Olivos sagrados, olivos de Palestina

Los olivos palestinos, símbolo de resistencia y cultura, son víctimas del conflicto.

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Cuando hace unos días vi una fotografía de un camión en Madrid transportando un hermosísimo olivo centenario, recién talado para despejar el camino a un circuito de Fórmula 1, no podía dar crédito, ¿cómo se puede ser tan bruto? No hay al frente de la capital y de la entera comunidad de Madrid un solo gramo de sensibilidad ni una sola neurona operativa.

Posidón y Atenea se enfrentaron porque los dos querían el título de divinidad tutelar del lugar que luego sería la ciudad de Atenas. De juez en su disputa ejerció Cécrope, el mítico rey-serpiente, primer soberano del Ática. Posidón abrió en la Acrópolis, con su tridente, un pozo de agua salada; Atenea plantó en ese mismo lugar el primer olivo. El regalo de Atenea le gustó más que el de Posidón a Cécrope, que le dio la victoria a la diosa sobre la tierra que en adelante llevaría su nombre, Atenas. Cuenta Heródoto que cuando en las guerras de inicios del siglo V a.C. los persas entraron en el Ática y arrasaron los templos de los dioses y las casas de los hombres, también quemaron ese olivo sagrado, pero que al día siguiente había brotado de nuevo y ya tenía la altura de un codo.

Basta ver un olivo centenario para entender que sea el árbol emblemático de muchas culturas, también de Palestina. Los colonos israelíes asentados ilegalmente en Cisjordania llevan años quemando y talando olivos palestinos, arrasando los cultivos con excavadoras, robando las cosechas, dejando a los campesinos que los cuidan sin su principal modo de subsistencia. Nada empezó el 7 de octubre de 2023. Los olivos y las mujeres y hombres que se abrazan a ellos antes de ser arrancados de sus troncos, y los troncos de su suelo, son un símbolo de la resistencia ante la barbarie criminal de los colonos y del ejército que los apoya.

Cualquier olivo centenario, milenario, vale más que un asesino de niños

Escribo sobre estos olivos porque escribir sobre los niños que agonizan en Gaza, muertos de hambre, reducidos a piel y huesos por los asesinos sionistas es demasiado duro. Verlo en las redes de los periodistas que todavía no han sido asesinados por la escoria que es ese ejército, o en las de los defensores de los derechos humanos como Raquel Martí, Directora Ejecutiva de UNRWA España, es insoportable; vivirlo cada día, ver morir así a tus hijos, va más allá de lo que podamos imaginar. Y está pasando cada día, está pasando ahora mismo mientras escribo, y cada vez que termino un artículo pienso que será el último, que no sirve de nada, que no lo leerán quienes pudiendo hacer algo no lo hacen, como nuestro gobierno, que argumenta falazmente que si recibe, como de hecho sucede, amenazas y críticas de Israel, es por lo activo que se muestra en la defensa de Palestina. Pero no es verdad, el gobierno sabe que no es verdad, sabe que Israel critica y condena todo lo que no sea aplaudir sus crímenes, pero el Ministro de Exteriores sigue hablando de “guerra”, el gobierno sigue sin declarar un embargo total de armas a Israel y sigue, como el resto de Europa, sin mover un solo dedo para impedir que tantos y tantos niños se apaguen lentamente, dolorosamente. De nada sirve reconocer el Estado de Palestina si se permite que a los palestinos se les torture y asesine día tras día, salvajemente, por diversión, mientras van en busca de sacos de harina. Los soldados del ejército sionista son bestias, son basura inmunda, y los gobiernos de Europa, que prefieren no molestar a las empresas que se lucran con el dolor y la sangre de miles de inocentes, son también una enorme basura.

Cualquier olivo centenario, milenario, vale más que un asesino de niños. Cualquier árbol, también el plátano bajo cuya sombra se sentaron a charlar Fedro y Sócrates, según cuenta Platón, o el que aparece en un poema del nobel griego Yorgos Seferis en el que habla del último encuentro entre Héctor y Andrómaca. Héctor se despide de su mujer antes de salir a un combate del que no regresará, y toma en brazos a su hijo, el pequeño Astianacte. Seferis recrea esta escena que aparece en el canto VI de la Ilíada: Ahora que vas a marcharte, ahora que raya el día / en que estás emplazado, ahora que nadie sabe / quién matará ni quién va a morir, / toma contigo al niño que vio la luz / bajo las hojas de aquel plátano / y enséñale a meditar los árboles. Héctor murió, y el ejército heleno entró en Troya y quemó los campos y los árboles. Y mató al niño Astianacte, que no tuvo tiempo de jugar a su sombra.

Los miserables que, impidiendo el paso de camiones llenos de comida y ayuda, dejan morir de hambre a tantos bebés, los que asesinan a seres humanos hambrientos e indefensos cuando corren para obtener un saco de harina, los que disparan a propósito en el pecho y en la cabeza de niñas y niños, todo ese ejército inmundo sigue adelante con su plan genocida porque los EE. UU. y Europa lo permiten, hasta lo facilitan. El ansia de dinero de las empresas armamentísticas, la inhumanidad espantosa de los genocidas y la cobardía de Europa han abierto las puertas del infierno. El olivo sagrado de la Acrópolis brotó de nuevo, otros olivos volverán a crecer algún día en Cisjordania, los ojos enormes, preciosos y tristes de los bebés que están muriendo de hambre en Gaza, ¿de verdad no podemos impedir que se cierren?

Actualidad

spot_img