¿Se dejará raptar Europa?

La ultraderecha será para Europa un amante más desconsiderado, si cabe (y cabe), que Zeus

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El nombre de Europa se lo debemos a un mito griego, cómo no. Había una vez una muchacha con ese nombre, que estaba tan feliz jugando con sus amigas en las playas de Sidón, ciudad fenicia de la que su padre era rey, en la actual Líbano. Dicen los diccionarios de mitología que Zeus la vio y se enamoró de ella. Vamos a hacer como que sí, como que se enamoró, aunque el hecho de que se metamorfoseara en toro para raptarla violentamente, llevarla volando a Creta y allí unirse a ella por la fuerza es una demostración de amor bastante cuestionable. Una imagen del rapto puede verse en la moneda griega de dos euros.

Hay otras versiones del mito, pero Europa no sale mejor parada en ellas. Heródoto cuenta que antes de que griegos y persas se enzarzaran en las famosas guerras del siglo V a.C., se habían sucedido entre los griegos y los “orientales” una serie de agravios mutuos en los que, al parecer, la culpa primera fue de los fenicios. Estos, habiendo ido a hacer negocios a la ciudad griega de Argos, raptaron a la hija del rey, Io, y se la llevaron a Egipto. Los cretenses, en respuesta a este abuso, tomaron por la fuerza a la fenicia Europa. Y las afrentas, en las que las mujeres servían de mercancía, siguieron: los griegos no se quedaron contentos con el rapto de Io y tiempo después se llevaron también a Medea, hija del rey de la Cólquide. Y sabemos bien cómo el troyano Paris raptó a la griega Helena y sucedió lo de Troya. Heródoto cuenta estas historias sin meterse en demasiadas honduras, aunque sí dice que los persas consideraban que eso de raptar mujeres estaba mal, pero que tomarse tantas molestias por recuperarlas era de gente de poca cabeza, ya que si ellas no hubieran querido nunca hubieran sido raptadas.

Esto que dice Heródoto que decían los persas, y que por desgracia nos suena tan actual, es probable que esté entre los pasajes de la literatura grecolatina que han hecho tan atractiva esta cultura al submundo de los Red Pill. Para quien no esté familiarizado con esta etiqueta, hace referencia a comunidades de internautas machistas e ignorantes hasta decir amén, convencidos de que viven en una sociedad que los discrimina y que concede privilegios a las mujeres. El nombre está tomado, obviamente, de la pastilla roja con la que Morfeo le ofrecía la verdad a Neo en la película Matrix. Ellos se han tomado también la pastillita y se han dado cuenta de que el mundo es hostil a los hombres, aunque en apariencia parezca otra cosa. Estos Red Pill sienten una especial fascinación por la Antigüedad Clásica, o, mejor dicho, por una parte de ésta muy pequeña y, por supuesto, mal interpretada. Buscan y, a su torpe manera, encuentran en la Antigüedad un refuerzo a su propia misoginia. Donna Zuckerberg, clasicista norteamericana, hermana de Mark, el de Facebook, escribió un documentadísimo ensayo sobre estas comunidades de misóginos, incels, extremistas de derecha y otras joyas del estilo: Not All Dead White Men: Classics and Misogyny in the Digital Age, Harvard, 2018.

Donna Zuckerberg, feminista, escritora y clasicista estadounidense.

No se puede dejar a los antiguos griegos (ni a los romanos) en manos de esta gente, cuyas no-ideas campan, desde hace mucho, por las fluidas no-fronteras de internet. Sería abandonar a Europa a su suerte. Para empezar, a la Europa del mito, sobre cuya historia, de la que existen otras versiones además de testimonios iconográficos, podemos seguir reflexionando, preguntándonos si sería cierto que pudo impedir que Zeus la raptara, o qué significarían esos episodios míticos repetidos una y otra vez, qué quieren decirnos, qué pensaban de ellos los griegos, las griegas. Es decir, estas historias nos permiten pensar, algo que parece básico, pero que está fuera del alcance de los Red Pill, y que es uno de los mayores atractivos de un mundo clásico que necesita más mujeres dedicadas a su estudio. Es urgente contrarrestar los zarpazos que le dan los de la pastillita, que son un ejemplo más de que una gran parte de lo que se considera misoginia griega ha sido siempre, en realidad, “cortesía” de sus intérpretes. Que un personaje del entorno de Donald Trump, como Steve Bannon, “adorara Esparta” y se dijera fascinado por el mundo clásico es una desgracia, pero la consecuencia no puede ser que les dejemos el territorio libre, ni siquiera Esparta, ni siquiera un rinconcito de esa tierra en la que bailaron los coros de muchachas que canta el poeta Alcmán.

Y qué decir de la Europa a la que la princesa fenicia dio nombre. El toro anda ahora desbocado entre nosotros. Aunque no es un toro (pobre y maltratado animal), es una bestia sin nombre que no pretende llevarnos a ningún sitio, sino instalarse en nuestras casas, con su violencia, su misoginia, su egoísmo, su indiferencia hacia el débil, su codicia depredadora. La ultraderecha será para Europa un amante más desconsiderado, si cabe (y cabe), que Zeus. Si es verdad lo que contaba Heródoto que contaban los persas, hay una esperanza todavía: no nos dejemos raptar.

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