El 28 de diciembre de 1986 nacía en Riaño, en el viejo Riaño, la última niña que se paría en el pueblo que pocos meses después quedaría cubierto por las aguas de un embalse. Junto con Riaño, aquella presa que se cerró el último día de 1987 -porque al día siguiente ya no hubiese sido posible por los compromisos ambientales españoles tras su incorporación dos años antes a la Unión Europea– anegó total o parcialmente otros siete pueblos. Justo es nombrarlos: Anciles, Burón, Éscaro, Huelde, La Puerta, Pedrosa del Rey y Vegacerneja.
Más o menos por aquellos años, Manuel, un mozo de Balouta, se incorporó a un cuartel del Pinar de Antequera, a las afueras de Valladolid, para hacer la mili. Para llegar a Valladolid, Manuel tuvo que cruzar tres puertos, el de Ancares, el de Lumeras y El Manzanal, porque Balouta está donde Jesucristo pegó las tres voces. Pero es casi seguro que Manuel disfrutó de aquello, ver esos paisajes ya cayendo a La Maragatería y más tarde la apacible Castilla. Porque Manuel no había salido nunca más allá de Vega de Espinareda. Nunca. La diversión se acabó pronto, justo cuando cruzó las puertas del acuartelamiento. Allí chupó durante meses palos y burlas de todos los colores, porque Manuel no hablaba correctamente el español, Manuel hablaba “mal”, esa mezcla de gallego y leonés cuyo conocimiento -y disfrute- debemos a las gentes de Ancares que lo hablaron y lo hablan y al estudio que de esta variedad lingüística hizo Dámaso Alonso.

Hay en España muchos, muchísimos casos de pueblos anegados por pantanos, como también hay, lamentablemente, muchísimos casos de personas que fueron durante décadas objeto de burlas -y cositas peores- por no hablar español, ya fuesen catalanes, asturianos o andaluces. También hay casos de comarcas y provincias que han visto vaciarse sus territorios, que han sufrido declives económicos y que sienten no uno, sino dos efectos perniciosos del centralismo -el de Madrid y el de la comunidad en cuestión-. Pero es que en León atinaron con todos los clavos del ataúd. Qué puntería.
Hablo con dos personas que conocen bien la realidad socioeconómica de León y la historia y el momento actual del movimiento leonesista. Javier Miguélez, geógrafo, militante de la UPL (Unión del Pueblo Leonés), y Christian Fernández, filólogo, de la Asociación Cultural Faceira. Son personas jóvenes, ninguno pisa aún los cuarenta. Por supuesto me hablan del funesto Martín Villa -aquella mano que meció la cuna de buena parte del dibujo autonómico, aunque no la única-; de la dejación permanente de los sucesivos gobiernos autonómicos hacia León desde una Valladolid que no es capital establecida formalmente pero que ha captado buena parte de las inversiones dirigidas a esta extraña comunidad; de unos registros demográficos y de creación de empleo que sitúan a León entre las provincias más desgastadas a nivel español. Pero hay algo que me llama la atención: mantienen un discurso ilusionante. No es un discurso quejoso hacia Castilla, que entienden es un territorio con el que, por supuesto, mantienen unos lazos históricos; es un discurso de querer dibujar un futuro para León tirando de toda la potencialidad que tiene ese territorio, que es enorme.
Ah, sí, el territorio. Esta es otra pelota. Vale. El territorio histórico del Reino de León estaba formado por las provincias de León, Zamora y Salamanca. Cualquier persona que haya recorrido la Ruta de la Plata –que es el vector por el que han circulado personas, ganados y mercancías durante siglos-, a poco que ande fino se percatará de los múltiples denominadores comunes de toda esa fachada occidental. El movimiento leonesista ha pujado, con algunas diferencias, por esa idea, la de establecer una autonomía en común. Sin embargo, el calar de los años ha convertido la idea en algo cada vez más dificultoso, particularmente con una Salamanca muy permeada por la conexión con Valladolid y con Madrid. Para complicar más la cosa, la línea ferroviaria que unía León con Zamora y Salamanca, y que continuaba hasta Sevilla, fue cerrada a mediados de los ochenta. Otro clavo al féretro, que aún quedan agujeros.

Pero, fijaos qué curioso, pese a todas las negativas recibidas durante más de cuarenta años a una posible vía autonomista por parte de los sucesivos gobiernos autonómicos y estatales, y de los grandes partidos, en 1991 se impulsó una ley para la creación del Consejo Comarcal de El Bierzo. Me lo refresca Javier Miguélez y me recuerda que su impulsor fue José María Aznar en sus años vallisoletanos. Uno, que es a veces mal pensado, no puede esquivar la idea de que esta medida del amigo Jose Mari, que ya tenía de aquella a un tal Miguel Ángel Rodríguez de mano derecha -porque sí, más a la derecha de la mano derecha de Aznar puede haber algo-, pudiera estar orientada a meter el agua en la casa leonesa. Sobre todo teniendo en cuenta que el primer ayuntamiento que votó una moción a favor de la autonomía leonesafue el de Ponferrada, ya en 1983.
León es en sí misma -sin entrar al resto del Reino de León– un pequeño continente. Pregunto a mi amiga Bárbara, tsacianiega, 30 años, cómo ve León: “Para mí León es diversidad, casi elevada a su máximo exponente, aglutinando una riqueza en cultura, en naturaleza, en paisajes… Si ya dentro de una provincia es difícil unificarnos, ¿cómo no lo va a ser dentro de la comunidad autónoma más grande de España?”.
Bárbara se llamaba también aquella última niña nacida en el viejo Riaño. El nombre es frecuente en la provincia de León en honor a la patrona de la minería, actividad que tuvo enorme peso en la economía y la sociedad leonesa y cuyo desmantelamiento, y el de las centrales térmicas ligadas a la extracción, tuvo unas consecuencias socioeconómicas de mucho mayor impacto que en este lado de la Cordillera, donde la empresa pública Hunosa jugó el papel que en León se dejó a la empresa privada; leed “Don Vito”, el libro de Cristina Fanjul y Víctor del Reguero, y comprenderéis. La sociedad española tiene una deuda con León, también con la minería, y quizás la transición ecológica pueda jugar un papel determinante para compensar esa cuenta, siempre que los proyectos se ejecuten con la imprescindible cautela medioambiental y justicia social.
Viví en León entre 1987 y 1990, y me paso media vida saltando la Cordillera desde esta parte trasmontana a la cismontana que el domingo masivamente se manifestó, tengo decenas de amigos leoneses, algunos de los mejores. En todos estos años, nunca dejé de percibir ese pulso que personas como Javier Miguélez y Christian Fernández me transmiten. A pesar de lo que parezca desprenderse de las peloteras en las redes sociales, los leoneses no tienen nada contra Valladolid, ni mucho menos contra Castilla; simplemente quieren decidir y dirigir su futuro, que no es que tampoco estén diciendo que se quieran integrar en el Imperio Austrohúngaro. Dejemos que hagan su camino, se merecen hacer ese camino.



























