La Escuela de Teitáu es un proyecto singular y autogestionado que busca rescatar y preservar una tradición asturiana muy especial: los teitos. Estas cabañas tradicionales de piedra con cubiertas vegetales son auténticas cápsulas del tiempo, testigos de una tradición que resiste al abandono y la burocracia. Situados principalmente en Somiedo y Teberga, concejos protegidos por su riqueza natural, los teitos reflejan una manera sostenible y ancestral de gestionar el territorio que ha perdurado durante siglos.
Para José Álvarez, diseñador industrial, agitador cultural, regente de la Taberna Narciso y uno de los fundadores de la escuela, estos refugios tradicionales tienen algo especial: “No son solo casas, son como seres vivos que nacen, viven y mueren de una manera muy particular. Cuando un teito se deteriora, florece, se convierte lentamente en compost y casi siempre termina por brotar un árbol dentro. Es un ciclo bastante romántico”, comenta.
Precisamente esta sensibilidad especial hacia los teitos impulsó junto al arquitecto Macario Iglesias la creación de la Escuela de Teitáu. Un equipo al que se han ido incorporando el etnógrafo Armando Graña, el cantero Roberto Puertas y otras personas vinculadas a la arquitectura tradicional asturiana.

La escuela como refugio de tradición
La idea surgió de una experiencia personal. Jose cuenta cómo, cuando tenía 12 años, vio desplomarse un teito familiar. Muchos años después, logró recuperar la finca familiar y decidió restaurar el teito con sus propias manos. Durante ese proceso conoció a Macario Iglesias, arquitecto, artesano de la bioconstrucción y colaborador habitual del Museu del Pueblu d’Asturies y del Ecomuseo de los teitos de Somiedo.
“Con Macario aprendí técnicas olvidadas, como trabajar sin cemento, utilizando barro y trenzado de avellano. Él ya daba cursos de bioconstrucción y juntos decidimos transformar esta idea en algo más grande”, explica Jose. Así nació Teitáu, con el objetivo de restaurar un teito cada año y enseñar las técnicas tradicionales a todo aquel interesado.
La escuela se convirtió así en motor de conservación de los teitos en Asturias. No solo restaura estructuras antiguas, sino que busca generar conciencia comunitaria sobre el valor cultural de estas construcciones tradicionales.
En países como Gran Bretaña, Irlanda, Francia, Holanda o Dinamarca, este tipo de arquitectura todavía se valora enormemente. Allí, las cubiertas vegetales son símbolo de prestigio y existen redes profesionales bien establecidas dedicadas a su mantenimiento y rehabilitación
Más que arquitectura, memoria colectiva
Los teitos representan mucho más que simples construcciones rurales. Están íntimamente ligados a las brañas altas, zonas donde los habitantes de los pueblos subían en verano para aprovechar pastos frescos. Las cabanas de teito son edificaciones de piedra con cubierta vegetal construidas en estos poblados estivales. En su interior, se distribuyen en dos niveles: la planta baja funcionaba como cuadra para las vacas, y el nivel superior, bajo la cubierta, se empleaba como pajar para almacenar la hierba seca. Algunas incluso disponían de una pequeña habitación para el pastor. Estas construcciones son reflejo de una forma de vida respetuosa y profundamente conectada con el entorno, mantenida durante generaciones.


Desde el punto de vista constructivo, los teitos son especialmente singulares. Su cubierta se realiza con escoba, una variedad local de retama recogida en el monte, mientras que los muros se levantaban con piedra seca, sin ningún tipo de argamasa, y la estructura de madera no empleaba uniones metálicas. Más allá de su valor arquitectónico, forman parte de un paisaje etnográfico de gran riqueza: un microcosmos cultural que ha perdurado casi inalterado en el tiempo, expresión viva de la cultura popular de la montaña asturiana.
Los teitos en Asturias se enmarcan dentro de una tradición europea más amplia de cubiertas vegetales. En países como Gran Bretaña, Irlanda, Francia, Holanda o Dinamarca, este tipo de arquitectura todavía se valora enormemente. Allí, las cubiertas vegetales son símbolo de prestigio y existen redes profesionales bien establecidas dedicadas a su mantenimiento y rehabilitación.



