Amasar el pan, devolver un abrazo

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

No recuerdo de qué guerra era víctima, sólo recuerdo que había perdido una mano. Se lamentaba de no poder hacer ya lo que hasta entonces había hecho cada día, amasar el pan para toda su familia. Era una mujer árabe y la noticia la vi en algún periódico hace ya tiempo. Sería Irak, Afganistán, no lo sé.

Mi madre amasaba muchas veces, ella decía “arroxar”. El Diccionariu de la Llingua Asturiana dice que este verbo significa calentar el horno, ponerlo “al rojo”, y también “hacer pan”. Mi padre, mis hermanos y yo, cuando la veíamos, le decíamos que se dejara de tanto arroxar, que descansara. Pero lo decíamos con la boca pequeña y por el gusto de emplear ese verbo que sólo con ella y en ese contexto usábamos. En realidad, estábamos desde el primer momento salivando, esperando a ver qué iba a hacer, empanada, galletas, casadielles… Cada vez que yo amaso, con un repertorio mucho más limitado que el de mi madre, pienso en ese verbo y pienso en ella, siempre. A veces no puedo evitar recordar también a aquella mujer que había perdido su mano. He intentado olvidarme del episodio, pero ahora ya no me importa, no hago esfuerzos por no recordar. En realidad, creo que está bien acordarse, está bien que de vez en cuando alguna de estas historias no se borre sepultada por la siguiente, una guerra sepultada por otra.

Esta semana, sin quererlo, porque procuro informarme evitando las imágenes, he visto un bebé, no sé si niña o niño, sin manos. Huyendo quién sabe de dónde ni a dónde, en la Franja de Gaza, en brazos de su madre. No se me borra su cara llorosa, que no era la cara de pena de un niño por un dolor, un disgusto o una rabieta de algún tipo con el que estemos familiarizados. Era otra cosa. Cansadas estamos de leer que el ejército de Israel está asesinando niños, especialmente niños, y dejando un reguero infame de criaturas mutiladas, pero verlo crudamente provoca un dolor sin fondo. Apetece abrazar a ese bebé y duele imaginar que no podría devolver el abrazo. Matar y mutilar niños, estas son las hazañas de un ejército de bestias sin alma al que no parece que vaya a pararle los pies quien podría hacerlo.

Las guerras dejan víctimas de muchos tipos, y no sólo se trata de los que las pierden. También quienes forman parte del ejército vencedor engrosan la lista de víctimas de estrés postraumático, una expresión que, hasta donde sé, empezó a usarse en referencia a los veteranos de la Guerra del Vietnam. No fueron los excombatientes de Vietnam los primeros en sufrir ese trastorno, pero en ellos empezó a estudiarse y a afrontar en serio y médicamente que no sólo deja huellas el dolor sufrido, sino también el causado. Son heridas que no se ven y, por lo mismo, complicadas de curar.

Es difícil saber si los seres, no sé si humanos o no, que están arrasando Gaza, tanto los que bombardean a refugiados inermes y medio muertos ya de hambre y miedo, o los que impiden el paso de los camiones de ayuda humanitaria, los que hacen todo eso de manera perfectamente deliberada y con un orgullo que les lleva a grabarse y fotografiarse mientras tanto, tendrán algo parecido a una conciencia y alguna vez, cuando pase el tiempo, se verán asaltados por algo parecido a un sentimiento de culpa. Parece difícil. Y será difícil también que, si esto sucede, sintamos algún tipo de empatía por ellos. Si el recuerdo de todos aquellos a los que han impedido amasar con sus manos el pan de cada día, de todas aquellas a las que han privado de abrazar y devolver un abrazo, atormenta sus noches y sus días, si el resto de su vida es un reflejo del infierno que han llevado a Gaza, estará bien. Por mí, al menos, estará muy bien.

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