El martes, cuando volví a clase después del preacuerdo en la educación en Asturies, me enfadé mucho. No en la sala de profesores, donde se mantienen las formas civilizadas, sino a cuenta de la chavalería. Tampoco hablo de ningún grupo en concreto, sino de lo que nos vamos encontrando en las clases, en diferentes centros, cada año. Seguro que, si entrasteis en algún aula de Secundaria, oísteis algo de esto:
“Es que yo”; “él también habla y no dices nada”; “se me olvidó, mañana sí que sí” (a ver mañana); “¿te lo puedo entregar más tarde?”; “es que no tengo boli”; “es que no traje la libreta”; “me robó el estuche”; “me pegó” (recuerdo, Secundaria); “no, si no molesto, es que tengo una tos muy fuerte”; “si solo le estaba contando…”; “¡Arriba España!”; “oye chacho, cántame una”; “nigger”; “moro de mierda”; “maricón”; “¡sudaca!”; “a ver, que son todas unas guarrillas”; “pero esto está bien, no me vas a poner un 9 solo porque no me sepa una pregunta”; “esto lo dijiste tú en clase, está bien, no sé por qué me descuentas puntos: se lo voy a decir a mi madre”; “es que ayer no vine y no sabía que había examen y tampoco lo pusiste en Teams” (examen fechado hace 15 días: whatsapp tienen, amistades creo que también, pero parecen no hablar nunca de asuntos académicos: para eso está la profe online).
No me enfado con ellos. Bueno, algún grito doy, porque alguno habla a gritos, y les pido que no me griten; o que no me suelten los yoes todos a la vez, porque solo tengo dos oídos y una mente; además, luego tengo otra clase llena de yoes; pero bueno, soy capaz de verlos como criaturas humanas todavía muy abiertas al aprendizaje, aunque nos pongan tan difícil transmitir el conocimiento. Y tienen tantas posibilidades de hacer el mundo mejor –más habitable, más amable- que quiero confiar. Están aprendiendo.
Además, no son todos así, no voy a generalizar: hay alguna gente fantásticamente educada en su casa que es consciente de que la escuela es un espacio común y que si nos centramos en el yo particular todo el rato, no hay manera de aprovechar en condiciones el maravilloso recurso que es una escuela pública. Soy optimista y pienso que quienes todavía no lo ven, lo van a ver. Que así no se puede. Que el yo se construye en lo común. Aristóteles decía que quien no vive y participa en la polis o es una bestia o es un dios (y dioses veo pocos, por no decir ninguno).
Aristóteles decía que quien no vive y participa en la polis o es una bestia o es un dios (y dioses veo pocos, por no decir ninguno)
Cuento esto porque vi en el aula lo que vi en algunos sectores de las movilizaciones del colectivo docente, concretamente en el que más llamaba a la unidad, pero una unidad a veces excluyente: desprecio a la gente de FP, de Asturiano o a los equipos de Orientación. De una parte, claro, la que lleva la voz cantante a nivel “popular”, y puede que ahí esté el problema: en quien más alza la voz y en el “porque yo…”.
Hay más fenómenos aquí: al margen de ideologías, creo que toda la comunidad educativa sufre el mismo desgaste: el del yoísmo, la burocracia, las familias que nos dicen que tenemos que saber gestionar adolescentes cual “Hermano mayor”, cuando lo que sabemos son mates, lengua, historia, física, filosofía… Eso parece ser lo de menos. Lo loco de todo esto no es el sueldo, que bienvenido sea y te ayuda a sobrellevarlo, sino la frustración, las ratios, el papeleo, la vigilancia constante…

Esto lleva pasando años y se intensifica en una sociedad que mira por lo suyo y que se olvida de que “lo suyo” se construye en lo común: ¿Cómo vas a tener personal competente en medicina, fontanería, investigación, ingeniería, bellas artes o cocina, o simplemente gente educada y responsable, si pedimos al profesorado de la pública que sea profe particular? No lo da, ni siquiera es necesario y quizás tampoco deseable.
“Crisis de la intermediación” o “desintermediación social” son algunos de los conceptos que maneja el analista político Ignacio Sánchez-Cuenca para explicar el avance de los populismos y de la desconfianza hacia las instituciones. “Todos los políticos son iguales”; “todos los sindicatos son iguales…”. (Curiosamente, no se dice “todos los empresarios son iguales”; “todas las patronales son iguales”; “todos los dirigentes de Israel son iguales”); “a mí (mi superyó, pero no al estilo freudiano, si no a un superyó elevado por encima del resto de yoes) nadie me representa”.
