El verano y el ruido de la motosierra como mal menor

Las derechas y la caverna mediática no quieren que la economía sea ahora mismo parte del tejido de la actualidad.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Acabaremos echando de menos la motosierra. De hecho, a mí ya me pasa a veces. Justo cuando empieza a hablar Milei, ya la añoro. Entre el chirrido de la motosierra, molesto pero sin semántica, y los bramidos de Milei, con restos de lenguaje articulado y harapos de ideas colgando de las palabras, encuentro más sosiego en el chirrido. Y cuando empieza a hablar Ayuso, añoro a Milei. Todos los caminos llevan a la motosierra. Milei aúlla barbarie y Ayuso también, pero con más inquina. Los dos apuntan a la misma maldad, a dejar el estado y volver a la jungla, a la deconstrucción de eso que cada vez quiebra más la paciencia de los ricos y que solemos llamar sociedad, civilización y cosas así. Milei es un esperpento y su discurso funciona cuando confirma ciertos estados emocionales del público. El discurso de Ayuso funciona como funcionan la macarrería y los insultos. Son sabores para lo mismo: la vuelta de la civilización a la jungla, donde el grande es libre para comerse al chico y el chico agota su libertad en ser blanco, heterosexual y español; y la bandera y el himno expresan una patria ficticia que agota sus funciones en ser la razón de que haya cuerpos armados. El malo de Fargo, especialmente cínico, le dice a un policía, impotente ante su impunidad, que averigüe por qué el ojo humano distingue más tonos de verde que de ningún otro color. Es efecto de uno de esos procesos evolutivos en los que se reproduce más el tipo de individuo que sobrevive mejor en un cierto entorno. El verde es el color dominante en el espacio en que se jugó la supervivencia, en el que había que distinguir frutos de venenos, percibir peligros y ver presas. La lección que quería dar el malo al policía es que los humanos somos supervivientes y depredadores y que no busque otra regla. Pero en la serie televisiva el que cree vivir en la selva es el malo.

El verano tiene algo de paréntesis, en el que los asuntos no se desvanecen pero quedan como en flotación mansa. Las elecciones europeas, y específicamente en España, evidenciaron que la red internacional de la ultraderecha está más organizada y mejor financiada que las estructuras de soporte de los partidos conservadores clásicos, cada vez más irreconocibles. Eso hace que se perciba más nítido el discurso ultra que el conservador. Esto es parte de lo que va elevándose para flotar en el verano y que nos recibirá en septiembre. Este discurso y su propaganda quiere de nosotros cuatro cosas. La primera es que los datos que configuran la actualidad en nuestra mente no sean los que nos conciernen y ni siquiera sean verdaderos. Seguramente, el lector no recureda el nombre del ministro de economía actual (es Carlos Cuerpo Caballero, yo también lo tuve que buscar). El ministro de economía es un pilar de cualquier gobierno y es el que gestiona las cosas más sensibles de nuestro bienestar. Pero no se habla de él, porque no hay decibelios en tono a las cosas de las que se ocupa. Las derechas y la caverna mediática no quieren que la economía sea ahora mismo parte del tejido de la actualidad, a pesar de ser de nuestra incumbencia. Simplemente, la economía va razonablemente bien y para la bronca contra el gobierno es mejor la amnistía, que ni nos va ni nos viene, la inexistente ETA o historias de Venezuela. Y también quieren que la actualidad percibida incluya okupaciones inexistentes, hordas de violadores extranjeros (en el país más seguro de Europa) e historias para no dormir de la familia de Sánchez. Los bulos cumplen varias funciones que no vamos a detallar ahora, pero que requieren que se repitan muchas veces. Nuestro organismo tiene una llamada memoria sensorial, por la que la respuesta de un órgano se mantiene un tiempo después de desaparecido el estímulo. Así se consigue ilusión de movimiento en el cine, gracias al pequeño momento en que el ojo sigue viendo un fotograma cuando ya no está. A otra escala, se puede conseguir que una mentira inconsistente, repetida con la suficiente rapidez, se haga estable en nuestra mente y destaque sobre el ruido de fondo. Si oímos Mónica Oltra anda en líos de abusos de menores, el dato puede ser evaluado. Pero si se repite el dato antes de que dé tiempo a evaluarlo o a ser engullido por el océano de la información y eso se hace muchas veces, pasa ser un dato que se destaca de ese océano sin haber sido sopesada su veracidad. Para que la repetición haga ese efecto tenemos los bots de las redes, los jueces que abren y retienen causas sin indicios y la prensa que insiste en los titulares. Así andaremos a vueltas con Oltra, la mujer de Sánchez y los okupas y seguiremos sin recordar el nombre del ministro de economía.

