Palestina: una Nakba permanente

El gran problema para los planes sionistas residía en que, mientras en el Estado árabe previsto, de los 820.000 habitantes sólo unos 10.000 eran judíos, en el hebreo se asentaban 558.000 judíos y 450.000 árabes.

Recomendados

Francisco Erice
Francisco Erice
Es profesor de historia contemporánea de la Universidad de Oviedo/Uviéu y miembro de la asamblea Uniovi por Palestina.

La violencia sistemática, el terror y el genocidio contra la población Palestina no comenzaron el 7 de octubre del pasado año. Por el contrario, su primera manifestación se remonta a poco más de 76 años, y su génesis o precedentes a hace siglo y medio. Y se ha mantenido, con distintos niveles de intensidad, desde entonces hasta el día de hoy.

En los años 80 del siglo XIX se iniciaba la primera aliyá (subida a Sión) o emigración masiva de judíos a Palestina, Eretz Israel (la Tierra de Israel) en la terminología de los intelectuales y teóricos del naciente movimiento sionista. Con las nuevas oleadas que la siguieron, se fue configurando una comunidad judía en el país (la Yishub) que reflejaba dos realidades cuya combinación acabó resultando explosiva: la expansión colonizadora europea y los proyectos de un nacionalismo de base étnico-religiosa (el sionismo) que creaba y difundía el mito del regreso de los judíos de la diáspora a su supuesta patria histórica, el Israel de la Biblia.

La mayoría de quienes emigraron eran gentes humildes, de Europa centro-oriental en una amplia proporción, que huían de circunstancias económicas y sociales adversas y sobre todo de un antisemitismo que se iba propagando como una plaga por diferentes países del Viejo Continente. Muchos de ellos llevaban a su nueva tierra la idea de implantar una sociedad más igualitaria. En cambio, los dirigentes del movimiento sionista, que fueron capaces de encauzar e ideologizar el proceso, aportaban un fuerte espíritu colonial heredado de la creencia en la supremacía europea, así como en la voluntad de construir un nuevo Estado estrictamente judío sobre las tierras reconquistadas en Palestina.

El sionismo convirtió la Yishub en una especie de comunidad nacional aparte, practicando el aislacionismo con el resto de la población del territorio y creando un entramado de instituciones políticas, sociales y hasta paramilitares propias, sobre todo cuando Palestina pasó de pertenecer al moribundo imperio otomano a ser entregada como mandato (a modo de colonia con previsión de futuro independiente) de la Sociedad de Naciones bajo tutela británica. Los británicos, con muchas fluctuaciones y maniobras para no provocar más resistencias de la mayoría árabe, apoyaron al movimiento sionista, al cual habían ya prometido indirectamente, en la conocida como “Declaración Balfour” (1917), un “hogar nacional” para el pueblo judío en Palestina, que aún pertenecía, en esos momentos, al mencionado imperio otomano.

Supervivientes del Holcausto rumbo a Palestina

Aunque se ha subrayado -no sin razón- el carácter progresista y socialmente avanzado de parte de esta primera comunidad judía, la intelectualidad y los dirigentes sionistas siempre tuvieron claro el sentido colonialista y supremacista de su proyecto y el rechazo a compartir el territorio palestino con lo que entonces era la amplísima mayoría de la población, de origen árabe. Theodor Herlz, fundador del movimiento sionista, confesaba sin ambages que el suyo era “un proyecto colonial”, una “avanzadilla de la civilización contra la barbarie”. Jabotinsky, el padre del “sionismo revisionista” y de la actual derecha del movimiento en el poder, defensor de un Estado íntegramente judío que incluyera Transjordania (la actual Jordania), diferenciaba claramente lo judío de lo oriental, asegurando que “el alma islámica hay que barrerla de Eretz Israel”; partidario del “traslado” de la población árabe, describía a esta como una “vociferante turba ruidosa cubierta de harapos rabiosamente chillones”. En el mismo tono racista, Chaim Weizmann, que llegaría a ser el primer presidente del Estado de Israel y representante de algo así como el “centro” político sionista, afirmaba sobre la población palestina, en vísperas de la Declaración Balfour, que los ingleses le habían asegurado que “había algunos cientos de miles de negros y esos no tenían ningún valor”. Por ello, asumía como evidente el conocido eslogan del judío británico decimonónico Israel Zangwill: “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Los otros no constituían un pueblo, una nación, no existían, al menos como comunidad con identidad y derechos políticos. Por eso la idea del “traslado” o la “transferencia” de la población palestina solía ser defendida por muchos sionistas no sólo como una necesidad práctica (para lograr la mayoría judía en el territorio), sino también como un procedimiento perfectamente ético y legítimo.

