La extrema derecha y el fin del neoliberalismo

Estamos en el tramo final de una campaña electoral caracterizada por el insulto y la descalificación, la ausencia de un debate real sobre los dilemas y desafíos de una Unión Europea en proceso de mutación.

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Manolo Monereo
Manolo Monereo
Es un abogado, politólogo y político español. Ha sido militante del PCE e IU y diputado de Unidas Podemos. Su último libro es "Oligarquía o democracia. España, nuestro futuro" (El Viejo Topo).

Leí por primera vez expresión “ideas zombis” en un libro de Ulrich Beck cuyo título era “Libertad o capitalismo”. Después me la he encontrado muchas veces por aquí y por allá, habiéndolo usado alguna que otra vez. Las ideas zombis son conceptos sin contenido, expresiones que tuvieron sentido en un momento dado pero que el paso del tiempo y, sobre todo, el cambio de circunstancias históricas, las hace inútiles, inservibles. Sin embargo, aquí aparece su especificidad, se siguen usando profusamente, se repiten una y otra vez y cuando llegan las campañas electorales pretenden recobran parte de su antigua fuerza persuasiva.

Las elecciones europeas son las más propicias para estos experimentos anacrónicos. “Más Europa” se combina con “todos contra la extrema derecha” pasando por tímidos llamamientos a una “Europa de los derechos”, “feminista” y “social”. Los más audaces hablan hasta de guerra, de rearme y militarización; aparece Gaza y la matanza diaria de palestinos (niños, jóvenes, mujeres, ancianos).  La extrema derecha vociferante quiere hacerse oír y amenaza con la fuerza física. Las elecciones europeas son ideales para buscar perfil, delimitar espacios y fuentes de financiación partidaria o personal. Los que saben se preocupan de que lo “nacional” opaque o difumine lo “europeo”. Estas elecciones, insisten, son muy importantes, decisivas; hubo una época que se hablaba de “elecciones constituyentes” o casi. Hablar por no callar.

Hay que entenderlo. El problema es que estas elecciones interesan poco; no porque las poblaciones consideren que lo que se decide allí, en lo alto, en la cúpula, no tenga importancia; bien al contrario, es tan importante, tan decisivo, que el voto, su voto, nada define. Las decisiones fundamentales ya se tomaron, las políticas de fondo se están implementando y su financiación está ya en marcha. El voto nada determinará; nada. Ir a la guerra, derrotar a Rusia o impedir que Putin gane, marcará nuestro próximo y decisivo futuro. Guerra, escalada y conflicto general, nuclear o no, es la gran cuestión, la línea de demarcación ¿se sustanciará en estas elecciones? No lo parece. La OTAN es la que marca la agenda, define los tiempos, señala las políticas comerciales, las sanciones y los sancionados, el desacoplamiento de China, la posición sobre Israel, sobre Irán. El tipo de políticas económicas y el papel del complejo militar, industrial y científico; sus conexiones con la Inteligencia Artificial. El gran consenso sobre la emigración nos dice, más allá de la retórica, que para la clase política estamos ante un problema de seguridad y político-militar sobre el control y uso de las poblaciones.  

La OTAN es la que marca la agenda, define los tiempos, señala las políticas comerciales, las sanciones y los sancionados

La “gran transición geopolítica” que vivimos acentúa la presencia constante de “ideas” que rápidamente devienen en zombis, cuya constante repetición llenan los titulares de prensa y que cada vez dicen menos. Llevamos años hablando de cordones sanitarios contra la extrema derecha, haciendo declaraciones solemnes prometiendo no gobernar con los hermanos de la Meloni o los duros de Abascal. Las extremas derechas y las derechas extremas empiezan a ser funcionales a la “nueva” Unión Europea que está surgiendo en la guerra y con la guerra. Una UE más norteamericana, defensora a ultranza de un Occidente en peligro, atemorizada por las posibles invasiones bárbaras. Los liberales de todos los partidos no lo entienden. Sánchez a nadie asusta; a nadie. El problema es que ocupa (así lo ven) un espacio de poder que debería estar en otras manos; ahora más que nunca. No es por lo que hace, sino por lo que impide hacer.

