es interesante, porque hubo un caso de tosferina en el colegio, un grupo de Whatsapp con 28 opiniones diferentes y dos periódicos que cuentan lo que les da la gana. Eso no puede llevar a ningún sitio bueno, es imposible que una sociedad así funcione; es imposible una sociedad en la que el principio de autoridad epistémica no funcione. Cuando tienes 28 opiniones pasa de todo, pero nada bueno. Al final lo que pasa es que de X niños solo van dos al colegio, y el resto se quedan en casa, nadie sabe muy bien porque, y todo el mundo cree que ha hecho lo correcto y que los demás no estaban en lo cierto. Así la sociedad no puede funcionar.

Y volviendo a la cuestión de la verdad: ¿ de qué sirve, en un país como México u Honduras, donde hay cientos de asesinatos nunca resueltos, saber que fue X quien mató a Y por encargo de Z?

¿Por qué es importante quién es responsable de algo? En Honduras te levantabas cada dia con tres muertos, tres jóvenes descuartizados en no sé qué vertedero. Si te limitas a escuchar el mensaje dominante, te dice que son pandilleros que se matan entre ellos. Ese es el mensaje que me encontré al llegar a Honduras. Al poco que yo quise rascar, te das cuenta de que al menos un porcentaje importante no eran pandilleros que se mataban entre sí, sino que eran policías que matan pandilleros. Ya tenemos dos versiones, y a poco que sigues investigando te das cuenta de que hay policías que matan pandilleros porque trabajan para la pandilla rival. Entonces resulta que hay policías que, además de policías, son pandilleros. Te das cuenta de que la policía trabaja en coordinación con grupos criminales, y que EE.UU está financiado a esa policía para entrar en una guerra de pandillas. ¿Por qué es importante? Primero, porque entender la realidad siempre es importante. Segundo, porque cuanto más y mejor entiendas la realidad, más posibilidades tiene la sociedad de cortar el hilo que hace que la situación se recrudezca. Tú piensa que el presidente de Honduras en aquellos años está ahora en la cárcel en EE.UU  condenado por narcotráfico. Pienso que, de algún modo, el trabajo de veinte periodista que cubrieron Honduras ha conseguido que una serie de actores de la policía y del gobierno hondureño estén en la cárcel en EEUU. Cada uno tiene que ir poniendo su ladrillo: lel periodismo por un lado, la oposición por otro, las oenegés por otro, los jueces…La sociedad es un puzle y a cada de nosotros le toca poner una pieza.

Me gustó mucho un artículo tuyo en ElDiario.es que titulas “A los migrantes no los matan los desiertos”. En él defiendes que las cosas no suceden porque sí, por decisión divina, sino que, si se mira y se investiga de cerca, encuentras siempre una cadena de responsabilidades, de actos y consecuencias, de omisiones y silencios. No son catástrofes, son decisiones y políticas concretas, y el sentido del periodismo tal vez sea indagar en ellas

Claro, es que el ejemplo es perfecto. A los migrantes no los mata el desierto, los matan quienes los empujan a los desiertos, es decir, las personas que formulan las políticas que hacen que haya un grupo de personas que tienen que atravesar el desierto sin agua cuando a un kilómetro hay un paso fronterizo. O lo que pasa con las pateras. el otro dÍa salió en la prensa española, aunque AP lo había contado hace ya un año, que hay pateras que salen de Mali y acaban en Brasil. Pateras que se pierden por el camino y esa gente se muere de hambre y de sed, una historia trágica. A esa gente no la mata el océano, la mata una política migratoria española, y esa política hay que explicarla. Por ejemplo, yo no tengo la más remota idea de cómo funciona el sistema de patrulleras que rodea a las Islas Canarias, pero esto casi seguro de que en este momento si el gobierno español quisiera evitar que sucediese eso solo tendría que poner una fragata en un punto determinado. Si alguien pudiera dedicarle meses de su vida a demostrar que una decisión gubernamental podría evitar que cientos de personas mueran a la deriva en medio del océano, ese periodismo serviría para cambiar políticas y para salvar vidas y evitar que caigamos en el pozo de la autodestrucción moral en la que estamos cayendo. Como sociedad hemos perdido el norte ético. El que más grita es el que se impone ante el no meterse en líos, no discutir, eso no va conmigo. No sé quién decía que la culpa de las cosas malas no las tienen los que hacen las cosas malas, sino los que se consideran buenos pero permiten que suceda. Hay que ser muy inocente para pensar que podemos cambiar algo, y hay que ser muy hijo de puta para pensar que no podemos cambiar algo. 

