Cerrar los ojos para seguir viviendo

Los asesinos tienen los ojos bien abiertos y cuando llegue el día en el que no se pueda hablar de Holocausto sin pensar en el Holocausto palestino no podrán alegar desconocimiento

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Cerrar los ojos ante una imagen que nos asusta o desagrada es un reflejo natural, incluso los cerramos cuando recibimos una mala noticia, es un gesto instintivo, aunque esa noticia que nos conmociona no tenga representación visual alguna delante de nosotros. Porque cerramos los ojos para no ver, me sorprendió esta semana la notica de un niño palestino de nueve años que cerraba los ojos para ver a sus padres y a su hermano gemelo. A los tres los asesinó el ejército israelí, “uno de los más criminales del mundo”, en palabras de una comisión de investigación de la ONU. En la noticia se decía que el niño cerraba sus ojos durante largos espacios de tiempo: decía que no quería que la imagen de sus padres y de su hermano desaparecieran de su mente como lo habían hecho de su vida.

Cuando Konrad Lorenz, uno de los fundadores de la etología, explicaba el salto cualitativo que supuso, en los mecanismos de la violencia y la agresión, disponer de herramientas que fueran, en un cierto sentido, más rápidas que la mente, ponía ante nuestros ojos la imagen de un hombre que, amenazado por otro, tenía tiempo de aplacarlo mediante ruegos, súplicas gestuales y verbales, un hombre que disponía de recursos (por supuesto no siempre ni necesariamente eficaces) para evitar el golpe, para esquivar la muerte, que podía arrodillarse, encogerse, hacerse pequeño, ganar tiempo y, quizá, calmar la cólera de su enemigo. Todo esto cambió cuando ese enemigo tuvo un arma de fuego en sus manos. El tiempo se había acabado. Aquel hombre que podía recibir varios golpes, pero, finalmente, conseguir que su oponente le perdonara la vida, caía muerto de un único y rápido disparo sin que pudiera mediar ceremonia alguna entre suplicante y suplicado. El cerebro y la herramienta habían desacompasado sus tiempos.

Un genocidio es también un cambio cualitativo. Un paso más hacia la barbarie absoluta. La rapidez y eficacia de las armas de los ejércitos actuales es inconmensurable, pero, al mismo tiempo, en una escala mayor, si se trata de un genocidio planificado, transcurre un tiempo lento en el que el pueblo masacrado y una parte de lo que demasiado generosamente se llama “mundo civilizado” imploran humanidad sin encontrar respuesta. “Uno de los ejércitos más criminales del mundo” (descripción de la ONU) dispara a niñas, a ancianos, a enfermos, borra del mapa a familias enteras, pero no en una locura de un momento. Lo hace un día tras otro, una semana tras otra, un mes tras otro. Y contemplan sin perturbarse cómo hay bebés muriendo de hambre, lentamente. ¿Cómo es posible? Ya no es que se hayan desacompasado, desajustado, los tiempos de la conciencia y de la técnica, como explicaba Lorenz, es que no queda nada que podamos llamar conciencia.

Ese niño que cierra los ojos se llama Omar. Ni su gesto, ni el que es un poco su contrario, abrir los ojos y seguir camino dejando atrás lo que más quisimos, son experiencias con las que debiera lidiar un niño. Es verdad que para poder vivir hay, demasiadas veces, que morir un poco. Lo decía en una preciosa canción (Insieme a te no ci sto più) el Franco bueno, el Battiato: “Si muore un po’ per poter vivere”. Pero eso, como cerrar los ojos para atrapar las imágenes de los que ya no están, son, deberían ser, cosas de mayores. Duele en el alma ver por todo lo que está pasando el pueblo de Palestina y muy especialmente sus niñas, sus niños. Los asesinos tienen los ojos bien abiertos y cuando llegue el día, que llegará, en el que no se pueda hablar de Holocausto sin pensar en el Holocausto palestino, no podrán alegar desconocimiento.

Y mientras, aunque algo olvidadas, porque las noticias se acumulan, o porque con el tiempo nos acostumbramos a todo, o simplemente porque ya no sabemos a dónde mirar, cumplimos con naturalidad el tercer año desde que las mujeres de Afganistán, todas, viven con los ojos cerrados, sin derecho a la educación, ni secundaria, ni universitaria. Sólo pueden ir a la escuela hasta los doce años y arriesgando, incluso en esos casos, su vida: a mediados del mes pasado sesenta y cuatro niñas y quince profesoras fueron envenenadas en una escuela del centro de Afganistán, en la provincia de Daikondi; meses antes habían sido envenenadas más de ochenta al norte del país. Los talibanes les han cerrado los ojos, malditos sean también ellos y malditas sean siempre las guerras.

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