Las políticas de apaciguamiento no han funcionado nunca, y tampoco lo harán ahora

Los matones como Trump solo entienden el lenguaje de la fuerza: la UE ha abandonado toda aspiración política.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

Se suele decir que la historia no se repite, pero a veces rima. En este caso, más que rimar, parece que Europa vuelve a seguir, paso a paso, un libreto conocido, el continente se enfrenta al dilema de cómo reaccionar ante un liderazgo autoritario que desafía las reglas del juego internacional. Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca con un segundo ( y esperemos que último ) mandato, esta vez sin frenos ni incentivos para contenerse. Su agenda, punitiva y unilateral, ya no se disimula, y otra vez, la respuesta europea oscila entre la prudencia estratégica y una inquietante subalternización.

Esperábamos que el segundo mandato de Trump fuera agitado, pero la realidad ha superado la ficción y ha sido como ver un encierro con un miura enzarpado en Speed, una ofensiva arancelaria errática y desproporcionada, una hostilidad abierta hacia sus aliados más estrechos, el bloqueo sistemático de iniciativas diplomáticas ( especialmente en torno a Palestina ) y un compadreo descarado con líderes autoritarios, ya se llamen Putin, Netanyahu, Orbán o incluso referentes ultras como Bolsonaro o la AfD alemana. Ha condicionado la permanencia de EE. UU en la OTAN a un aumento masivo del gasto militar europeo, muy por encima incluso del esfuerzo actual estadounidense. Y como era previsible, ha redoblado sus ataques contra la Unión Europea, con argumentos tan burdos e infantiles que a veces cuesta distinguir si habla el presidente del país más poderoso del mundo o el meme de Joaquín Reyes.

Frente a este escenario, la reacción europea ha sido tibia, y eso siendo generosos. Bruselas ha aprobado (aunque todavía sin aplicar) medidas compensatorias para responder a la ofensiva arancelaria, ha elevado el tono en algunas declaraciones y ha comenzado a esbozar propuestas para reforzar la autonomía estratégica. Pero, en esencia, sigue prevaleciendo una lógica de contención, evitar el choque directo, ganar tiempo, esperar que amaine el temporal. Es una actitud que, en otros contextos, podría resultar comprensible pero frente a un líder como Trump, que practica una política testosterónica, basada en la amenaza y la humillación, esa cautela corre el riesgo de ser entendida como debilidad.

En este escenario el paralelismo con los años treinta asoma con fuerza. Cuando en 1938 Neville Chamberlain firmó el acuerdo de Múnich con Hitler y con ello la entrega de Checoslovaquia al nazismo, lo hizo convencido de que ceder ante sus exigencias era un precio razonable a pagar por la paz. Pero como sabemos no hubo paz, solo una postergación del conflicto que permitió al régimen nazi fortalecerse. La célebre frase de Churchill tras “os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegisteis el deshonor y tendréis la guerra” resuena como una advertencia que Europa no debería ignorar, si bien Trump no es Hitler, cierto, pero tampoco vivimos tiempos de certezas.

Bajo el pretexto de la neutralidad, se permitió que la República fuera asfixiada mientras las fuerzas franquistas eran sostenidas por Hitler y Mussolini

Tampoco conviene olvidar la actitud de las potencias europeas ante la Guerra Civil Española. Bajo el pretexto de la neutralidad, se permitió que la República fuera asfixiada mientras las fuerzas franquistas eran sostenidas por Hitler y Mussolini que usaron España como campo de prueba armamentística para la guerra inmediatamente posterior. La no intervención no fue neutralidad, fue complicidad pasiva e Inglaterra y Francia pagaron el coste apenas 3 meses después del fin de la guerra civil, el coste de esa cobardía fue un régimen autoritario que se prolongó durante décadas y un laboratorio para las estrategias del fascismo internacional.

Hoy, el trumpismo más agresivo, desafía no solo a Europa como socio económico, sino como proyecto político. Su retorno ha coincidido con el auge de líderes como Orbán, Meloni o Milei, con quienes comparte una visión nacionalista, tecnófoba y antiprogresista del mundo, el eje autoritario se está reorganizando, y Trump lo lidera con claridad.