La UE en guerra quiere reforzarse a la vieja usanza nacional-estatal definiendo enemigos y reforzando su cohesión interna. La “Europa potencia y fortaleza” no se puede construir sin los Estados, sin las naciones, sin el compromiso de las poblaciones. El péndulo pasa ahora de las políticas de integración a las políticas de consolidación estatal, sobre todo si hay que militarizar a las sociedades, volver al servicio militar obligatorio y dedicar ingentes recursos al complejo bélico e industrial. Las (extremas) derechas nacionalistas son un recambio perfecto para el mundo que viene. Ellos deben asegurar que las derechas cambien y que la izquierda democrático-socialista salga de la escena. El anticomunismo sistemático como medio e instrumento para satanizar el Estado social, privatizar los servicios públicos y, sobre todo, liquidar los derechos sindicales y laborales. Son soberanistas sin soberanía popular, aliados estratégicos de los EEUU, rendidos partidarios del “liberalismo del miedo” y coherentes defensores de los valores tradicionales.

Banderas de la Unión Europea y de Ucrania, hondeando en Bruselas. Foto: European Commission

El neoliberalismo es algo más que teoría, practica política y definición estratégica, es una matriz de poder, estructura y organización de un bloque político al servicio de los grandes monopolios financieros e industriales. El “no hay alternativa” se ha ido convertido en sentido común de masas, en un modo normalizado de hacer política. Se suele repetir aquello de que es más fácil imaginar el fin de la humanidad que el fin del capitalismo. ¿Qué significa esto? Que nos vemos obligados a convivir con una barbarie que no tiene un horizonte histórico alternativo; que del imaginario de las clases subalternas ha desaparecido la necesidad y la posibilidad de un modo de producir, consumir y vivir distinto al capitalismo dominante; que las crisis aceleran los procesos de decadencia y que la involución social y cultural ha avanzado mucho.

El fin de la globalización, el fin de la hegemonía norteamericana y el fin del neoliberalismo, asuntos aparentemente singulares, tienden cada vez más a converger en el espacio y en el tiempo. En el pasado llegamos a la conclusión que el neoliberalismo sería derrotado por una coalición de fuerzas populares y democráticas que abrirían, como en América Latina, el camino a una nueva sociedad y a nuevas formas de hacer política. No será así. Lo que viene es una superación del neoliberalismo, por así decirlo, por la derecha. La “gran transición hegemónica”, el declive del Occidente colectivo y el ascenso del Sur global es incompatible con la globalización y requiere los resortes y los recursos de los Estados nacionales.  

No es casualidad que Israel esté en el centro del debate. Las consignas en favor de los Estados Unidos e Israel se corearon en las jornadas europeas de Vox. Repito, no es casualidad. La foto de Abascal con Netanyahu no es el pasado, es futuro cada vez más posible, más viable políticamente. El jefe del Likud representa esa mezcla -insuperada y plena- entre tradición y modernidad capitalista; un universo conceptual que engarza la lectura de la Biblia como la historia anotada de un pueblo elegido y las nuevas tecnologías de la vigilancia y control de las poblaciones. Israel es la línea del frente en la guerra entre civilizaciones; mejor dicho, entre la civilización judeo-cristiana y la barbarie islamista; vanguardia de un Occidente amenazado. Paz armada y movilización permanente frente a un enemigo siempre al acecho y presto al asalto y la conquista.

Estamos en el tramo final de una campaña electoral caracterizada por el insulto y la descalificación, la ausencia de un debate real sobre los dilemas y desafíos de una Unión Europea en proceso de mutación política e institucional y, sobre todo, por la sistemática ocultación de las graves consecuencias de la escalada en la guerra por delegación de la OTAN contra Rusia. Estamos pasando de una “guerra limitada“ a una “guerra generalizada”. Pensar que Rusia no usara su armamento nuclear es jugar en el filo de la navaja. Después de las elecciones habrá que hablar de política en serio.

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