Lo último que hizo Rafael González Gancedo antes de matar a su mujer, recién parida, fue rezarle a la Virgen para obtener de la prerrogativa divina el valor que no tenía. La maldad, en cambio, le sobraba. Ocurrió en la braña de La Zorera, en Tinéu, en junio de 1897, y la causa, según afirmaban todos cuantos conocieron, llevaba nombre de mujer. De mujeres, en realidad: Concha Calzón, la una, amante del asesino; Manulona Gancedo, la otra, su madre; apodada ‘La Lleona’ por la melena y el carácter. Aquel día, por desgracia, funcionaría por demás la intercesión mariana, y Gancedo, deseoso de librarse de los lazos que le ataban con Manuela Martínez de Llano, “Manulina”, la mató con sus propias manos. A ella y, en el calor de la lucha, también al hijo recién nacido de ambos, Aurelio, que descansaba al lado de su madre. Así comienza la historia de la que sería la última ejecución pública de la historia de Asturies, tema principal de la novela “Crónica de la lluz y la solombra” que, escrita por Antón García, consiguió el premio ‘Xosefa Xovellanos’ de novela en 2014. Llega ahora a las librerías en castellano, de la mano de la editorial Pez de Plata y la traducción de Marta López.
El último juglar
Cuenta García en la primera edición (Saltadera, 2015) de “Crónica de la lluz y la solombra”, en castellano “Crónica de la luz y la sombra”, que conoció la historia del crimen de La Zorera en boca de su padre, que a su vez se la había oído contar a Mero González Gancedo, “l’Ulayu”. El hermano del asesino, también su delator, recorría, en tiempos, las ferias de España y de Portugal cantando, a modo juglaresco y a cambio de unas monedas, lo que había ocurrido aquel día en la braña de La Zorera. En los años 90, el investigador Rafael Lorenzo completó, recabando testimonios orales, el resto de la historia, perdidas como estaban las actas del juicio a Gancedo, a su madre y a su amante, tras el incendio de la Audiencia Provincial, en la Revolución de 1934.

De esas fuentes, y de la lectura de las páginas de El Carbayón y de El Correo de Asturias, bebió Antón García para elaborar un relato ‘noir’ a la asturiana, donde el ‘thriller’ se fusiona con la ternura y lo sentimental con la crítica. Porque “Crónica de la luz y la sombra’, una novela redonda, también narra cómo la justicia popular, al tiempo que la oficial sentenciaba a muerte a Gancedo, castigaba severamente a su amante, Concha Calzón. La joven, una adolescente “de moralidad dudosa” según las crónicas de la época, había caído en la trampa urdida por La Lleona para que su hijo se enemistase con su legítima mujer, y, cuando este comenzó a requerirla de amores, ella correspondió “con criminal complacencia”. A la contra, aunque tal vez aconsejada por su abogado, la amante de Gancedo declararía, en el juicio, “que no tenía afecto ninguno al procesado, y que accedía a sus pretensiones por miedo (…) como cuando la deshonró, que fue en un monte, estando apacentando ganado, y a la fuerza”.

Dos penas de muerte
Sea como fuere, en el verano de 1899 Rafael González Gancedo fue sentenciado a dos penas de muerte, una por cada asesinato, y, entonces, su caso se convirtió en la bomba informativa de aquel último año del siglo. ¿Matar como castigo a haber matado? Esa era la cuestión. En la novela, García reproduce un artículo de Alfredo García, ‘Adeflor’, en el que el periodista condena la decisión de la Audiencia por el hecho de que “matar a un hombre, como se mata a una gallina, y con todo el cortejo y aparato indecente que se usa”, era un acto “horrible, salvaje, brutal”. Tanto más si se hacía sobre un patíbulo, rodeado de curiosos que encontraban en la ejecución más un espectáculo de entretenimiento que la materialización de la justicia. La campaña para evitar el ajusticiamiento de Gancedo duraría varias semanas y llegó hasta a dependencias de la Casa Real. El 13 de junio, El Carbayón animó a sus lectores a enviar telegramas a la reina María Cristina, la única que podía, a esas alturas, conseguir el indulto para el preso tinetense.
El Carbayón animó a sus lectores a enviar telegramas a la reina María Cristina, la única que podía, a esas alturas, conseguir el indulto para el preso tinetense
Pero no funcionó. Aunque la monarca llegó a pedir consejo a Francisco Silvela, a la sazón presidente del Consejo de Ministros, sobre la materia, no hubo respuesta. El 18 de junio de 1899 llegó a Asturias el verdugo burgalés Gregorio Mayoral, quien, ducho en su oficio, llevaba años perfeccionado el garrote para que este no produjera tanto dolor a los ejecutados. El patíbulo se levantó en la plaza de Las Campas, y el 27 de junio, Gancedo murió acogotado por los mismos hierros que, dos años atrás, habían ajusticiado a Michelle Angiolillo, asesino de Cánovas del Castillo. Su última comida consistió en sopa, carne, truchas, salchichón y pastas regadas con vino y Jerez, y, afrontó la muerte vestido con túnica negra y escapulario, gritando, ante el público expectante, “¡adiós, hasta la eternidad!”.
O, al menos, así nos lo contaron.
El final de una época
Menos de un mes después del ajusticiamiento de Gancedo en la plaza de Las Campas, tuvo lugar en Pozoblanco (Córdoba) la última ejecución pública de la historia de España. En aquella ocasión el reo era Francisco Solano Pérez Zafra, un joven de 25 años que había matado a tiros al matrimonio de feriantes para el que trabajaba. Las fechas bailan: otras fuentes afirman que el ‘privilegio’ de ser la última correspondió a una doble ejecución pública en La Rioja, también por asesinato. Los ajusticiados fueron un hombre y una mujer, Lucio Álvarez y Catalina Muñoz.


Tres años antes, en Murcia, se había llevado a cabo la última ejecución pública de una mujer sola: Josefa Gómez, ‘La Perla’, acusada -ella siempre lo negó- de haber envenenado a su marido echándole estricnina en una taza de café de puchero con ron.
A partir de entonces fueron pocas las penas de muerte llevadas a cabo por orden judicial en tiempos de paz, y ninguna frente a público civil, aunque el método de la ejecución por garrote seguiría aplicándose en España hasta bien entrado el siglo XX. En marzo de 1974, el joven anarquista catalán Salvador Puig Antich y el homicida alemán Heinz Chez se convirtieron, muy a pesar de los aires de democracia que comenzaban a soplar en el estado ante la agonía del dictador, en los últimos reos pasados a garrote. Aún tardaría un poco más en llegar el final de la pena de muerte, abolida en la Constitución de 1978. Pocos años antes, habían sido cinco los últimos ejecutados -en esa ocasión por fusilamiento- al alba del 27 de septiembre de 1975. La discusión sobre el fin de esta práctica había comenzado casi ochenta años atrás, en Tineo, y merecería ser la causa del único insulto grosero que ‘Adeflor’ haya remitido jamás a un interlocutor. “¡Imbéciles!”, gritaba el gijonés a quienes apoyaban el diente por diente en el caso de La Zorera. Todo eso se lo cuenta, mucho mejor, Antón García en Crónica de la luz y de la sombra. No se la pierdan.



