Von der Leyen y Trump.

La Unión Europea está ante una encrucijada. Puede optar por contemporizar, como ya hiciera en otras etapas a la espera de un relevo en Washington o de una distensión improbable de alguien que no olvidemos está próximo a los 80 años, no puede repetir mandato y es un niñato malcriado que siempre ha sido millonario. O puede asumir que el apaciguamiento, lejos de desactivar a los autoritarios, les ofrece margen, legitimidad y tiempo, la historia nos enseña que el miedo a confrontar el conflicto no lo evita, solo lo pospone y agrava.

Europa necesita, más que nunca autonomía estratégica real, política exterior propia y capacidad de disuasión efectiva. No para romper con Estados Unidos ( o sí ), sino para no depender de él. No para competir con Trump, sino para no doblegarse ante él, porque si algo sabemos del pasado es que mirar hacia otro lado nunca frenó a quienes desafiaron los valores democráticos, solo los fortaleció.

El precio del apaciguamiento es alto, Europa ya lo ha pagado antes y sería trágico y torpe volver a hacerlo. Porque no hablamos de una potencia menor, Europa es la tercera fuerza mundial en términos económicos y militares, debería tener una hoja de ruta propia, alianzas no subordinadas y un papel estabilizador en un mundo cada vez más crispado. No se trata de chovinismo, sino de responsabilidad histórica. Europa debería aspirar a ser la reserva democrática del mundo libre, pero para eso hace falta algo más que declaraciones institucionales, hace falta voluntad política. Nuestra especialidad histórica es mirar para otro lado y dejar que otros nos saquen las castañas del fuego, pero el mundo que se avecina no admite neutralidades, o tomamos partido, o el mundo nos pasará por encima.

Mientras se escribía este artículo, se cerraba el acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea. El escenario, simbólico hasta la caricatura, el campo de golf de Donald Trump en Turnberry, Escocia. Allí se ha firmado un pacto que confirma lo que ya era evidente, Europa ha claudicado. El acuerdo ( que desde ahora bien podríamos llamar tributo colonial )  incluye la imposición de aranceles no recíprocos del 15 % a todas las exportaciones europeas, el compromiso de adquirir gas natural licuado estadounidense por valor de 750.000 millones de euros en los próximos tres años, y la compra de armamento por otros 600.000 millones. Esta transferencia masiva de riqueza de los europeos hacia los estadounidenses es a cambio de literalmente nada. No es una exageración, la Unión Europea no obtiene contrapartida alguna más allá de que papá Trump no se enfade y nos exija aún más.

Trump está aplicando a Europa la misma lógica que las potencias europeas aplicaban antaño a sus colonias: desangrarlas porque podían. Así de simple. Aunque el texto aún pueda sufrir ajustes técnicos y la letra pequeña esté por conocerse, no es broma, la UE no obtiene nada a cambio de todo eso. Trump ha ganado por goleada. Von der Leyen se ha comido una a una las exigencias del mandatario estadounidense sin apenas objeciones ni resistencia, y lo ha hecho no solo con sumisión diplomática como es exigible a una colonia de la metrópoli, sino con una escenografía que rozó la genuflexión.

Este acuerdo no solo es indefendible, es combustible para los euroescépticos y un regalo para la extrema derecha. Se esperan pronunciamientos críticos en varios parlamentos nacionales, pero a estas alturas todo apunta a que el margen de maniobra es escaso. La esperanza ( si es que puede llamarse así)  es que parte de los compromisos acaben dilatándose o no ejecutándose del todo, a la espera de un eventual cambio en Washington. Pero incluso si eso ocurre, el daño está hecho. Lo que Europa ha aceptado no es solo una cesión económica, sino una renuncia política. Una humillación histórica que expone con crudeza la fragilidad estratégica del continente. La foto de Turnberry quedará como símbolo de una Europa que ni siquiera intentó defenderse, y como decíamos al principio, el apaciguamiento no ha funcionado nunca, los matones como Trump solo entienden el lenguaje de la fuerza, y la Unión Europea ha abandonado toda aspiración de ser un personaje político válido, en tiempos como estos, eso no es prudencia. Es rendición.

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