El Congreso de los EEUU quiere prohibir al Pentágono que, cuando hable del genocidio en Gaza, diga el número (más de 45.000) de asesinados por el ejército de Israel en este país, civiles en su inmensa mayoría. La prohibición se viste de infamia: quien informa de la cifra de muertos es el Ministerio de Sanidad de Gaza, fiable para la ONU, pero supuestamente controlado por una organización terrorista según los EEUU.
Los sionistas y sus aliados no se fían de los datos de una organización gazatí, pero por si acaso no dejan entrar a los periodistas extranjeros y, en cuanto a los palestinos, los asesinan a sangre fría uno tras otro, ya van más de ciento noventa, tres esta semana, entre ellos el que documentó y denunció la muerte de bebés prematuros en el hospital de Al-Nasr, centro que ya no está operativo desde que en febrero de este año los sionistas lo atacaran. La cifra de 45.000 asesinados se queda corta, el ejército de Israel sigue bombardeando refugios, zonas que declara seguras para luego atacarlas, como denuncia la Oficina de Derechos Humanos de la ONU. Esta semana, en Khan Yunis, en una escuela-refugio, han asesinado al menos a 69 palestinos entre los cuales estaban una madre con su bebé, una niña de dos días. Y no hemos roto relaciones con los genocidas, y por Rota siguen pasando barcos con material militar con el que se masacra a niñas, a niños, a enfermos.

Es difícil quitarse de la cabeza el infierno en Gaza. No es una guerra, es un genocidio, son unas bestias borrando del mapa a todo un pueblo, llevando adelante una operación de limpieza étnica programada, anunciada y ejecutada a la luz del día y con absoluta impunidad. De un lado todo y del otro nada, ocurre como en el relato de Protágoras, en el diálogo del mismo nombre escrito por Platón, pero sin final feliz y con los soldados de Israel haciendo de animales. En el mito se cuenta que los dioses crearon a todas las razas mortales (hombres y animales) a partir de una mezcla de tierra y fuego. Después, dejaron en manos de Prometeo y Epimeteo entregarles los instrumentos y capacidades necesarias para la supervivencia. Epimeteo pidió encargarse él de la tarea y que Prometeo revisara al final la distribución hecha. A los animales que eran débiles les dio velocidad para la huida, o alas, si eran muy pequeños, mientras que a los grandes su propia fuerza los defendía; para soportar las temperaturas extremas, revistió a unos de pieles, a otros de espesas cabelleras; también, para su defensa, proporcionó garras a algunos de ellos y una piel casi impenetrable a otros; hizo que el alimento fuera variado y no el mismo para todos: forraje, raíces, los frutos de los árboles… otros animales. El problema es que, de pronto, Epimeteo, un personaje caracterizado en el mito por su falta de previsión, se da cuenta de que ha gastado todas las capacidades y recursos en los animales y ha dejado al hombre desnudo, descalzo, inerme. Se queda pasmado, a la espera de que Prometeo, su previsor hermano, encuentre una solución, como efectivamente sucede: Prometeo roba el fuego de los dioses y se lo entrega a los hombres. No sigo con el cuento, pero, muy resumidamente, a partir de ahí, del fuego, fueron adquiriendo otros recursos y saberes, que, junto con el arte de la política, basada en el respeto y la justicia, pusieron definitivamente a la humanidad a salvo y por encima de los animales.
Pero, decía, la historia que vemos ahora, frente al mito que contaba Protágoras, no tiene final feliz. A los palestinos los hemos dejado desnudos, descalzos, inermes. A los animales, en cambio, les permitimos disfrutar de todo. Tienen la velocidad y las alas de sus aviones, desde los que bombardean colegios y hospitales llenos de seres humanos hambrientos, heridos, aterrados. Tienen uniformes y botas y ropa de abrigo y, así de bien pertrechados, estas bestias se fotografían junto a seres humanos encadenados y desnudos, medio muertos de miedo y frío. Tienen garras y un revestimiento paquidérmico que les permite torturar sin sentir. Están bien cebados, aunque su forraje no los sacia y disfrutan dejando morir de hambre a mujeres, hombres, bebés. Y todo esto lo hacen porque no sólo hemos dejado que los brutos campen a sus anchas y que las mujeres y hombres estén desnudos, descalzos e inermes, sino porque hemos permitido que se apague el fuego de la civilización y brillen sólo las llamas con las que queman vivos a inocentes día tras día.
El cuento en Platón acababa bien, la historia que estamos viendo no, además de que hay algo muy perturbador en ella. El caso es que no estoy segura de que la comparación que he hecho funcione del todo, porque las razas mortales de las que hablaba Platón eran los animales y los hombres, mientras que en Gaza contemplamos de un lado a hombres y mujeres masacrados, a niños quemados vivos, pero del otro lado no puede haber animales. Los animales no hacen esto. No, no se trata de animales, pobres y hermosos animales. Estamos alimentando a un monstruo que todavía no tiene nombre.
Tarde o temprano la historia se lo pondrá, pese a que ahora, con todo lo que vemos cada día, hay quien siga negando lo evidente y creyendo que por no decirlo, por no nombrar el número de asesinados, por no emplear palabras como “genocidio” o expresiones como “limpieza étnica”, la sangre desaparecerá sola. Tarde o temprano se reconocerá lo que estamos permitiendo y absolutamente nadie podrá decir que no lo sabía.
