El verano tiene algo de paréntesis, en el que los asuntos no se desvanecen pero quedan como en flotación mansa

La segunda cosa que se quiere de nosotros es que seamos solo reactivos, que movamos nuestra conducta por lo que nos pida el cuerpo y no nos ocupemos de previsiones ni consecuencias de la conducta. La mayoría de la gente tiene la sensación de pagar demasiados impuestos y de que paga más que gente que vive mejor; la mayoría percibe que hay demasiados trámites en las cosas, demasiada burocracia, demasiada complicación; la mayoría se siente perjudicada por gente privilegiada. A todos nos pasa y a todos nos pide el cuerpo lo de a la mierda, que cada uno se ocupe de lo suyo y que el que venga detrás que arree. Debidamente empaquetado el mensaje nos puede llevar a apoyar lo de que cada uno a lo suyo, sin tener en cuenta la consecuencia de quedarnos sin médico, sin universidad o sin pensión, como predica el señor de la motosierra y la señora de las cañas y las terrazas.

Pedro Sánchez y Begoña Gómez. Foto: PSOE

La tercera cosa es que actuemos como ignorantes, pero con la sensación de estar bien informados, con las ideas muy claras y con convicciones simples y contundentes. Ninguno de los bocazas que oímos vociferar en espacios públicos se cree ignorante. Por eso una seña de identidad ultra es el negacionismo, la desconfianza en los canales del conocimiento para que valga igual el dato que se grita que el dato que se estudia y analiza. Si chillas lo bastante alto que no hay cambio climático, vale tanto tu afirmación como el consenso científico internacional. Y no te la van a dar con el rollo ese de docenas de mujeres asesinadas al año. Todo es cuestión de decibelios.

Y la cuarta cosa es que dirijamos nuestras emociones negativas a la identidad simbólica, que todo lo malo que nos pasa sea porque no se nos perdona ser españoles, heterosexuales, blancos y varones, que cuando no nos llega para el alquiler gritemos España y ETA y cuando llevemos un año esperando una operación bramemos contra las putas feministas.

El verano irá dejando en flotación a un PSOE estable, a unas izquierdas ocupadas cada una en ser la izquierda auténtica frente a las otras izquierdas, y un PP cacofónico en el que el ruido de Madrid DF va por un lado, Vox marca el discurso por otro y el aparato del PP es como un peatón estresado cruzando sin semáforo una avenida llena de coches. Feijoo y sus Gamarras me recuerdan a los dibujos animados aquellos de Vicky el Vikingo. Ante los peligros, Vicky siempre tenía una idea genial y su padre y jefe del poblado siempre apostillaba, para mantener la autoridad, que ya estaba pensando él algo parecido. Ahora Ayuso se desmanda con Milei, y Feijoo tendrá que buscar la manera de decir que es muy buena idea y que justo venía a propósito de lo que estaba él pensando. Se pasa el día cosiendo como puede las salidas cavernarias de Ayuso a su propio discurso para fingir que no lo están zarandeando. Así su discurso está lleno de cicatrices y costurones, sin rastro de seriedad. Y quedará también el olor de Alvise, para que el suelo intelectual y moral de la vida pública siga bajando. En comparación, la motosierra nos parecerá más armónica.

Y un detalle para las izquierdas. Lilith Verstrynge informa de que es la izquierda francesa la que siente envidia de la izquierda española. Ellos tienen su Frente Popular, pero en España llevan unos años de gobierno de coalición, que es su sueño dorado. Quizá podían ir pensando en qué juguete es el que está rompiendo tanto auténtico.

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