Mientras en otras regiones europeas este tipo de viviendas se asocian al lujo o al estatus, en Asturias durante mucho tiempo se vincularon a la pobreza y la vida rural más dura. José recuerda que “era un espacio de libertad, alejado de las tensiones sociales impuestas por la Iglesia o los señores feudales: Las brañas eran lugares de encuentro, convivencia y frontera cultural”.

El propio término teito encierra también una historia que conecta lengua y paisaje. Jose cuenta que existen distintas teorías sobre su origen. Algunos consideran que la palabra viene directamente de techo, mientras que otros sostienen lo contrario: que fue el nombre de la planta —la escoba o retama usada para cubrir— lo que dio lugar al nombre del tejado. Sea cual sea el origen real, lo cierto es que el vocablo teito no solo nombra una estructura, sino que remite a todo un universo de saberes rurales, formas de vida y relación íntima con el entorno.
El año pasado, en uno de estos cursos participaron catorce arquitectas de la Universidad de Alcalá de Henares, lo que refleja un interés creciente más allá de las fronteras asturianas
La comunidad como base del cambio
La dinámica de la Escuela de Teitáu depende totalmente de la participación comunitaria. Se organizan jornadas de trabajo colectivo para preparar la restauración integral de cada teito. Además, cada verano se imparten cursos intensivos donde hasta doce personas, muchas provenientes de Francia, Madrid, Cataluña o País Vasco, conviven y trabajan durante una semana entera en la restauración.
“Lo interesante es que no necesitas tener un teito propio para contribuir. Es un tipo de activismo comunitario que va más allá del aprendizaje técnico. Realmente estás contribuyendo a mantener vivo el patrimonio”, apunta Jose. El año pasado, en uno de estos cursos participaron catorce arquitectas de la Universidad de Alcalá de Henares, lo que refleja un interés creciente más allá de las fronteras asturianas.

Administración frente a los teitos en Asturias
Sin embargo, no todo es sencillo. José señala abiertamente la falta de apoyo efectivo por parte de la administración: “La administración se limita a inventariar los teitos en Asturias, pero no facilita su conservación. En terrenos comunales está directamente prohibido restaurarlos por estar fuera de ordenación urbana”.
Para él, el problema va más allá de las construcciones: “Se trata de decidir si queremos realmente mantener viva la ganadería extensiva, si queremos pueblos habitados por personas orgullosas de su estilo de vida, o si simplemente preferimos un modelo turístico vacío de contenido”.

Una situación crítica en Somiedo y Teberga
La situación actual de los teitos en Asturias es preocupante. José Alberto calcula que en Somiedo y Teberga quedan apenas cien teitos en buen estado, cayendo entre diez y veinte cada año debido al envejecimiento de sus propietarios y la ausencia de relevo generacional. La función original de estos refugios –el cuidado del ganado en verano– es hoy económicamente inviable, dejando estos edificios vulnerables al olvido y al deterioro.




En el occidente asturiano, donde se utilizan teitos de centeno, la situación es aún peor: “El centeno ya no se planta y estos teitos están en peligro crítico de desaparecer por completo”, alerta.
Al final, los teitos en Asturias permanecen como testigos silenciosos de un modo de vida ancestral, símbolo de una resistencia cultural y de una identidad asturiana profunda y genuina. Jose Álvarez concluye, con un tono de poesía sencilla, que resume el espíritu de estos refugios tradicionales: “Los teitos, más que techos, son pequeñas cápsulas del tiempo. Son vida, memoria y resistencia. Cuando se deterioran, no mueren, se transforman lentamente en naturaleza otra vez, cerrando así un ciclo que comenzó siglos atrás, en lo alto de las montañas asturianas.”
































