Furia

La ira no tiene buena fama, pero hay situaciones, momentos, seres, que la merecen, que merecen toda nuestra furia.

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Rage, rage against the dying of the light, este es el último verso de un famoso poema de Dylan Thomas. La ira no tiene buena fama, pero hay situaciones, momentos, seres, que la merecen, que merecen toda nuestra furia. En esto creo que hay que hacerle caso a Aristóteles, su Ética a Nicómaco esconde tesoros. Así dice el filósofo: “a quien siente ira contra quienes la merecen, y por razones justificadas, y como se debe, y cuando es apropiado, y por el tiempo apropiado, a ese hay que alabarlo”. No sentir ira cuando es justo sentirla es lo que merece reproche. La filósofa Simone Weil decía de los antiguos griegos que fueron geómetras en el aprendizaje de la virtud, que colocaron en el centro de sus reflexiones el límite y el equilibrio en la ética. Y es verdad que cuando Aristóteles habla del comportamiento de los hombres, suele presentar como virtuoso el que está en el justo medio: por ejemplo, entre la prodigalidad y la avaricia sitúa la generosidad de quien da lo que se debe, a quien se debe y cuando se debe, y lo hace con placer. La ira, pese a su mala fama, está también en el justo medio; el defecto es la tibieza, el no sentir furia con quien lo merece y cuando lo merece, y el exceso es la iracundia, el precipitar la cólera contra la persona equivocada y sin medir ni el momento ni el tiempo que ésta dura.

Furia, furia contra la muerte de la luz, ¿y no está muriendo la luz bajo las bombas del ejército sionista? No cabe más brutalidad. Las cifras de niños asesinados, de personal médico y humanitario convertido en objetivo militar, de periodistas eliminados con saña es insoportable. Es un genocidio, todas las veces que se diga son pocas. Y lo mínimo que podemos sentir es ira cuando vemos que no sólo no se hace nada para detener a las bestias, sino que seguimos armándolas. ¿No merece ira que Europa no declare el embargo total de armas al estado genocida de Israel? También merece ira el desajuste entre lo que se dice, que se necesita un alto el fuego inmediato, y lo que se hace: nada. Merece la ira el cinismo, la cobardía, la tibieza de unos gobiernos que no rompen relaciones con quienes rezuman sangre.

¿No merece ira que Europa no declare el embargo total de armas al estado genocida de Israel?

Aristóteles, después de definir la justicia y el resto de virtudes morales, enumera también los vicios y señala los tres tipos de actitud que debemos evitar y condenar: la maldad, la falta de autocontrol y la bestialidad. Justo los tres comportamientos que definen a ese ejército que se considera a sí mismo “el más moral del mundo” y que bombardea con fósforo blanco a civiles, o hace saltar por los aires hospitales y escuelas, o quema campos de refugiados, o bloquea el paso a las ambulancias.

Furia, furia contra la muerte de la luz, contra la muerte de la decencia, contra la barbarie, contra los genocidas, contra sus cómplices. Los vencedores de ahora se creen impunes e invencibles, pero los geómetras de la virtud les advertirían de que no es así. Y no sólo Aristóteles. También Eurípides, que en su tragedia Troyanas relató las brutalidades que los griegos cometieron en Troya tras tomar la ciudad, pone en boca de un dios, al inicio de la obra, estas palabras: “Loco el mortal que saquea ciudades, y templos y tumbas y santuarios de los muertos: deja un desierto tras de sí, pero prepara su propia destrucción”. El propio dios, que era Posidón, se encargó de enfurecer el mar y provocar que los griegos vencedores no tuvieran un regreso apacible a la Hélade. El ejército de Israel también ha saqueado ciudades, ha bombardeado cientos de mezquitas, ha profanado cementerios y está dejando un desierto tras de sí. Furia, furia contra su maldad, falta de autocontrol y bestialidad.

Furia, furia contra la muerte de la luz, contra la matanza de inocentes. ¿Hasta cuándo se va a soportar este infierno? ¿No hay un límite? ¿Cuál es el número de niños asesinados al que hay que llegar para que estalle una ira capaz de sacudir los cimientos de la tierra? ¿Cuántos campos de refugiados tenemos que ver arder? Simone Weil decía también que detrás de casi cada guerra podíamos ver a un grupo de bandidos disputándose un botín, y es cierto, muchas veces lo hemos visto. Pero no aquí, porque no es una guerra, es un genocidio, es la devastación absoluta, la maldad absoluta, la bestialidad absoluta. Y, como afirma incansable la periodista Olga Rodríguez Francisco, nadie podrá decir en el futuro que no lo sabía. Lo inhumano, lo inmoral es no sentir la ira más absoluta. Furia, furia contra los genocidas y sus cómplices.

Actualidad

spot_img