Esta semana observamos con preocupación la censura, por parte del Ayuntamiento de Villaviciosa, de una valla publicitaria con un mensaje propuesto por el grupo político Aína que expresaba lo siguiente: “¿Una Asturies pal turismu?, ¿o una Asturies para quien vivimos nella?”. ¿No es acaso una pregunta que nos planteamos muchas personas desde hace tiempo? El gobierno municipal de la Villa, junto con la asociación de comerciantes local, consideraron que este mensaje molestaba al Santo Turista y por lo tanto había que retirar la valla en un acto contra la libertad de expresión.
A simple vista, todas vemos como, especialmente en los últimos cinco años, los efectos del turismo masivo, que ya llevan tiempo sufriendo en otros territorios, se están acentuando en Asturies. Playas masificadas, caravanas de coches kilométricas, vehículos aparcados incluso en la autovía, colas en establecimientos, turistas que no respetan el ritmo de las localidades que visitan, aguas negras de furgonetas de gente sin escrúpulos que no se sabe dónde han acabado (por decirlo suavemente), rutas de montaña que se convierten en una calle céntrica en hora punta, ecosistemas invadidos, y podrían añadirse otras muchas evidencias observables a primera vista. Sin embargo, hay otras consecuencias menos visibles que genera el proceso de gentrificación provocado por este fenómeno pero que son también evidentes: subida de los precios del alquiler de la vivienda de manera desorbitada, la práctica inexistencia en algunas localidades de alquileres de larga duración a causa de los pisos turísticos; saturación de los Servicios de Salud, que no reciben refuerzo alguno pese al incremento estival de población; sobreexplotación de los recursos naturales, modificación gradual de los centros históricos en los que desaparecen las tiendas que dan servicio a la población autóctona y se transforman en parques temáticos para el turista encareciendo de manera general la vida, entre las principales. Esta combinación, hace insostenible este modelo de turismo descontrolado que está dificultando el acceso un derecho básico como es la vivienda, disminuyendo la calidad de vida e incrementando la contaminación en muchas poblaciones.

Este debate, tan nuevo como necesario en Asturies, lleva ya tiempo abierto en lugares como Baleares, Barcelona o Canarias. El argumento principal para no controlar el turismo y sus consecuencias siempre es el mismo: da dinero, da trabajo, es un porcentaje importante de la economía. Sin embargo, ¿quiénes se benefician de estos ingresos?, ¿qué tipo de trabajo produce este sector?, ¿son reversibles los daños en los ecosistemas producidos por la afluencia masiva de turistas?, ¿cómo acabarán los centros de las ciudades y pueblos en los que el turismo ha aumentado de manera desmesurada? Estas y otras muchas cuestiones son las que nos afectan a la mayoría de la población, sin embargo, un debate que apenas se ha iniciado en Asturies, ya quiere silenciarse.

Está claro que todas hemos viajado a otros lugares, que hemos sido “turistas” en distintas ocasiones, que el intercambio cultural que se produce al visitar otros territorios y al recibir a personas de otros sitios es enriquecedor, cuando se hace desde el respeto. Pero esto no es suficiente, es necesario poner límites al turismo, regularlo, proteger el acceso local a la vivienda, preservar el ritmo y los servicios que atienden a las personas que viven en el lugar, así como conservar los ecosistemas y el patrimonio cultural, entendiéndose como tal la forma de vida cotidiana. Pero, ¿cómo hacer esto? Por supuesto, estableciendo unos límites que garanticen el acceso universal a la vivienda. Pero también, ¿controlar el número de personas que acceden a los sitios de mayor afluencia?, ¿incluir tasas turísticas? ¿Cómo no caer en que las medidas perjudiquen únicamente a la clase trabajadora y los ricos, como siempre, queden exentos de toda regulación? Vivimos en un sistema capitalista que concentra la población cada vez más en las grandes ciudades, con un ritmo de vida vertiginoso, viviendo para trabajar y con la mirada puesta en esos quince días (en el mejor de los casos) en los que vas a ir de vacaciones escapando de la gran urbe. Está claro que el problema es estructural, el monstruo tiene muchas cabezas y una de ellas, es el turismo masivo. El debate está abierto, y aunque lo quieran censurar, debe ser abordado, por el bien de todas.
