Esta defensa de la completa propiedad judía sobre la tierra de su supuesta patria histórica era compartida por el conjunto del nacionalismo sionista, incluida su ala progresista o laborista, lo cual implicaba rechazar, obviamente, el Estado repartido (salvo como concesión retórica y momentánea), pero también un Estado de ciudadanía compartido. Por eso el siempre pragmático David Ben-Gurión, futuro primer ministro del nuevo Israel, propugnaba, asimismo, aunque fuera por fases (con “fronteras flexibles”), la exclusiva apropiación judía del suelo de Israel. Los historiadores y analistas del tema, salvo algunos de los propagadores más groseros de la visión oficial israelí, así lo han señalado con abundantes pruebas y testimonios: historiadores palestinos como Nur Masalha, pero también tratadistas judíos críticos como el norteamericano Norman Finkelstein, agudo develador de los mitos israelíes (como el de “una tierra sin pueblo”), que confirma que la intención de desplazar a los no judíos formaba parte del proyecto sionista desde sus orígenes. O Ilán Pappé, hijo de judíos alemanes emigrados huyendo del nazismo, autor de algunos de los mejores trabajos sobre la historia de la Palestina contemporánea y minucioso investigador de la limpieza étnica israelí. Pappé, que ha debido abandonar el país por acoso político y amenazas de muerte, considera este exclusivismo un “producto inevitable de la ideología sionista”; recordando a la vez algo que la deliberada y burda identificación de antisionismo con antisemitismo, alentada por la propaganda israelí, quiere hacernos olvidar: el problema con Israel “nunca ha sido su carácter judío (el judaísmo tiene muchas facetas y muchas de ellas constituyen una base sólida para la paz y la convivencia), sino su carácter étnico-sionista”.    

Colonas de un kibutz.

Esta clara voluntad segregadora y supremacista generó conflictos desde muy pronto con la población autóctona. Ello fue así en especial desde que la Declaración Balfour fuera, lógicamente, entendida como una amenaza, con el crecimiento de la inmigración judía y la política generalmente cómplice de la administración británica, provocando movimientos tan intensos como la revuelta árabe de 1936-1939 y contribuyendo, de manera reactiva, al afianzamiento de la identidad árabe-palestina. Sin embargo, como demostrarían los hechos posteriores, ni la cohesión de la comunidad árabe, ni la solvencia de sus liderazgos, ni la determinación de intervenir políticamente en un sentido claro e inequívoco tras el fin de la presencia británica resultaban equiparables a las que supo poner en práctica la comunidad judía.

Como es sabido, el impacto emocional del Holocausto, cálculos políticos de las dos potencias dominantes (Estados Unidos y la URSS) y otros factores vinieron a provocar la insólita decisión de la ONU de repartir el territorio entre dos Estados, en vez de proceder a su simple descolonización entregando al país a la población allí asentada o estableciendo algún tipo de consulta sobre su voluntad.  La resolución 181, aprobada por la Asamblea General de la ONU el 20 de noviembre de 1947, dividía Palestina en dos entidades políticas, quedando Jerusalén bajo control internacional; partición que se haría efectiva con la retirada británica.  Mientras que la población judía representaba un tercio del total y poseía menos del 6% de las tierras (la mayoría de las personas recién llegadas se instalaba en zonas urbanas), el Estado que la representaba ocuparía unos 14.000 Km2, el 56% del territorio total, incluyendo las zonas rurales y urbanas de mayoría judía pero también, inevitablemente para alcanzar esta extensión, otras de asentamiento predominante árabe. Para el otro Estado, el árabe-palestino, se destinaban los restantes 11.000 km2.

