Diluvia desde octubre

En Gaza, convertida en campo de exterminio por los sionistas, no ha dejado de llover en décadas

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

En un libro escrito, en palabras del propio autor, en un lenguaje deliberadamente sobrio, sin el tono lastimero de la víctima, ni el tono iracundo del vengador, Primo Levi (Si esto es un hombre, 1947) relató su experiencia en Auschwitz, a donde fue conducido en febrero de 1944. En 1945, el campo de exterminio, el Lager, fue liberado y Primo Levi, químico turinés de origen judío, fue uno de los poquísimos supervivientes. No tengo buena memoria y ese libro de Levi lo leí hace más de veinte años; sin embargo, había un pasaje que me impresionó mucho entonces y que nunca olvidé. Lo he buscado y ahí estaba, subrayado, esperando que volviera a él ahora, ante un nuevo holocausto. Esto decía Levi de los días en el Lager: en un día de lluvia, él y el resto de prisioneros trabajan sin tregua, absolutamente empapados, congelados de frío, pero, por fortuna, piensa Levi, hoy no hace viento, “es extraño, pero siempre, de alguna manera, se tiene la impresión de ser afortunados, de que alguna circunstancia, quizá infinitesimal, nos aparta del borde de la desesperación y nos concede seguir viviendo. Llueve, pero no hay viento. O bien, llueve y hay viento, pero esta noche te toca a ti el suplemento de sopa y entonces también hoy encuentras la fuerza de tirar hasta la noche. O incluso lluvia, viento y el hambre de siempre, y entonces piensas que, si tuvieras que hacerlo, si de verdad no sientes en el corazón otra cosa que sufrimiento y hastío, como a veces sucede, que parece que yaces en el mismo fondo, entonces pensamos que, si queremos, en cualquier momento, siempre, podemos ir y tocar el vallado eléctrico, o arrojarnos bajo los trenes que maniobran, y entonces dejaría de llover”.

En Gaza, convertida en campo de exterminio por los sionistas, no ha dejado de llover en décadas. Y diluvia desde octubre. Primo Levi no se cansaba de repetir, “ha sucedido una vez, puede volver a suceder”. Está sucediendo. Levi utilizaba el término Holocausto para hablar de la barbarie nazi, pero no le gustaba (“filológicamente es un error”, decía). Es una palabra de origen griego que significa “quemar todo” o “quemar algo completamente”. Filológicamente sí es acertado, pues, si lo decimos de lo que está haciendo en Gaza el ejército de Israel. Holocausto sionista. Y ¿qué decir de las bombas arrojadas hace días sobre una escuela palestina en Al-Tabin? Son bombas tan bestiales que Francesca Albanesa, relatora de la ONU para Palestina, ha denunciado que los cadáveres (cientos) no pueden ser identificados de ninguna manera. Entonces se llenan bolsas de plástico con restos humanos: 70 kilos, un adulto. Provoca náuseas la sola idea, no hay una palabra que abarque ese horror, pero está pasando, no podemos decir que no lo sepamos.

A Primo Levi le preguntaron muchas veces si pensaba que los alemanes sabían lo que estaba sucediendo en los campos de concentración, si lo sabían los aliados, si era posible ese horror en el corazón de Europa sin que se supiera. Su respuesta es muy larga y matizada y no voy a recogerla aquí, pero sí reproduzco una parte fundamental de ella: “la mayor parte de los alemanes no sabían porque no querían saber, porque, de hecho, querían no saber”. A distancia, esta cuestión tan repetida (¿cómo podían no saber?) parece esconder una creencia ingenua (si se hubiera sabido no se hubiera permitido) que ahora suena más cínica que ingenua, como si el haberlo sabido hubiera tenido como consecuencia haberlo impedido. Sabemos y permitimos el holocausto en Gaza, el genocidio, la absoluta inhumanidad. Permitimos que no haya ni un día bueno, ni una esperanza, ni siquiera la de tocar una valla electrificada. Vosotros que vivís seguros / en vuestras casas caldeadas / vosotros que volviendo a casa al anochecer encontráis / la comida caliente y rostros amigos: / considerad si esto es un hombre, / éste que trabaja en el fango, / que no conoce la paz, / que lucha por un trozo de pan, / que muere por un sí o por un no. Así escribió Primo Levi, sin autocompasión y sin odio, con la esperanza de que no se repitiera.

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