¿Somos un poco como Sísifo, no? Siempre condenados a cargar la piedra, a volver a intentarlo una y otra vez sin que nunca lleguemos realmente a nada

Yo he visto mucho sufrimiento, como tantas otras personas, como médicos, bomberos, policías…He visto cosas, he visto a personas sufrir, y el ver a esas personas sufrir me impele a entender que el mundo es muy injusto, que hay mucho sufrimiento gratuito que no tendría por qué existir y que deberíamos hacer algo. Como vives en el primer mundo, vives bien, y aquí esas cosas en general no suceden, el problema es que aprendes a vir a dos velocidades: la velocidad del sufrimiento que has visto y la realidad del mundo en el que vives. El problema es que yo en ese desajuste me quiebro como ser humano. No soy capaz de pasar página ante el dolor, se me queda ahí atascado. Como no tengo ninguna manera de  canalizaro, me convierto en un desadaptado total ante la sociedad con estrés postraumático y depresión. Pero si después de quince años como periodista dando vueltas por el mundo, llego al bar de mi pueblo y alguien que en su vida ha salido de aquí me cuenta cómo es el mundo, cómo es el periodismo, cómo son los moros o cómo son los migrantes…Y es algo que suele pasar. Me doy cuenta de que esa desfachatez intelectual cada vez es mayor y está siendo alimentada por pseudo medios y por una forma de estar en el mundo que nos está llevando de regreso a un momento muy oscuro de la historia. La cantidad de racismo y de mentiras que yo puedo escuchar en una barra de bar no soy yo consciente de haberla escuchado hace veinte años.

Eres un defensor del periodismo que se acerca lo suficiente a las cosas como para entender los matices. Dices, por un lado, que “no podemos llamar animal a quien conocemos”, y también que “en la guerra, hasta los que tienen razón son unos cabrones”

Un día un vídeo empezó a correr por Tegucigalpa. Se ve a dos adolescentes forcejear con un policía y cómo uno de ellos saca una pistola y le pega un tiro en la cabeza al policía. Luego, un grupo de policías que estaban patrullando cogen a uno y lo linchan, lo matan a golpes en medio de la ciudad, y al otro lo meten a un centro de menores. A los tres días yo entro al centro de menores a hablar con el superviviente y me cuenta su vida. De repente veo a un niño de 14 años reventado, que acaba de sobrevivir a un linchamiento de la policía, que mató a su compañero a patadas en medio de la calle. Y este chico me dice que no tiene padres, que su padre le pegaba, que tiene hambre y tiene que trabajar, que necesita unos dólares para comer y sale a robar, y que alguien le da una pistola y ha acabado matando a un policía. Si tú te pasas toda la mañana con esa persona, que ha matado y que acaba de sobrevivir a un linchamiento, es imposible que no entiendas. Yo entiendo por que esa persona matara. Matar está mal, pero digo que entiendo los motivos por los que las cosa suceden, y cuando entiendes los motivos por los que la cosas suceden humanizas a las personas que tienes delante. Entonces piensas: si este niño de 14 años no hubiese vivido en una sociedad en la que pasa hambre, que no sabe leer ni escribir, que pasa frío y se moja cuando llueve porque vive en una champa miserable…Si yo no soy capaz de explicar que el asesinato sucede por la desiguladad y la injusticia a la que ese joven ha sido sometido, no estoy aproximándome a la verdad. El problema es que cuanto más me aproximo a la verdad más va a parecer que lo estoy justificando. O la gente va a decir que lo estoy justificando: y no lo justifico, simplemente lo explico. Lo que pasa es que requiere un esfuerzo mental y ético, empatía. Requiere convencer a tus jefes de que la historia es interesante, decirles que vamos a dedicarle espacio al pandillero asesino, pero además no te voy a decir que es un pandillero asesino, sino que es una víctima. Y luego darte cuenta de que lo publicas y empiezas a ver en redes y en comentarios que a esa gente hay que matarla. El taxista con el que yo trabajaba, que fue la persona con la que más tiempo pasé en Honduras, siempre me decía: “don Alberto, yo entiendo su trabajo, entiendo que es periodista, pero no entiendo por qué usted defiende a los pandilleros porque los pandilleros me están  jodiendo a mí y a mis compañeros”. Vives con un entorno social que te dice que estás defendiendo a gente mala, y yo lo que estoy haciendo es contaros cuál es la realidad, que es muy compleja, para que podáis actuar en consecuencia. Pero para eso hay que hacer el esfuerzo de ir más allá del que lo maten, que lo linchen. El problema es que los instintos negativos y de odio, el discurso de todo va mal y la culpa es del presidente es mucho más fácil, rápido y desinhibido. Lo gritas y se te vacía el pecho, acabas de soltar gran parte de esa bola negra que tienes: ¡que linchen a ese! Y te descargarte, al menos por un rato. Es deprimente.

