Un adelanto de “Centímetro a centímetro”, el último libro de Eduardo Romero

Por más que se haga ruido a su alrededor, por más que griten los niños, que pase el tractor por delante de la casa, que truene la tormenta sobre el pueblo o que el pastor alemán ladre y ladre a medio metro de la cama, el viejo continúa en su planeta

Recomendados

Eduardo Romero
Eduardo Romero
Es activista y escritor, co-fundador del colectivo y local Cambalache de Oviedo/Uviéu. Entre sus libros "En Mar Abierto" (2016) y "Autobiografía de Manuel Martínez" (2019).

Un anciano y un sueño apacible. Durante las diez, doce o hasta catorce horas en las que permanece dormido, el viejo respira acompasada y silenciosamente. Solo muy de vez en cuando emite un breve y estrepitoso ronquido. A veces se le abre la boca y entonces su aspecto resulta entre cómico e inquietante. Ella mira esa abertura entre los labios y por momentos recuerda el juego de la rana, quiere lanzar una ficha a ver si acierta y la rana se la traga. Otras veces esa boca abierta le trae recuerdos de las agonías que ha presenciado a lo largo de su vida, y entonces la escena ya no le hace ninguna gracia.

Lo llama, primero quedamente, luego en voz cada vez más alta. Él tarda en abrir los ojos. A veces tiene que acabar acariciándole el rostro al tiempo que sigue llamándolo. Y si ni con esas reacciona, comienza a darle pequeños cachetitos en la mejilla derecha hasta que el viejo sale de ese sueño profundísimo. A ella le llama la atención que, cuando esto sucede, sus ojos se abren súbitamente, como si hubiera estado viajando desde otro planeta mientras ella trataba de despertarlo, y de pronto hubiera llegado de vuelta a este mundo. «La pastilla», le susurra entonces. Y él, familiarizado con este primer momento del día, trata de abrir los labios para recibir la píldora y media que ella le introduce en la boca cada mañana un rato antes de levantarlo. A veces, el viejo tiene la boca reseca y no es capaz de despegar los labios, así que ella empuja y empuja las pastillas hasta que ve que desaparecen dentro de su boca. «¿Quiere agua para tragarlas?», le pregunta mientras él ya ha comenzado a masticarlas. Casi siempre hace un leve movimiento afirmativo, y algún día que otro se le escucha un sí tan delicado que ella piensa que parece un jilguerito. Basta con que el vaso tenga agua para un par de pequeños sorbos, así no hay riesgo de verter mucho líquido sobre la cama ni de hacerle tragar al anciano más agua de la cuenta y que llegue a atragantarse. «Ale, ya puede dormir un rato más», le dice. Y el viejo, obediente, cierra los ojos y vuelve a sumirse en el sueño. Por más que se haga ruido a su alrededor, por más que griten los niños, que pase el tractor por delante de la casa, que truene la tormenta sobre el pueblo o que el pastor alemán ladre y ladre a medio metro de la cama, el viejo continúa en su planeta.

Hay mañanas en las que la rutina queda interrumpida por los lamentos del anciano. Son esos extraños días en los que es él quien toma la iniciativa y quiere levantarse. «Ya, ya», empieza a repetir, primero como un leve quejido y luego, si ve que nadie se acerca a atenderlo, a voces malhumoradas. La cosa tiene que ver con sus talones. Duerme con las rodillas bastante dobladas, sobre todo la de la pierna derecha, la del lado de la cirugía. Muchas veces no cambia de posición en toda la noche. Así que la piel endurecida —especialmente el borde externo del talón del lado de la cadera operada— comienza a molestarle y le impide continuar durmiendo. Ella prueba a retirar las mantas y la sábana que lo cubren, le mete los brazos por debajo de las rodillas y le modifica la posición de las piernas. La mayor parte de las veces, el viejo deja de quejarse y, al instante, vuelve a dormirse.

Hay un momento de la mañana en el que ella decide que ya no debe dejarlo dormir más. Tantas horas en la cama incrementan el riesgo de que al anciano se le forme alguna escara. Ella recuerda la guerra que le dio la que se le formó en la parte exterior del tobillo. Esa especie de moco amarillo y verde que rezumaba la herida. Las curas dos y tres veces al día. La ansiedad con que observaba cómo iba cambiando de color. La frustración que sentía cuando, al aireársela, el propio apósito, por muy apropiado que fuera para ese tipo de curas, acababa reabriendo, aunque fuera mínimamente, la herida. El alivio de ver cómo se completaba la postilla y, finalmente, se secaba y caía, dando término a la pequeña epopeya.

Abre las contraventanas de la habitación y le da los buenos días, una, dos, tres veces. En este segundo despertar el viejo reacciona a los saludos sin necesidad de que le abofeteen cariñosamente las mejillas. Ella retira primero la mantita que tiene sobre los pies. Quita después una colcha y una manta más gruesa y, por último, la sábana que cubre al anciano. Dobla toda esta ropa y la mete en un armario. Contempla entonces al viejo durante unos segundos. El pijama acostumbra a tenerlo en su sitio, pero hay días en que, incómodo, se ha ido bajando el pantalón y lo tiene por los tobillos. A veces también se observa algún pequeño resto de sangre en las sábanas o en la funda de la almohada. Y es que el anciano tiende a rascarse las orejas o uno de sus brazos, y en ocasiones llega a levantarse la piel. Mira también las legañas que el viejo tiene alrededor de los ojos. La barba que le ha ido creciendo y que hoy habrá que afeitar. Sus mejillas, encendidas de tanto calor bajo las mantas. Mientras lo observa, el viejo suele regresar a sus sueños, aunque a veces se espabila y se anima con alguna frase. Entre la sequedad de la boca y las dificultades de pronunciación que le provoca su enfermedad, es probable que no se le entienda nada. Pero hay días en que articula perfectamente las palabras: «En lo oscuro veía muchas cosas», vocalizó una mañana.

Cola ayuda del Gobiernu del Principáu d'Asturies.

 

Actualidad