La maldad del ejército sionista no conoce límites. A pesar de que Israel continúa prohibiendo la entrada a periodistas extranjeros en tierras palestinas, el genocidio que está llevando a cabo su ejército en Gaza y en el resto de territorios ocupados está perfectamente documentado y no deja de espantarnos. Netanyahu no tiene nada que envidiar a Hitler y, en los libros de historia, el ejército del primero, quemando vivos a refugiados palestinos, aparecerá junto al del segundo, gaseando a judíos. Y la mayoría de los gobiernos europeos sigue callando, consintiendo y colaborando.
Los criminales sionistas han sido grabados, o se han grabado ellos mismos, cometiendo tales atrocidades que parece imposible que todavía puedan sorprendernos. Son culpables de infinidad de crímenes de guerra, de torturas, de asesinatos de civiles, de un genocidio implacable del que estamos siendo testigos todos a diario. Disparan a sangre fría sobre niños y provocan la muerte por congelación de bebés, según ha denunciado la Organización Mundial de la Salud. Al principio, ante cada nueva brutalidad nos preguntábamos qué más tenía que pasar, hasta cuando se iba a consentir la impunidad sionista. Ahora sabemos que se consentirá hasta el final, hasta que todos los palestinos hayan sido asesinados, o expulsados, y sus tierras, ahora devastadas, sean ocupadas por el estado genocida de Israel.
Entre tanto, esta semana podemos añadir un nuevo crimen a una lista ya demasiado larga: la “perfidia”, un término casi en desuso hoy en día salvo para referirnos a un conocido bolero. Según los acuerdos de Ginebra, en una situación de guerra está tipificado el delito de “perfidia”, que consiste, por ejemplo, en emplear con engaño la bandera de la Cruz Roja, o la de la Media Luna Roja, o fingir una rendición, o hacer uso de cualquier otra estratagema con la que se simula buena voluntad para atacar después a aquellos que han confiado en esa buena voluntad. Pues bien, los sionistas, responsables de la práctica destrucción del sistema sanitario palestino, han empleado una ambulancia para poder entrar limpiamente en un campamento de refugiados en Nablús y llevar a cabo una operación militar. Es especialmente miserable que un ejército criminal que ha bombardeado hospitales, que ha secuestrado, torturado y asesinado a personal sanitario, que ha dejado morir a enfermos sin oxígeno, que ha disparado sobre ambulancias, o que las ha bloqueado en puestos de control, que ha hecho todo esto alegando sin vergüenza que lo hacía porque, en realidad, los hospitales albergan a terroristas y todos los médicos y enfermos pertenecen a Hamás, emplee precisamente un transporte sanitario, una ambulancia, ocultando a militares en su interior, para entrar en un campo de refugiados. ¿Responderán por este nuevo crimen ante un tribunal? No, tampoco ahora lo harán. Seguirán proyectando, acusando a los palestinos de los crímenes que ellos mismos cometen.
No debe extrañar que se crean dioses teniendo en cuenta la impunidad con la que actúan. Pero no son dioses, ni mucho menos, su inmoralidad y su perfidia los convierte en bolsas de basura no reciclable.
Por formación, por familiaridad con los héroes y dioses griegos, muchas veces recurro a sus historias para reflexionar sobre la actualidad, para tratar de entender incluso lo que parece incomprensible. Los dioses de los antiguos griegos eran inmortales, aunque no eternos, no morirían nunca, pero habían nacido en algún momento. Esto era, fundamentalmente, lo que los separaba de los hombres, su naturaleza inmortal. Por lo demás, ya los primeros filósofos criticaron que su comportamiento fuera demasiado similar al humano. Los dioses homéricos, es verdad, mienten, se engañan unos a otros, roban, cometen adulterio, se dejan llevar por la ira… Además, en sus relaciones con los mortales, se muestran demasiadas veces despiadados, actuando con una arbitrariedad que nos deja sin palabras. Sin embargo, incluso en los episodios más oscuros del repertorio mitográfico, no dejamos nunca de buscar explicaciones, de comparar versiones de la misma historia en diferentes poetas, de contextualizar, de tratar, en definitiva, de entender y ver más allá de lo que tantas veces parece una pura demostración de fuerza y violencia ciegas. La lista de castigos con los que los dioses golpean a los mortales, muchas veces sin apenas justificación, es larga. Puedo mencionar a modo de ejemplo a la diosa Leto, madre de los gemelos Ártemis y Apolo, que, molesta con Níobe, que presumía de haber tenido un gran número de hijas e hijos frente a ella, que sólo había tenido dos, hizo que Ártemis matara con sus flechas a todas sus hijas y Apolo hiciera lo mismo con los hijos varones. El dolor de Níobe, inmortalizado en muchas obras de arte, como en el grupo escultórico de la Galería Uffizi, es inmenso y acaba rogando a Zeus que la convierta en piedra, algo que el dios le concede. También algunos héroes, sobre todo los protegidos de los dioses, como Odiseo y tantos otros, mienten con desfachatez, son vengativos y demasiado egoístas. Pero es raro que sus acciones sean completamente necias, los poetas que han transmitido sus historias nos ofrecen también un material precioso para reflexionar sobre los actos de estos personajes y sobre sus consecuencias, sobre sus motivaciones, sus puntos ciegos, su miedo y su valentía.
La brutalidad con la que actúa el ejército de Israel contra los palestinos impide cualquier comparación con episodios del mundo clásico. Nada humano ni divino nos ofrecen. Esa ambulancia en la que los soldados de Israel se camuflaron cobardemente para entrar en un campamento de refugiados en Nablus no era un caballo de Troya, no caben aquí imágenes que alberguen una mínima belleza. Todo es maldad en estado puro, si es que esto existe. No hay ningún resquicio por el que pueda filtrarse la luz del entendimiento, la posibilidad de una justificación. Aunque por el apoyo que reciben y por la impunidad de la que disfrutan puedan creerse dioses, son solo bolsas de basura no reciclable y peligrosamente contaminante. La Historia tendrá que ver dónde los coloca, a ellos y a sus cómplices por acción y omisión.



