Declive de los medios de información, de la racionalidad y de la autoridad epistémica en beneficio de esos instintos agresivos y primarios: ¿estamos viviendo., al fin y al cabo, un declive de la cultura ilustrada?

Umberto Eco hablaba del idiota del pueblo, que siempre lo ha habido. El idiota iba a la plaza, decía algo y no pasaba nada porque todo el mundo sabía que era idiota. El problema es que ahora el idiota del pueblo se llama Elon Musk y tiene una plataforma que tiene mil veces más suscriptores que el New York Times. El problema es que la sociedad pierde el pudor: el idiota del pueblo ya no sabe que es el idiota del pùieblo. Antes tenía que asumir que era el idiota del pueblo. Ahora es al revés: ahora el idiota del pueblo tiene la razón  y tú no vas a hacer el ejercicio continuo de discusión porque nadie te va a apoyar. Ese ejercicio de racionalidad ya no cabe. Se está perdiendo la capacidad de escucha, de empatía y la asunción de que para opinar hay que saber algo, hay que leer y buscar información. Ese ejercicio de escuchar, ponerse en el lugar del otro, leer, lleva tiempo y ha perdido prestigio; porque el prestigio lo tiene decir yo sé esto porque mi primo me lo contó. Si eso es lo que se impone, es cuestión de tiempo que entremos en una deriva autoritaria muy grande, en la que creo que de hecho estamos entrando.

Me gustaría preguntarte tu opinión por Bukele y su popularidad: ¿tú entiendes al salvadoreño medio que, acosado por la violencia de las pandillas, le da su voto a un tipo como Bukele?

Claro que lo entiendo. Hace poco una periodista entrevistaba a una señora en El Salvador que le decía que por fin podían caminar por la calle por la noche. Realmente la situación había cambiado. y la periodista le preguntaba a la señora que qué más tenía que cambiar, y ella responde: que liberen a los inocentes. La población estaba totalmente ahogada por la violencia de las pandillas, y este gobierno ha aplicado medidas de mano durísima para luchar contra ellas, aunque hubo también negociaciones, prebendas, dinero, excarcelaciones…No solo hubo mano durísima. En todo caso,la sociedad estaba destruida, y un dictador ofrece una solución inmediata que pasa por encima de la democracia y los derechos humanos, y la ciudadanía lo acepta porque su situación era extrema. Si lo anterior había fracasado, es normal que la población apoye a un dictador que ofrece una solución inmediata, pero todos sabemos que esa solución inmediata tampoco va a ser efectiva si no se cambian las condiciones estructurales del país que impulsan a los jóvenes a las pandillas. Será cuestión de tiempo que vuelva a empezar el ciclo. No puedes tener a 40.000 personas encerradas durante mucho tiempo.