El gran problema para los planes sionistas residía en que, mientras en el Estado árabe previsto, de los 820.000 habitantes sólo unos 10.000 eran judíos, en el hebreo se asentaban 558.000 judíos y 450.000 árabes. Esta realidad (la alta presencia de residentes árabes en un futuro Estado judío de esas dimensiones) parecía inevitable, dada la asimetría entre población judía en todo el territorio y habitantes árabes. Además, teniendo en cuenta las pautas demográficas al uso, no parecía impensable un posterior predominio numérico de la población árabe dentro del nuevo Estado hebreo. Las únicas soluciones para satisfacer las aspiraciones de un Estado “plenamente judío” en ese momento eran, pues, o bien negar derechos políticos a la población árabe, contra la taxativa resolución de la ONU; o bien proceder a su expulsión o traslado “voluntario”. Ben-Gurión, que ya había manifestado desde años antes su aspiración a la totalidad del territorio, aseguró que “no puede haber un Estado judío estable y fuerte mientras tenga una mayoría judía de sólo el 60%”. Sin embargo, dando muestras de enorme pragmatismo y una clara visión política, consiguió vencer las resistencias de otros sectores del sionismo para aceptar provisionalmente la partición; más aún, sabiendo que la comunidad árabe nunca admitiría la división del territorio y que así -añadía- “la guerra nos dará la tierra”.

El 14 de mayo de 1948 se proclamaba el Estado de Israel. El día siguiente marca, para el pueblo palestino, el principio de la Catástrofe (la Nakba). La guerra que la propició ha sido presentada, en la mitología israelí, como la supervivencia milagrosa de un pequeño grupo de israelíes asediados por la hostilidad y las fuerzas superiores del mundo árabe circundante; de ese modo, el heroico mito fundacional se integra en el relato del perpetuo odio a los judíos y la mentalidad de cerco, ampliamente utilizados al servicio de la política agresiva (traducida siempre como imperativo de seguridad) del Estado de Israel. En realidad, la superior organización militar judía (con el Haganá en el centro,  base de las futuras Fuerzas de Defensa Israelíes), el armamento exterior (por ejemplo, el checoslovaco), la desorganización  y falta de liderazgos sólidos e incluso de deseos de combatir de la población palestina, la desunión y falta de iniciativa de los países árabes vecinos y hasta las conversaciones secretas sionistas con el príncipe Abdullah de Cisjordania, que deseaba quedarse con una parte del pastel del país troceado, explican mejor que cualquier prodigio el triunfo israelí.

Sin embargo, la peor consecuencia fue la catástrofe de la comunidad palestina. Israel, con la guerra, amplió su territorio hasta el 78% del total, pero, sobre todo, redujo al 20% la minoría poblacional árabe dentro de su Estado, colocada además bajo administración militar hasta 1966. La forma en que esto sucedió consistió en la mera y simple expulsión masiva de unos 750.000 palestinos. Las tesis sionistas reconocen los efectos de la guerra en esta huida y aluden a una supuesta estrategia de sus dirigentes para que abandonaran sus tierras, desprestigiando a Israel y preparando su retorno con la derrota del nuevo Estado. Niegan, en todo caso, una voluntad deliberada de limpieza étnica, que sin embargo la abundante documentación accesible décadas más tarde y los diarios o testimonios de los protagonistas, utilizados por la denominada historiografía postsionista, han venido a demostrar. Los trabajos de Ilán Pappé y otros son, en ese sentido, ilustrativos, por ejemplo, de las intimidaciones para forzar el éxodo, las violencias practicadas por el Haganá o los grupos sionistas de extrema derecha Irgún o Stern. Destrucciones de aldeas, ejecuciones sumarias de varones (incluyendo mayores de 13 años) o de población en general, violaciones, incendios, envenenamiento de aguas… forman parte de un conjunto de prácticas que se inician en 1947, se recrudecen en 1948 bajo la inspiración del Plan D (Dalet, según el nombre de la letra hebrea), diseñado por la comisión presidida por Ben Gurión, y se completan en 1949, con prácticas sistemáticas imposibles  de explicar por simples razones militares y que sólo cabe interpretar en términos de limpieza étnica. Como resultado, la Palestina árabe se derrumbó.

Expulsión de palestinos en 1948.

