El SIDA, la pandemia de la ‘otredad’

La primera muerte por la epidemia en Asturias fue la de una mujer en el año 1985.

Recomendados

Arantza Margolles
Arantza Margolles
Es historiadora.

Una persona muerta a la semana a lo largo de trece años. Cuando José Antonio Álvarez Riesgo, a la sazón director de Salud Pública, presentó en 1998 los resultados sobre la evolución del SIDA en el Principado de Asturias, la pesadilla ya comenzaba a remitir. Habían pasado once años desde la aparición del AZT, el primer fármaco contra el virus, y ocho de la puesta en marcha de la polémica, pero efectiva, campaña del ‘Póntelo. Pónselo’. De ambos hitos comenzaban ya a recogerse los frutos: una tendencia a la baja de la que se congratulaba el gobierno de Sergio Marqués. Pero no era oro todo lo que relucía. Las declaraciones de Álvarez Riesgo venían a contestar a las críticas de ONGs como el Comité Anti-SIDA de Asturias o Xente Gai Astur (Xega) hacia la Consejería de Servicios Sociales. Les acusaban de haber paralizado los programas de reparto gratuito de preservativos; y, aunque el SIDA ya no mataba tanto como antes, lo cierto era que la transmisión del virus, con solo un 7% de los jóvenes asturianos utilizando condones para su protección -según un estudio del Consejo de la Juventud)-, iba al alza. Sí. De las pesadillas se acaba por salir, pero muchas veces, al despertar, se olvidan demasiado rápido. Sí: una persona muerta a la semana, a lo largo de trece años. Eso había sido el SIDA en Asturias; la pandemia silenciosa de la ‘otredad’.

La enfermedad de ‘los otros’

Silenciosa porque la vergüenza la acallaba; de la ‘otredad’ porque quienes la contaron quisieron, muchas veces, autoconvencerse de que eran inmunes a ella. “Pensad en las posibilidades que ofrecen el travestismo y la homosexualidad”, afirmaba irónico, en un artículo para la agencia Efe fechado en enero de 1987, José María Gironella. “Eso del SIDA es una amenaza sin fundamento inventada por el Vaticano”.  El autor de “Los cipreses creen en Dios” atacaba a la libertad sexual en un momento en el que ya se sabía que el virus, detectado en 1981, no solo afectaba a la comunidad homosexual. Encontraba, además, su principal nicho en España en los toxicómanos por vía parenteral. Pero todo valía. “Boy George, el travesti-cantante del grupo Culture Club, está organizando un multimillonario concierto para recaudar fondos contra el SIDA”, había afirmado dos años antes, poco después de la muerte de Rock Hudson a causa de la infección por el VIH, otro suelto de Efe. “Boy ha reclutado músicos de mucha pluma, todos los que pueden habérselas con la terrible enfermedad, debido a sus gustos sexuales (…) No ha tenido excesivos problemas para reclutarlos, habida cuenta de que son muchos los intérpretes británicos que cambiaron de acera sexual”. 

La principal agencia de comunicación de España hablaba de una enfermedad propia de otros en octubre de 1985. Un mes después, en el Hospital de Cabueñes (Xixón), se registró la primera muerte por SIDA documentada en Asturias. La víctima tenía 21 años, y era una mujer.

Campaña informativa sobre el SIDA.
Inauguración de la Casa de Acogida para enfermos de SIDA.

El segundo deceso llegó en marzo de 1986. A partir de entonces, todo se disparó. Las infecciones, pero también el miedo. En 1987, la muerte de un joven toxicómano en Gijón generó polémica: había fallecido de forma fulminante, mientras era trasladado a Cabueñes, tras haberse inyectado heroína con unos amigos. ¿Sobredosis o adulteración de la droga? La Brigada de Policía Judicial necesitaba resolver esa incógnita para proceder de una u otra manera, pero se topó con la oposición de los forenses. Aunque el joven no era, a priori, portador del virus, su condición de consumidor de drogas le hacía estar incluido en el grupo de riesgo, y los médicos encargados de la autopsia protestaron de la falta de medios necesarios para poder proceder. Se consiguieron, pero el muchacho fue enterrado sin el estudio pertinente; y, con su cuerpo, también la investigación sobre una supuesta partida de droga más pura de lo normal.

Bulos con tintes de verdad

Fue el mismo año en el que se aprobó el AZT, la primera esperanza -también una bomba de efectos adversos como precio de 12 meses más de vida- para quienes padeciesen el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) que puede llegar a generar, de no ser detenido  a tiempo, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). La ciencia comenzaba a dar respuestas, pero estas chocaban contra una sociedad adicta a la información de usar y tirar, a lo rápido y a lo tajante. La oposición de todo un pueblo (Udías, en Santander) a escolarizar a los tres hijos de una mujer muerta por SIDA -que había contraído el VIH en una transfusión de sangre- y la expulsión “por precaución” de un colegio canario de un profesor portador del virus monopolizaron el debate público en 1987. Fueron los primeros casos expuestos de una marginación que se prolongaría varios años y que muchas veces las autoridades médicas intentaron frenar.

“En doce años de estudios no se ha registrado ningún caso de contagio escolar del virus del SIDA”, afirmaban, ante las polémicas que seguían sucediéndose, un grupo de médicos del centro de salud de El Natahoyo. “A pesar de las campañas informativas divulgadas en los medios de comunicación y en algunos centros educativos”, escribía Chelo Tuya en  el ejemplar de El Comercio que cubrió la ponencia, “lo cierto es que el SIDA genera, con mayor frecuencia, numerosos bulos que alcanzan, a velocidad vertiginosa, tintes de verdad médica (…); y, a pesar de lo dicho y de las opiniones de los expertos, lo cierto es que mucha gente continúa sin creer lo que se le dice”. Ya ven que en el siglo XXI no nos hemos inventado nada, tampoco los bulos. Dos años atrás, a punto había estado la CONCAPA (Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos) de tumbar la campaña ‘Póntelo, pónselo’, de promoción de uso del preservativo. Parecen cuitas de otro siglo, y lo son. Pero no hace tanto que nos despertamos de aquella pesadilla. Ni exentos estamos de volver a caer en ella.

Actualidad

spot_img