Leía ayer un tuit de tu amigo Manu Brabo, y quiero conocer tu opinión sobre lo que dice: “Me da la impresión q aquellos q lucharon y vivieron la guerra (aquellos q sabían de los horrores del combate, de la ausencia de gloria q hay en ello, de los fantasmas q les atormentaron x el resto de sus días) eran nuestro único freno al odio q hoy se desata. Y empiezo creer que todos esos gatilleros de palabra necesitarían pasar una semanita en un trinchera, y si luego aún quieren mambo, q sigan vomitando odio por esas bocas ignorantes”

Manu Brabo es el fotógrafo que mejor escribe de España, siempre se lo he dicho. Tiene toda la razón del mundo, en general, en casi todo. Ahora, esa frase…es pura poética. No creo que estemos todavía en ese momento. Creo que cualquier persona que haya visto una trinchera y una fosa común-una fosa común caliente, ¿eh? no de la guerra civil, de hace tres días-se tiene que inmunizar ante la violencia y saber que es el peor instrumento que tienen los seres humanos para relacionarse entre ellos. Banalizar la violencia es muy grave. Yo no me puedo poner en la mente de nuestros abuelos, pero sé que aquí en mi pueblo desapareció gente y eso marcó a varias generaciones de por vida, y probablemente eso fue un antídoto para que no volviese a suceder. Y si olvidamos lo que pasó, tenemos más posibilidades de que vuelva a suceder. Aunque tampoco creo que estemos en el guerracivilismo, todavía. Si creo que estamos en una fase en que la gente ha dejado de escucharse y de racionalizar.

En este tiempo has empezado a estudiar filosofía, ¿te ha sido útil para asimilar y darle sentido a lo que has vivido?

Sí, aparte de ir al psiquiatra y al psicólogo, leer ciertos libros de filosofía para mí ha sido y es una terapia. Por ejemplo, todo lo que ha escrito Remedios Zafra sobre la fragilidad y el entusiasmo, en el que me he visto tan representado. También a Eloy Fernández Porta y los brotes negros. El máster que estoy estudiando es de lógica y filosofía de la ciencia. Llegar a entender si la verdad existe, qué es la verdad, cómo se busca la verdad a través de la filosofía de la ciencia, siendo periodista es muy interesante. Porque aprendes que a  la verdad se llega por aproximación, que es un proceso de construcción permanente e intersubjetiva. Todo el discurso que hay en la filosofía de la ciencia sobre el naturalismo científico me lo aplico a mí mismo y digo: si yo no me acerco al terreno, si yo no duermo en las champas de Guatemala, ¿qué puedo contar? Hay una reflexión que surge de la filosofía de la ciencia y que puede ayudar muchísimo a alguien que piensa sobre periodismo, porque ayudan a comprender la forma que tienes de acercarte al conocimiento. A mí  me sirve como terapia personal y, si pudiera volver a ser periodista, sería mejor periodista de lo que fui.

¿Por tus lecturas de filosofía?

Primero, porque soy más viejo. Segundo, porque he hecho muchísima autocrítica, pues creo que de la enfermedad mental, si logras salir, lo haces siendo una persona más asentada. Pero también por la lectura. Creo que estudiar algo de filosofía de la ciencia debería ser obligatorio para todos los reporteros. Estos años he descubierto a una persona que se llama Antonio Diéguez, un catedrático de la Universidad de Málaga. He leído todos sus libros, he seguido sus cursos de filosofía de la ciencia que muy amablemente ha colgado en Youtube, y el haberle conocido me ha rehecho intelectualmente a los 47 años. La filosofía ha sido la única manera que he encontrado de tener un motivo para levantarme por la mañana durante un año y medio en el que no tenía absolutamente nada que hacer porque estaba hecho polvo. Necesitaba encontrar un motivo para levantarme por la mañana, y el mío fue la filosofía.

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