La derecha, la extrema derecha, está sabiendo aplicar la hegemonía cultural de Gramsci con espléndidos resultados (ahora están de moda el “apoliticismo” o el “asindicalismo”. Y no en gente de extrema derecha, ni mucho menos. En gente normal, que no es racista, ni machista, ni quiere acabar con lo público. De eso va la hegemonía cultural y por eso funciona). Soy fan de Gramsci y aquí coincido con la extrema derecha (terrible escribir esto, pero así es, qué le voy a hacer): la herramienta, la hegemonía cultural, parece ser eficaz. En este escenario, se hace muy difícil el diálogo y la convivencia.
No son infundadas las críticas a los partidos políticos y los sindicatos, a quienes de una manera u otra, a alguno de sus miembros, se les va la mano. ¿Porque son malotes quiénes están ahí? Bueno, pudiera ser, pero yo más bien tengo la teoría –se la copié a Sócrates– de que nadie es malo, o quiere ser malo, a sabiendas. Así que si doy el dinero de formación a los colegas; le pongo un piso a mi amante; con los fondos mineros me hago un capital; a mi novio se le da bien el fraude fiscal (ay, cómo es mi novio); me llevo una comisioncilla, o especulo con mascarillas en plena crisis sanitaria no es porque esté robando a nadie, es que trabajo tanto por lo común, y beneficio tanto a todo el mundo, que me lo merezco. Y soy muy inteligente. Además, todo el mundo lo hace.
La lógica está en clase: “¡Él también está hablando!”, un sólido argumento con el que pretenden hacer creer que un mal se anula con la existencia de un idéntico mal. Eso no sucede. Pero sí que se percibe que, dado que ya hay un mal o una injusticia manifiesta, una más, qué más da. Yo no soy malo: “todos” somos malos. Si los demás fueran buenos, yo también sería bueno, pero como no lo son, solo soy uno más participando en el mal. El “todos” hace referencia a tres o cuatro que hacen muchísimo ruido, la mayoría de la chavalería respeta, pero se considera que con tal generalización mi mal, del que soy consciente, no tiene relevancia y debe quedar impune. Es lo justo, parecen defender. Así, en mi yo defensivo, me amparo en lo común para excusar a mi irresponsabilidad individual. Si todo el mundo lo hace, ¿por qué va a estar mal? Aquí sí que se activa el pensamiento de lo común, del otro, pero en beneficio de lo particular y en detrimento de lo común.
El clima social nos ampara y tan culpables, pues no somos. Un clima social, por cierto, que no es el todo, ni en clase, ni en política (esta es otra trampa del pensamiento o, quizás, del discurso): hay chavalería con gana de aprender y que respeta al otro; hay muchísima gente en política que no roba (y no voy a la rabiosa actualidad, si alguien quiere caer ahí, que ahora toca PSOE, pero cualquier persona mayor de veinte años sabrá bien lo que se vivió los últimos años en lo político. La memoria importa); hay sindicalistas que no duermen negociando el mejor acuerdo que puedan.
Ese es el contexto. Al personal docente nos une muchísimo el día a día: el que no se valore nuestro trabajo, el que se haga tan difícil hacerlo. Así que hubo unas movilizaciones tremendas. Con las familias también, que saben, muchas de ellas, que si no es fácil bregar con un adolescente en casa, igual tampoco es tan fácil hacerlo con 25. Y jo, muy guay, era y es necesario.
Así nos encontramos con una potentísima movilización –es mucho lo que nos une– en medio de una fuerte crisis de la intermediación: se empieza una movilización a golpe de calentón; se pide la ayuda de los sindicatos y, cuando la dan, se les ningunea. La táctica es importante y aquí falló en gran medida (lanzarse a una huelga indefinida sin saber lo que es y lo que implica, quizás es como lanzarse al mar sin saber nadar… de aquellas penurias, estas rabias. Si de lo que se trataba era de una táctica inmolicionista, yo apostaba por la huelga de hambre: mucho más inclusiva, dado que no todo el mundo puede permitirse de la noche a la mañana –tal cual– una huelga indefinida). No descartemos plantear un asalto al Capitolio, queda muy bien en prensa.
Sí, ya sé que es muy fácil decir esto a toro pasado, y no niego la potencia que tuvo la huelga indefinida, pero desde el principio me pareció muy burgués –quizás por tener un largo currículum de precariedad a mis espaldas fuera del mundo educativo y ahora también como interina– arrancar con esta medida de mano.
Todo esto fue de una intensidad para mí desconocida por lo apurado de los tiempos: primero se presionaba a los sindicatos y el primer día de negociación se azuzó a las masas para que no dejara salir a los y las sindicalistas del EASMU si no había acuerdo. Y lo peor es que cierta gente obedeció. Hala, tenemos prisa, que llevamos seis días de huelga indefinida y es muy duro. Pues claro.