La Nakba incluyó destrucciones y matanzas como la de Deir Yassim, con el asesinato de entre uno y dos centenares y medio de hombres, mujeres, niños y niñas a manos de la extrema derecha sionista; el caso de la localidad costera de Tantura, con ejecuciones sistemáticas en la playa de hombres jóvenes, inequívocamente testificadas por oficiales judíos;  la masacre de Ayn al Zaytun, trasladada a la novela y luego llevada al cine; o el episodio de Dawaymeh, donde, según los testigos, los cadáveres se apilaban en la mezquita y en las calles. Son sólo unos cuantos ejemplos. En total, el estudio de Pappé contabilizaba la destrucción de 531 aldeas, que estimaciones más recientes elevan a 615 localidades. Al menos 11 barrios urbanos árabes fueron vaciados y muchas de sus casas destruidas. Entre estas ciudades, con la aquiescencia o complicidad de las todavía autoridades británicas, estaba Haifa, el principal puerto del país, donde las amenazas israelíes generaron el pánico de la población árabe, que huía -como pudo comprobar la misma Golda Meir- dejando incluso la comida en las mesas y los juguetes y libros de los niños esparcidos por el suelo, mientras algunos buques que los evacuaban llegaron a hundirse por la sobrecarga de pasajeros despavoridos. P la ciudad de Jaffa, cuyos 50.000 habitantes árabes fueron expulsados. O Acre, con verosímiles sospechas de envenenamiento del agua por parte del Haganá…

La operación se completó con un gigantesco expolio de las tierras palestinas y un criminal proceso de borrado de la memoria árabe del territorio. La Ley de Propiedad de Ausentes otorgó al Fondo Nacional Judío los 2 millones de hectáreas de tierras objeto de la rapiña realizada a los desplazados, distribuidas para instalaciones militares, explotaciones siempre estrictamente judías o bosques naturales, mientras los poblados palestinos eran derruidos, al igual que muchas casas árabes en las ciudades. Nuevos mapas y un cambio radical de los topónimos (recuperando nombres bíblicos) contribuían a borrar las huellas de la ignominia. Israel siempre ha negado, como cabía esperar, que su Estado nació de este expolio y que sus héroes nacionales participaron de la limpieza étnica, la ampararon o fingieron ignorarla. La Palestina árabe fue destruida en nombre del mito de la vuelta de un pueblo a su patria milenaria. La catástrofe pasaría pronto a la identidad y la memoria palestinas como un trauma colectivo que ha expresado muchas veces con evocadoras palabras de exiliado su poeta nacional, Mahmud Darwish, por ejemplo en su poema Carta de identidad: “Escribe:/ Mi pelo… color carbón /Mis ojos… color café. / Marcas distintivas: / sobre mi cabeza una kuffiya con su cuerda firmemente anudada (…) / Mi dirección: / Soy de un poblado lejano… olvidado, /donde las calles no tienen nombre”.

La ONU, intentando salvar la mala conciencia por su error anterior, exigió en la resolución 194, de 11 de diciembre de 1948, el derecho de retorno de la población expulsada

La ONU, intentando salvar la mala conciencia por su error anterior, exigió en la resolución 194, de 11 de diciembre de 1948, el derecho de retorno de la población expulsada, reivindicación permanente de la resistencia palestina hasta hoy y que Israel, obviamente, ignoró por completo. El nuevo Estado nunca permitió a los palestinos que aún permanecieron en tierras de Israel construir un solo asentamiento propio. Por el contrario, el Knesset (parlamento israelí) promulgó en 1950 otra Ley de Retorno bien distinta, que otorgaba la nacionalidad israelí a cualquier judío que la solicitara del resto del mundo. No en vano Israel se concebía como un Estado basado en la tierra y la sangre (o la religión), el “Estado de los judíos”, y no de todos sus ciudadanos.

Milicias sionistas.

Desde 1948, el Estado israelí ha cultivado intensamente el mito de su vulnerabilidad (y por tanto de una amenaza constante a su supervivencia), justificando así su oposición permanente al reconocimiento de la existencia de otro pueblo sobre su territorio; los árabes eran siempre “terroristas”, emuladores de los nazis pensando en un nuevo Holocausto, incluso cuando utilizaban métodos pacíficos en su oposición. El “problema palestino” realmente no existía; Golda Meir aseguraba que se trataba de una “invención de algunos judíos con una mente retorcida”. Asimismo, Israel identificaba, espuria e ilegítimamente, su propia existencia con la del pueblo judío. Cualquier crítica a la política israelí era -y es- tipificada como antisemitismo, pueril argumento que equivaldría, por ejemplo, a identificar las críticas al franquismo con anti-españolismo o el rechazo al nazismo con el odio a todo lo alemán. Los intentos de infiltrarse en Israel y volver clandestinamente a las tierras arrebatadas en la década de los 50 fueron repelidos a balazos, con el resultado de miles de muertos. Y todavía en 2009 una ley -que luego hubo de ser suavizada por su radicalidad- castigaba como delito identificar el día de la independencia con una tragedia. Ni que decir tiene que las conmemoraciones de la Nakba han sufrido una constante represión. A despecho de las evidencias históricas, el relato de Israel siempre ha negado la expulsión colectiva.

