Iliberalismo y democracia, godos y romanos

La política debe volver a ser un proceso de deliberación, no un mercado de consignas.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

El contínuo ascenso de la extrema derecha en el mundo, no es una anomalía aislada sino la consecuencia de una afección más grave, la lectura simple es que estamos ante una crisis de las democracias liberales, y sería cierto afirmarlo así, pero el problema es aún más complejo, son los síntomas de una transformación profunda que atraviesa todas las sociedades (al menos las occidentales) Un fenómeno que se alimenta de la promoción de un individualismo exacerbado, la desconfianza hacia el diferente y un sistema económico que sacraliza el consumo como la religión del siglo XXI.

En 1992, Francis Fukuyama proclamaba la célebre sentencia del “fin de la historia”. Tras la caída del Muro de Berlín, el mundo occidental, sostenido por las democracias liberales, parecía destinado a consolidar un dominio ideológico donde todos los Estados acabarían adoptando un modelo liberal, democrático y capitalista. Afirmación que, incluso entonces, ya sonaba pretenciosa y que evoca el último suspiro del Imperio romano en el año 451, cuando, tras derrotar a Atila en los Campos Cataláunicos, se desmoronó apenas 25 años después, a manos de los mismos pueblos que habían sido sus aliados en aquella batalla. Por ello, no sorprende que apenas cinco años después, en 1997, el politólogo estadounidense Fareed Zakaria introdujera el concepto de “democracia iliberal”. Con él describía a aquellos gobiernos que, aunque elegidos democráticamente, utilizaban las herramientas del Estado para aplicar políticas autoritarias y perpetuarse en el poder. Reformas constitucionales, recortes de derechos a colectivos y minorías, o la supresión de la separación de poderes forman parte de este repertorio. Un ejemplo paradigmático es el de Viktor Orbán, quien en 2014 declaraba sin ambages su intención de “crear un Estado iliberal frente a los dogmas del mundo occidental”.

Francis Fukuyama

La democracia iliberal representa una mutación perniciosa, aunque inevitable, del neoliberalismo desmedido que ha dominado las últimas cuatro décadas. Este sistema no solo ha transformado la economía, sino también las relaciones sociales, al situar el mercado como eje absoluto de toda vida que merezca la pena ser vivida.

Se ha abrazado un modelo que promueve la competencia por encima de la cooperación, el éxito individual sobre el bienestar colectivo, la beneficencia en lugar de la solidaridad, el “yo” en detrimento del “nosotros”. Todo en aras de una singularidad atomizada que empuja al individuo a saberlo todo, vivirlo todo y no perderse nada.

El resultado es una soledad estructural y una desconexión social profundas. Nos sentimos perdidos porque no estamos en ningún sitio, aunque los habitamos todos y es en ese vacío donde encuentran cobijo ideologías perniciosas que aprovechan la falta de arraigo y sentido compartido.

Como escribió Walt Whitman:
“Do I contradict myself?
Very well then I contradict myself,
(I am large, I contain multitudes).”

El aislamiento social y la soledad en multitud han creado el caldo de cultivo perfecto para el auge de proyectos políticos que explotan el descontento. En ausencia de vínculos comunitarios sólidos, las promesas de la extrema derecha —un fascismo apenas disimulado, pasado por el tamiz de la nostalgia por un pasado idealizado— encuentran refugio emocional en una sociedad marcada por la confrontación constante.

Estos discursos, que por norma no ofrecen soluciones con condiciones de posibilidad; recurren a respuestas simplistas para problemas complejos. eluden el terreno de las ideas para instalarse en el de las creencias, transformando los idearios políticos en dogmas que no requieren pruebas ni debate, sino únicamente fe.

Cuando las ideas se transforman en creencias, pierden su capacidad de ser cuestionadas o negociadas

En este ecosistema de pensamiento mágico, desempeña un papel central la alienación de una sociedad que ha mercantilizado hasta el amor. El neoliberalismo ha transformado las relaciones sociales en transacciones, reduciendo nuestras interacciones a un bombardeo constante de estímulos, compra, viaja, haz deporte, sube una montaña, no pares no pienses, solo desea y anhela, pero sobre todo no flaquees porque se perdona todo excepto la debilidad . Esta lógica domina la vida, los mercados y  la política, donde los ciudadanos ya no son participantes críticos, sino consumidores de ideologías empaquetadas para satisfacer necesidades emocionales inmediatas. Algo que la extrema derecha ha entendido con precisión: ha abandonado la complejidad en favor de narrativas simples cargadas de emociones fáciles de consumir, y todo ello regado de una financiación profusa para hacer el mayor daño posible en las estructuras sociales y morales que sostienen nuestros estados del bienestar, y es una muy mala noticia, porque  por desgracia el dinero, cuando es inagotable, termina por tener razón.

Las redes sociales son el disruptor definitivo de este fenómeno y actúan como catalizador. Diseñadas para captar la atención a través de la polarización, refuerzan los sesgos y limitan la exposición a perspectivas diversas. Ya no se busca información veraz, sino aquella que reafirme nuestras creencias, un entorno que privilegia la confrontación y hurta el debate, convirtiendo a los adversarios ideológicos en enemigos personales profundizando así la fragmentación social.

Cuando las ideas se transforman en creencias, pierden su capacidad de ser cuestionadas o negociadas. Se convierten en elementos identitarios, y por lo tanto cualquier intento de debatirlas se percibe como una amenaza existencial. Este desplazamiento de las ideas al terreno emocional hace que el debate público sea casi impracticable, abriendo la puerta al autoritarismo.

Viktor Orbán

La extrema derecha explota esta dinámica con maestría. Frente a la incertidumbre, ofrece certezas inamovibles: una patria que defender, un enemigo que combatir, una identidad que preservar. Promesas particularmente efectivas en un contexto de desorientación social. La extrema derecha no se presenta como una alternativa a la democracia, sino como su solución: una “democracia real” donde la disidencia es silenciada en nombre de una voluntad popular, real o imaginada.

El desafío para las democracias liberales no es solo político, sino cultural. Superar el auge del iliberalismo requiere algo más que contrarrestar sus narrativas; exige reconstruir los vínculos sociales que se han erosionado. Implica transformar una política basada en emociones en otra que recupere el espacio de las ideas. Esto no significa rechazar las emociones, sino equilibrarlas con la razón. La política debe volver a ser un proceso de deliberación, no un mercado de consignas.

En última instancia, el auge de la extrema derecha no es solo una crisis de la democracia, sino una crisis de la sociedad. Mientras los dogmas de fe dominen el espacio público, reemplazando al pensamiento crítico, la democracia seguirá siendo vulnerable. La pregunta no es si el iliberalismo puede ser derrotado, sino si seremos capaces de transformar las condiciones que lo hacen posible, recuperando una democracia que no se limite a ser un espacio de gestión técnica y estabilidad sino que recupere su dimensión como proyecto colectivo y reconstruya un tejido social capaz de sostener valores compartidos que mantengan vivo el pacto social.

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