Luego se vio que las luchas sociales no van así: que, en primer lugar, por muy turba que seas tú y muy sindicalista que sea él, la coacción es delito y que una protesta no es un arrebato de un día. Que el desgaste es parte de la batalla. Y que resistir, cuando empezaste tan alto y sin paracaídas, es fastidiado. El último día, antes de saber la letra pequeña, ya se incitaba al abucheo. Sin leer, sin escuchar, sin conocer. “Nos vendieron”. Daba igual. Adrenalina tuvimos bastante y fue soberbio encontrarse con tantas compañeras en Llamaquique y pensar, sentir juntas, esto tiene que cambiar. Que pierdes dinero, pero ganas tanto en vida. Lo que más valoro ahora mismo de todo esto es una conversación honesta, distendida, con voluntad de entenderse y, sobre todo, presencial. Eso da fuerza también.
Finalmente, hubo acuerdo. Con mejoras significativas. Pero para alguna gente no vale. Todo, absolutamente todo, es criticable. Si criticas, pareces una persona con pensamiento crítico. Pero bueno, dado que la perfección no existe, criticar es tan fácil, y legítimo, como dar los buenos días (y no digo, entiéndase, que no haya que criticar, pero sí está bien analizar todas las variables antes de ir a la yugular). No se solucionaron todos los problemas de la educación con este acuerdo, ni mucho menos, pero se da respuesta a demandas muy concretas: atención a la diversidad, salarios, plantilla, sustituciones… Después de veinte años sin abrir la boca, bastante bien.
Los yoes protestaron, pidieron ayuda a las herramientas de intermediación (los sindicatos), pero en realidad no les valen, quieren que su “yo”, con todo su adanismo (“hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”, según la RAE), sea el que decida. “Nadie me representa”; “son unos vendidos”; “nunca más me pongo en huelga, que ya estuve diez días y pa qué (¡!)”; “estoy en contra de los sindicatos: voy a montar un sindicato”; “Vox nos apoya: hay que hablar con todo el mundo, incluso con quienes quieren acabar con la escuela pública y tildan nuestros barrios de estercolero multicultural”; “migajas”; “fraude en las votaciones sindicales: voy a hacer un change.org”; “Barbón dimisión” (¿quién ejecuta las medidas entonces? ¿O qué queremos?); “la prensa obedece oscuras órdenes, aquí hay complot” (donde en realidad hay prisa, precariedad y línea editorial) … Un rollo todo sin lógica ninguna, autoritarismo explícito y teorías conspiratorias. Algo huele a podre en Dinamarca.
No acaba en este acuerdo la lucha por la mejora de la escuela pública. Sí camina hacia su dignificación, que es más que necesaria. No me enfadé el martes con la chavalería: me enfadé con una sociedad que desprecia el conocimiento, que parte de cero, que se encierra en un “yo” presuntamente crítico, para despreciar cuanto no sale de su mismo yoísmo. Que pide responsabilidades al personal público para salvar su situación individual, sin preocuparse de lo común, fagotizando lo común. Lo vemos también en clase: el modelo avanza hacia el clientelismo/servilismo al que se conduce al profesorado ante una sociedad que, más veces de las que nos gustaría, desprecia nuestros conocimientos, nuestra santa paciencia y nuestro trabajo.
Mi yo dice que procese la ira y que de la polarización avance al encuentro, al punto intermedio, porque amenazar a sindicalistas y arrancar todas las informaciones del tablón sindical de una escuela (o más) no es solo que sea delito y que me dé miedo, es que estamos en una situación –social– crítica. Salir de aquí va a ser a fuerza del diálogo y presencia, porque ya vimos que el Telegram, por poner un caso, puede esconder estúpidas y peligrosas intenciones.
En definitiva, no es que yo crea en una tergiversada conspiración de la extrema derecha, veo emoción, veo impulsividad, veo que es conveniente parar, y pensar, antes de actuar. Y luego, reflexionar con calma. De lo contrario, sí me lo parece, los réditos son para la extrema derecha (apología de la ignorancia, odio al diferente, bulos, desinformación, descrédito de lo común, emoción exaltada que aplasta a lógica y sentido común…). El pensamiento –también se lo copio a Sócrates interpretado por Hannah Arendt– es dialógico: en conversación. Cuando era más joven me flipaba la gente que lo sabía todo ella sola; ahora también, pero al revés. Nadie, que yo conozca, sabe todo solo. Ni el individualismo, ni los caudillos/as, ni el corto plazo, ni las consignas son buenas consejeras. Además, los medios desvirtúan (de virtud, ¿no?) el fin.



