Plan de partición de la ONU

Tras el 48, Cisjordania y Jerusalén Este pasaron a manos de Jordania, mientras que Gaza era sometida a tutela egipcia. Pero en la guerra de 1967, Israel se hizo con el control de estos territorios, además de los Altos del Golán (pertenecientes a Siria) y el desierto del Sinaí (de Egipto). Esta vez el contingente desplazado fue de sólo unos 300.000, y se habló, más suavemente, de la Naksa (el revés). Desobedeciendo la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU, sólo el Sinaí fue devuelto, pero el resto de los territorios ocupados, en particular Cisjordania,  ha sido objeto de una sistemática colonización judía que viola todas las normas del Derecho Internacional y las resoluciones sucesivas de las Naciones Unidas; mientras la minúscula franja de Gaza (360 km2) era objeto de colonización primero y un aislamiento posterior que la convertía en una verdadera prisión superpoblada, sometida periódicamente a razzias violentas con centenares o miles de muertos. Tras los engañosos “acuerdos de Oslo”, la supuesta buena voluntad que implicaba al menos permitir un Estado palestino propio sobre los exiguos despojos de su tierra histórica ha dado paso a un seudo-Estado “bantustán” (por utilizar el término sudafricano) y una aceleración del proceso colonizador judío que supera ya los 600.000 asentados sobre la usurpación de tierras palestinas, mientras un nuevo “muro de la vergüenza” de más de 700 kilómetros de longitud prevista separa la actual Israel de la mayor parte de Cisjordania. Esta, un pequeño territorio de 5.800 km2, poco más de la mitad de Asturias, mantiene hoy el 62% de su suelo ocupado por Israel, y el resto bajo la nominal autoridad palestina, fragmentado hasta el límite y sometido al control de un centenar de puestos militares fijos israelíes y otras múltiples trabas que dificultan la movilidad y convierten la vida plestina en una pesadilla.

Milicias palestinas.

La violencia de la vida cotidiana bajo la ocupación, la desesperanza y la rabia que condujo a las dos intifadas, duramente reprimidas, ha sido descrita muchas veces, y avala las caracterizaciones de Chomsky de la política de Israel, siempre apoyado por Estados Unidos, como terrorismo y racismo institucionalizados; o las calificaciones de Pappé de “anexión sigilosa” y “genocidio progresivo”. En febrero de 2022, Amnistía Internacional publicaba un demoledor informe sobre “El apartheid israelí contra la población palestina”, recordando la Nakba y describiendo crudamente las prácticas actuales del Estado sionista (desposesiones de tierras y propiedades, segregación, privación de derechos, demoliciones y desalojos forzosos, controles abusivos, detenciones arbitrarias y un largo etcétera). En vísperas de la actual escalada, la misma organización (en su informe “Israel y los territorios ocupados”) mostraba de nuevo, con datos estremecedores, que lo sucedido desde el 7 de octubre del pasado año dista de haber sido una tempestad súbita en un cielo sereno. Craig Mokhiber, dimitido director de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en Nueva York, el pasado 28 de octubre, calificaba lo que sucedía en Gaza como un “genocidio de manual”, matanza arraigada en “una ideología etnonacionalista y colonialista” violenta y practicante del apartheid; todo ello con la imprescindible complicidad y la tolerancia de Estados Unidos y los países europeos.                  

El genocidio y el horror actual no comenzaron, pues, el 7 de octubre, como respuesta excepcional al ataque de Hamás y las milicias palestinas; en todo caso y con los debidos antecedentes, hay que remontarlo a 1948. La Nakba se convirtió en parte esencial de la identidad palestina, en cuanto que origen o punto de partida de la tragedia actual. Su conmemoración el 15 de mayo pretende subrayar la coincidencia fundamental y la relación causal entre los orígenes del Estado de Israel y la destrucción criminal de la Palestina histórica. Su recuerdo nos ayuda a comprender la permanente naturaleza agresiva y colonialista del Estado surgido en 1948 y las causas últimas de la violencia inmisericorde que, en los últimos meses, se ha desatado sobre el martirizado pueblo palestino.  

Actualidad