Como si fueran hormigas

Ser buena persona y preocuparse solo por la gente que uno quiere no siempre es suficiente para hacer de esta tierra un lugar mejor

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Desde hace días tenemos una plaga de hormigas en la casa. Decir “plaga” es una exageración enorme, un fuera de lugar, ni siquiera puedo decir que esa cantidad desproporcionada de hormigas que han aparecido de repente en la cocina de nuestro apartamento sea una invasión. Pero hay muchas y no acaban de irse. Y aunque las hormigas son, probablemente, los insectos que más me gustan, su presencia insistente y tenaz en la cocina de mi apartamento ha empezado a molestarme. Al fastidio de tener que enfrentarme a este paisaje surrealista cada vez que abro el armario para sacar las nueces o la miel, o cuando levanto la mirada y las veo pasearse por las paredes y desaparecer entre las fisuras de la meseta y la nevera, se une el desconcierto de no saber de dónde han salido y por qué se han instalado en mi casa. En Nueva York estamos acostumbrados a las cucarachas y a los ratones, y una vez al mes viene un exterminador a desinfectar nuestras viviendas, pero nunca, hasta el verano pasado, habíamos tenido hormigas. Y nunca, como este año, habíamos tenido tantas.

Después de comprobar que una limpieza minuciosa y exhaustiva no servía para mucho, busqué en internet otra manera de acabar con ellas y de poder controlarlas. Preparé una fórmula a base de vinagre de sidra y detergente, y la apliqué con spray en las zonas más afectadas. Se suponía que esta solución ayudaría a bloquear la huella de feromonas de las hormigas, acabaría desorientándolas e impediría su vuelta. Cuando a la mañana siguiente vi que habían desaparecido casi todas, me alegré, convencida de que la fórmula había funcionado, pero ya al comienzo de la tarde descubrí que habían regresado de nuevo. Desgastada mi paciencia, decidí ir a la ferretería del barrio en busca de un remedio más eficaz aunque fuera más agresivo. Nada de lo que el dueño de la ferretería me enseñó en un principio me convencía demasiado, pero ante la falta de mejores opciones acabé comprando un insecticida que, además de fumigar hormigas y cucarachas, aseguraba mantenerlas bajo control. La segunda parte me interesaba más que la primera, al fin y al cabo la primera la había resuelto bastante bien con limpiacristales y con el desodorante que uso ocasionalmente para eliminar el olor de orina de las gatas. Quise creer, con el bote de insecticida en la mano, que esto sí funcionaría.

Estaba ya en la cola para pagar –pensando que iba a aprovechar el viaje para hacer una copia de las llaves de casa– cuando el dueño de la tienda me aseguró que no era tan raro que hubiera hormigas en los apartamentos, sobre todo si vivías, como nosotros vivimos, en el primer piso.

En realidad, no me gusta matar las hormigas, le dije, pero son demasiadas las que tengo.

Las hormigas, y por qué este señor lo tendría que saber, son para mí los veranos en Grajal de Campos de cuando era niña. Son aquellas mañanas limpias de la infancia –nuevas aún– jugando en los trigales recién segados bajo el sol impenitente de la canícula, mientras contemplaba, con absoluta fascinación, el afán tranquilo de estos insectos que arrastraban uno a uno los granos de cereal que les permitiría sobrevivir durante el invierno. Son, en definitiva, la alegría luminosa de todos esos días que no vuelven. Por eso me disgustaba tanto tener que matarlas.

Y qué vas a hacer, replicó el señor con una seguridad y una certeza irreprochables. ¿No ves lo que pasa con Hamás?

Yo ya estaba más pendiente de ver cuándo me tocaba el turno en la caja que de seguir la conversación con el dueño de la ferretería, pero fue oírle decir “Hamás” y sentir la necesidad de cambiar el ángulo de lo que podría convertirse en una discusión desafortunada.

¿Se refiere a los palestinos que están matando?

Al hombre no se le desfiguró ni un solo músculo del cuerpo al oírme, y completó la que debía parecerle la más ingeniosa de las comparaciones.

Sí, sí… los están matando pero la vida sigue, el mundo sigue. Igual que los insectos, sigue habiendo millones de insectos aunque los mates. Y lo mismo con los ratones. Matas un ratón y aún quedan miles de ratones.

No sé qué cara se me puso a mí ahora, si de incredulidad o de espanto. Sabía lo inútil que era compartir con este hombre cualquier opinión, pero quería ser yo la que dijera la última palabra.

No diga eso, por favor.

Dudo mucho que el señor me oyera. Y si me oyó, casi podría asegurar que lo único que debió entender es que me producía aflicción matar hormigas o ratones.

Salí de la tienda con el insecticida, con una nueva copia de las llaves de casa y con cierta pesadumbre en el cuerpo. Estoy segura de que el dueño de la ferretería –un dominicano que mudó el negocio a la esquina de la 181 y Fort Washington cuando cerró la farmacia que había en ese mismo lugar– ha de ser una buena persona, alguien a quien seguramente le desagrada la violencia tanto como a mí me disgusta, un hombre generoso con sus amigos, atento con sus clientes y cariñoso con su familia. Un señor incapaz de hacerle daño a nadie, como una grandísima parte de la humanidad, pero ser buena persona y preocuparse solo por la gente que uno quiere y te quiere, olvidando que aquellos que no conocemos también existen, no siempre es suficiente para hacer de esta tierra un lugar mejor para todas y para todos. Incluidas, además, las buenas personas.

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